La muerte anunciada del Gran Mariscal de Ayacucho
artículo por
Axel Blanco Castillo

 

Cuando el propio Bolívar se enteró de su muerte dijo:

Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la Patria de un sucesor mío, santo Dios, se ha derramado la sangre de Abel, la bala cruel que le mató el corazón, mató a Colombia y me quitó la vida.

 

F

ue evidente para los hombres que encontraron el cuerpo sin vida del general Sucre en La Arboleda, dentro del área de los robles de Berruecos (territorio neogranadino), que había sido asesinado. Había caído del caballo y presentaba notables escoriaciones en la cabeza y una perforación de bala en el pecho. Las fuentes indican que Sucre se dirigía por ese camino hasta Quito para reunirse con su esposa Mariana y su pequeña Teresa. Venía de cumplir responsabilidades como diputado en Bogotá, que no le fueron fáciles mantener debido a la notoria tendencia separatista de la élite colombiana. A medida que avanzaba hacia el sur, pernotando en varios sitios y haciendo contacto con mensajeros y gente informada de las tierras aledañas, se va enterando de las gestiones separatistas del Ecuador y la acogida benefactora de esta tendencia en países como Bolivia y Perú. Para muchos, la imagen del Libertador había sido mudada a la de un César americano con pretensiones hegemónicas. Y fue lógico que el estado de ánimo del Mariscal concordara con el inminente fracaso de la Unión, aunque, según algunos historiadores, Sucre también albergaba tristezas por la sospecha de que su amada Mariana (la Marquesa de Solanda), se amancebara con el general neogranadino Isidoro Barriga, que había sido su subalterno durante la campaña del Perú. Obviamente el problema marital era la consecuencia de sus largos distanciamientos, aunque siempre procuró mantener viva la pasión a través de una profusa correspondencia. Pero podría entenderse como motivo de esta perfidia los rumores de que Sucre también trabara relaciones amorosas con mozas de La Paz, Guayaquil y con Doña María Manuela Rojas de Chuquisaca, prometida de un antiguo consejero del Mariscal. Una confirmación sería el atentado que este recibió en abril de 1828, por Casimiro Olañeta, el novio de doña María.

Sucre parte hacia Quito

La comitiva que acompañó al Mariscal fue el diputado Andrés García Téllez, los sargentos Ignacio Colmenares y Lorenzo Caicedo, el negro Francisco y dos arrieros con varias mulas cargadas. Algunos lugareños le notificaron que no pasara por las montañas de Pasto en vista de la inquina que crecía allí por los unionistas y más aún por sus líderes más representativos.

Las advertencias no fueron atendidas en vista de que Sucre ya estaba acostumbrado a las amenazas de guerra, y las confabulaciones de los enemigos de la Unión. Su vida a esas alturas era un triste compendio de atentados, además que la vía más expedita para llegar a Quito era justo el camino de Pasto.

Pasando brevemente por la ciudad de Neiva, había tenido una fuerte discusión con el que más adelante se convertiría en el presidente de la Nueva Granada, el general José Hilario López, que negaba que el proyecto Bolivariano fuera el más cónsono con los intereses de los pueblos, luego de haberse ya alcanzado la independencia de España. Que era necesario que los representantes de cada departamento se replegaran internamente a resolver las necesidades que había generado la guerra y para ello se necesitaba que los países recuperaran su soberanía político territorial. Mientras que Sucre defendía el futuro de Colombia y la necesidad de continuar el proyecto de unificación. Eso detonó su partida inmediata de la posada y reorganizó su marcha. No fueron pocos los encontronazos con gente adversa al proyecto; el Mariscal recibió mucha correspondencia de amigos de las tierras del sur avisándole que desistiera el paso por Pasto, otros se le acercaban presencialmente a decírselo. Cuando llegó al pueblito de las Mercedes y atravesó el río Mayo, José Erazo le ofreció su hacienda «El Salto de Mayo» para pernoctar, realmente era una casa muy pequeña en muy malas condiciones  estructurales, pero suficiente como albergue transitorio. Dice el historiador Alfonso Rumazo González, que se trataba de un rancho que se hacía más pequeño de lo que era, por la cantidad de personas que lo albergaban. «Muchas», dice Rumazo: el comandante de milicias José Erazo, era el dueño de la vivienda, su cónyuge Desideria Meléndez (en reposo por enfermedad), sus tres hijos pequeños, cuatro soldados del batallón Vargas (Agustín Romero, Mateo Jolla, Nicolás Morán y José Fuentes), todos en reposo por condiciones físicas delicadas. Todos durmieron sin molestias o indicios extraños de intriga, incluso no hubo conversaciones pasadas de tono. Algunos historiadores apuntan que Sucre y los demás viajeros bebieron aguardiente, pero no fue en esta ocasión. Fue luego de llegar a la posada de La Venta, que Sucre después de pagar el hospedaje, le invita unos tragos al coronel Gregorio Sarria que venía acompañado por un negociante de La Habana, estaba también José Erazo, que había encontrado a Sucre en el camino, sobrepasándolo misteriosamente con el argumento de que tenía una diligencia que hacer en la posada. Fue justo ese halo de enigma y sospecha, que hizo al Mariscal quedarse esa noche en el lugar. Quizá identificó un olor funesto de posible celada que le haría pensar que era necesario evitar la penumbra. Otra cosa que reseñan los historiadores, es que en plena conversación entre Sucre y Sarria, el último se levantó inesperadamente y salió de la taberna acompañado por Erazo. Esa fue la nota que agudizó la inquietud del Mariscal. Es muy probable que en el proceso de los acontecimientos, paladeara un amargo presentimiento. Porque  cuando sale con la comitiva a tempranas horas, indica sus sospechas al grupo y los exhorta a estar prevenidos. Avanza lentamente, quizás atento a los sonidos y a la configuración arbórea de Berruecos. Aunque es probable que en vista de los sentimientos que lo atribulaban sobre Mariana y Teresita, su mente persiguiera otros horizontes. Según las fuentes, en un momento condicionado por el desplazamiento de la comitiva, el general se quedó solo. Sus arrieros, el sargento Colmenares y el negro Francisco, se habían distanciado más adelante, mientras que el sargento Caicedo y el diputado García Téllez, se atrasaron por deficiencias en la cabalgadura. Al parecer se habían bajado de los caballos con el fin de acomodarlas. Cuando Sucre vino a darse cuenta, estaba totalmente alejado de sus hombres, y según las fuentes, escuchó que alguien le gritó: «General Sucre», y en un presumible movimiento de su parte para tomar el rifle, cuatro tiros resonaron en forma secuencial. Según las declaraciones de algunos testigos, al sentir el impacto de las detonaciones vociferó atónito: «¡Ay balazo!», y se precipitó del caballo. El sonido del tiro alertó al resto comitiva. Por supuesto que hubo gran desconcierto. La tendencia de todos era abandonar el cuerpo del Mariscal y correr por su vida, porque se sospechaba que los asesinos seguían allí, como hizo el diputado García. Según fuentes, el sargento Caicedo fue el que tuvo la valentía de aproximarse al cuerpo del general caído, y en ese momento pudo atisbar a cuatro sospechosos de color mestizo, todos armados y uno de ellos con sable. Luego de eso, buscó resguardar su vida. El sargento Colmenares al notar a García corriendo, envió a los arrieros, pero ellos viendo las condiciones del cuerpo, regresaron con la noticia del perentorio peligro que corrían. Era posible de que los asesinos de Sucre quisieran eliminar al resto de sus hombres. Así que el Mariscal quedó insepulto por muchas horas, probablemente más de un día.

Respecto al cadáver

El asistente de Sucre, el sargento Caicedo, resolvió otra vez regresar con varios hombres para buscar el cadáver, pero el miedo persistió. La idea de que lo mismo les ocurriera, impidió que pusieran a resguardo al general. Varias horas después, Caicedo regresa al sitio con oriundos menos temerosos, y pudo transportar el cuerpo, que según testimonios, estaba intacto en cuanto a pertenencias. Caicedo tomó el reloj de mano del general y lo guardó, así como otros haberes. Le quitaron sobre todo la parte más vistosa de su atuendo y lo colocaron en un lugar denominado «La Capilla». Transcurridos dos días, llegaron tropas del batallón Vargas con un oficial que dirigió la pesquisa de los homicidas. Recibieron cierta información sobre las características de los sospechosos que había mencionado Caicedo el mismo día 4, y buscaron por varias horas en los alrededores de la arboleda de Berruecos, pero sin éxito.

El día 6 de mayo, el doctor del batallón Vargas, Alejandro Floot, con ayuda de otros soldados, practicó la exhumación del cadáver determinando que, de las cuatro detonaciones, solo tres habían impactado en la humanidad del Mariscal. La que realmente había acabado con su vida fue la que dio en la parte izquierda del pecho, en el área del corazón, y las otras dos rozaron la parte craneal. El cuerpo permaneció enterrado en la capilla, hasta que la Marquesa de Solanda mandó emisarios a buscarlo en forma muy discreta. Se lo llevó a Quito y lo enterró dentro del convento del Carmen, y para disipar las inquietudes e intrigas, difundió la noticia de que sus restos habían sido enterrados en la iglesia de San Francisco de Quito. Más tarde, probablemente a finales del siglo XIX, por el gobierno de Guzmán Blanco o principios del XX, con Cipriano Castro, luego de una insistente búsqueda, los venezolanos pudieron ubicar los restos del Gran Mariscal de Ayacucho, que habían permanecido resguardados por su esposa.

Tras saberse la noticia, el propio Estado ecuatoriano a través de los medios oficiales e impresos de la época, realizó el traslado de los restos, desde el convento del Carmen, hasta la Catedral de Quito, donde se le rindieron los honores póstumos a su investidura de Gran Mariscal de Ayacucho, entre otros títulos relacionados con la libertad y unión continental. Y donde ha permanecido hasta el presente.

La marquesa estuvo en la ceremonia, donde fue exaltada por el propio obispo de Ibarra, resaltando su ferviente amor por Sucre. Por esos días luctuosos, hay un intercambio de correspondencia entre Bolívar y la doliente viuda:

Bolívar:

No concibo, señora, hasta dónde llegará la opresión penosa que debe haber causado a usted esta pérdida tan irreparable como sensible(…) Todo nuestro consuelo, si es que hay alguno, se funda en los torrentes de lágrimas que Colombia entera y la mitad de América deben a tan heroico bienhechor.

Mariana:

Usted perdió un amigo leal que conocía sus méritos, y yo un compañero cuya triste memoria amargará los días de mi vida.

Cuando ella le regresa al Libertador la espada que el Congreso colombiano le había otorgado al esposo por sus triunfos de Ayacucho, Bolívar prefiere que ella se la dé a Teresita, la hija del Mariscal, que fue, en vida, su otro más grande tesoro, además de la Patria. Pero también le tributa a Mariana el título de «la Gran Mariscala de Ayacucho».

Antonio José de Sucre y Mariana Carcelén de Guevara

Una muerte anunciada

Se suele decir que la muerte del Mariscal Antonio José de Sucre fue anunciada, no solo por las muchas amenazas y atentados que sitiaron su vida, sino porque el 1 de junio de 1830, tres días antes de su asesinato (algunos historiadores lo resaltan como magnicidio porque Sucre todavía era presidente de Bolivia), el periódico El Demócrata, de Bogotá, manejado por acérrimos enemigos del Libertador, publicó un artículo donde se daban por enterados y hasta indignados, de que Sucre saliera de Bogotá probablemente siguiendo instrucciones de Bolívar. Lo reseñaban como un siervo siguiendo las órdenes perentorias de su amo. A todas luces se trataba de un mensaje ofensivo donde lo acusaban de diversos delitos referidos a presuntas ambiciones dictatoriales y hasta monárquicas, entre otras injurias, como por ejemplo la intención de mantener un yugo sobre los pueblos para que no puedan decidir sus propios derroteros. Y resaltan a José María Obando como el garante de la verdadera libertad democrática. Finalmente el artículo esboza una nota que puede entenderse como una amenaza directa al Mariscal: Puede ser que Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar.

Los verdaderos intereses de Sucre

Lo que resulta injusto y triste a la vez, es que si revisamos la correspondencia entre Sucre y Bolívar, sus notas y cartas a la esposa, entre el año 28 y 30, del siglo XIX, observamos sus intereses en retomar la vida hogareña con su familia, y la decisión de renunciar a todo otro encargo político que se le ofreciera. Claramente no tenía ambiciones de seguir al frente en cualquiera de las dependencias colombianas. Cuando se retiraba en junio del año 30 para ir hacia su familia de Quito, era claramente una renuncia definitiva a la vida pública, cosa que no entendieron sus enemigos, quizás por desconocimiento o  porque, sabiéndolo, no lo daban por sentado.

A la fecha de estas breves notas, en el año que nos cobija 2020, se cumplen 190 años de la muerte del prócer. Y todavía hay mucho que decir y qué investigar sobre él. Cada vez que se descubre un legajo que contiene valores que clarifican novísimos datos del Mariscal, es como si renaciera del polvo. Se escriben libros, tesis, se dan conferencias y discusiones sobre particularidades que pueden causar polémicas. Hasta el mundo del cine es trastocado con filmes históricos al respecto. Las hazañas del Gran Mariscal conmueven mucho más con el tiempo, porque se valoran a la distancia las limitaciones que tenían estos grandes hombres para consumar sus aportes.

 

Referencias

Bibliográficas

  • SALCEDO-BASTARDO, J. L. (Comp.). Antonio José de Sucre. De mi propia mano, México, Biblioteca Ayacucho, 1995, pp. 380-381.
  • RUMAZO GONZÁLEZ, Alfonso. Sucre, biografía del gran mariscal. Caracas, Presidencia de la República, 1995, p. 265.
  • ARRÁIZ LUCCA, Rafael. Venezuela: 1728-1830. Guipuzcoana e Independencia. Editorial ALFA. Caracas. 2011. Págs. 73-75
  • SISO MARTÍNEZ, José Manuel. Historia de Venezuela. Editorial DISCOLAR. Caracas.1973. Págs. 227-230
  • VARIOS AUTORES. La Independencia de Venezuela Historia Mínima. Editado por FUNTRAPET. Caracas. 2004. Págs. 25-27
  • MORÓN, Guillermo. Historia de Venezuela. EL NACIONAL. Caracas. 2011. Págs.141-145
  • Diccionario de Historia de Venezuela. Fundación Polar, 2.ª Edición 97.

Electrónicas

  • El Asesinato de Sucre en Berruecos

https://www.elcomercio.com/tendencias/asesinato-sucre-berruecos-historia-heroe.html

  • Papeles históricos de Venezuela

http://papelesdehistoriavzla.blogspot.com/p/arcivo-de-sucre.html

  • La Marquesa de Solanda y el General Antonio José de Sucre

https://www.banrepcultural.org/biblioteca-virtual/credencial-historia/numero-273/la-marquesa-de-solanda-y-el-general-antonio-jose-de-sucre

  • El Asesinato del Mariscal Sucre

https://www.uasb.edu.ec/UserFiles/File/pdfs/NOTICIASYSUCESOSConcursoManuelaSaenzEnriqueAyala/2007/.pdf

  • El Sucesor de Bolívar

https://scielo.conicyt.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0717-71942007000100012

  • Sucre, Antonio José

http://www.acading.org.ve/info/ingenieria/pubdocs/Sucre,_Antonio_Jose_de.pdf

 


 

Axel Blanco Castillo. Escritor venezolano (Caracas, 1973). Profesor egresado del Instituto Pedagógico de Caracas en las especialidades Geografía e Historia. Desarrolla maestría en Historia en la UCV. Ha trabajado en educación media en el área de Ciencias Sociales por más de diecisiete años. Algunos de sus cuentos y artículos han sido publicados en revistas virtuales y en la revista impresa Yelmo y Espada (salida de circulación). Ganador del Turpial de Oro en el concurso Cuentos de Amor 2015 por la Sociedad Venezolana de Arte Internacional. Es autor de los libros: Más de 48 Horas Secuestrada, Héroes y Degenerados (CreateSpace Independent Publishing Platform) y Al borde del caos (El Perro y la Rana). 

🔗 Web del autor: https://axelblanco1973.wordpress.com/

👁 Otras publicaciones de este autor (en Almiar): Don Simón Rodríguez (artículo) y Juegos de cama (relato)

🖼 Ilustraciones artículo: (portada) Antonio José de Sucre. Óleo sobre tela (detalle). Martín Tovar y Tovar (1827 – 1902) ▫ Muerte de Sucre en Berruecos, Arturo Michelena, 1895. [Leer artículo sobre este pintor] ▫ Antonio José de Sucre y Mariana Carcelén de Guevara, Unknown author.
[Todas las imágenes: Licencias Public domain, via Wikimedia Commons].

 

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