relato por
Manuel Moreno Bellosillo

 

S

oy el instrumento supremo del terror, mis armas son la violencia y el miedo, soy vuestro verdugo. Mi misión es arrebataros la paz, ahogaros en un océano de sangre. Para vosotros solo soy un criminal, un asesino… ¿Yo, que he renunciado a mi vida y he abjurado de mi conciencia y de mis creencias para cometer actos abominables, un criminal? ¿Vosotros os atrevéis a llamarme a mí criminal? Antes de juzgarme, dejad que os cuente mi historia.

Yo era una persona perfectamente normal con una vida perfectamente normal. Tenía un buen empleo, vivía en un bonito piso en el centro de la ciudad, pagaba mis impuestos, era un estricto cumplidor de las leyes y de las normas de convivencia, disfrutaba de una animada vida social con las ventajas y comodidades del mundo moderno… pero todo aquello un día repentinamente cambió.

Todo empezó una soleada mañana de otoño yendo a la oficina. Al salir del metro me crucé con un hombre que caminaba de espaldas, marcha atrás. Pensé al principio que reculaba porque había visto algo en un escaparate y le había llamado la atención, pero por el rabillo del ojo pude advertir que, pasado el escaparate, seguía andando hacia atrás. Por la extrañeza que me causó tal comportamiento me detuve descaradamente a observar al tipo y comprobé cómo recorría sin tropezar toda la calle caminando de espaldas y finalmente doblaba la esquina despareciendo de mi visual. Salvo por el hecho curioso de caminar de espaldas, el señor parecía un tipo normal, tendría entre cincuenta y sesenta años, vestía un terno gris y encima llevaba una gabardina beige; nada fuera de lo corriente.

Me acordé de «Elvis», no del cantante americano nacido en Tupelo, Mississippi, famoso en los años 50 y 60 y llamado «el Rey del rock & roll», sino del gato de mi portera que un día se cayó de su terraza y empezó a conducirse de forma rara. Mi portera vivía en el primer piso del edificio y una caída de seis metros no supone riesgo alguno para la agilidad de un felino. Sin embargo, desde la caída mi portera advertía alarmada comportamientos extravagantes en el gato y el que más le preocupaba era que había empezado a andar para atrás, lo que en un gato resultaba del todo extraordinario. Cuando el gato parecía acercarse en realidad se estaba alejando, y eso confundía y preocupaba a mi portera. Yo consideré que el nombre del gato adecuado a su nueva condición no era «Elvis» sino «Jacko», apodo de Michael Jackson, cantante afroamericano nacido en Indiana y denominado «el Rey del pop», muy famoso en los años 80 y 90, que popularizó un baile denominado «moonwalk» que consistía en andar deslizando un pie tras otro sin despegarlos del suelo de manera que parecía que avanzaba cuando en realidad retrocedía; un paso de baile muy vistoso y aplaudido. Es posible que «Elvis» sufriera algún tipo de lesión cerebral por la caída y que ello le hubiera provocado esa disfunción, lo cierto es que vivió unos pocos años más aparentemente felices con ese extraño hábito.

La anterior anécdota no tiene mucho que ver con este asunto, pero lo cierto es que me vino al recuerdo cuando vi al señor caminar de espaldas. Llegué a la oficina feliz por tener algo que contar y durante el descanso para el café referí la anécdota y todos me la celebraron.

A los pocos días, casi olvidado el incidente con el señor cangrejo, vi en las noticias que se habían detectado varios casos de un raro síndrome entre la población que consistía básicamente en que los individuos afectados caminaban para atrás. Todos lo vieron en la oficina y vinieron a contármelo, como si yo hubiera sido el descubridor de una extraña enfermedad.

De repente, los pocos casos parecieron multiplicarse y empezó a no resultar raro ver por la calle personas andando tranquilamente marcha atrás, como si no hubiera nada de extraordinario en ello. Aparecía una ambulancia haciendo sonar sus sirenas estridentemente y dos enfermeros se llevaban al afectado.

Aunque la enfermedad no era mortal ni se le conocían otros síntomas que el de andar de espaldas, se dispararon las alarmas entre la población y la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la FASE 6 de la pandemia, aconsejando a todos los países tomar medidas para evitar el contagio entre su población. Las autoridades sanitarias nacionales impulsaron medidas elementales para evitar el contagio como lavarse las manos con frecuencia, ir con mascarilla, quedarse en casa si era posible, evitar las aglomeraciones… Pero lo cierto es que la preclara comunidad científica estaba absolutamente desconcertada pues ignoraban todo sobre el patógeno causante de la enfermedad. Al principio pensaron que era algún tipo de trastorno mental, cuando los casos se multiplicaron concluyeron que se trataba de un virus nuevo especialmente contagioso, pero al no encontrar el virus consideraron que la enfermedad podría estar causada por priones como los que habían producido la patología neurológica degenerativa transmisible que se llamó «enfermedad de las vacas locas»… Finalmente tuvieron que darse por vencidos y declarar como desconocido el patógeno causante del «mal del cangrejo» —como se denominó popularmente a la enfermedad— un sonoro fracaso para la ciencia y en particular para la medicina. Los esfuerzos de la OMS y de las autoridades sanitarias de cada país se enfocaron entonces en rebajar las alarmas y en propagar que posiblemente se trataba de un brote pasajero que desaparecería muy pronto y que, en cualquier caso, no producía mayores complicaciones en los contagiados que los derivados de andar marcha atrás.

La situación se normalizó y a los afectados por el trastorno se les aconsejó que siguieran haciendo su vida normal, por lo que empezó a ser habitual ver a personas pasar andando de espaladas para dirigirse al trabajo, al colegio, a misa, a dar un paseo… El contagio afectaba a todos los países y todas las personas por igual, sin importar edad, sexo, raza, clase social, religión, ideología… Era un mal absolutamente democrático en ese aspecto.

Sin embargo, el brote no remitió, sino que se fue extendiendo rápidamente a toda la población, de modo que, como los afectados no se curaban y el número de contagios se multiplicaba exponencialmente, las personas con el «mal del cangrejo» llegaron a superar en número a los sanos. Poco a poco las personas que andaban de frente —si ese término ahora significa algo— fueron convirtiéndose en minoría y los «moonwalkers» se convirtieron en dominantes.

Conforme la epidemia se extendía por toda la población del orbe, los empleados de mi compañía se iban contagiando en igual proporción, por lo que muy pronto quedamos solamente una secretaria del departamento de compras y yo como los únicos especímenes de los andadores de frente. Finalmente, la secretaria del departamento de compras también sucumbió al «mal del cangrejo» —aunque a esas alturas ya nadie denominaba así a la epidemia pues el mismo se consideraba denigrante—, quedando yo en toda la oficina como único espécimen de los andadores de frente.

Llegó el día en que en la calle resultaba raro encontrar a gente como yo, así que trataba de evitar las horas de mayor tránsito para no ocasionar complicaciones en el tráfico peatonal que me pudieran ocasionar algún enfrentamiento, pues ya había tenido alguna mala experiencia en ese sentido. Éramos los sanos los que ahora causábamos complicaciones, los que ocasionábamos accidentes, nosotros éramos ahora los diferentes, los raros, los conflictivos…

Pero fue un descubrimiento accidental el que me reveló de súbito la magnitud de la crisis que estaba sucediendo, la profundidad con que el raro síntoma había afectado a toda la sociedad. Un día que me quedé hasta tarde en la oficina con la secretaria del departamento de compras comprobé que cuando pensaba que nadie la miraba caminaba normal, quiero decir, de frente; fingía, simulaba estar afectada y en realidad no lo estaba. Encontré el momento adecuado para reprochar a mi compañera su hipocresía, pues pudiendo andar de frente lo hacía marcha atrás para no distinguirse del resto. Primero lo negó, pero cuando la amenacé con contarlo en la oficina lo acabó admitiendo y entre lágrimas me suplicó que le guardara el secreto, que ella no quería engañar a nadie, pero que su marido estaba en paro y no podía permitirse perder su trabajo, pues con su sueldo sustentaba a toda la familia. El comportamiento de la secretaria me pareció exagerado y del todo injustificado, pero ese mismo día mi jefe me llamó a su despacho para decirme que había recibido quejas en relación a «mis hábitos extravagantes» y que debía evitar llamar la atención, pues en la dirección no gustaban de los tipos excéntricos y preferían las personas «normales» en su compañía.

No lo dijo, pero ambos sabíamos a lo que se refería. Me negué de plano a cambiar lo que había calificado como «mis hábitos extravagantes», yo era un empleado modélico, cumplía con los horarios, hacía mi trabajo sin tacha de mis jefes y me llevaba bien con mis compañeros. Al mes siguiente me entregaron la carta informándome de mi fulminante despido, sin alegar ningún motivo en concreto, únicamente reducción de mi rendimiento laboral.

El despido se reconoció como improcedente, me pagaron la indemnización que me correspondía y cada trimestre acudía puntualmente a la oficina del INEM que me correspondía a sellar el paro. La cola del paro era el sitio idóneo para sentirte extraño, todos los rostros amargados, desesperados, irritados, disgustados, iracundos, abatidos, desalentados, impotentes… miran hacia a ti como si tú fueras el culpable de sus infortunios, volcando sobre ti toda su ira, su resentimiento social. Un día provoqué un incidente —naturalmente, de forma involuntaria— cuando un individuo grueso y barbado empezó a despotricar contra mí, acusándome sin ningún fundamento de ser la causa de su situación de desempleado y gritándome para que volviera «a mi planeta». La mayoría de los integrantes de la cola se desentendió del asunto, pero unos pocos se unieron al energúmeno en sus protestas y no sé cómo hubiera derivado el incidente si los guardias jurados no hubieran intervenido. Finalmente me llevaron a una oficina donde realicé mis trámites, recibiendo instrucciones de que en los meses siguientes y hasta que terminara la prestación realizara las gestiones en aquella oficina a fin de evitar nuevos incidentes.

Por supuesto, el altercado y la forma de resolverse el mismo, como si yo hubiera sido el alborotador y no el energúmeno obeso, me parecieron injustos y planteé mis protestas, pero solo sirvieron para hacer perder la paciencia del personal de la oficina del INEM que me insinuaron que esos incidentes se evitarían si «algunos» no fueran provocando con sus rarezas.

Aunque me propuse no variar mis costumbres por causa de unos cuantos intolerantes, lo cierto es que, a raíz de este incidente, más por pereza que por miedo, empecé a evitar los sitios públicos en horas concurridas y me recogía en mi casa por el día, eludiendo los cines, los bares, los teatros, los museos y todos aquellos lugares públicos que antes había frecuentado.

Como estaba desempleado poco a poco fui cambiando mis rutinas, empecé a dormir de día y salir por las noches, cuando la ciudad se vaciaba y se podía deambular por las calles sin llamar la atención de nadie. Me convertí en una especie de hábitos nocturnos, cuando la ciudad empezaba a despertar y se abarrotaba de ciudadanos somnolientos en tránsito (todos caminando de espaldas) hacia sus lugares de trabajo yo me apresuraba a refugiarme en mi madriguera.

Sin apenas darme cuenta, mi plácida existencia se había arruinado, la tranquila vida que con tanta paciencia y tesón había diseñado para mi confort se derrumbaba sobre mí y me convertía en un paria en el universo. Yo había sido una persona muy dinámica y con mucha vida social, pero la falta de trabajo y la radical modificación de mis hábitos me terminaron aislando de mi familia y de mis amistades. Me convertí en un parado crónico, nadie quería contratar a un tipo como yo y muy pronto se acabó el subsidio del paro. Tenía algo de dinero ahorrado, pero calculé que en menos de un año se agotarían mis fondos y tendría que irme del apartamento alquilado en el que cómodamente vivía y dejar la ciudad. Cuando llegara ese día me tendría que marchar, pero ¿a dónde? Debía tomar alguna determinación, adoptar alguna iniciativa, pero día a día iba posponiendo la decisión.

Una noche fría de febrero que iba paseando por las solitarias calles de la ciudad, evitando como siempre las avenidas de vida nocturna más concurridas, oí las sirenas de una ambulancia, un eco habitual de las ciudades dormidas y silenciosas. La ambulancia se acercaba a la zona por la que yo deambulaba y de repente vi sus faros tomando la calle frente a mí. No sé por qué sentí miedo de la ambulancia y me quedé paralizado por el terror como un conejillo deslumbrado en medio de la carretera por los faros de un camión. Cuando el ruidoso e iluminado vehículo pasó por mi lado frenó haciendo chirriar sus neumáticos, se bajaron precipitadamente dos fornidos enfermeros, reduciéndome en un segundo y metiéndome a la fuerza en la ambulancia. Me ataron a una camilla y me pincharon algún tipo de sedante que me durmió casi sin darme cuenta.

Me desperté en una celda acolchada atado con una camisa de fuerza. Durante cuatro días estuve encerrado solo en esa celda sin que me nadie me diera razón sobre el motivo de mi reclusión. Me quitaron la camisa de fuerza cuando me desperté, pero me obligaron a tomar unas píldoras que me dejaron casi grogui. Al cuarto día me visitó un doctor que me informó que me encontraba en un Centro de Normalización Ambulatoria (CNA) y que pasaría allí algún tiempo para mi reeducación móvil. Cuando me rehabilitara, me soltarían y volvería a la vida normal, eso llevaba habitualmente de tres a seis meses.

Al día siguiente empecé mi reeducación. Por las mañanas nos daban a los internados instrucción teórica y por las tardes clases prácticas. La instrucción teórica consistía en un adoctrinamiento para convencernos de que la humanidad había dado un paso evolutivo y que a los involucionados solo nos quedaba la posibilidad de reeducarnos mientras los genes dominantes de la nueva raza del «homo sapiens sapiens sapiens» se imponían sobre los simples «homo sapiens sapiens» y los hacía desaparecer. La extinta forma de andar anterior a los «homo sapiens sapiens sapiens» era un error que la propia naturaleza había corregido por sí misma en una revolución evolutiva sin precedentes. Lo equiparaban al bipedalismo, la habilidad de caminar erguidos de los humanos modernos, estrategia evolutiva que permitió dejar las manos libres a nuestros ancestros, la fabricación de herramientas y todo el desarrollo cerebral que de esto se derivó. Mientras la capacidad de caminar erguidos fue adquirida por los homínidos en un proceso que duró cientos de miles de años, la capacidad de caminar de espaldas, en un alarde de la evolución, había sido cuestión de meses, por lo que se hablaba más de revolución que de evolución. Era muy pronto para conocer todas las ventajas de esta «revolución» evolutiva, pero se vaticinaba un desarrollo humano similar al que acaeció cuando el homo sapiens sucedió al homo ergaster. Si alguno de los pacientes protestaba contra estas explicaciones pseudocientíficas, espetándoles la sencilla verdad de que andar de frente era el modo normal de caminar si tenías los ojos en la cara y no en el cogote, pues podías ver y prever mientras avanzabas, lo que no puedes hacer si andas de espaldas, y que todos, absolutamente todos los animales con ojos siempre andan con la vista al frente, los doctores le criticaban la limitación de las ideas alegando que los humanos bípedos también tenían sus desventajas frente a sus ancestros cuadrúpedos, pues en los primeros la marcha era más lenta que en los segundos, pero no por ello deja de ser una avance evolutivo netamente ventajoso para los hombres. Si el paciente contumaz insistía en esas ideas subversivas era amonestado por los doctores por su estrechez de miras y espíritu poco colaborador, lo que los pacientes avisados sabíamos lo que suponía. Me acuerdo de un joven prematuramente calvo que, ignorando las amonestaciones de los doctores, siguió persistiendo en sus «trasnochadas» concepciones frente-ambulatorias en las horas de adoctrinamiento hasta que un día dejó de asistir a terapia y no se le volvió a ver por el CNA. Las clases prácticas consistían básicamente a enseñarnos a andar de espaldas tratando de no tropezar. El proceso de reeducación se reforzaba con una ingesta masiva de fármacos en forma de píldoras de los más diversos colores que nos doblegaba la voluntad.

A los ocho meses, parece que yo resulté un alumno algo torpe y poco aplicado, me dieron un diploma por mi reeducación, me devolvieron mis pertenencias y me soltaron otra vez a la calle. Cuando salí me declararon una incapacidad de un 33% por mis minusvalías, me reubicaron en un pequeño apartamento en una de las urbanizaciones que abundan en las ciudades dormitorio que rodean la capital y me consiguieron un empleo a media jornada de cajero en un supermercado.

Mi nueva vida era aburrida e insípida en comparación con la anterior, me resultaba incomodo tener que andar siempre de espaldas (no tenía ningún interés en que me encerraran otra vez en el centro de reeducación) pues nunca me acostumbré del todo a esta forma de deambular, mi trabajo no era muy inspirador y una ciudad dormitorio no resultaba el lugar idóneo para un urbanita como yo, pero aun así no me podía quejar pues era mejor que la que había dejado, aislada, desempleada, nocturna y sin esperanzas.

Los reclusos durante su reeducación tienen restringido totalmente el contacto con el mundo fuera del CNA, no pueden recibir visitas, ni ver la televisión, ni oír la radio, ni leer periódicos, ni consultar Internet, por lo que durante los ocho meses que estuve aislado no tuve noticias del exterior. Sin embargo, cuando salí nada parecía haber cambiado, el mundo sorprendentemente seguía siendo el mismo: guerras, calentamiento global, crisis económicas, escándalos financieros, desastres ecológicos, accidentes aéreos, corrupción política…, los hombres seguían siendo hombres y el mundo seguía siendo el mundo, únicamente en los medios de información aparecía como novedad los atentados terroristas de una nueva organización denominada «earthwalkers».

El autodenominado «GRUPO DE RESISTENCIA MUNDIAL EARTHWALKERS» se constituía supuestamente como una organización de resistencia para los «andadores de frente» de todo el mundo, pero en realidad —así al menos la calificaban los medios de comunicación— era una organización criminal que, utilizando tácticas terroristas, atentaban contra diversos objetivos del «stablishment». Siendo su ámbito espacial de actuación el mundo entero y sus objetivos tan inespecíficos, los ataques se producían contra las instalaciones de los gobiernos, los ejércitos, las iglesias, los periódicos, las universidades, los tribunales, las grandes corporaciones… de todo el mundo. Todas las instituciones y estructuras del nuevo orden mundial estaban potencialmente amenazadas.

Era una organización terrorista especialmente sanguinaria pues no dudaba en atentar contra hospitales e incluso contra colegios y todos los días aparecían noticias de las víctimas inocentes que se cobraban sus ataques. Ver en la televisión niños desmembrados por la explosión de los artefactos colocados por los comandos de esta organización terrorista que se decían representar y defender a los que eran como yo me hacía sentir enfermo y plantearme muchos aspectos de mi existencia. Desde luego ellos no me representaban ni quería ser yo causa de una lucha que causara víctimas inocentes. El mundo, pensaba yo, era suficientemente amplio y diverso para permitirnos vivir a todos en paz. Era cierto que los CNA y las terapias de reeducación recordaban alarmantemente a los métodos de ciertos regímenes totalitarios del siglo pasado, pero no existían guetos, ni discriminación, ni apartheid, ni campos de exterminio, ni solución final… ninguna de esas razones que podrían justificar los sabotajes, las amenazas, los secuestros, las bombas y los asesinatos.

Paseando un día por los jardines de la urbanización en la que me habían reubicado me crucé con mi antigua compañera de trabajo —la secretaria del departamento de compras que simulaba estar contagiada para que no la despidieran—, pero los dos fingimos no reconocernos y nos ignoramos olímpicamente. En las condiciones actuales de deambular, al cruzarte con una persona no la ves hasta que la has superado y cuando la reconoces en vez de acercarte te alejas y mientras te alejas en vez de darle la espalda la miras frente. Más que encuentros son desencuentros y resultan muy embarazosos, al menos para mí.

No referiría mi (des)encuentro con mi antigua compañera si posteriormente no hubiera ocurrido algo que le daría relevancia. En el buzón recibí una carta de la comunidad con la convocatoria de la junta de vecinos, nada fuera de lo común en cualquier comunidad de propietarios, pero en el envés de la convocatoria se consignaba el siguiente panfleto:

 

 

UNO DE CADA MIL

 

ESTÁS EN UN GUETO, aunque no lo sepas estás vigilado, controlado y cautivo. Todos los que vivís en la «urbanización» sois «disfuncionales» —como ellos nos llaman— y os han concentrado para teneros controlados y vigilados. Tu teléfono está intervenido, tienes restringido el acceso a internet, hay instaladas cámaras y micrófonos por todo tu apartamento.

Somos uno de cada mil, en total más de siete millones de personas que están siendo sistemáticamente perseguidas, encerradas y exterminadas por todo el mundo. En otros países han comenzado los pogromos y los campos de exterminio, pronto comenzarán en éste. Si te quieres rebelar contra la persecución y el exterminio, ÚNETE A LA LUCHA ARMADA.

Las exigencias de nuestro Movimiento de Liberación son las siguientes:

1º- Detención inmediata del exterminio y el establecimiento de leyes internacionales por la ONU que lo prohíba y castigue.

2º- Clausura de los campos de reeducación y cesación todos los medios de vigilancia y control.

3º- Declaración universal de libertad ambulatoria.

4º- Cesación de todas las políticas de segregación por razones ambulatorias.

5º- La creación de un refugio seguro, bajo las leyes internacionales, para los «andadores de frente» con la designación de un territorio por la ONU para su establecimiento.

6º- La libertad para el establecimiento de todos los que así lo deseen en el territorio entregado.

7º- Libertad para la creación de un estado democrático con base en el territorio entregado, y con respeto e igualdad a todas las nacionalidades, pueblos, religiones, razas, etnias, lenguas y tradiciones.

8º- Garantías de todos los países para la convivencia pacífica de este nuevo estado.

Si no te REBELAS ahora, mañana puede ser tarde: [dos tibias y una calavera]

 

 

La misiva estaba firmada por el «GRUPO DE RESISTENCIA MUNDIAL EARTHWALKERS» y terminaba dando instrucciones para unirse a la organización.

Al principio me invadió la indignación: ¡una organización terrorista sanguinaria me quería captar! Mi primera reacción fue denunciarlo a las autoridades, pero en una meditación posterior más tranquila fui explicándome algunas cosas que antes de recibir la carta me habían pasado desapercibidas. La urbanización tenía un control de acceso y estaba confinada por una valla bastante alta con cámaras en cada poste. Supuestamente, todas aquellas medidas eran de seguridad, pero si te detenías a analizarlas algo extraño había en todo aquello que chirriaba. La urbanización era un lugar bastante agradable, con edificios de cuatro alturas, zonas ajardinadas y una piscina grande para toda la comunidad, pero no era una de esas urbanizaciones de lujo en las que se confinan voluntariamente la gente adinerada, por lo que las medidas de seguridad parecían exageradas. Curiosamente los visores de las cámaras no enfocaban al exterior, de donde deberían venir las supuestas amenazas, sino al interior del recinto. El control de acceso estaba provisto de detector de metales, cámaras infrarrojas y otros instrumentos de seguridad más propios de aeropuertos, bancos e instalaciones militares que de pacíficas e inermes urbanizaciones de viviendas. Los guardias de la garita iban armados con subfusiles y anotaban las entradas y las salidas de todos los residentes. Además, en los estatutos de la comunidad había bastantes prohibiciones que resultaban inusuales, se prohibía tener animales domésticos, se prohibía tener en casa armas de fuego, incluidas la de caza, se prohibía celebrar fiestas, se prohibían las reuniones de más de tres personas…

Busqué por toda la casa cámaras y micrófonos, pero en una primera revisión las pesquisas resultaron estériles. La casa me la entregaron amueblada, provista de todos los electrodomésticos y la tecnología más moderna, incluido wifi en todas las habitaciones. De repente un día viendo mi smart tv, con mi smart phone en mi bolsillo y mi tablet sobre la mesilla, tuve la escalofriante revelación de que toda la moderna tecnología y las instalaciones de la que estaba provista la casa no era menaje doméstico para hacerme la vida más cómoda y fácil sino que era el sistema de control más implacablemente concebido, pues de forma voluntaria nos rodeábamos de los aparatos con los que nos observaban, con los que se nos escuchaba y con los que vigilaban todas nuestras acciones.

Poco a poco me fui convenciendo de que el panfleto decía la verdad, yo y los que éramos como yo estábamos siendo confinados en guetos, y pronto empezarían los campos de concentración y el exterminio. Solo nos dejaban dos alternativas, el exterminio o la lucha, y yo opté por la lucha.

Me uní al denominado «GRUPO DE RESISTENCIA MUNDIAL EARTHWALKERS», renunciando a todo y consagrando mi vida a la lucha armada para la consecución de los objetivos del movimiento. Así me convertí en terrorista, cambié mi cara, renuncié a mi vida y abjuré de mi conciencia y de mis creencias para cometer actos abominables en pro de la libertad e igualdad de los míos.

El 2 de junio de 2019 la ONU dictó la resolución 7119 declarándonos enemigos de la humanidad y ordenando nuestro exterminio inmediato. Los países que no habían dictado todavía leyes de «solución final» acataron gustosos la orden y se iniciaron holocaustos por todo el mundo.

Sabemos que nuestra lucha es desesperada, que la causa está perdida y que muy pronto nos aniquilaran a todos, pero moriremos luchando y caminaremos de frente hacia la muerte.

Ahora que conocéis mi historia, podéis juzgarme.

 


 

Manuel Moreno Bellosillo. Nacido en Madrid en 1973. Estudió Humanidades en la Universidad Autónoma de Madrid. Tiene un puñado de poemas y cuentos dispersos en diversas publicaciones. Del género mixto negro esperpéntico y ciencia ficción ha publicado en Internet, bajo el seudónimo de Horacio Hellpop, una novela titulada El Hombre orquesta sobre un mundo preapocalíptico como el actual. De ciencia ficción ha publicado en la antología Visiones 2012, en la antología Distopía de Cryptshow, y en la convocatoria Cine B, así como varios otros cuentos y numerosos microrrelatos.

Lee otros relatos de este autor (en Almiar): Los amigos de Elvis · El bonsái (extracto de un diario) · Los fósiles

Contactar con el autor: mmbellosillo [at] hotmail [dot] com

Ilustración: fotografía por Tumisu / Pixabay [Public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) · n.º 112 · septiembre-octubre de 2020

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