poema por
Miguel Ángel Zamora

 

Ornette Coleman es el caos.

Toca el saxofón en Trigonometry

con Charlie Haden y Pat Metheny

en un estudio de Nueva York insonorizado

con el suelo cubierto de cables y las paredes de madera

y el cielo también tapiado por un techo de madera,

igual que una caja de vino,

igual que el cuerpo de un violín cuyas cuerdas

cortan como hojas nuevas de afeitar en Mob Job,

una de las pocas que conserva un ritmo clásico,

algo que se podría bailar, un cierto orden,

una sucesión uniforme de las cosas

—saxofón, violín, guitarra, bajo,

la batería invasiva, el sol en la ventana,

las nubes encerradas en la bóveda celeste—

que es como al llover,

una tormenta de septiembre

o de octubre, una lluvia metódica,

el cambio de colores de un semáforo,

las pocas palabras de un muñeco de cuerda,

las voces familiares que han quedado grabadas para siempre

por las cosas desgarradas o tiernas que una vez nos dijeron.

Ariadna tiene violines en la risa.

Ríe como el agua al saltar en las fuentes.

Escribe a mi lado su alfabeto de sueños

y pronuncia mi nombre con su voz infantil.

A su edad no sabía que existiera Pat Metheny,

no conocía a Miles Davis, no me sonaba Schoenberg,

no sabía de Berlioz, ni de Bach, ni de Schubert,

ni que Romeo y Julieta se quisieron para siempre

y su siempre resultó ser tan breve y tan triste,

el siempre de todos los amantes

que nunca son felices.

A su edad sabía sólo de mi madre.

Cantaba acariciándome canciones muy pequeñas

que yo memorizaba sin saber comprender

y esperaba cada noche que volviera a cantármelas.

Ahora oigo su voz, ahora está sonriéndome,

me mira con los ojos muy limpios de los años 60

en una casa blanca con muchas escaleras

donde nadie sabe qué pasa con los Beatles

ni con Jack Kerouac o el presidente Kennedy,

que ya no está tampoco. Que se ha ido.

Me acuerdo de mi madre de los años 60

y de los años 70 y de todas las otras madres que he tenido,

de las casas, de las calles,

de los jardines y del Ayuntamiento,

de los gritos de los niños que jugaban conmigo al escondite

y que un día se escondieron tan bien que ya no he vuelto a verles

nunca más.

Neil Armstrong acababa de convertir la luna en un desierto cualquiera,

caminaba sobre ella como una pluma saltando

a capricho del viento que silba en las ventanas.

La luna, una diosa de todas las culturas,

en la televisión era hostil como una calle sin casas,

carecía de la magia de los frutos que aguardan en los árboles,

del placer de robarlos y comerlos a escondidas,

de las voces de los ríos y las caricias que el sauce

regalaba con sus lágrimas

a las aguas transparentes y plácidas,

de aquel sol que todo lo invadía

—era de noche y tras las luces diminutas,

detrás del muro negro del cielo de la sierra,

seguía existiendo el sol, siempre el sol

a cualquier hora—

y los mosquitos que atacaban a las motocicletas

en las cuestas empinadas al lado del barranco.

Ahora cierro los ojos y oigo la voz de mi madre de entonces

con su acento juguetón y sus frases distintas

y el olor a jabón en sus manos aún suaves

y sus ojos nublados por las malas noticias.

Ornette Coleman es el caos y los hospitales son blancos

y se graban para siempre en la piel como una marca,

la aspereza de las sábanas de las camas enfermas,

la tortura del miedo que no encuentra respuestas.

Los cuentos de entonces le salían muy amargos,

Pinocho se escapaba de las trampas de los truhanes,

Caperucita arrancaba a la abuela de las fauces del lobo,

pero estaban tristes y cumplían su papel tristemente

a fuerza sólo de cumplirlo día a día

en la boca de todos los padres del mundo

y en la imaginación de todos los niños que escuchaban

y sentían la alegría y la rabia y el miedo

por la suerte siempre igual de personajes inventados

e ignoraban hasta dónde les llevaría su propia suerte.

Tengo en mis manos aún el tacto de la piel de mis padres,

sentados o de pie, en la cabecera de la cama,

su fingida esperanza, sus palabras de aliento,

los abrazos adultos que recibí a los cuatro años,

que me hacían sentir un héroe en cierto modo

y maldecir un poco menos con palabras casi inocuas.

Ornette toca Video Games y Denardo Colema, en las fotografías,

parece un gigante del boxeo rompiendo los timbales

con la rabia de siglos en sus labios apretados,

en su mirada dura y fija y en sus brazos que no paran

y en la impotencia de sus dedos apretando los míos.

También mi amigo Pablo era grande como una montaña de cerca

y su cabeza pequeña como un gato inocente.

Denardo toca la batería con la fuerza de un edificio al derrumbarse

y en cada golpe oigo las voces que conozco de otros años,

las cosas que me hirieron y las cosas que ahora añoro,

las sombras de los árboles, la brisa del verano,

la nieve decidida, la oscuridad en el bosque,

las noches sin farolas, sin gritos, sin ciudades,

los automóviles seguidos por curiosos y por niños audaces,

las mañanas tempranas y la tibieza de las sábanas de hilo,

los cojines de lana sobre los pies helados,

las brasas del brasero en los días de invierno.

Ariadna es diminuta con su metro de altura

y con la risa de todos los niños riendo con ella,

una risa caliente como el pan de madrugada,

como el beso sincero de una persona franca.

Yo también he reído como ella está riendo

y ahora he vuelto a reír con su risa profunda

y seguiré riendo mientras ella me mire

con los ojos del Dios que se esconde en su nombre.

Pero, al fin, Charlie Haden se ha decidido,

habla con Ornette y le explica su visión de la música:

la música es ritmo y, de alguna manera,

todos los instrumentos se someten al bajo

y, aunque se separen y despeguen el vuelo,

debe haber un control,

no ha de reinar el caos absoluto, sino un caos controlado,

y si no, ¿para qué nos diriges?

¿Adónde vamos todos si cerramos los ojos?

¿Por qué Pablo no acudió a mi fiesta de cumpleaños?

¿Por qué mi abuelo se ha muerto tan pronto y sin remedio?

Para mí el único orden estaba en los libros de piratas,

las correas en bandolera aguantando un carcaj imaginario

y un arco de flechas tan cuidado como unos zapatos lustrosos.

Nos pegábamos todos como hombres de seis años.

Con mis flechas acertaba el corazón de las ruedas de hierro

del tren que me arrancó de las calles en que siempre nevaba

o en que el sol cegaba los ojos hasta hacerlos estallar.

Ya nunca más volví al universo de los árboles

y sus ramas de madera me persiguen

convertidas en las hojas de los libros,

por más que el tren corriera y las vías y los pueblos

se fueran sucediendo y olvidando,

por más lejos que vaya, por más que vuele el tiempo,

los árboles vendrán transformados en palabras.

Para mí no había otro orden que los cuentos de piratas

y las historias de Goliat y el Jabato Color,

el viento en las velas y, después de las brumas,

los acantilados y las rocas del Mar de los Sargazos,

los cuerpos hundidos de los barcos

y sus viejas osamentas carcomidas

por el salitre y la humedad de las trampas

que no supieron ver sus pilotos poco atentos.

Por alguna razón el mar es un constante reclamo

para los animales marinos que fuimos

y de los que no hemos sabido deshacernos.

Mi abuela atravesó el país de punta a punta

para ver por primera vez la costa,

a sus ochenta y tantos años sólo había visto la guerra y el hambre

y había deseado el mar para hacerse una idea

de adónde iría a parar algún día

porque el agua es como el cielo, infinita y azul.

Para mí el único orden son las piernas de Esther estiradas en la arena

secándose al viento después de un baño en la playa

y las voces distantes y lejanas

del resto del mundo, indiferente a nosotros.

Esther es el estudio y también la arquitectura,

sus rizos son ecuaciones complicadas,

sus manos son aladas como las piernas de Mercurio

y su voz es tan suave y apacible

como el bajo que sueña tener algún día Charlie Haden.

Eso es la música para mí, le dice a Ornette Coleman,

las historias de piratas y las piernas de Esther.

En el CD hay entonces un momento de silencio

quizá demasiado largo.

La primera vez que lo oí consideré que era un defecto

y pensé seriamente en la posibilidad de devolverlo.

Ahora sé que Ornette Coleman hizo un gesto a la cabina

o puso su mano sobre el micrófono

o hizo un movimiento sutil y todos lo entendieron.

En Nueva York se cerraban las ventanas y se apagaban las luces

de los edificios de oficinas,

el viento jugaba con las ramas de los árboles de Central Park,

los vehículos se alejaban de Manhattan

y los miserables se preparaban para otra noche de frío al descubierto.

Ornette lo sabía y sabía de las gotas verticales de la lluvia

cayendo a plomo sobre la ciudad del vértigo

y sabía de las lágrimas de algún delincuente primerizo

detenido por la policía,

las sirenas se deslizaban sobre el asfalto

y se cruzaban agresivas las unas con las otras,

pero él no podía verlo ni oírlo porque estaba prisionero

en un estudio forrado de madera

como la caja de resonancia de una guitarra clásica

sobre la que vibran las únicas cuerdas

que pocos trapecistas aprenden a cruzar.

De su garganta salió una voz seca, una orden

con el deje cansado de quien sabe que será obedecido:

Long Time No See, la batería

la atacó con inusitado vigor

y después el largo monólogo del saxo

secundado siempre por el sustrato de los otros instrumentos.

Mucho tiempo sin verte, mi amor, una noche muy larga

que cae sobre los ojos como el recuerdo de una venda repentina.

Ni los nombres, ni las vidas, ni siquiera las caras

de aquellos que vivieron conmigo muchos años de su vida.

Gustavo Comella estudiaba

y dibujaba muy bien y tenía suerte con las chicas,

Jaume Serra no necesitaba nada de eso:

su padre era el amo del colegio.

Afortunadamente Dios, en su justicia, les dio una buena barriga.

Muntanyà se enfadó por una lata de leche condensada,

Albert Sala era un niño enfermo a quien nadie hacía caso

hasta que reventó un día de silencio.

Para todos nosotros constituía una tragedia

dejar incompleta la colección de cromos.

Long time no see. De todas las historias que he vivido

sólo ha valido la pena la que he vivido contigo.

Me he perdido en tu piel como en un monte sin guía,

he vuelto a nacer en el interior de tus abrazos.

Long time no see, amor mío, eras tú o no había nada,

lo demás era el caos, ahora al fin lo comprendo.

Por eso, en diciembre de 1985,

Ornette Coleman dijo a sus compañeros:

«la vida no es orden, los soldados aqueos

lucharon diez años en la arena hostil de una playa

por una mujer que durante esos diez años

fue perdiendo la gracia que todos recordaban.

El libro acaba aquí, cuando quemaron Troya,

pero creo

que Menelao no quiso reconocer a Helena,

que Aquiles no encontró en el Hades a Patroclo,

que Agamenón perdió su reino por aquella loca aventura

que empezó en Lacedemonia

El resto lo sabéis:

Ulises inventó el turismo de aventura,

Eneas fundó Roma,

Roma conquistó el mundo,

Colón descubrió América

y luego llegamos nosotros

y nos encerramos en un estudio de madera

a tocar y a discutir el sentido de la vida.

Todo eso os diría si hubiera leído a Homero y a Virgilio,

pero no soy más que una foto en un disco compacto

de hace quince años y quizá ni siquiera siga vivo a estas alturas.

Sin embargo yo creo que la vida es el caos,

que la música sigue una línea incoherente,

que todas las canciones repiten siempre el mismo tema.

Así que ahora vamos a tocar todos juntos Song X,

cada cual a su aire, como si afinarais el instrumento,

recordad cada una de las cosas que habéis visto

y evocadlas de golpe, en un guión comprimido.

Los que hayáis fracasado, recread vuestro fracaso,

vuestra frustración, vuestra rabia y vuestros celos

por una mujer que se fue, como Helena, con un Paris cualquiera,

vuestro miedo a qué hacer cuando acabe este contrato».

Eso dijo Ornette Coleman, el caos, y todos le seguimos

y empezamos a tocar infinitas melodías,

fuimos felices, rezamos, nos volvimos imposibles,

perdimos media vida con los ojos vendados en un hospital de provincias,

jugamos y perdimos los juegos porque el tiempo pasó sobre ellos,

nos enamoramos de chicas formales que nos engañaron como fieras

con nuestros mejores amigos, a los que aprendimos a odiar

y sufrimos el diario desprecio de quien un día nos amó.

No existe sentido, pero a veces encontramos asideros perpetuos,

alguien con un farol en un laberinto que sólo ella conoce,

alguien que atesora sonrisas en los labios

que ningún libro de matemáticas acierta a explicar,

alguien por quien vivir si fuere necesario y encontráramos el valor para ello.

Mi madre, que me cantaba canciones infantiles,

Esther, que le canta a Ariadna y ahora ella también a sus muñecas.

Las mujeres son el hilo con que se teje la Historia.

La historia de la vida es la historia de los cantos

que ellas nos cantaban cuando éramos niños

y se apagaban las luces y cerrábamos los ojos

para dormir acunados por su voz de mujer.

 

Miguel Ángel Zamora, nacido en Quesada (Jaén) en 1965, desde 1969 reside en Barcelona, compaginando la abogacía con la creación literaria. Ha publicado las obras siguientes: Nego (novela, 2000, Muntaner editors, Barcelona; 2002 Editorial Colibrí, México, D.F.); Cuaderno del Caos (poesía, 2001, Muntaner editors, Barcelona); Noticias del hielo (novela, 2007, Arola editors, Tarragona); Matar a Tiziano (novela, 2016, Editorial Amarante, Salamanca-Madrid).

 Contactar con el autor: m.a.zamora [at] movistar.es

 

 Ilustración poemas: Fotografía por dlohner / Pixabay [public domain]

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Revista Almiarn.º 104 / mayo-junio de 2019MARGEN CERO™Aviso legal

 

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