por Alejandro Cesario

 

L

a Jornada, libro de César Bisso, lejos de escudriñar a través de lo inadmisible, aislado de cualquier convite de elocuencia, está sostenido por un sibaritismo emocional y honesto, donde logra plasmar en sus poemas una cristalización de esos seres anónimos que transitan a diario los distintos andenes, como bien dice el autor:

cada uno con su historia, cada uno con su esperanza—.

Hay una manifestación de la simpleza, de lo casto, liderada por su extrema sensibilidad, por su captación de lo esencial y por su concisión para colisionar genuinas expresiones en sucintos poemas. Pero por encima de todo esto, está la existencia de una voz.

Cito los primeros cuatro versos, que dan comienzo al libro:

No es el alba revuelta de sol.
La bruma revela entre hojas
voces del día naciente.
Apenas un jadeo, casi azul.

¿Por dónde caminan los poemas de La jornada?

Transitan en el percate de lo inasible, de lo que no tiene mote, por los recovecos de la ausencia y también de la esperanza, por esas finas hebras transitan los poemas del libro. La historia nada tiene que ver en este poemario, no son hechos cronológicos. La ambición del poeta está en dar visibilidad a los hechos con estatura humana, en la certeza de lo sagrado. ¿Por qué en lo sagrado? Porque esas historias y esas esperanzas dejan de ser importantes, para convertirse en hechos sacros.

Dice Bisso:

Ritual de cuerpos incoloros.
Sin fuerza, sin luz.

Y cierra el poema escribiendo:

Cualquier atisbo de belleza será apedreado.

Los poemas traslucen un germinar o brotar aserto. Se conjugan imagen-sentido de maneras inherentes. De la misma forma que Raúl Gustavo Aguirre, el poeta corondino halla genuinas muecas, gestos de efigie y grafía que con tanta facilidad escapan, eluden de los poemas de dilatada extensión.

Cito un poema, página 25:

El viaje continúa.

El odio enjaula lo sublime.
Nadie repara las heridas. 

Dejo el diario a un costado.

En La jornada, —yo diría en toda la obra de César Bisso—, la contemplación del paisaje, la mirada hacia lo otro/y el otro y el dar luz, aun en la ceguedad, se encuentran amalgamadas y fusionadas por la palabra.

Página 41:

Los eucaliptos devuelven otro aroma,
respiran otra vida.

Página 45:

Otra vez aquella muchacha.

Sus labios entreabiertos
ignoran el regreso al hechizo.

Y se pregunta el poeta:

¿La habré salvado del naufragio?

El encuentro es lo que atraviesa todo el poemario. El son de voces ignotas, traza un mapa a través de lo desvanecido. Un periplo arriba del tren, desde ahí se surca un encuentro genuino con la realidad cotidiana.

Página 20:

El sol desgrana la tristeza,
desabriga el pan enmohecido,
se tumba sobre calles de hielo.

Un escudriñar muy preciso y agudo es lo que atiza del primero al último de los poemas. Ese atento mirar, centrado tanto en lo tangible como no, no solo armoniza, concilia y reconstruye la fugacidad y los zancos de la temporalidad, sino que encara y confronta a la caducidad de la vida (la propia y la de los otros). Siempre en estado de equilibrio. La mirada del poeta atalaya en la hechura urbana, la desnuda y la muestra tal cual es.

Página 30:

Chacarita
Suben. Bajan. Eclosionan
contra la calle y el agobio. 

Otra mañana desesperada.

Desde la primera página hasta la última, La jornada da cuenta del tránsito de una vida, de aquel o aquellos que salen todos los días a ganarse el pan, al yugo cotidiano. Claro, que el poeta lo percibe con gran atisbo de objetividad, todo bajo la perfección y el estilo depurado que, a esta altura, son rasgos de la poesía de César Bisso.

Página 44: 

Nada espeja lo que no fue.

Página 53:

Atrapado en la ciénaga,
percibo la orilla.

El poeta, singla en el denuedo de lo mero, de lo inaudible, de lo velado. No inventa, escucha. Graba con gran nitidez el sigilo de cada lugar que recorre el tren. Lo decible y lo indecible. Todo nos agolpa en la pureza, en la abisal llaneza.

Página 49: 

La lluvia nos deleita
con percusiones de agua
y perlados humedales 

Bautiza la esperanza.

Luego de leer y releer La jornada, citando un verso de Keats: Una cosa bella es una alegría para siempre.

Puedo aseverar: que lo fugaz se inmortaliza con la lindeza, y lo majo no es más que un hacer perpetuo, un halo atiborrando a la llaneza. Los poemas de César Bisso, los poemas de La jornada cuajan en lo intemporal. Y como todo milagro, tenga la dimensión que tenga, merece ser celebrado.

 

* * *

 

Es indispensable y esencial saber que César Bisso escribe desde el desespero cincelado por el dolor. O sea, es una forma de confrontar la realidad a través del poema y de la verdad en el poema que es, sin duda, la verdad del propio poeta.

En De abajo mira el cielo no se avenga la improvisación y mucho menos en la mera opinión, se honra la prosodia, la modulación y la cuantía justa de los versos. Cada poema arrastra o carga una metafísica tácita que hace la diferencia entre componer versos y escribir sinceros e irreprochables poemas.

Su poesía infiere galanura y lindeza poética. Converge palabra y voz genuina. Excarcela en lo más recóndito y sincero —por momentos sublime y en otro desgarrador—. De aquí que sus poemas no sean una respuesta dócil a lo generalizado, sino a la pura, transparente y «honesta» voz de su alma.

Se lee en la primera página del poema «Comienzo»:

La mirada esfuma lo vivido
invoca el devenir.
No es olvido que pese
memoria perdida.

No existe, en la poesía, como en ningún lenguaje humano la falta de una bregadura de ausencia, en el sentido más preciso y originario de la palabra. Y bien nos ha enseñado Paul Celan, que la poesía tiende a interrumpir el lenguaje para remitirnos a la existencia, a lo que él llama: lo humano. Desde ahí emergen las voces como de su fontana natural.

Entonces —me pregunto—, ¿es posible escribir poesía, más allá de la palabra exánime o del significado mismo?

Desde el inmenso río y desde el vasto cielo, parece todo cuajar, coagular en una existencia pequeña, diminuta y desde esa pequeñez canija y oculta se edifica la robustez de estos poemas. Bisso escribe en respiración íntima y lo hace sobre la mantilla de la palabra muerta y lo no significante del lenguaje. Toma, ase el telar que urdió la tela de la lengua en el instante que se está deshilachándose, es decir: «traspasando el significado mismo del lenguaje».

De abajo mira el cielo no se deja timar fácilmente en las jábegas de la exégesis. Los poemas vierten a pura luz, una epifanía con la palabra.

La poesía de César Bisso está signada por un encuentro con la naturaleza. Atravesada por el río y por la mirada hacia el otro. Esas confluencias se embeben y comulgan en todos los libros publicados y los no publicados incluso (que afortunadamente tuve la bendición de poder leer a algunos de ellos).

Página 20:

El río persigue lo que no fue dado.

Página 32:

Allí
tiempo en soledad
sobre la piedra hendida.

Todo el poemario es un bálsamo de imágenes y de instantes de gran pujanza poética, desmenuzadas con sincera y abisal minuciosidad. El poeta recoge lo desolado y nutre de voz al desamparo en la más profunda levedad.

Su poesía permite escuchar el hálito de los despojados, de los silenciados.

Página 47 poema «Isla»:

Mujer fluvial, desolada.
Invoca el último destello.
Aguarda su cadáver.

Me permito expresar (y para nada me parece arbitrario) a esta poesía el nombre de Basho, ya que cada poema o los mismos haikus tanto por su extremada robustez de síntesis e intensidad y como también por su espiritualidad asceta, nos lleva incesantemente para adentro, lo inestable se hace estable, siempre en eucaristía con la naturaleza.

En cada lectura de cada verso se engarza respirar su armonía, siempre bajo el tenor de la belleza.

Tercer haiku, de los titulados haikus azules, página 51:

Sólo silencio.
Deshabitar el río,
absorber la sed.

César Bisso trabaja como nadie los silencios. Sigilos que se hacen escuchar y que al mismo tiempo que tañan se resignan para seguir siendo: «el instante mismo». El poeta corondino atisba lentamente sobre lo oculto y lo escondido, otea el acullá profundo, abisal, y lo hace con la parsimonia de un orfebre, algo que el poeta viene desarrollando desde su primer libro: Poemas del taller (1975), La agonía del silencio (1976), El límite de los días (1986), algunos de esos poemas fueron publicados en la antología Las trazas del agua (2005), libro editado por la Universidad Nacional Del Litoral.

Página 89: 

La sombra del sauce nada, sin pudor.

O los versos del poema «Crepuscular», página 90:

 Mis ojos trenzan
retazos de cielo,
y destrenzan
fulgores de isla.

Dice Paul Valery: «Un libro viene de otro libro, y un poema de otro poema». De abajo mira el cielo arrastra esos raigones poéticos, cuya lozanía y luminosidad irradian lo lóbrego, aún en el desamparo.

No es un libro para leer, es un poemario para releer y releer. Sin dudas que al embarcarnos en este periplo los hallazgos y reflexiones nos llevarán a lo complejo de la voz propia, algo que el poeta busca y logra con gran doncellez y excelencia. Los poemas de De abajo mira el cielo no tan solo se leen, sino que además se escuchan, como el río, que no solo se ve, sino que también se escucha.

Primeros dos versos del poema «Criaturas de la orilla», página 94:

Quien se desliza por la orilla es el hombre, no el agua.
Ella está quieta, enlutada de invierno.

El río puede pasar por el costado, o bien ser una hebra de agua. Acá el río es oído, escuchado, todo pasa a ser existencia. Bisso trabaja sobre ese lenguaje, le da a la palabra un carácter portentoso y de sublimidad. El poeta y la palabra conjugan una realidad propia.

Vayamos al poema de la página 101:

Un niño agradecido
está solo y juega.
Hilvana sueños
con hilos de la orilla.

La palabra de César Bisso alza el reflejo del agua, la calma y la furia y la necesidad urgente de hacerse oír.

Desde dónde hiende el poeta para comenzar a escribir Isla adentro. Parte desde un verso de Francisco Madariaga: Yo escribo porque me alza la naturaleza.

Las efigies y la naturaleza se hermanan junto a las palabras y sus encarnes o significados. El poeta, ensayista y traductor, nacido en Canadá, Mark Strand, escribió en el ensayo sobre El oficio de escribir poesía: «Forma tiene que ver con la estructura o con la apariencia externa de algo, pero también con su esencia». Y luego continúa escribiendo: «En las discusiones sobre poesía, forma es una palabra poderosa precisamente por esta razón: la estructura y la esencia parecen venir juntas, tal como la disposición de las palabras y sus significados».

Página 105, poema «Anhelo»:

Mirada que trepa
a la luna
por enramadas lilas,
brisa que alivia
recuerdos
en agua calma,
niño que corre
por la orilla
esquiva
de la ausencia.

Ser
en la memoria.

Los poemas no pierden de vista la realidad, atisban todo lo que pueden, navegan en el interior de las aguas a pura luz y a pura energía sísmica.

El título (nada inocente y tan significativo) nos dice el periplo de lectura a recorrer. Periplo, viaje que nace de la búsqueda del silencio y de sus gemidos. De abajo mira el cielo, ya nos señala, nos evidencia el suspiro de un canto monódico, concediéndonos un arrumaje y una consistencia semántica, metafórica, estética y poética de gran, gran aporte. La agudeza de su atisbo construye un fluir entre esos silencios y las palabras.

Dejo el último verso del poema «Plegaria» para testificar lo dicho, página 106:

Sólo nos dejas cielo y agua.

El poeta atalaya, bucea en lo abisal de la humano y recoge ese tormento volviéndolo a parir, convirtiéndolo en poesía, como sucede en este magnífico poemario.

 

* * *

 

Haikus felinos, libro que tiene tres partes, «Día», «Noche» y «Siempre», cada una de ellas habita con dieciocho haikus y para cerrar el libro un único poema que se titula «Él».

El libro de haikus, que César Bisso escribió con tanta dedicación, pone en claro su intención de reflejar un dialogo con ese instante o tris que el poeta capta. Desde allí es donde enfatiza un espacio, un pequeño lugar en donde poder cobijarse y lo hace tanto en lo visual como en lo lingüístico, siempre entrecruzando esos hilos entre lo que se atisba y la palabra, sorteando de manera magistral las dificultades impuestas por esa métrica rigurosa que cargan los haikus.

«Día» y «Noche» nos sumergen directamente en la vida de ese felino llamado Junco: Junco y la familia, Junco y la casa, Junco y ese gran amor que se le tiene a las mascotas que casi dejan de serlo y pasan a ser parte de la familia. Acá los poemas nos llevan desde el primer despertar, atrapando la luz del nuevo día, hasta nuevamente la oscuridad marcada con sus pasos. Entre todo esto, ocurre todo lo demás que un gatito en una casa puede hacer: desde el agradecimiento por el plato vacío, el seducir a una paloma, venerar el sol, ronronear sobre el sillón, adueñarse de las sábanas y nunca dejar de mostrar su hábito de cazador.

Dos haikus:

1. 

Sagaz arlequín.
El gato atrapa la luz
del nuevo día.

35. 

En la oscuridad
el gato con sus pasos
solo quiere estar.

En «Siempre» está como lo dice la palabra esa existencia eterna, porque tanto Junco como el amor hacia ese felino quedan inmortalizados en este libro.

Amar un gato.
Enigma no resuelto
por el poema.

También aparecen el nombre de escritores como Eliot, Borges, Cortázar, Bukovski y otros. César Bisso trae a ellos y a sus gatos inmortalizándolos o perpetuándolos nuevamente, me atrevería a decir embelleciéndolos de finos arabescos de palabras.

El último haiku del libro es de una belleza ciclópea:

Él, un gran amor.
Se tuerce, no se quiebra.
Junco su nombre.

El libro cierra con un último poema (ya no en forma de haiku) titulado «Él». Poema que recorre lo que ha sucedido, es una oda acompasada de dieciocho veranos y dieciocho inviernos, ese es el periplo de Junco. Con un último verso César Bisso cierra el libro, dándole sentido a la vida y a la muerte.

Él, amorosamente tendido en la memoria de los amantes.

 


 

Alejandro Cesario nació en 1967. Publicó: Esas miradas tristes – un viaje por la Patagonia, (novela), 2006; El humo de la chimenea, (poemas), Ediciones del Dock, 2009; Fragor de borrascas, (poemas), Ediciones del Dock, 2011; Ciervo negro, (poemas), Ediciones del Dock, 2012; Estación de chapas, (poemas), Ediciones del Dock, 2013; La última sombra, Ediciones la yunta, (poemas), 2015; El bruto muro de la casa propia, (poemas), Ediciones la yunta, 2018; Tonada que no canta, (poemas), Ediciones la yunta, 2020 y Una hilacha en lo real, (poemas), Ediciones Cartografías, 2022.
Integró la Antología Federal de Poesía de la Provincia de Buenos Aires y algunos poemas fueron publicados en distintas revistas de poesía y diarios culturales.
Dirige, junto a Roberto Raschella y Daniel Riquelme, Ediciones la yunta.

César Bisso. Nació el 8 de junio de 1952 en Santa Fe, República Argentina. Es Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Ha recibido la Faja de Honor de la Asociación Santafesina de Escritores y obtuvo, entre otros, en el género poesía, el Premio Regional «José Cibils» y el Premio Provincial «José Pedroni». Coordinó los talleres de escritura del Rectorado de la Universidad Tecnológica Nacional y fue coorganizador del Primer Festival Internacional de Poesía de la Ciudad de Buenos Aires (1999).

🖼️ Ilustraciones: Fotografía y tapas de los poemarios con autorización para su publicación en esta entrevista [© de sus autores].

👁‍🗨 Leer una entrevista a este autor (en Almiar)

 

Tres poemarios de César Bisso

Mar de poesías

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 127 · marzo-abril de 2023 · 👨‍💻 PmmC

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