relato por
Alfredo Martín Gómez
E
l despertador, implacable, saca a M. de su letargo a las seis de la mañana. Lunes, se dice con un bostezo. O miércoles, o viernes, tanto da. Con un pitillo aún sin prender en la boca, conecta la máquina de café. Una buena máquina, justifica el precio que tiene que pagar por ella, se lo aseguro, señor M., le garantizó el vendedor cuando la compró. Sin embargo, nunca le ha parecido que la calidad del café obtenido estuviera acorde con el funcionamiento preciso de la máquina. Aunque eso poco importa, ¿no? Lo importante es que hace café, y de eso no le cabe duda, lo hace, y muy bien, además. Fallar en su cometido, lo que se dice fallar, no falla, esa es la verdad: tras añadirle la cápsula correspondiente, la máquina convierte su contenido en el vigorizante líquido negro (habrá personas que echen de menos el adjetivo delicioso, pero no es el caso de M.). Y para eso fue fabricada, y con ese fin fue comprada. Así que ya hace tiempo que descartó la idea de una posible reclamación. Total, para qué molestarse si la cafetera en realidad cumple con su cometido…
Hipnotizado por el parpadeo del piloto de encendido de la máquina, echa mano del mechero y enciende el cigarrillo. ¡Ah, cómo disfruta esa primera calada! Mientras la cafetera se calienta, es golpeado por una oleada de cansancio que le insinúa que quizá no sea lunes sino miércoles, o jueves, o tal vez viernes. Consulta su reloj inteligente para confirmar sus sospechas y, en efecto, el lunes queda descartado, y es inmediatamente reemplazado por el jueves. No obstante, su reloj se encarga de dibujar un nuevo escenario: pese a lo que le haya podido parecer justo hace un momento, ha tenido que dormir bien. Según los datos recogidos durante la noche por el reloj, estajanovista como nadie, su sueño profundo está por encima de la media del resto de usuarios de la aplicación. No le queda más remedio, por tanto, que censurar sus percepciones previas: os volvéis a equivocar, es imposible que esté cansado, he dormido muy bien. De hecho, el único aviso de hoy, de momento, se limita a aconsejarle que beba un vaso de agua en ayunas. Bueno, el agua y el magnesio (bisciglinato y malato, los mejores, según dicen los expertos) y el colágeno y el ácido hialurónico y la keratina… la verdad es que ya no recuerda cuándo los tiene que tomar ni con qué fin, en eso su reloj no le sirve de ayuda, tan solo sabe que debería tomar unos por la mañana y otros por la noche, y que lo ayudan a mantenerse sano. Así que, con decisión, los engulle todos de golpe, al tiempo que le ruega a las divinidades de los metales y las proteínas (o lo que sean) que lleven a cabo su pequeño milagro diario, consista en lo que consista. Se permite esbozar una pequeña sonrisa de satisfacción, al tiempo que se dice que él ya ha cumplido con la parte que le corresponde del pacto establecido con sus suplementos alimenticios.
Te estás ensimismando, M., todavía no te has tomado el café, ni te has acabado el pitillo, ni siquiera te has duchado ni has preparado la mochila (a saber: el agua, el desayuno, el táper con la comida… en fin, lo de cada día). ¡Diablos!, estalla cuando se quema con el café recién hecho. Apura el pitillo, hace de tripas corazón y da buena cuenta de lo que le queda en la taza. En un santiamén, activa la rutina número dos (la uno ya la hemos visto: pitillo, café y chequeo del smartwatch; le encantaría ser como esas personas que cumplen a rajatabla eso de «café y cigarro, muñeco de barro», e incorporar tal máxima a su rutina número uno, pero su sistema excretor, hace ya tiempo que lo sabe, precisa más de movimiento y menos de mezcla de nicotina y cafeína): se ducha, se cepilla los dientes, se viste todo lo rápido que puede, acaba de preparar la mochila y echa un último vistazo para cerciorarse de que no se olvida de nada. Móvil, llaves, cartera, desayuno, comida, agua… Todo en orden, así que arreando, que es gerundio. Se calza en la puerta de casa, como cada día, y sale, por fin, al rellano. Cierra la puerta. Un pasito más y pondrá rumbo a la parada del bus que, inexorable, lo dejará cerca de su trabajo.
Es obligado aclarar que, si bien M. aún no ha sucumbido al pánico que se alimenta desde los medios de comunicación y se extiende de bocas a orejas para mayor beneficio de las empresas que se dedican a instalar alarmas antirrobo en domicilios, no puede afirmar que lo haya descartado del todo: es el único vecino del rellano que aún no tiene alarma en casa, y aunque las datos referentes a robos domiciliarios en su localidad de residencia no son para nada preocupantes (al contrario, la suya es una población tranquila, quizá por eso se magnifica lo poco que ocurre al margen de la ley) y no justifican la instalación y el gasto inicial y fijo que supone tener una alarma, es muy posible que acabe llamando a alguna de esas empresas que se anuncian por la tele y se la haga instalar. De momento, hasta que llegue ese día, se contenta con cerrar con llave.
¡Las llaves!, se dice, alarmado, mientras palpa sus bolsillos intentando descubrir dónde han podido esconderse. Las tenía hace un minuto, las he cogido de la cesta del armario del comedor donde siempre las dejo, estoy seguro. Por suerte, no es invierno y no lleva chaqueta, y los bolsillos no se multiplican a la manera de los panes y los peces. En este bolsillo no están; en el otro, tampoco. Juraría que las ha cogido y las ha metido en uno de los bolsillos. ¡Joder, joder, joder, ya no tengo más bolsillos! Mira en la mochila: tampoco están ahí. A decir verdad, intenta tranquilizarse, no es la primera vez que las pierde, porque ya empieza a resignarse a la pérdida, aunque es cierto que, desde que es adulto, no lo hace con tanta frecuencia (los extravíos de su yo púber se traducían en el miedo a la bronca que recibiría de sus padres cuando les confesase que las había vuelto a perder, sin ir más allá ni profundizar en el hecho mismo de la pérdida y en el impacto que podía tener en el devenir del universo; ¡inocencia propia de la juventud!).
Desde luego, M. no es tonto, sabe que la pérdida es únicamente temporal, que las llaves, por lo civil o por lo criminal, acabarán volviendo a él. ¡Pero en qué momento han decidido desaparecer! Y lo peor no es que se hayan perdido, lo peor es la sensación de todo lo que se llevan con ellas. El bus, ese bus único en su especie, el que tiene el poder de llevarlo en hora al trabajo, se le escurre entre los dedos. Pero no lo hace solo, con él también se esfuman la conversación amena en el trayecto con J., que empieza a la misma hora a trabajar que él; y el café con leche y la ensaimada que se toma con precisión de reloj suizo en la panadería centenaria de al lado del trabajo; y la tranquilidad de llegar a su puesto antes de la hora; y la vuelta a casa, qué decir de la vuelta a casa… porque ¿cómo va a conseguir entrar en casa cuando haya acabado una jornada que, además, tendrá que alargar para recuperar el tiempo que pierda hasta que consiga llegar al trabajo? Dios, es que a la vuelta tendrá que coger un bus que tampoco será el bus que tendría que coger, y no se encontrará con quienes se tendría que encontrar, ni hará lo que tenía pensado hacer ni cuando tenía pensado hacerlo. Sí, al final todo se solucionará llamando al cerrajero, claro, si es que a las llaves no les da por aparecer antes y resulta que sí, que las ha olvidado dentro de casa; pero entonces sus llaves ya no serán sus llaves, nunca más. Serán reemplazadas por otras llaves que encajen a la perfección en la nueva cerradura y, por mucho que las vista con el mismo llavero, ya no serán sus antiguas llaves…
Se siente ligeramente mareado: ante sus ojos, su vida misma se disipa; acaba de ser consciente, con horror, de que una buena parte del inabarcable infinito acaba de ser emparedado entre los inquebrantables muros de la finitud. Y todo por algo tan minúsculo e insignificante como unas llaves. Unas malditas llaves…

Alfredo Martín Gómez. Licenciado en Filología Hispánica, Premio Extraordinario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Barcelona. Desde 2011 hasta la actualidad combina la escritura con la edición y la docencia y, desde 2015, mantiene el blog Alfredópolis (https://alfredopolis.wordpress.com/).
👀 Otros textos de este autor (en Almiar):Todos somos Homero ▪ El rifle de Chéjov, el flâneur de Baudelaire, la multitud de Poe y la ventana de Hitchcock ▪ El beso que nunca lo fue
Ilustración: Imagen realizada mediante técnicas de IA [redacción]
Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 141 • julio-agosto de 2025
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