relato por
Gilmar Simões

 

«No se sueña dos veces el mismo sueño».
Niebla, Miguel de Uunamuno.

 

E

staba postrado en la cama, delante de la penúltima página de Niebla, y «con cierta opresión en el pecho», cuando se presentó Augusto Pérez. Después del protocolo de rigor de dos desconocidos, me pidió encarecidamente que no cerrara el libro, que él quería seguir vivo. ¿Vivo? Sí. En lugar de disiparse en la niebla del silencio final, él quería despertarse en una nueva vida, pues, lejos de ser un «ente de ficción», él, tenía vida; a saber: quería mantener relaciones sociales fuera de esas cuatro paredes blancas rectangulares de esa libresca casa. ¿Por qué esa confusión nublosa alrededor de la muerte? No lo entendía. Lo suyo no era ni asesinato ni suicidio, además la escena culminante de su muerte, era un disparate. Por eso su designio era vivir; así de simple.

Primero, cuestionó quién era ese tal ente, como si tuviera yo algo que ver con su criatura ficticia. Luego, preguntó, si alguien en su sano juicio dudaba que en realidad él no existía. Después afirmó que el ente era un fiasco. Y, enseguida, justificó el argumento: realmente el que está muerto es el narrador o, en su defecto, el mismo autor.

Con esa afirmación, el señor Pérez Ficticio, aparte de hundirse en la ambigüedad, restablecía su estado dubitativo en ese punto ciego entre la ficción y la realidad. Mientras, yo hacía ademán de pasar a la última página, es decir, salir de mi estado de duermevela al de vigilia. De pronto él, con todo el descaro del mundo, simulado, sin precedente, debo decirlo, y con un atrevimiento inaudito, me pidió más hojas para las, referencias, bibliografía, apéndice, glosario y colofón. Quería porque quería evocar, estructurar los recuerdos de su historia de vida y que además se aclararan algunos aspectos que él ponía en tela de juicio.

—Señor Augusto Ficticio, ¿de qué vida me habla? Lo que me pide es un contrasentido. A mí no me corresponde juzgar su vida, ni su historia, ni el libro. Un libro es un conjunto de hojas y tiene un volumen definitivo y un final cerrado o abierto, como la vida misma.

—Déjese de bobadas, proyecto de escritor.

En el mismo instante que proyectó su broma, le pregunté si no quería hojas para el epílogo, así podría aclarar su leyenda, escribir su epitafio o, mejor dicho: el que diseña el método hace el lema. Él siguió sin inmutarse y, dijo, sin más preámbulos, que yo diera continuidad a su vida. Caso contrario, asumiera yo las consecuencias imprevisibles y complejas de la reacción de su historia ficcional.

—Bueno, bueno, ¿ficcional o vital, en qué quedamos?

—Ya viene usted otra vez con lo real y lo inventado. Vida ficcional somos todos. ¿Quién es usted, por ejemplo, un ente visible o incorpóreo? Quítese el velo, porque yo no le veo. ¿Lo pillas? No. Avancemos, pues.

Sin embargo, cuando intenté forzar el paso de la página cogiendo el borde de la hoja, entre el pulgar y el índice, él la sujetó impertérrito, se apalancó entre las márgenes del lomo sin la mínima cortesía.

—No lo haga —dijo—, le suplico. Ahí yace mi sentencia: la «oración fúnebre como epílogo».

Le garanticé que no la iba a pasar —era solo un ejercicio demagógico, reconozco; cómo iba a quedarme sin la guinda del pastel— pero que, por favor, no fuera brusco e inoportuno. Que me diera unos segundos. Necesitaba reflexionar. Así que le propuse añadir hojas pegadas con cinta para que pudiera moverse, al final, el libro ya estaba escrito.

—No me venga con más vaciles: no sea necio; un rectángulo en blanco a más o uno a menos, no me prolongará la vida —y poniéndose serio, añadió—: Salvo el propio emblanquecer las huellas del árbol. No hay nada a que aferrarse.

—Mire señor Ente Pérez, un ente ficticio necesita moverse entre palabras, frases, puntos, párrafos…

—Y usted solo sueña con hojas de cortesía, no de respeto. ¿Qué más quiere añadir al fiasco?

—Sin comentarios. Además, no tengo esta deidad, aunque me autorizara el escritor —que en paz descanse—, su creador; o sus herederos —y añadí que me parecía amoral dar vida a un muerto tan exquisito. Que yo no tenía la capacidad ni poder para dar continuidad a su existencia—. Usted es un ser ilustre, sí. Pero personaje, al fin y al cabo. El autor ha dictaminado su destino de antemano o sobre la marcha, me da igual. No hay nada que pueda hacer. No se puede mover el pasado, solo entenderlo. Como el futuro, es un ejercicio especulativo, por más que esté sembrado de reglas científicas.

—Usted es un deslustre absoluto.

Le veía removerse inquieto, decaído, en su acción cronológica. Aun así, intenté ser lógico y le expliqué que, hasta un escritor sin rumbo, delante de un cuaderno, una hoja en blanco en la máquina de escribir, en un procesador de texto, necesita poner límites a la vida de sus personajes. Si no, sería una historia sin fin. Interminable.

—Él es el hacedor. Es el que tiene el control sobre el destino de su criatura. Es su derecho…

—¿Y el derecho a la vida qué?

—No se da cuenta de lo que le está matando, señor Pérez, por no querer vivir en un mundo que no lo mata. Su destino es de un ente de ficción. Hasta en la creación hay espacio para el caos. Pero debe haber una relación entre sus entes, si no sería un desorden eterno sin fin. Todo se tornaría confuso. Los lectores no distinguimos entre ficticio y verdadero, y ambos solamente existen si creemos en la vida de cada uno como es. ¿Quiere sobrevivir sí o no?

—Déjese de tonterías señor Fracaso Simões. Sus explicaciones son innecesarias. No entiendo sus gazmoñerías. Puedo ser de ficción y verosímil, así como puedo ser real e inverosímil.

Estaba claro, él no quería ser solo un ente de ficción. Y retrocediendo en su boicoteo dijo que se quedaría a mi disposición las horas que fueran necesarias; me enseñaría todas las carpetas, borradores, objetos, libros…, todo el material utilizado por su creador para que adquiriera cuerpo, alma y espíritu.

—Pero, señor Pérez, si usted ya existe… para la vida eterna de los lectores…, deje que ellos le configuren como entiendan. Lo que quede de verosimilitud depende de la capacidad de cada uno de descifrarlo o no.

—Pellízcame, por favor, a ver si me quejo —dijo con una sonrisa mordaz, llena de perjuicio. Y luego añadió—: No se cansa usted de simoesnearme.

—Señor Pérez es usted muy cansino.

Esperé a que le pasara la intensa sorpresa, pero se quedó anonadado. Al final, consciente de que acreditaba poco o casi nada en su capacidad de renacer, le propuse dejar el libro abierto para que regresara de su aventura resucitadora, cuando estuviera listo. Le dije que cotejaría la historia, frases, palabras etc. Y si consiguiera la información necesaria, incluyendo la concepción del libro, su perfil de personaje, relaciones con otros entes… Bueno, ya veríamos. Mientras tanto, me daba un paseo por los capítulos…, en definitiva, por el cuerpo de la escritura.

Aunque aceptó a regañadientes, reclamó de ese «si consiguiera información necesaria» como si fuera un agravio, y preguntó.

—¿Me habrá puesto trampas letales, el señor Unamuno, ¿no?

Evité entrar en su juego. Como dije, aceptó, pero no sin antes quejarse de escritores aviesos, malos, vagos, que, descontentos con el ente creado, lo olvidaba o lo mataba o lo inducía al suicidio o cambiaba de sexo, de lugar… En fin, dijo que confiaba que yo reescribiría su historia, dándole oportunidad de vivir otra vez y, diferente, quién sabe, insinuó, podría transformarla en una saga. Deseaba convertirse en una leyenda por varias generaciones, afirmó riéndose y, añadió, quería ser inmortal. Además, la inconveniencia de sus exabruptos, de pronto se dobla la espalda como un moribundo y, dándose el último suspiro restaurador,

—¿Fantasma?

—Sí, eso de «negro» es políticamente incorrecto —me dijo muerto de risa sin saber de qué muerto se trataba. Pero luego como un ente resucitado—: Así podrá controlar mi reaparición como ser realizado, usted se hará mayor y adquirirá todo mi respeto, el del señor Unamuno y de los lectores. Y, lo mejor, ganará dinero. Veo que pasa mucho apuro. Es solo dar un vistazo al cuchitril en que vive…

La verdad no me hizo ninguna gracia su demanda, aunque fuera verdadera y no un pretexto para no dejarme dormir. No podía responder a ese disparate. Salvo decirle que su sermón era de un moribundo, y que con él se daba un tiro de gracia. Pero, ¿para qué? Estaba completamente desquiciado, y yo en desacuerdo con la sugerencia, la que fuera. Por la excesiva cifra de las posibles experiencias del ente ficticio que, en su intento de demostrarme su encierro entre las cuatro paredes blancas rectangulares de su libresca casa, se metió en un lío al verse sin posibilidad de ser rescatado en lo más fundamental de la vida ficticia: la consciencia y la sustancia del lector.

Augusto Pérez, poseedor de una percepción nebulosa más que de un saber preciso, anticipaba el inevitable proceso de su oración fúnebre, desde cuando extendió los ojos al cielo hasta que apareció la densa nube negra. Antes de la hora prefijada, fatigado por cada simulacro del ejercicio de literatura, que me quitaba el sueño, en mí ya había un complejo arrepentimiento de haber entrado en ese problemático ejercicio.

La madrugada se acercaba mientras yo procuraba de cierta forma asegurarme, de algún modo, en la esencia fugitiva del espíritu nocturno, la salida. No disponía de otro pretexto para finalizar el tema que dejarle morir «por miedo a matarle» o matarle «por miedo de que se les muera». Aproveché la misteriosa carga de mis parpados cansados, mi columna curvándose, mis manos temblorosas y, como ya no podía dar más alas a mi imaginación y continuar delirando en esa aventura silenciosa, cerré el libro y me quedé adormecido.

 


 

Gilmar Simões

Gilmar Simões (1958). Escritor hispano-brasileño. Ha estudiado sociología. Textos suyos han sido publicados en la revista Narrativas, Almiar y Letralia. Además, ha sido incluido en Minotauro, antología de relatos breves, de Latin Heritage Foundation (Washington, EUA, 2011). Como fotógrafo autodidacta ha realizado diversas exposiciones, publicaciones y audiovisuales.

Contactar con el autor: pix_unga [at] yahoo.es

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Ilustración relato: Fotografía por Miriam Espacio [en Pexels]

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Revista Almiar · n.º 129 · julio-agosto de 2023 · MARGEN CERO™

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