artículo por
Luis Méndez
Á
lvaro d’Ors (no Eugenio ni Javier ni Miguel ni Pablo, sino el catedrático de derecho), cuando sus alumnos le presentaban sus tesis, recomendaba oscurecerlas. Lo oscuro da prestigio; incluso preserva si la tontería es grande. Hubo un tiempo en que las leyes eran secretas, eso sí, de obligado cumplimiento para la plebe. Después se hicieron públicas e inteligibles. Mucho más tarde, lesionarlas te convertía en una parte del mundo en un protector del derecho.
La decepción, el desengaño, la desesperanza tienen una misma fuente, la de la frustración. En definitiva, que no ocurra lo esperado o lo que se debería esperar. Posiblemente sean también fuente de sabiduría, aunque si esto fuera así la humanidad sería sabia. Se podrá decir que el éxito no tardío también la otorga, en cuanto facilita medios mejor asistidos. Pero son sabidurías distintas. Una nos permite saber que hay monstruos; la otra seguramente ángeles. Lo que cada una de ambas figuras diste de esa realidad, ese será su mérito.
A Goethe, por ejemplo, se le tenía por sabio. Su frase «Prefiero cometer una injusticia a soportar el desorden» ha sido ampliamente matizada, principalmente para bien del poeta; pero no cabe duda de que es la reflexión de un conservador. Prueba de ello es que defendió los Decretos de Carlsbad, otra fuente, en este caso de censura y de represión. Los conservadores deberían preguntarse qué habría pasado si desde un principio se hubiera conservado lo que había. Todas estas cosas hay que interpretarlas en su más amplia extensión. Tampoco debería sorprender que gente de orden luche por subvertir otros órdenes que a ellos les disgustan. La cuadratura del círculo ha sido una constante en la lógica humana. Por lo tanto hay que evitar frases anfibológicas que den alas a lo injusto. La injusticia se basta sola.
Hay mucha gente que llevada por la apariencia opta por el orden. No obstante, hay quienes odiando lo vulgar y atrayéndoles la estética del orden, no ignoran que no hay mayor desorden que el de la injusticia, mayor aún si es tapada. No pocas veces la palabra orden va unida al propio interés. Pasolini lo decía: «Estamos todos en peligro. Nos sentamos en el sillón de nuestros intereses, pero la realidad es que el infierno está subiendo». No son palabras anacrónicas: hablaba de la comodidad y de la sociedad de consumo. Consume y «serás».
Paradójicamente, fuerzas que nos llevaron al consumismo, hoy no quieren que «seamos». Son perfectas medidoras de las opciones que más les benefician. Los productos que se multiplican en demasía bajan su precio, por lo cual los márgenes de beneficio también bajan. Así que hay que regresar a la escasez. Esto tanto en el mercado como en la academia.
Lo mismo ocurre con los productos en sí. Varían según su conveniencia. Ayer se condenaba a Elvis Presley por cómo movía las caderas, hoy esas mismas gentes son wokes radicales. No, no hay confusión. Son los mismos lobos voraces disfrazados de corderos. Aquellos censores no sabían que el «gran» Elvis estaba obsesionado con ser agente del FBI y con detener al mayor número posible de disidentes y espías. Un aliado. Tuvieron que hacerle un carné falso. Estas digresiones no lo son tanto: son para demostrar el lío que puede haber en creencias que parecen invariables.
Ante tantas esperanzas entrechocando, la sociedad hubo de crear la ley para ordenar tanta dispersión. Escrita la cosa es como si existiera. Pues bien, si ayer nos fallaba la esperanza, hoy también nos falla la ley. Hemos dado un salto y hemos vuelto al principio: desnudados los artificios ya sabemos que impera la ley del más fuerte. Hace poco muchos creíamos en las posibilidades del derecho. Medidamente, eso sí. Pero poco a poco los más fuertes han ido degradando la ley, hasta llegar a la anomia. Anomia en todo, en política, en sociología, en arte (ya no hay reglas, dicen que lo que te gusta, de cualquier forma, es genial). Si Vd. va por su derecha y el que viene de frente le echa de la acera ya sabe que no es lesión de las reglas, sino manifestación espontánea de lo que es. Puro funcionalismo. No invoque códigos de circulación que sólo son papel. Queremos volver al árbol primitivo que antes fue ese papel. Puro verdor.
El problema es que no hay una sola fuerza que pueda imponer su no-ley. Ya aclaró Anatole France qué hacía un bruto dándole cachiporrazos a otro: estaba constituyendo el derecho. Luego amplió la idea: uno cree que muere por la patria y muere por los industriales. Otro cachiporrazo a la esperanza. Hay muchas fuerzas poderosas enfrentadas. Y nosotros, que estamos bajo esas fuerzas, y sin fuerza propia, ¿qué haremos? Llegados aquí qué ridículo resulta ahora todo ese lenguaje fantasioso: resiliencia. empoderamiento, quererse a uno mismo. ¿Crecer para qué, si cabe el manotazo aplastante? ¿Quieren quizás que nos apretujemos bajo las piedras para volvernos invisibles?
¿Buscar al colega? ¿Y si en él anida la traición? Otra baza. Comprar y dividir. ¿Será que en realidad estamos solos? Se decía que en la muerte se está absolutamente solo. ¿Será un anticipo? Hay quienes se congratulan de que impere la fuerza. No son capaces de imaginar que también pueden ser víctimas. Y no directamente, sino a través de sus transmisores. Las malas cosas se contagian antes que las buenas. Todos los pequeños führers se frotan las manos, incapaces de vislumbrar su insignificancia. Pero llegará el día que sean desechados como pañuelos de papel. Recordemos a los yuppìes de los ochenta, fueron contratados para despedir empleados. Realizada la labor, ellos fueron despedidos a su vez. Aunque incrédulos religiosamente, sabemos que hay jerarquías entre los demonios.
¿En este ambiente, cómo defender la democracia, la libertad, la igualdad, el imperio de la ley, sin parecer simples o desnortados? Quieren hacernos retroceder al taparrabos, ignorando que los selváticos son ellos. Quizás por ello no temen volver a la edad de la piedra… ¿o son simples fanfarrones, incapaces de imaginar el caos?
Pero en este ambiente somnoliento, algunos podrán divagar sobre la tormenta, quizás guarecerse de ella (¿?), pero no evitarla. El ser humano, de momento, ha perdido el poco poder que tenía sobre la necesidad. ¿Será la fisión el cachiporrazo definitivo?
Los optimistas a prueba de bomba no se enteran. Hoy es lo importante. ¿Cómo dicen? Carpe diem (incluso con resabios latinos). Mañana, veremos. Pero, ¿cómo pensar en edificar un mundo mejor cuando hay quienes creen que pueden construirlo a manotazos? ¿Qué hacer? No lo sabemos. Hablar ahora sobre democracia suena artificial. Es como hablar del tejado cuando un rayo lo ha traspasado.
O quizás haya que hacer justo lo contrario, hablar de nación, de unidad, de vigilar a los que están dispuestos a frustrarnos en su propio beneficio. No lo sabemos. No queremos banalizar, el yo delante del pobre burro. Hace años que comenzaron a desmontar reglas; a construir islotes de derecho. Cada uno con una norma a conveniencia. Y todos en la fiesta. Era la liberación. Ni Bakunin lo hubiera imaginado. Poco a poco los más audaces y decididos fueron configurando un mundo informe. Tribunales que les excluían. Sentencias que no les afectaban. Condenas para los demás. Privilegios para ellos. Al principio dijimos que la frustración es fuente de sabiduría. Quizás hayamos dicho una tontería. Recordemos lo que dijo Einstein sobre la infinitud del universo comparada con la de la estupidez. Todo es posible en este mundo incierto.
Luis Méndez Viñolas. Graduado en Derecho. Exfuncionario de carrera. Publicaciones en Diario Sur, de Málaga; Sol de España, época Haro Tecglen; Ideal de Granada, Revista del Ministerio de Educación; Periodistas.es; Xornal de Galicia; Nueva Tribuna; El Obrero Periódico Transversal; Rebelión; autor de El Club de los suicidas o el malestar de la conciencia (Universo de letras/ Planeta).
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Revista Almiar • n.º 144 • enero-febrero de 2026 • MARGEN CERO™
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