relato por
Francisco Martínez Hoyos
-¡
Es mi hermano!
Mi amigo estaba como loco. Solíamos hablar con frecuencia por teléfono, pero aquel día se presentó por sorpresa en el pueblo donde vivo. ¿Qué le había empujado a tomarse la molestia de coger un tren, sabiendo el caos de la Renfe, un sábado a primera hora de la mañana? Debía ser algo muy urgente, a juzgar por cómo sudaba y se agitaba en medio de una tremenda excitación, por lo que las palabras salían entrecortadas de su boca. Avergonzado. Se sentía muy avergonzado. Como si le acabaran de notificar un vínculo de parentesco con Hitler. Cuando pudo reunir un mínimo de compostura, me enseñó una fotografía que tenía en el móvil de uno de esos espadones que se venden en las tiendas de recuerdos y que imitan a los de la Edad Media. Digo «imitan» porque tengo mis razones para sospechar que son, en realidad, invención pura. Era un trasto pesado, manejable solo con fortaleza y pericia. Dos cualidades que mi dilecto colega, gran empollón y pésimo deportista, como todos los friquis, nunca tuvo. Señaló entonces el arma y me aseguró que había estado a punto de cometer un acto irreparable.
—Casi lo mato. Mira esta mancha roja. Es su sangre.
El bermellón solo era el color de una enseña nobiliaria. No vi nada de lo que él decía, pero opté por seguirle la corriente hasta que se calmara todo. A ver por dónde se dejaba caer.
—Vamos a la cafetería. Podremos hablar con calma.
Con un croissant de chocolate y un zumo de naranja para recomponer fuerzas, mi amigo me contó la historia más absurda imaginable. Un magnate de la informática, al que se obstinaba en llamar por el pintoresco apodo de El Follacabras n.º 2, le perseguía para censurar su novela. Estupefacto, imaginé por dónde iban las cosas.
—¿Es uno de aquellos chicos de los que me hablaste?.
Sí. Eran tres, cuatro con mi colega. En los buenos tiempos se llamaban a sí mismos los Dongos porque todos eran rendidos admiradores de La Cartuja de Parma. Solteros y pedantes, peligrosa combinación. Con la perspectiva del tiempo, mi amigo me confesó que le avergonzaba haber formado parte de aquel grupito de lo que hoy conoceríamos como incels, a la vista de su insistencia en criticar a las chicas por fijarse en los «malotes» y no en gente cabal y aburridísima como ellos. Después de su traición, había pasado a denominarlos a los tres con idéntico apodo y utilizaba el ordinal para distinguirlos en su particular jerarquía de la maldad.
El Follacabras n.º 1 trabajaba de profesor. Alto, guapo y con una inteligencia razonablemente despejada, podría haber tenido cuantas chicas quisiera. Sin embargo, algo no funcionaba bien en su cabeza. La soberbia, tal vez. La misma que le había hecho pensar que el Sgt. Pepper’s era un disco doble. Cuando supo la verdad, por parte de quien tenía el álbum en casa, no tuvo mejor idea que persistir en el error:
—No sé, no sé.
¿Y qué decir de la manía de colgarse de mujeres que ya tenían pareja como si no hubiera otras en el mundo? Mi amigo le escuchaba paciente aunque a veces tenía ganas de abofetearle al ver cómo desperdiciaba su vida. Se había enamorado, el muy animal, de la novia de un amigo. Luego estaba el Follacabras n.º 3, feo, fuerte y formal como John Wayne aunque sin su talento interpretativo. Era un tipo jovial y enigmático en el sentido de que nunca compartía nada de sí mismo, tal vez por mantener un perfil bajo frente al ego desatado de los demás. Era el típico que se deja llevar por la corriente y que está a bien con todo el mundo, una especie de Ringo de aquel cuarteto de fracasados. Cuando me hablaba de él, mi amigo bajaba la voz y me decía como quien cuenta la confidencia de las confidencias.
—Tenía que ser homosexual, Eduardo. En dieciséis años de amistad, jamás le oí decir que le atraía una chica. Supe de una que iba detrás suyo, pero él no le hizo el menor caso. Más bien se quejaba de la pesadez de sus acechanzas. Sospechoso… ¿Verdad?
—No lo sabes.
—Por mí que haga lo que quiera. En los tiempos que estamos debería tener la valentía de mostrarse a plena luz. Igual un día de estos le llamo y le digo: «sal del armario de una vez, tío». Le haría bien.
No pensaba realmente en hacer esa llamada. Si hubiera querido hablar con él no habría podido: tras la ruptura borró sus teléfonos del móvil.
Los quería a los tres, en especial al segundo, por el que hubiera dado gustoso una mano. Hasta que intentó quitarle a María aprovechándose, lo mismo que un reptil, de un periodo oscuro de desavenencias en los que se dedicó a hacer de nuevo de Yago, deslizando al oído de la presa cualquier falsedad difamatoria. Cuando mi amigo por fin se reconcilió con ella, le sorprendió que no hubiera por su parte ninguna expresión de alegría en Facebook. Solo silencio administrativo. Igual con los otros dos, cómplices en aquel complot incalificable. El pastel no iba a tardar en descubrirse, de forma que un vínculo en apariencia sólido como una roca se hundió con pasmosa rapidez. Ahora sabía porque habían dejado de invitarle a quedar los sábados por la tarde con la excusa de que se había ido a vivir lejos, como si no estuviera siempre dispuesto a coger el tren. Envidiosos, malditos envidiosos. Porque él tenía novia y ellos no. Mientras los otros se limitaban a quejarse, mi amigo se atrevió a apuntarse a una web de citas. Eso le convirtió, en aquel contexto, en un pionero, en un navegante que se atrevía a surcar las aguas del mar tenebroso de las relaciones con el otro sexo. El Follacabras n.º 1 le había advertido en contra.
—Corres el peligro de que la supuesta chica resulte ser un tío.
Pocos meses después, el agorero ya estaba apuntado en una web similar. Aunque iba de doctrinario, hacía de la necesidad virtud como todos los demás.
Al final, el asunto se descontroló de la peor manera. Cuando me contó que aquellas personas a las que idolatraba conspiraban en su contra, mi amigo perdió la compostura y empezó a llorar gimiendo como si le hubieran arrancado el brazo derecho. En cierto sentido, así era. Excuso decir que nunca había visto lágrimas en sus ojos, nada que fuera más allá del autocontrol más exquisito. Por eso la escena me resultó tan tremenda. Yo me burlaba de cuando en cuando de cómo practicaba, saltaba a la vista que con muy poco éxito, eso que los enteradillos de ahora llaman «gestión emocional».
—Pareces británico. Siempre reprimiendo lo que llevas dentro. ¡Déjate llevar de una vez, tío!
Aunque yo le recomendaba que se olvidara de una vez por todas del maldito Follacabras n.º 2, él insistía en mentarlo un día sí, otro también, con todo tipo de comentarios hirientes. Me explicó que se había inventado aquel apodo grotesco porque era un tipo que practicaba con entusiasmo, lo mismo que los otros, la zoofilia. Era su única forma de obtener satisfacción sexual porque… ¿Qué mujer en su sano juicio querría acostarse con aquella masa informe, más semejante a una ballena que a un ser humano? Yo le respondía que no fuera cruel, que no podía saber de lo que estaba hablando porque hacía años que habían perdido el contacto. Su réplica a mis objeciones era invariablemente la misma, insinuando que no me detuviera en nimiedades.
—Tengo la certeza moral, que es lo que importa.
Cuando hacía alarde de estas y otras exageraciones, a mi amigo le brillaban los ojos con un punto malévolo. Eso no dejaba de sorprenderme porque, a lo largo de mis sesenta y cinco años, no he conocido a muchas personas más llenas de bondad. Pocas cosas despertaban su furia. Una de ellas, encontrarse en las calles de su pueblo al detestado espécimen. Apenas apreciaba su inconfundible silueta, cambiaba de acera con ostentación.
Su resentimiento, sin embargo, tenía más capas que una cebolla. ¿Dónde acababa el resentimiento y empezaba la esgrima verbal, es decir, el placer de jugar por jugar con las palabras para escupir insidias? En ocasiones, las palabras parecían haberse independizado de todo referente real y deslizarse en un mundo propio en el que solo contaba el ingenio.
Mientras hacía sus venenosos comentarios en privado, nada le dije. Empecé a alarmarme cuando me contó que quería trazar en su novela al señor Cole siguiendo el modelo de aquella criatura infecta.
—Soy tu amigo y mi obligación es decirte la verdad. Si escribes esto, te acusarán de gordofobia y te crucificarán.
—No, Eduardo. Yo no voy a hablar contra los gordos sino contra un gordo, el que me traicionó. Además, si creemos en la igualdad, cualquier miembro de un colectivo discriminado puede ser, también, un villano. Es una forma como otra de decir que son como todos los demás.
—Lo que tú quieras. Después no digas que no te avisé. Las redes son las redes. No están hechas para el matiz.
Estaba claro que no me había hecho caso y seguía con su antigua fijación. ¿Necesitaba, tal vez, una némesis para afirmarse a sí mismo? Más de una vez le había escuchado decir:
—Uno vale lo que valen sus enemigos. Mira la izquierda. Es tan lamentable porque la derecha es aún peor.
Intenté quitarle hierro al asunto y devolverle al mundo de la lógica. Poco a poco, intentando que fuera él mismo quien sacara las conclusiones. A ver si conseguía hacerle salir de aquella prisión mental en la que sus argumentos estrambóticos se reforzaban unos a otros.
—¿Cómo puede saber él nada de lo que tú haces?
—Se enteró, no sé cómo, de que el señor Cole era un retrato suyo. Por eso la señora Cole le deja. Porque, pese a todo su dinero, es un eunuco y siempre lo será. En la vida real, el Follacabras me odiaba por eso: yo tenía novia y él no. Bueno, por eso y por más cosas. Aunque habíamos estudiado lo mismo, yo me dedicaba la investigación y él tuvo que dirigir la empresa que había heredado de su padre. Cada vez que le enseñaba uno de mis artículos, notaba que me felicitaba solo por cortesía. Ah… ¿Por qué no supe sacar todas las consecuencias de aquella sonrisa forzada?
—Todo eso está muy bien pero no te disperses. Volvamos al problema. ¿Tú crees que él tiene medios para vigilarte?
—Sí. Seguro que ha insertado un virus en mi portátil. Siempre fue un genio para estas cosas. Lo único que no sabía hacer era hablarle a una chica.
—Dices que has estado a punto de cargártelo.
—Sí. Me lo encontré al salir del metro. Su barriga, como siempre, llegaba a los sitios dos minutos antes que el resto de su cuerpo.
—¿Y qué pasó?
—Me provocó. Desenfundamos las espadas y empezamos a repartir mandobles. Fue un duelo interminable y sin piedad, a cara de perro. Cada uno hirió al otro en repetidas ocasiones, dejándolo hecho un Santo Cristo. Los dos acabamos exhaustos. Ambos utilizamos las tretas más sucias. Él me arrojó un puñado de tierra a la cara. Yo, aprovechando que había un quiosco cerca, le arrojé un puñado de periódicos para hacer que perdiera el equilibrio. No sabes cómo me duele la espalda de la pelea. He reservado ya hora en el fisioterapeuta.
—Pero no observo que tengas ninguna cicatriz.
—La esgrima requiere sangre fría. Él se dejó llevar de un arrebato rabioso y con un movimiento fulminante y quirúrgico me lanzó su espada, que incrustó contra la pared. No me rozó por muy pocos milímetros. Ahora que estaba desarmado, tenía la ocasión de matarle por fin y no iba a desperdiciarla. Fue entonces cuando me paralicé. No pude hacerlo. Y eso que él me miraba desafiante, con su cara de panadero y sus mejillas sonrosadas, lleno de altivez.
—Mindundi—, me dijo escupiendo la palabra, como si no le importara vivir o morir. Cualquier cosa antes que rebajarse ante alguien como yo.
Enfadado conmigo mismo me refugié en el claustro del monasterio de la Trinidad, entregándome a mis sombríos pensamientos. Por más que me resistiera a reconocerlo, aquel desgraciado tenía razón. Solo había llegado a ser un escritorzuelo del tres al cuarto con apenas ochenta seguidores en Twitter. Treinta años en la profesión y… ¿Qué había conseguido realmente? Ahora escribo la gran novela americana, la historia melodramática de los O’Connor y los Murphy. Será un fracaso más. Otro que añadir a la larga lista.
Fue allí, mientras me fustigaba, cuando mi padre adoptivo llegó para darme la gran sorpresa: el Follacabras n.º 2 era… mi hermano. Medio hermano, en realidad. Por eso no había podido ensartarle como había soñado tantas veces.
—No tiene sentido que te sigas culpando—, me indicó el venerable anciano.
La cabeza me daba vueltas. Me quedé mirándole fijamente. Sin duda creía que toda aquella historia rocambolesca había acontecido tal como la contaba. Por suerte, yo también conocía la película Scaramouche y sabía que estaba delante de un perdido sentimental. La ficción, para él, equivalía a una compensación por las frustraciones de la vida. Me lo dijo bien claro cuando, después de ver Los intocables, me confesó a la salida del cine:
—Yo soy Eliot Ness.
Además, si aquel duelo descabellado hubiera acontecido a la luz pública, tal como aseguraba, las redes ya estarían ardiendo y los vídeos inundarían Youtube. El espectáculo es el espectáculo.
No obstante, cuando todo pasó y mi amigo ya no estaba en este dichoso mundo, una duda insidiosa me asaltó. Me dijo que había escrito un capítulo sobre el señor Cole con una parodia sangrante de su viejo rival. ¿Cómo es que no he podido hallarlo entre sus papeles?
Le trasmití mi duda a su esposa. María me miró sorprendida y esbozó una sonrisa condescendiente, como si yo no me hubiera enterado de nada.
—¡Cómo si se pudiera encontrar algo en su cueva!
Sonreí al recordar aquel caos de papeles y libros.
—Los follacabras, más que personas concretas, son símbolos. Para mi marido reunían todo lo maléfico que existe en el mundo.
Pensé que María tenía razón. Meses después, ella misma me confesó que estaba harta de que, pese al tiempo transcurrido, su marido se dedicara a disparar maldades contra aquel traidor al que tanto llegó a querer. No era su hermano en un sentido biológico, pero lo fue en otro más profundo y real. De ahí la llama inextinguible del odio, la herida bañada en sal de la traición. Bastaba cualquier excusa, por nimia que fuera, para que lo mencionara. Si María le pedía que entrara al comedor las sillas del balcón, porque hacía tormenta, él respondía algo como esto:
—Si una silla saliera volando y se estampara contra el Follacabras, eso no sería tan malo. ¿No?
Su viuda había convivido con él muchos años. Por eso le conocía mejor que él a sí mismo y veía aristas que le pasaban por completo desapercibidas.
—Todo eso no quiere decir, Eduardo, que no hablara de las películas que habían visto juntos y de sus antiguos debates. Nunca volvió a referirse a él por su auténtico nombre, sí. Pero recordaba muy bien las razones que le había dado contra Love Actually. «Un cuento de hadas, un cuento de hadas. Pues claro que sí, idiota», repetía para sí mismo cada vez que rememoraba los viejos tiempos. Creo que, en el fondo, echaba de menos al viejo compinche. En cambio, el número 1 y el número 3, con el paso del tiempo, parecían haberse desvanecido de su memoria. Es muy curioso, ¿verdad?
Aquella reflexión tenía todo el sentido. Si el ser humano necesitó inventar a Lucifer para expresar la perversidad que hay en el mundo, ¿por qué mi amigo no iba a convertir a su Judas particular en una figura metafísica? Aún así, quedaban muchas cuestiones sin respuesta. Le pregunté a María si nunca consideró que su marido pudiera requerir asistencia psicológica profesional.
—Hubiera necesitado un exorcista, más bien.
Francisco Martínez Hoyos. Doctor en Historia por la Universidad de Barcelona. Entre sus trabajos destaca la biografía Francisco de Miranda, el eterno revolucionario (Arpegio, 2012). Colabora como articulista y crítico en publicaciones como «Cultura/s» (suplemento cultural de La Vanguardia) e Historia y Vida.
Contactar con el autor: fmhoyos[at]yahoo.es
ℹ️ Otros relatos de este autor (en Almiar): La última novela ▫️ American gigoló
🖼️ Ilustración relato: Imagen realizada con técnicas de IA (redacción).
Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 148 · 👨💻 PmmC · septiembre-octubre de 2026
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