relato por
Mariano Ruiz Montani

T

emprano en la mañana Wanda sale de su edificio. Camina siete minutos por la calle Montevideo. Llega hasta la boca del subte en la esquina de la avenida Córdoba. Allí sube a la formación de las nueve y veinte. A partir de su ingreso en las galerías del metro, ella ha calculado, segundo a segundo, cada instante de su jornada. Su tiempo se encuentra dividido entre los compromisos laborales y una relación matrimonial metodizada. Hace más de cuatro años que realiza la misma rutina.

Mientras se desplaza, piensa que el cúmulo de objetos físicos artificiales que la rodea está inmerso, a su vez, en un cúmulo más grande de objetos naturales. Es consciente de que las cosas se vuelven altamente significativas no solo por su utilidad funcional, sino también porque poseen un impacto psicológico. Lo que importa cada vez más para ella es su inteligibilidad. Una pieza de plástico o de hormigón, el iridiscente brillo de un automóvil bajo el sol, la pasmosa visión de los túneles que atraviesan la ciudad: he aquí las realidades íntimas de su existencia. El número de estas crece con una fuerza explosiva, tanto absolutamente como en relación con su medio natural.

En el pasado, la permanencia era lo ideal. Wanda realizaba cosas para que durasen. Estaba obligada a hacerlo. Como la sociedad en la cual vivía era immutable solo en parte, cada objeto, cada persona tenía una función claramente definida, y la lógica imponía una política de permanencia. Sin embargo, al acelerarse con el transcurso del tiempo el ritmo general del cambio en la sociedad, Wanda se da cuenta de que la idea de permanencia comienza a ser sustituida por la de transitoriedad.

Otro tanto es que las personas jóvenes como ella tienen escasos sentimientos y aspiraciones conscientes, y aquellos de los que tienen conciencia están aún poco claros. Su alma es una suerte de esbozo, y solo la experiencia de vida hace de ello algo acabado. Pero es preciso empezar con lo que se tiene. Recuerda que al contraer matrimonio consideraba norma que la atracción física fuera primero, pues todo matrimonio entre jóvenes debía empezar por esa atracción. Confiaba en que lo restante acaecería luego. Todavía lo hace. No ha claudicado. Espera.

Diez cuadras al norte del edificio donde habita Wanda, rodeado de altos rascacielos, de tráfico y de tentaciones urbanas, se halla Alan, un joven de veinte años, que se jacta de sondear y evaluar en su mente determinadas elucubraciones. Estas elucubraciones no son consecuencia de su corta edad, ni de teorías recientemente difundidas en las universidades. Son más bien el resultado de una aflicción consistente en la búsqueda desesperada de la persona hacia la cual dirigir el querer, sus tendencias y el deseo sexual.

A pesar de sus modestos ingresos como empleado en una galería de arte, Alan gasta más de diez mil doscientos pesos al año en su sustento personal, incluidos el pago de los servicios y la renta. Solo caminando recorre periódicamente algo más de treinta kilómetros, sin utilizar aventón alguno. Tres veces a la semana se reúne en los Bosques de Palermo. Allí, junto a otros jóvenes de su edad, participa de actividades y competencias deportivas en las cuales mide su capacidad física, logrando así olvidarse de que aún está solo.

Piensa que no es indispensable contraer matrimonio para dar un sentido profundo a su vida. Pero el hecho de que, para la naturaleza, el hombre solo es completo formando una pareja, implica la necesidad de una tensión perpetua entre dos partes. Es en esta forma, a su entender entonces, cómo la vida realiza todo su dinamismo. Ambas partes deben adquirir conciencia de que es imposible escapar al campo de atracción de fuerzas en el cual entren, para que el mismo desarrolle en ellas toda su potencialidad.

En un futuro serán muchas las personas que se negarán a prescindir de la idea convencional de matrimonio o de las formas corrientes de familia. Indudablemente, seguirán buscando la felicidad dentro de un marco ortodoxo. Sin embargo, Alan es de los que prefieren creer que la gente se verá obligada a innovar, pues las probabilidades en contra del éxito de dicha actitud podrían llegar a ser abrumadoras.

A pesar de la corta distancia entre sus hogares, Wanda no sabe nada aún de este muchacho. Se conocen ahora, cuando ella sale del subte y cruza sola la Plaza de Mayo. Él la invita a salir y ella no sabe qué responder. Su persona experimenta un impacto emocional a partir de ese encuentro casual marcado por la ilusión y las expectativas. Alan percibe su indecisión como una forma de cortejo y le dice que no se preocupe. Esta pauta de interacción es recibida por Wanda de forma positiva en tanto que da lugar a su individualidad. Él le propone entonces verse luego del horario laboral. Esto parece agradarle y correrla de lo agobiante de la rutina. El hecho de saber que va a tener una cita en las próximas horas hace que su canon moral pase a tener un lugar inferior en sus preocupaciones. Rápidamente le responde que pueden verse luego del horario laboral, a las siete.

Como todos los viernes, a las tres y media de la tarde, Otto, el alto y moreno marido de Wanda, introduce un manojo de papeles en su portafolios de cuero negro, toma el abrigo del clóset, y abandona el edificio. Se accionan así los engranajes que lo mueven a diario dentro de la ciudad. Hace más de media década que ejecuta en forma automática la siguiente rutina. Primero, desciende los cinco pisos que lo separan de la calle. Después, camina tres minutos por la atestada avenida hasta la parada del autobús. Allí sube al micro de las tres cuarenta y cinco que lo deposita, veinte minutos más tarde, en la nueva sede que ocupa una compañía naviera sobre la avenida Leandro N. Alem. Monta en el ascensor y se sienta en su cubículo, mientras la pantalla de su ordenador se enciende y le muestra la agenda del día. Cuatro horas y diez minutos más tarde, salvo algún imprevisto retraso, llamará por teléfono a Wanda para avisarle que arribará puntual para la cena.

Al caer la tarde, Wanda retorna a su casa. Después de tomar un refrigerio y mudar de ropas, pone algo de música. Deambula por el departamento, tratando de estimar el alcance preciso de su próximo encuentro con Alan. Frente a la suma de sus cuestionamientos intelectuales y morales se abren dos disyuntivas: correr el súbito e incitante riesgo de un romance, o bien renunciar a él allanándose con resignación al compromiso del vínculo ya existente con Otto y a las frustraciones que consigo lleva. Sabe que la automatización de su vida y el desgaste sufrido en su matrimonio son hechos consumados. Para evitar la fosilización de su existencia, consecutiva al endurecimiento de su carácter, no le queda más que un remedio: particularizar su interior a medida que acaece la mecanización externa. El enfriamiento inevitable del compromiso asumido pero desganado con Otto le hace pensar ahora en la fatalidad de una ruptura. Ha surgido en Wanda un nuevo interés que activa un número desconocido de razonamientos. Estos la impulsan a expandirse y a explorar una nueva aventura, conduciéndola hacia el análisis y la interacción que le hacen suponer una vida diferente.

Manteniendo las apariencias de una armonía intacta, ella podría abstenerse de la cohabitación para intentar obtener la plenitud fuera del vínculo, ya que en algún aspecto la realidad le resulta desagradable y la hace sufrir, pues todavía no ha hallado cómo afrontarla. De pie junto a la ventana, sufre sin tener motivo por temor a una equivocación que la arrastre a la merma de control o a la sensación de no tener solución para el dilema. La pérdida de potencia que ha sufrido el modelo de amor, y la emoción intensa y espontánea que siente ahora se deben en parte a que ese modelo está inmerso en uno más amplio de liberación afectiva. Y también a que el conocimiento gradual y progresivo se ha transformado en la vía supuestamente confiable para construir un nuevo lazo romántico.

Con esta disposición para intentar entender cuanto sea necesario, aspira y despide el humo producido por la combustión de un cigarrillo, mientras recodifica pensamientos a fin de concentrarse más en el presente, manteniéndose atenta y preparada frente a los posibles acontecimientos, tratando de que el tiempo pase más rápido y no pensar tanto en los futuros problemas que se puedan presentar. La situación le genera algo de ambivalencia e incertidumbre. Sin embargo, a medida que ve ahora a Alan acercarse hacia su departamento, Wanda recupera la confianza, hace a un lado la culpa y siente que la recompensa puede llegar a ser un nuevo tipo de relación que supere sus expectativas anteriores.

Solo la convicción ha hecho que Alan se mueva de su sitio, a lo largo de calles, hasta abajo, en la esquina, todo el camino hacia la cita. La nueva expectativa está conformada por retazos del pasado que le han servido a él para realizar lo que preveía, y por deseos para el futuro que no contienen nada del pasado. Pues las expectativas sin acción solo servían para encerrarlo en la trampa del futuro, limitándolo al papel del que está sentado a la espera, mientras que por su mente pasaban todas las oportunidades.

En el departamento de Wanda suena ahora el timbre del teléfono. El sonido penetra en los oídos de la joven de forma violenta. Una fuerza parece curvar el espacio y el tiempo a su alrededor. Círculos de ondas sonoras se expanden colisionando unos contra otros para luego dispersarse. La toma de acción o ejecución de acciones concretas, alusivas a las decisiones, se torna difícil. La consternación comienza a manifestarse en el rostro de la joven. La sostiene una sensación de infinitas expectativas como nunca antes ha experimentado. Escucha las palabras de Otto en el auricular y a sí misma hablar sin querer decepcionarlo. Le resulta difícil. El riesgo de ser descubierta actúa como potenciador de la excitación. La anticipación del placer, el anhelo que ha conocido ese mediodía en la plaza, parece descender sobre ella. Su fuerza restauradora se opone a la angustia para que su genio recobre cierta compostura. Se siente convocada a la prueba, satisfecha de la oportunidad, y con alegría cuelga entonces el tubo del teléfono. Algunas partículas cargadas de electricidad adormecen su boca. Abajo, en la esquina, Alan la espera.

 


 

Mariano Ruiz Montani. Nació en Buenos Aires en 1968. Cursó estudios universitarios en la UCA y en el Laboratorio de Idiomas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Es abogado, docente y escritor. Es también miembro de la SADE y del Círculo de Escritores Sanfernandinos «Atilio Betti». (El relato aquí publicado forma parte de una serie intitulada La continuidad de las cosas).
marianoruizmontani[at]gmail [dot] com

👀 Lee otro relato de este autor (en Almiar): La escapada

🖼️ Ilustración relato: Imagen realizada mediante técnicas de IA (redacción).

🔖 TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

Los confines del mundo (En Leves) Los confines del mundo, por Carlos Montuenga. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2006)
La colección (en Leves) La colección, por Pedro M. Martínez Corada. En Margen Cero (Taller literario de El Comercial – 2003)
En la madriguera (en Leves) En la madriguera, por Marcelo Choren. En Margen Cero (Biblioteca de relatos – 2003)

Leves (relato por Mariano Ruiz Montani

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 143 · 👨‍💻 PmmC · noviembre-diciembre de 2025

Lecturas de esta página: 46

Siguiente publicación
Un texto de rigurosa originalidad lingüística y una trama con…