relato por
Miguel Ángel Zamora

C

erca de la guerra del catorce, deambulaba por Europa el Gran Circo de los Hermanos Rivender, que contaba con una imponente carpa color dentífrico, tres payasos [1], seis trapecistas, un domador de fieras, una familia de caballistas, una chica con una serpiente a modo de bufanda, un forzudo con bigote, un vidente ciego, una banda de música y varios animales jubilables.

¡Aquel circo era música!

Antes del conflicto había gozado de una fama creciente y era habitual ver la carpa de tres pistas instalada en las afueras de ciudades tan importantes como París, Londres, Berlín y Viena, cuyas calles recorrían sus integrantes anunciando con su onírica procesión de extravagancias la instalación, ¡señoras y señores!, del Gran Circo de los hermanos Rivender, ¡el único circo en que había actuado Madame Virtoux!, gritaba por las avenidas su director mientras la banda llamaba la atención de los paseantes y una hilera de críos hiperactivos triscaba alrededor de los protagonistas, ¡el increíble circo en que se apareció el fantasma del decapitado Mortimer Drake, sanguinario asesino que fue ajusticiado justo cuando el hombre bala volaba por los aires de Londres después de haber sido disparado durante una representación! El hombre bala se cruzó por los aires con el alma del pobre Drake y esta —susurraba en una parada el director al público congregado, según dicen- se agarró a sus botas como último recurso en un desesperado intento de no viajar al infierno, como se merecía, sin duda.

—¿Y volvió a tierra con él? —se sorprendió un niño hipnotizado.

¿Aterrorizará otra vez Mortimer Drake al público, como hizo el año pasado?

¡No se pierdan la función!

¿Conseguirá la bella Elisa —y aquí saludaba con la mano y con una reverencia la pretendidamente bella Elisa, que cada tarde se encerraba en una jaula con un oso timorato— ponerse a salvo del inmenso oso Urti?

¡Sus garras destrozaron hace tres años a su hermana! [2]

¡Lo siento, Elisa! ¡Ten cuidado esta tarde!

¡El Gran Circo de los Hermanos Rivender!

¡No se pierdan la función!

La carpa se llenaba cada tarde y los mismos que ya habían visto el espectáculo repetían la inmensa cola que se formaba al día siguiente para comprar las entradas del circo. Los caballos bailaban con la sensibilidad de una compañía de danza, los leones rugían con una fiereza aterradora y Urti, el inmenso oso gris, se acercaba pendenciero a su frágil domadora.

Pero en mil novecientos catorce el mundo se embarcó en una función aún más hipnótica. El hombre bala no volvió a cruzar el cielo de las orgullosas ciudades europeas. Su lugar lo ocupó Manfred Freiherr von Richthofen.

Durante los años de la posguerra, los mismos críos que habían corrido emocionados tras el grupo de artistas se habían convertido en hombres a los que el tiempo había robado al menos una década, rostros arrugados y secos, reacios a la sonrisa. Muchos habían perdido amigos, padres o hermanos e incluso habían muerto ellos mismos, o algo mucho peor, porque la confrontación tuvo visos de auténtica carnicería.

El Gran Circo de los Hermanos Rivender tardó dos años en ponerse otra vez en marcha. Al oso Urti ya no le acompañaba la bella Elisa. El hombre bala se había hartado de sobrevolar ruinas y trincheras y se había dejado caer.

—No podemos seguir así —sentenció Augustus Rivender hablando a sus hermanos en una de sus insatisfactorias paradas—. Ni siquiera ganamos para cubrir los gastos.

No le resultó fácil llegar a esa convicción, abrir los ojos y encararse a los animales que le habían acompañado desde que tenía memoria, desde que su padre y su tío, los primeros hermanos Rivender, habían comprado la carpa y contratado a algunos de los artistas que la ruina del Circo Austral había dejado en la calle, convertidos, de repente, en auténticos inválidos, porque ¿qué ventaja social representa saber escalar una cuerda hasta veinte metros de altura y balancearse con temeridad sobre las cabezas de los atónitos ciudadanos? ¿Podría llegar a alcalde alguien con fijación por dispararse desde cualquier cañón que tuviera a mano? Augustus Rivender no ponía punto y final a un negocio, sino a la vida de todos sus partícipes.

Aquella misma noche fueron a visitarle dos excombatientes. A uno de ellos le faltaba una pierna.

—Somos trapecistas, señor —declararon—. Una familia de trapecistas.

Augustus les habría despedido con cortesía en cualquier otra ocasión, pero no aquella noche. Aquella noche sabía que todo se acababa. ¿Qué importancia tenía, pues, que una familia de trapecistas tullidos se uniera por unos días a un grupo de inmediata disgregación? ¿Podían empeorar más las cosas?

Los trapecistas resultaron ser nueve y, antes de quedar atrapados en Alsacia y sufrir en carnes propias el castigo de los combates, levitaban sobre el cielo de las carpas como águilas. Pero ninguno de ellos era capaz de repetirlo. Sólo podían ofrecer un número y ese fue el que montaron.

Al día siguiente, como si hubieran adivinado la inmediatez de su despedida, todos brillaron como nunca. Los caballos parecían sincronizados por maquinarias de perfectos mecanismos. Los payasos arrancaron sinceras carcajadas y aplausos. El domador consiguió rostros expectantes y ansiosos.

Aproximadamente al final de la función aparecieron, con pasos premeditadamente lentos y turbios, los antiguos trapecistas, vestidos con harapos, con las caras enmascaradas por maquillaje blanco y los labios y los párpados subrayados con pinturas oscuras como la sangre digerida. Enseñaban sus heridas, sus piernas acabadas antes de tiempo, los dientes de hierro del abuelo, el pánico atrapado en la cara del niño. Atravesaron la pista y no se detuvieron. En cuestión de segundos llegaron a las primeras filas de asientos.

El público reaccionó con pavor y se dispersó en medio del caos por la prisa en huir, todos los espectadores abandonaron el circo y corrieron y gritaron, como una masa compacta, camino de la ciudad de la que habían venido.

El público no fue el único que perdió los estribos. Cuando los trapecistas se encontraron solos, se volvieron, perplejos, sobre sus pasos y se encararon sin pretenderlo con el inmenso oso Urti, atrapado en su jaula. Tan pronto tuvo ante sí aquellos rostros pálidos, con los labios amoratados, aquellos cuerpos tapados apenas con andrajos, se le pusieron al oso los pelos de punta, abrió los ojos como platos, se orinó encima, soltó un aullido histérico, abrió la puerta de la jaula de una patada y se fue corriendo sobre dos patas rumbo al pueblo, con las manos en la cabeza.

Cuando el público vio que, además, le perseguía un oso sobre dos patas soltando alaridos de demente, apretó aún más la marcha, haciendo caso omiso de los flatos que les atenazaban las vísceras a todos. Pero a pesar de lo mucho que corrieron, no pudieron evitar que el oso les adelantara como una exhalación y desapareciera por el camino pegando berridos delante de ellos.

—Encima hemos perdido al oso —se lamentó Augustus—. Mañana mismo lo dejamos.

Pero el miedo es un prodigioso estimulante. Al día siguiente, la cola para conseguir entradas duplicaba las que habitualmente se formaban en los mejores tiempos de aquel circo.

 

[1] Los Rivender, precisamente. Llama la atención la cantidad de ocasiones en que los payasos resultan ser los propietarios del circo. Menos habitualmente resultan serlo los domadores, quizá por la precariedad laboral que supondría para los otros trabajadores por su costumbre de meter la cabeza entre las fauces de los leones.

[2] Elisa era hija única.

 


 

Miguel Ángel Zamora, nacido en Quesada Jaén) en 1965, reside en Barcelona desde 1969. Compagina la abogacía con la creación literaria. Ha publicado las novelas Nego (2001), Noticias del Hielo (2007), Matar a Tiziano (2016), El Evangelio según la CIA (2018) y el poemario Cuaderno del caos (2002).

Leer una composición de siete poemas del autor (en Almiar): 20

Contactar con el autor: m.a.zamora[at]movistar.es

Ilustración: Circo, 1891, oil on canvas, Georges Seurat, CC BY 3.0, via Wikimedia Commons

relato relato Gran Circo de los Hermanos Rivender

Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 124 · septiembre-octubre de 2022

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