poema por
Miguel Ángel Zamora

 

«I vull amb tu un vol sobre Ariadna
…Un vol sobre Ariadna vull»

Ariadna o el senyor Q
(Esther Albert)

 

(20.1)
1997

 

Por encima del aire, sobre los tejados y las chimeneas de las casas
                                                                                                 antiguas,
los planetas que nunca se formaron se cantan viejas canciones 
y se explican las vidas que habrían querido tener,
llenos de orgullo por sus hijos inventados
en una tierra fértil mojada por tres ríos 
disueltos en un mar de agua siempre en calma,
un mar de labios satisfechos,
de cantos y leyendas que tampoco llegaron a existir, 
pero, a buen seguro, habrían convivido con ellos, 
los planetas que no existen,
como himnos elegantes.

De la tierra de las cosas que habrían sido perfectas
se escapó una vez Ariadna,
y los viejos planetas que vuelan cada noche por encima de nosotros,
los planetas que no vemos,
le velan los sueños que ellos mismos desearían para sí.


(20.2)
Una fotografía de veinte años antes

 

Éste de aquí, ¿lo ves?, éste soy yo,
el que está muerto.
Mi hija mira la fotografía
y ve en ella un cadáver.
Pero tú no estás muerto,
me responde perpleja.
Es verdad.
Pero lo estuve.

 

(20.3)
Veinte años buscándote

 

A Esther, en cualquier rincón de Europa

 

1

Desde que huiste soy solo un presagio,
una imagen futura y ahora inerte
creándose en los hilos de un adagio
compuesto solo para oírte, verte.

Y, sin embargo, toda luz revierte;
sobre sus haces mágicas se viste
la Alejandría que serás, que fuiste,
la que hundirá la noche en que despierte.

Pero veo los informes animales
que han llevado al infierno mi honda suerte.
Yo, que vendí mi sangre cristalina

solo por construir con sus cristales,
hasta engarzar tu imagen a mi muerte,
la luz más pálida de tu retina.

2

Soy un extranjero condenado en unas extrañas cárceles de cera
más allá de la luz azul de las farolas
ausentes como ojos ciegos que se sellan
como sombras o espíritus que velan los rincones.

Mi cárcel es como un anillo
por el que huiste cruzando las corrientes.

3

Pero sigo tu rastro aunque pierdas los pasos en los ríos.
Me volveré pantera para guiarme del olfato
y guardar una imagen eterna entre los ojos
porque tú eres mi única retina.

Te he amado como el viejo al veneno de los siglos,
de la misma manera que el áspid a la muerte.

4

Te seguiré por todas las ciudades
con la magia y el sigilo de las gárgolas.

5

Viajo hacia los áridos infiernos,
las blancas montañas de Semprún y Buchenwald
donde canta Zarah Leander sus románticas canciones de exterminio.
¡Cómo temí que fuera tu destino!

6

Fuiste a Lisboa, amor, pero un incendio
destruyó como un labio el centro más antiguo
de una ciudad etrusca como el mármol.

Guárdate de las dagas del tormento
porque eres mi piel y eso me basta
para seguirte infinitamente siempre.

7

Aunque ahora tienes recuerdos de noches con cuchillos
y figuras que se esfuman en los retrovisores.
Aquellas manchas grises de las viejas postales
se están reproduciendo en tu misma memoria.

 

(20.4)
Veinte años de espera

 

1

Algunos de los brazos que he visto dibujados,
como árboles en punta o postes de teléfono,
no son sino recuerdos de fugas inventadas
por los patios y calles perdidos de los sueños.

Yo sigo confundiendo la luz con la frontera,
la línea transparente de la calle en que vivo,
las raíces de los hilos que mis padres adoran
y la sombra infinita de los contenedores.

Dejan tras sí un reguero de gritos resentidos,
de dolores rotos y acusaciones fijas,
de odios malgastados y lágrimas y párpados
y sangres que ahora añoro y raíces sin arraigo.

2

Y sigo siempre buscando otro camino,
una huida distinta, un bosque diferente,
una vereda sorda, una montaña ciega,
un horizonte muerto donde encuadrar mi vida.
Otras Europas, otra Roma, otro Marruecos,
otras ciudades en que, sencillamente,
se arrinconasen mi alma y mis abiertos ojos,
donde puedas hundir la cuenca de las manos
y dejar un estigma a salvo, al descubierto.
Una huella profunda que me dé sentido.
Un garabato azul que permanezca quieto.

 

(20.5)
El poeta Dante Alighieri piensa en la muerte
veinte años después de descender a los infiernos

 

Al borde del camino de la vida
Estando consumido en un desierto
Con toda mi ambición casi perdida

Sin más tiempo ante mí que tiempo muerto
El cuerpo macerado por las viejas
Disputas de un pasado siempre incierto

Tormentas bien urdidas entre rejas
En forma de recuerdos sin cordura
O de zanjas abiertas por abejas

De suelo y piedra y nada y tierra dura
Y tan solo un temblor tenue al consumir
La última oración la más oscura

Estar así por siempre y no vivir
No despertar ni ser sencillamente
Vaciarme la memoria sin dormir

Perder el cuerpo y carecer de mente
Qué exquisita promesa parecía
La muerte que te abraza de repente

Esas mismas palabras repetía
Como un rezo constante y carcelario
Sabiendo que Beatriz ya no me oía

He vivido la vida de un sicario
Y ni un paso di para el descenso
Al infierno pues no era necesario

Veinte años después del más intenso
Viaje al surco profundo del estuario
No queda más que polvo y lodo denso
La piel que fuera ayer mi santuario.

 

(20.6)
El criminal confeso se dirige al tribunal antes de ser condenado a veinte años de prisión

 

1

Mis padres solo hablaban de los árboles,
pero nunca he visto uno como el que ellos querían.
Les oía hablar de cosas que viven y están quietas;
y ¿para qué quieren vivir?, me preguntaba
y miraba las paredes, que siempre estaban negras.
Hasta que me fui acostumbrando.

También es el cielo una pared oscura y muy profunda
y todos los espíritus que escapan se estrellan contra ella
como insectos que aletean en los vidrios o en los bosques.
Me lo dijo mi hermana hará ahora dos años
y después de decirlo murió desangrándose.
Su boca parecía un laberinto sin premio:
ya no exhalaba humo, ni palabras graciosas.

No se puede escapar, había dicho.
Hablaría del cielo,
porque miraba el cielo fija y quietamente.

Mis padres siempre hablaban de los árboles y yo los hice árboles
y sigo fijando todos los cuerpos que me miran a sus márgenes.
Todos iremos al mundo perfecto de los árboles.
Yo solo soy un guardián que expande sus fronteras.

2

Cada día de mi vida lo escribo con las uñas
apretando los trazos y creando cicatrices.
Mis palabras son surcos que arranco de la carne
y la sangre es la prueba de que tienen un destino.

Cada hombre que mato vive eternamente,
se queda estancado en su edad y en su físico.
Las mujeres más jóvenes serán jóvenes ya siempre
y los hombres serán ricos y ajenos a las dudas.

Yo he sido llamado para dar la vida eterna,
mis alas son cuchillos que afilo con los cuerpos.
Mi magia es solo amor por las cosas que no sufren,
que viven sin moverse, sin gritar, siendo árboles.

 

(20.7)
Veinte años por delante

 

Para Ariadna

 

La vida, Ariadna, es esto y mucho más,
Es la cera que quema en los altares
Es una voz que indaga adónde vas,
Es oro y lluvia, Andrómeda y Antares,

También el sol que juega con tu pelo,
Ver arder la madera, otro licor,
Una hoguera de luces en el cielo,
Reír sin parar, entrar en calor.

Y queda mucho aún por aprender,
Pieles en que vivir, mar por beberte,
Cantos que desgranar, luz de bengalas,

Bosques por explorar, mundos por ver.
Todo ante ti y abriéndose a tu suerte.
Suelta amarras, Ariadna, abre las alas.

 

 

Miguel Ángel Zamora (Quesada, Jaén, 1965). Reside en Barcelona desde 1969, ciudad en que compagina la abogacía con la creación literaria. Ha publicado las novelas Nego, Noticias del hielo, Matar a Tiziano y El Evangelio según la CIA y el poemario Cuaderno del Caos.
20 es un grupo de 7 poemas que forman, por disponer de una clave común,
una sola composición.

 

🖼 Ilustración poemas: Ariane endormie…, Touam (Hervé Agnoux), CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons

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