relato por
Jesús Greus
S
ofíán, un chaval de diez años, está sentado junto a dos amigos a la puerta de la Pâtisserie Driss, en Essauira. Es sábado y no tienen cole ni nada mejor que hacer. Sofián, poniéndose en pie, anuncia que se va a dar una vuelta por el paseo marítimo. Como los otros no se animan, queda con ellos para jugar al fútbol en la playa después de comer. Se pone en pie y echa a andar hacia la puerta del Menzah. Hace una mañana espléndida, con un sol radiante, si bien un tanto ventosa, según es normal en primavera en la bella ciudad de la costa marroquí.
Al pasar ante la terraza del Café France, a la salida de la medina, echa una mirada a los clientes y repara en un joven matrimonio norteamericano. Un desganado camarero, arropado con un chaleco de lana desteñido y lleno de lamparones, acude a atenderlos. Gary y Taylor piden dos tés de hierbabuena. ¡El sabor de Marruecos!, se dicen ellos, muy satisfechos. Tan integrados se sienten ya en el país, tras un recorrido de quince días de Norte a Sur, que hasta han aprendido a decir shukrán, gracias en árabe.
Ambos miran embelesados a su alrededor: los edificios blancos comidos de humedad, un bando de gaviotas chillonas que se pelea por unas tripas de sardina, la gente que transita arriba y abajo por la calle. Gary es una veinteañera rubita y monilla. Taylor, también rubicundo, lleva pelo largo casi hasta los hombros, y una barbita rala que le da un aire místico. Ha depositado sobre la mesa su pequeña cámara digital. Está, por cierto, muy orgulloso de la ingente cantidad de fotos que ha ido tomando durante el viaje y que mostrará a los amigos en cuanto regresen a Chicago.
Al ver a Sofián parado frente al café, Taylor le hace una seña para que se acerque. El zagal, descarado, no duda en aproximarse a su mesa. Tratándose de turistas, siempre cabe la posibilidad de ganarse algún dinero. Taylor le muestra la cámara fotográfica y le pide, por señas, si les puede hacer una foto juntos. El niño responde en inglés macarrónico: «Me take picture?». Taylor asiente, sorprendido de que el niño hable inglés. Confiado, señala a la cámara fotográfica. Sofián, sin ninguna timidez, pregunta: «You American?». Gary asiente con una sonrisa. El niño, de pelo muy oscuro y rapado, le parece bastante guapo. Le pregunta si es de Essauira. Él asiente con orgullo, y ella le pregunta cómo se llama. Gary repite su nombre con fea entonación nasal. Luego quiere saber su edad. Sofián, sin vacilar, se añade un año y responde que tiene once. Aparenta ser mucho menor, la verdad, comenta Gary a Taylor. «¿No deberías estar en la escuela?», indaga a continuación. Sofián responde con mucho aspaviento: «Oh, incendio en colegio. Yo huir a prisa». Gary y Taylor se miran estupefactos. Ella se lleva una mano a la boca abierta, en un gesto de horror. El niño, divertido porque se traguen la bola, insiste con mucho aspaviento: «Mucho, mucho fuego. Yo, gran suerte escapar vivo».
Gary pregunta al niño dónde ha aprendido inglés, a lo que responde Sofián con aplomo que a base de enseñar la ciudad a los turistas. ¿Quieren que les haga de guía? Seguro que no han paseado por la Skala, ni por el barrio judío, ni conocen el patio secreto donde se yergue el árbol más grande del mundo. Gary va a aceptar con entusiasmo cuando Taylor, dándole un codazo, declina la invitación. A cambio, le pide si les puede sacar una foto juntos. Y, sin más, toma la cámara que yace sobre la mesa y se la ofrece. Sofián mira aquel objeto precioso con expresión atónita. ¿De verdad le va a dejar tocarla? Taylor insiste, y el niño toma la cámara en su mano con reverencia. Es la primera vez en su vida que toca algo tan prodigioso, tan moderno, un objeto venido de un mundo inconcebible, más allá del océano. Taylor le muestra cómo funciona, y Sofián da un paso atrás para tomar perspectiva. Empuña resuelto la cámara y les hace una seña para que se arrimen uno a otro. La joven pareja junta sus cabezas mientras sonríe al objetivo. Sofián dice «Cheese!», y dispara apretando fuerte el dedo, casi como si aquello fuera una pistola. «Otra más», pide la chica. Sofián retrocede dos pasos para ganar ángulo, y dispara de nuevo. Entonces Taylor alarga una mano para que le devuelva la cámara, pero Sofián dice que una más. Da otro paso atrás, enfoca, no se siente satisfecho, pasa gente por delante. Taylor, que ha perdido la sonrisa, insiste en que le devuelva la cámara, pero Sofián retrocede aún más. Taylor, empezando a amoscarse, ordena, alzando la voz: «¡He dicho que basta! Devuélveme la cámara». Sofián, sin hacerle caso, dispara de nuevo, y entonces queda como paralizado. Una idea rauda y peregrina cruza por su mente. Retrocede hasta darse contra el portón de una cancha cubierta de baloncesto, se parapeta contra él, dispara por última vez y, de repente, echa a correr, cámara en mano, en dirección a la medina. En un abrir y cerrar de ojos, el chiquillo desaparece por la esquina izquierda al fondo de la calle, donde un arco oscuro da paso a una angosta calleja en penumbra. Gary y Taylor se miran anonadados. Los clientes marroquíes, sentados a las mesas vecinas, no pueden evitar soltar risitas maliciosas. «¡El mocoso se la ha pegado a los dos nazarenos!», suelta un hombre en árabe, y ríen a modo sus compañeros.
«¡Ese pequeño hijo de puta se ha llevado mi cámara!», suelta Taylor, y se pone en pie para lanzarse a perseguirlo, mientras Gary, contristada, exclama: «Oh, my God!». Taylor corre, pero, al introducirse en el callejón oscuro, no ve al muchacho. Avanza hasta la confluencia con otra calleja. Mira a derecha e izquierda. Ni rastro del arrapiezo. ¡Como si se lo hubiera tragado la tierra! Echa a correr de nuevo, adentrándose en un dédalo de callejas entre las que pronto se pierde. En seguida comprende que no resultará nada fácil dar con el rapaz en aquel laberinto de sucias y tenebrosas callejas. Consigue orientarse para regresar al café, donde emprende a protestar enojado. Gary le recrimina por haberle entregado la cámara. ¡A quién se le ocurre!, protesta. Con expresión enfurruñada, Taylor se pone en pie y anuncia: «Nos vemos en el hotel». Sorprendida, pregunta ella: «Pero, ¿adónde vas?». No recibe respuesta.
Taylor se lanza a correr de nuevo hacia el interior de la ciudad. Gira a la derecha en la esquina de la Pâtisserie Driss, y luego a la izquierda. Decidido, se adentra en la larguísima calle central que atraviesa la vieja medina. Entre comercios abarrotados de coloridos tapices, babuchas, cerámica, cajas y objetos de raíz de tuya, farolillos, ropas, un gentío pulula arriba y abajo, ocioso o atareado. Taylor se ve obligado a abrirse paso entre gruesas mujeres cargadas con bolsas de la compra, porteadores que arrastran carritos de mano, niños que corretean, algún asno agobiado bajo sacos de cemento, turistas despistados. ¿Cómo va a dar con el chaval en medio de este marasmo de zocos y alfoces?, se pregunta con desolación. Pero, testarudo, sigue caminando calle adelante.
En un momento dado, guiado por una repentina inspiración, Taylor se introduce en un callejón cubierto y estrechuco, oscuro como boca de lobo. Unos pasos después, percibe al fondo un resplandor. Avanza a tientas hasta ver un arco que, para su sorpresa, da acceso a otra calle paralela a la que dejó atrás, ancha y soleada. Está flanqueada de arcos de piedra arenisca bajo los que se exponen verduras, pescados, ropas, útiles para el hogar. La tienda de un especiero anuncia en francés, sobre sacos de aderezos, cortezas, flores y hierbajos secos: «Viagra bereber». «Hierbas para hacer reír». «Para perder peso». «Para el sida». La calzada está también abarrotada por un público variopinto que regatea en los puestos de verduras y frutas. Una peste a pescado le anuncia al poco la lonja, donde una multitud negocia el precio de lubinas, anguilas, atunes, sardinas y pulpos recién llegados del puerto pesquero.
Y entonces se produce el milagro: allá delante, gracias a un claro que se abre entre la multitud, Taylor divisa la cabecita morena del ladronzuelo. Acelera el paso sin quitarle ojo, para cerciorarse de su identidad. ¡Es él!, se dice cuando lo tiene a pocos metros, reparando en el jersey de lana gris que le queda pequeño y ostenta un agujero en la espalda. No le cabe duda. Sofián camina tan pancho, seguramente convencido de que el nazareno jamás dará con él en su ciudad, que conoce como la palma de la mano. Para colmo de desfachatez, la cámara robada le cuelga del cuello. En ésas, el chico, siempre precavido como un gorrión previsor ante el acecho de gatos hambrientos, siente el impulso de mirar hacia atrás y, para su pasmo, descubre, por encima de capuchas de chilabas, la pelambrera rubicunda del extranjero, que corre hacia él abriéndose paso a codazos entre la muchedumbre. Como es bastante alto, no es difícil atisbar su cabeza sobre las de los viandantes. ¡Pies para qué os quiero! Sofián echa a correr como un gamo, esquivando, con prodigiosa agilidad, hopalandas y fokías de transeúntes. Taylor aprieta el paso, pero, de golpe, el niño gira a la izquierda y se refugia en un comercio. ¡Ya es mío!, se dice el americano.
El pobre e ingenuo turistilla no puede imaginar que Sofián conoce trucos que a él no se le pasarían por la imaginación. Viéndose perseguido, Sofián entra raudo en una tenducha que exhibe artículos para el hogar. Saluda al tendero: «Buenas, señor Mojtar. Perdone, pero tengo mucha prisa por un recado urgente de mi madre. Salgo por detrás». Al señor Mojtar no le da tiempo a responder mientras ve desaparecer al niño por el portillo trasero. Tras este, Sofián accede a un patiecillo repleto de cachivaches rotos y maderas podridas, que cruza hasta un postigo abierto a una calleja en penumbra. Sintiéndose a resguardo de su perseguidor, sonríe satisfecho y escapa por el pasadizo a paso tranquilo. Se sabe a salvo.
Taylor irrumpe en seguida en el exiguo comercio del señor Mojtar y pregunta a boca jarro: «¿Dónde está el muchacho que acaba de refugiarse aquí?». El tendero lo mira sorprendido, haciendo un esfuerzo por entender la pregunta en inglés. Suspicaz, responde en macarrónico francés: «Pas de gamin ici !». Taylor le suelta irritado: «¡Le he visto entrar!». Y emprende a escudriñar por los rincones, asomándose tras el pequeño mostrador de madera desgastada, como si el niño fuera a estar allí acurrucado tras las faldas del roído blusón del tendero. El señor Mojtar protesta en árabe conminándole a abandonar su tienda o se verá obligado a llamar a la policía. Taylor no entiende nada de lo que oye, por supuesto. Sin advertir un portillo verde descolorido que hay entre anaqueles repletos de coladores, jarras, desatascadores de goma, escobas, sacos de carbón, etc., sale a la calle. Incapaz de decidir en qué dirección dirigirse, opta por adentrarse en el callejón que arranca a su izquierda, en dirección al corazón de la medina.
Tras recorrer varias calles ceñidas entre muros descascarillados, Sofián llega a su barrio, allá en las destartaladas tripas de la vieja medina, donde se topa en una esquina con sus dos amigos, entretenidos jugando a las canicas. Muy henchido, les muestra la cámara fotográfica. «¡Eiuá!» —salta uno de ellos—. «¿De dónde has sacado eso?». Sofián, sin cortarse, responde: «La encontré». «¿Dónde?», preguntan a la vez los dos amigos. El chico se encoge de hombros. El mayor, que no es tonto, pone muy en duda que se haya tropezado con semejante tesoro por ahí, así como así. Los turistas no van dejando cámaras digitales abandonadas por los suelos. La explicación de Sofián es sospechosa. «¿Y exactamente cómo has dado con ella?», le pregunta el otro con mirada ladina. Sofián replica con enfado: «No es asunto tuyo». El segundo muchacho propone entonces mirar las fotos guardadas en la memoria digital. Pretende quitársela para manipularla, pero Sofián no la suelta ni loco. Prueban entre los tres, apretando distintos botones, hasta conseguir dar con el contenido de fotografías guardadas en la tarjeta de memoria del aparato. Tras muchísimas fotos insulsas de su país, descubren, fascinados, varias tomas de la mujer saliendo de la ducha cubierta solo a medias por una sucinta toalla. «¡Vaya tetas!», exclama uno de ellos, y rompen a desternillarse los tres a carcajadas. El mayor propone hacerse una foto de los tres amigos juntos. Sofián manipula la cámara, la aleja cuanto puede con un brazo y enfoca mientras los tres posan haciendo muecas de guasa. Dispara varias veces, y luego manipulan entre los tres el aparato en busca de las fotos tomadas. Ríen a modo ante sus gestos y guiños.
El mayor sugiere entonces a Sofián: «¿Sabes la pasta que podríamos ganar con este aparato? Vamos a venderlo». Sofián rehúsa, alegando: «Es mío. Yo lo encontré, y no quiero venderlo». El tercero le hace considerar todo lo que podría comprar con el producto de la venta. Harto de oírlos, Sofián echa a andar, alejándose a prisa de ellos. «¡Eh, tú, vuelve aquí!», le gritan, pero el chico ya está lejos.
Poco rato después, Sofián abandona la medina por la puerta en arco llamada Bab Dukala, y deambula por el extrarradio, cerca del cementerio judío, haciendo fotografías a vendedores de verduras y frutas expuestas sobre mantas en el suelo, a la gente que comercia, a un grupo de viajeros que hace cola frente a un destartalado autocar, a mujeres envueltas en blancos haikes. ¡Resulta tan divertido esto de andar por ahí retratando todo lo que ve a su paso! Pero el chico se detiene de pronto y permanece pensativo. Una maquiavélica idea le cruza por la mente. ¿Y si tienen razón sus amigos? ¿Cuánta pasta le podrían dar por la cámara de marras si la vendiera? Además, puede que el turista haya denunciado el robo, así que no le conviene ir por ahí con ese trasto encima. En esas, un tendero lo llama desde un colmado vecino y le pregunta adónde va. Sofián se encoge de hombros. El dependiente le advierte: «Tu madre anda buscándote». ¡Horror!, se dice el chico. ¿Qué querrá ahora? El otro pregunta entonces: «¿Qué llevas ahí?». Sofián echa a correr sin responder, cubriendo la cámara con ambas manos.
Al poco se da de bruces, en una esquina, con un chico que conoce, quien se le echa encima con una bicicleta. Es mayor que él, de unos quince años. Sofián le pide que lo lleve en bici al mercado de viejo, allá al norte de la ciudad. El otro asiente y le hace una seña para que monte sobre el manillar. Llegados al viejo mercado, Sofián da las gracias a su amigo, lo despide y echa a andar entre los puestos que exponen baratijas, objetos inservibles, cerámicas desportilladas, muebles, quinqués, carburadores y bujías de motos, tuberías y grifos, las cosas más inauditas. Aprieta el calor bajo un cielo limpio, sin una sola nube. Sofián se abre paso como puede entre el público hasta dar con un tipo que vende transistores, viejas cámaras fotográficas, retrovisores, linternas oxidadas. Sofián se acerca, le muestra la cámara, sin quitarse la correa del cuello, y pregunta cuánto le ofrece por ella. El vendedor observa el aparato dándole vueltas entre sus manos. Salta a la vista que es nuevo y de bastante calidad. En el acto, ofrece al chico cien dirhams. Sofián, despechado, ni se molesta en contestar. Se da media vuelta y se aleja. «¡Eh, oye, espera!», le grita el otro, pero el chico hace caso omiso. El siguiente le ofrece poco más. Sofián le devuelve una mirada de desprecio. Tras vagar arriba y abajo por el mercado, el chico tiene la feliz idea de mostrar a un vendedor de roída gandora o blusón, ya entrado en años, las fotos de la mujer semidesnuda. El tipo abre unos ojos como platos. Pasándose goloso la lengua por los labios, sonríe entusiasmado. «Solo esas fotos valen una pasta», se apresura a indicar ladino Sofián. El vejete le ofrece doscientos dirhams, el equivalente a veinte euros. Toca el turno a Sofián de asombrarse. Es una cantidad tentadora, más de lo que gana su padre en una semana. Jamás en su vida ha visto tanto dinero junto. No lo piensa más, entrega la cámara al hombre y se embolsa un reluciente billete azul. Con este bien a resguardo en un bolsillo, desciende la pendiente del mercadillo, atestada de mirones ociosos. Mientras, palpa feliz el billete en su bolsillo. ¡Soy millonario!, se dice.
¿Qué hará con tanto dinero?, se pregunta. Ni se le ocurre en qué invertirlo. De regreso hacia su barrio, meditabundo, el chico pasa ante una pastelería. Se detiene frente al escaparate y observa con indecible avidez las exquisiteces allí expuestas: cuernos de gacela, shebbakía, pastas de coco, ghribas de sésamo, makruds rellenos de dátiles y almendras. Sin poder resistirse a semejante tentación, Sofián entra en la dulcería. El pastelero lo mira de arriba abajo y, con acento antipático, le pregunta qué busca. Señalando a los pasteles y pastas expuestos tras un mostrador de cristal, bajo un revoloteo de abejas, el chico dice: «Quiero uno de estos y uno de esos de ahí». Desconfiado, el vendedor le espeta, sin más: «Anda, lárgate. No quiero pillos por aquí». Taimado, el chico extrae el reluciente billete del bolsillo y lo agita al aire. El pastelero lo mira estupefacto, y pregunta incrédulo: «¿De dónde has sacado ese dinero? ¿Lo has robado? ¡Vergüenza debería darte!». Sofián, con aire de niño rico, responde: «Lo he ganado». El otro le devuelve una mirada recelosa y le recrimina: «¡Serás mentiroso!». Pero una venta nunca se desperdicia, conque pregunta qué pasteles desea. El niño vuelve a señalar aquí y allá. Elige diez pasteles diferentes, que el hombre introduce en una caja de cartón blanco. A la hora de cobrar, advierte que no sabe si tendrá cambio para tanto dinero. «Más le vale», le suelta Sofián con desdén, «si no quiere que me vaya adonde Driss». El comentario molesta al tipo mientras abre la caja del dinero y cuenta billetes y monedas. Una vez recibido su cambio, Sofián abandona feliz la pastelería, y, asiendo la caja bajo el brazo como si fuese un tesoro, va a esconderse a un callejón cercano. Allí, ante un viejo portón, se sienta en el zócalo y devora en un plis plas un par de riquísimos dulces. Rara vez en su vida ha catado él semejantes delicadezas, como no fuese en la boda de su hermana. Aún relamiéndose, duda si zamparse otro más. Ganas no le faltan, pero se lo piensa mejor y, haciendo acopio de fuerza de voluntad, cierra la cajita de cartón. Hay que ser ahorrativo, se dice.
Sale a la calle principal y, poco después, avanza por una vía repleta de comercios de ropa y calzado deportivo, tan al gusto de la gente joven. Todos los modelos son copias de marcas conocidas. Sofián se muere por unas zapatillas deportivas de marca norteamericana, pero resultan demasiado caras para él. Se decide por entrar en una tienda de ropa, donde adquiere una gorra de béisbol y unas gafas de sol. Sintiéndose como un rey, se detiene ante un escaparate para regodearse en su nuevo aspecto. ¡Vaya pavo está hecho!, y prosigue calle adelante sonriente y mirando desafiante a las chicas.
Como cabía esperar, se topa con sus dos compadres, quienes quedan admirados ante su gorra nueva y sus gafas de sol. El chico, por eso de chulear, se hace el interesante. Luego los invita a un pastel para cada uno. Abre la caja de cartón, y los dos muchachos quedan turulatos ante semejante festín. Los engullen relamiéndose. Para colmo, Sofián les regala una moneda de diez dirhams a cada uno. ¡Una fortuna! Al fin y al cabo, son sus compis de toda la vida. «Gracias, hermano», dicen ellos, y salen corriendo a gastar su dinero. Sofián avanza calle adelante, cuando tiene la mala suerte de darse de narices con su madre, quien lo ase de una oreja y le suelta de malos modos:
—¡Por fin doy contigo! ¿Dónde te has metido toda la mañana? Zangoloteando por ahí, como siempre. ¡Vago, más que vago!
Sofián pretende inventar escusas, pero en esas va su madre y repara en la gorra nueva y las gafas de sol. Pregunta de dónde las ha sacado. Sin cortarse, el niño responde que se las han regalado unos turistas a quienes ha mostrado la ciudad.
—¡Serás tunante! —exclama la madre sin creerle.
—Te lo juro, mamá.
Antes de que ella le dé un pescozón, Sofián saca a relucir la caja de cartón y dice:
—Mira, te compré esto con el dinero que me dieron.
Ella observa con sorpresa los restos de dulces. Su corazón se ablanda, sonríe halagada y acaricia el pelo del muchacho. Al fin y al cabo, no tiene mal corazón. Atrapa la cajita de cartón y, antes de seguir su camino, le dice que no olvide ir a buscar a su padre al puerto, pues estará a punto de recoger el puesto de pescado para volver a casa. Sofián se separa de ella y, contento, tira silbando en dirección al muelle de embarcaciones pequeñas.
El crepúsculo se abate con tintes sanguinolentos y púrpuras cuando Sofián llega a los tenderetes de los pescadores. En medio de un guirigay de voces, disputas y bromas, ve a su padre, de pie ante una mesita que exhibe pescados frescos. A su alrededor hay una agitación de compradores y vendedores bajo un revoloteo de gaviotas hambrientas, que se abalanzan sobre escurrajas de gambas y calamares desechadas por los pescadores. Otros recogen redes o friegan barcazas. Flota en el aire un denso hedor a mar y a pesca. Sofián, habituado, no le presta atención. Una mujer gruesa, cubierta con chilaba color tierra, se detiene ante su padre para comprar unas sardinas. Tras regatear el precio, viendo acercarse al chaval, el padre le ordena mientras cobra:
—Envuelve ese pescado en papel de periódico para la señora.
Cuando la mujer se aleja con su paquete, el padre manda a Sofián que recoja el pescado sobrante y lo deposite en un cesto que yace en el suelo. Para desilusión del muchacho, el padre no repara en su gorra ni en las gafas nuevas, que ahora lleva sobre el pelo.
—¿No vendiste mucho pescado hoy, papá? —pregunta el niño.
El padre deja escapar un gruñido como toda respuesta mientras pliega la mesilla de madera, que previamente ha fregado con agua de mar.
—Vámonos —ordena—. No olvides el canasto del pescado.
Según echan a andar entre pescadores y gente atareada, hacia el antiguo portalón de piedra carcomido por el salitre, el padre pensativo y malhumorado, Sofián mete la mano en un bolsillo y extrae el resto de dinero que le queda. Se lo entrega al padre al tiempo que dice:
—No te preocupes, papá. Esto lo gané para ti.
El padre mira sorprendido el dinero en su mano y pregunta de dónde lo ha sacado.
—¿No lo habrás robado?
Sofián replica, como a su madre poco antes, que lo ganó con unos turistas. El padre, serio, no hace ningún comentario mientras estruja los billetes y los guarda en un bolsillo de los raídos pantalones.
—Papá —pregunta el niño—, si haces varias buenas obras, ¿justifica eso una mala acción?
—¿Y eso a qué viene? —inquiere el padre extrañado.
—Por nada. Estaba pensando en lo que hizo hoy un amigo.
El padre no responde. Se limita a indicar:
—Date prisa. Se hace tarde.
Se derrumba la noche repentina sobre la vetusta y ajada medina arrecida por el viento. Las fachadas blancas, comidas de humedad, muestran desconchones negruzcos aquí y allá. Algunos transeúntes, cubiertos con roídos capotes de lana, circulan por las callejas malolientes y angostas. Sofián camina orgulloso junto a su padre. Su sueño ha concluido. Tras un día de insospechadas aventuras, no le queda un dírham en el bolsillo. Ya no podrá permitirse más caprichos. Pero se siente feliz de haber entregado los restos del dinero a su padre, y los pasteles a su madre.

Jesús Greus. Nacido en Madrid, es escritor, licenciado en lengua inglesa por el Institute of Linguists de Londres. Ha sido colaborador de los diarios ABC, El Día del Mundo, Diario 16 de Baleares, Libération du Maroc, de la revista digital española Narrativas y, actualmente, de la inglesa LSD Magazine. Ha trabajado como traductor para diversas editoriales españolas. Como conferenciante, ha sido invitado por el Institut du Monde Arabe en París; la Universidad de la Sorbona; la fundación Le Monde autour du Livre, en Burdeos; el Centro de Estudios Luso-Árabes de Silves, Portugal; la Fundación Arte y Cultura de Madrid; la Universidad de Marrakech, etc.
Ha sido gestor cultural del Instituto Cervantes de Marrakech, ciudad donde reside actualmente. Es, asimismo, autor de los guiones cinematográficos Snapshots from Marrakech y The City of Flowers, ambos en proceso de preproducción. Es autor de:
– Ziryab (Editorial Swan 1988). Novela ambientada en Córdoba en el s. IX. Éditions Phébus, Francia 1993. Editorial Entrelibros, 2006.
– Junto al mar amargo, Hakeldama Editor, 1992. Novela.
– Así vivían en Al-Andalus, Ediciones Anaya, 1988. 13 reimpresiones. Nueva edición revisada bajo el título Así vivieron en Al-Andalus, Anaya 2009.
– Claro de luna. Obra poética.
– De soledades y desiertos, Ediciones La Avispa, 2001. Teatro.
– Laberinto de aljarafes. Editorial Sirpus, 2008. Relatos.
– Rebuscar entre las nubes. Anécdotas, tormentos y manías de los grandes escritores. Ensayo. Huerga & Fierro, mayo 2015.
– Aquella noche en el mar de las Indias. Novela. Editorial Stella Maris. Mayo 2015.
🖲️ Web del autor: Espejismos (https://librocircular.wordpress.com/)
👀 Leer otros relatos de este autor (en Almiar):
Los jimaguas (cuento cubano) ⋅ Ad Camorritensis Epistola ⋅ Calle Soledad · Amor precoz
Ilustración relato: Seagulls, Essaouira, Frank Douwes from Utrecht, Nederland, CC BY 2.0, via Wikimedia Commons
Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 144 · enero-febrero de 2026
Lecturas de esta página: 58











Comentarios recientes