relato por
Rodolfo Ruiz Vázquez

 

D

ebí haber visitado el museo. ¿Alguien en su sano juicio hubiera preferido plastas estridentes de pintura y estrafalarias instalaciones a un corte inaugural vistiendo ropa de diseñador?

En su sano juicio. La misma frase fue repetida hasta el cansancio en los medios y en las redes sociales: «Un comportamiento similar no es propio de personas en su sano juicio»; «Ayer quedó demostrado que el alcalde no está en su sano juicio»; «¡Inchi loco, me k-e q ese wey no está en su sano juicio!». Eso en cuanto a los vecinos del sur, que, por tener yo la doble nacionalidad, estaban atentos a cada cosa que hacía y decía. Mis compatriotas de este lado del río utilizaron expresiones como «out of his gourd» y «he’s gone bonkers».  

La plebe supersticiosa habló del Poseso. Los periódicos decían que, de unos años para acá, el señor alcalde acusaba los síntomas del estrés. Nadie se imaginaba que el suceso de esa tarde no tenía relación ni con las tensiones propias de un trabajo tan exigente como el mío ni con el apoderamiento a manos de los espíritus de los locos que habían vagado por esas coordenadas.

Después de quince años en la política, puedo decir que estoy acostumbrado a la presión y a los insultos. En lo que concierne a los locos, lo admitiré: la culpa la tuvo un loco, pero jamás se apoderó de mí. Ningún espíritu me obligó a actuar de un modo ajeno a mi volición. Frente al temor irracional que sentí, reaccioné no solo con la certeza de lo que hacía, sino con absoluta cordura. Dicho de otro modo, mi reacción fue una solución práctica, lógica y sensata a un problema que, he allí el meollo del asunto, no tenía lamentablemente fundamentos en la realidad. Actué, además, en mis cinco sentidos. Lo mejor, por supuesto, habría sido no hacer caso a la incoherencia. Fue tan súbita y temible su aparición en mi mente que apenas pude reflexionar no en lo que hacía, sino en lo que me orillaba a hacerlo. Todo el tiempo tuve conciencia de mis actos. Solo después, cuando analicé fríamente la falta de sustento lógico en mis miedos, caí en la cuenta de que la mejor reacción hubiera sido no reaccionar en absoluto.

Mi tío, con todo, es solamente uno de tantos engranajes que pusieron en marcha el desliz. Allí está el señor White, gerente de la nueva sucursal de Paolo Gagliano en Houston. De su muy elegante y variado calzado hubiera podido ofrecerme unos bonitos mocasines, unas botas o unas sandalias de cuero. Eligió, aparte de los más picudos e incómodos, los únicos zapatos de su catálogo con unas agujetas cuyo recubrimiento ceroso impedía la realización de un nudo duradero. Yo ya había dado mi palabra a él y a otros gerentes de las tiendas de ropa y artículos para caballero en el mall: accedí a ponerme una prenda de cada marca. Los zapatos eran Paolo Gagliano; los calcetines, Paul Aubain; el traje, Simon Renard; el reloj, Gullur. Mi mujer me dijo que me veía guapo. Ella sabe de esas cosas.

Pero el loco al que aludí no tiene la culpa de estarlo, ni puedo acusar al señor White por haber sido tan amable. El que de ninguna manera podría presentar apelación es el genio inmobiliario que decidió erigir el centro comercial en el sitio donde, durante más de cien años, se ubicó un frenopático. No lo digo únicamente por la coincidencia que originó en mi mente, durante la inauguración, el resurgimiento memorioso de la advertencia de tío Erroll. Lo digo también por la poca gente que asistió a ella y por los pobres números que desde entonces han acudido al centro comercial. A los padres de familia no les apetece llevar a sus hijos a un lugar que las creencias populares pueblan de psicóticos fantasmas. Y de no haber existido el centro comercial, hoy estaría, si bien con un shock estético irreversible, fuera del pantano en el que he caído.

No se habló de otra cosa que de los locos desde que Wallock Construction anunció el desarrollo del White Dove Mall. El centro comercial fue construido en las afueras de Houston, en los terrenos del Whistling Tree Hospital, los cuales, además del edificio, comprendían varias hectáreas de bosque al sur de la ciudad. Christian Wallock estaba tan preocupado con los posibles señalamientos de los ambientalistas que nunca se le ocurrió pensar en los cuestionables antecedentes del terreno. Miles de memes invadieron Internet: Jack Nicholson en cualquiera de sus papeles de neurótico o psicópata probándose una camisa de fuerza en Levi’s, Ignatius Reilly atascándose de hot dogs en el food court, Syd Barret depilándose las cejas en la peluquería, Don Quijote montando un unicornio en el carrusel, Holden Caulfield patinando en la pista de hielo. Christian Wallock dijo que la accesibilidad del mall en términos viales haría olvidar los dardos con que se atacaba a su proyecto. No fue así. Los memes ganaron en creatividad, y lo que comenzó como una broma fue dando pie a teorías paranormales sobre la influencia maligna que los espíritus de los locos podrían tener en los que visitaran White Dove Mall.

No importaba que el hospital Whistling Tree hubiera sido un gran ejemplo de buen trato, ética y métodos vanguardistas de curación. El único rezago se apreciaba en las instalaciones, pero no podía pedirse más de un centro de salud que funcionaba gracias a las donaciones de algunos poderosos. No hablo de oídas; fueron muchas las ocasiones en que visité a mi tío en su habitación. Era un paraíso terrenal, donde a nosotros, los cuerdos, nos hubiera encantado ir. Como dije, no importa. Hay sitios —cárceles, cementerios, campos de batalla— cuyo contagio emocional ocurre con una simple alusión.

Tampoco me ayudan mis raíces hispanas. Fui el segundo alcalde de Houston con ascendencia latina desde J. J. Pastoriza. Mi abuelo era un restaurantero mexicano que, por la década de los sesenta, comenzó a importar la carne de los rastros de Texas. Las visitas constantes que realizaba a Houston con motivos de negocios lo llevaron a conocer la ciudad y los alrededores. A mediados de los setenta, por motivos prácticos más que nada, decidió adquirir una casa en Mirror Pine, un tranquilo suburbio al norte de Houston. Era muy pequeña, y aunque mi abuelo la había comprado con la idea de que sirviese como puerto en sus rápidos anclajes mercantiles, mis tres tíos y mi papá vieron en ella un punto vacacional de interés. Mis primos y yo, más o menos de la misma edad, empezamos a ir a Mirror Pine antes de haber cumplido el año. Yo, de hecho, nací en el Houston Methodist Hospital.

 

Mirror Pine ocupa una zona arenosa en la que en esos años todavía abundaba el pino. Al salir de la casa te envolvía un olor a bosque, un bálsamo untuoso que se impregnaba a la piel con la humedad pegajosa del verano. En las noches tibias podías salir y encontrarte sapos y ranas. En las mañanas, cuando salía a correr, mi papá nos traía pequeñas serpientes inofensivas y nos abrazaba todo lleno de sudor. Pululaban las hormigas rojas y las veloces ardillas. Aparte del olor del pino había un aroma propio no solo de Mirror Pine, sino de todo Houston. Era perceptible desde el momento en que cruzabas las puertas eléctricas del aeropuerto y salías del aire acondicionado al intenso calor de la canícula. Nunca he podido determinar el origen de la fragancia, pero siempre que pienso en ella recuerdo, por alguna asociación incomprensible, el pavimento de Houston. Las calles de Houston no están hechas, como las de México, de chapopote, sino de concreto hidráulico. No son negras, sino grises. Tienen una textura arenosa cuya aspereza mi primo, aficionado al patinaje sobre ruedas, puede atestiguar con las gruesas cicatrices que le quedaron en las rótulas. Son además muy limpias, como ríos de plata.

Pensar en este aroma me hacía sentir bien. Cuando regresábamos a la Ciudad de México luego de haber pasado algunos meses en Mirror Pine, me entristecía encontrarme con el olor a desinfectante barato para baño del AICM. Ni qué decir de la hedentina que recibía al cruzar las puertas. Viendo las imágenes de pobreza y precariedad que se deslizaban por la ventana del taxi, sentía nostalgia por las casitas ordenadas, los pinos frondosos y las calles impecables de nuestro refugio veraniego. Cuando papá le preguntaba al chofer qué había pasado con este o aquel gobernante corrupto o cómo iba su equipo de futbol, la contaminación terminaba por opacar los recuerdos recientes de mi estancia en el paraíso, y una fuerza de atracción ineludible me arrastraba a un mundo fétido y desagradable. Era como si el perfume al que aludo fuera la condensación de muchos ideales: el orden, la limpieza, la eficacia, la felicidad. Y al mismo tiempo de cosas concretas: el té helado que tomábamos en las largas tardes de alberca, las películas que nos rentaba papá en Blockbuster y que veíamos todos juntos en la noche, las farmacias con su amplio surtido de golosinas, cuya combinación inverosímil de sabores no había alcanzado al mercado mexicano. Ideales y cosas concretas que se ahogaban en el oleaje vainilloso del taxi y en la casi siempre sórdida actualización noticiosa del chofer.

La primera casa era diminuta. Tenía un solo piso. Las tres familias pasábamos el verano y la Navidad en un hacinamiento que a ninguno de nosotros parecía molestarle. Nuestro vecino de junto era un bombero cuya hija practicaba ballet. En el lado opuesto nos flanqueaba una familia de Guadalajara que, como nosotros, pasaba los veranos en Mirror Pine; andábamos en bici, y a veces nos invitaban a tomar caldo de pollo. En las tardes más calurosas íbamos a la alberca comunitaria.

Mis primas jugaron durante un tiempo con la bailarina, y yo disputé muchos partidos de futbol con los jalicienses, pero a inicios de los noventa mi abuelo compró una casa más grande en Dunn Ridge, una colonia más acaudalada, aunque todavía en desarrollo, de Mirror Pine. Fue así como perdimos contacto con la familia del bombero y con los connacionales.

En la nueva casa se desarrolló gran parte de mis vacaciones durante la infancia tardía y la adolescencia. (Después, como estudiante de Derecho, viviría en ella y me trasladaría a la Universidad Rice en coche). Aparte del espacio extra, gozábamos del acceso a un lago artificial y mayor cercanía al mall y a otros puntos de interés. Teníamos alberca, y no recuerdo cuántas tardes jugamos al tiburón con mi papá. Tío Éder y tío Jairo, quienes trabajaban en el restaurante del abuelo, solían estar ocupados visitando rastros en el condado de Montgomery. Durante toda mi infancia los paseos en bici, las excursiones de pesca y las idas al parque de diversiones casi siempre quedaron en manos de mi papá. Dos veces fuimos a la NASA, y recuerdo que me aburrí muchísimo. No sé cuáles hayan sido mis expectativas; quizá pensaba que en una de esas nos daban un tour a la luna. Papá llevaba sus cámaras, la fotográfica y la de video, a todas partes. Las fotos y los videos que hay de mis primos y de mí de cuando éramos niños las tomó y los grabó mi papá.

Éramos diferentes a los vecinos. Nuestro modo de celebrar las fiestas decembrinas era más ruidoso del acostumbrado; en una ocasión los decibelios nos granjearon la visita de una patrulla a media noche. En Año Nuevo éramos los únicos que salíamos a la calle con maletas. Recorríamos toda la cuadra, silenciosa como una cripta, gritando y tronando cohetes. En nuestras parrilladas escuchábamos a Cristian Castro, Timbiriche y Juan Gabriel. Nuestra casa constituía un gueto de donde brotaba música a todo volumen y gritos en español. Nunca hicimos amigos estadounidenses. Formábamos una especie de comunidad aislada por decisión propia. Nuestros intereses se limitaban a los horizontes familiares. Creo que los vecinos nos tenían un poco de miedo. Miedo o desprecio: los dos sentires predominantes de los WASP hacia nosotros los latinos… Una de las ventajas de mi situación actual es que puedo darme el lujo de decir verdades.

Íbamos a todos lados juntos. Al mall, por ejemplo, llegábamos en manada. Habiendo atravesado el estacionamiento ardiente y habiendo entrado a la atmósfera de aire acondicionado de la tienda departamental, nos deteníamos un momento junto a las puertas eléctricas, en una sección donde había camas, lámparas de mesa, cojines y sillones. Los grandes se ponían de acuerdo sobre la hora en que debíamos vernos para dirigirnos al restaurante donde ya teníamos reservación. Enseguida nos desperdigábamos en parejas o en pequeños grupos.

Tenía un mapa mental de todas las tiendas: la tienda de los darks, la tienda de gadgets, la tienda donde todo costaba un dólar —más impuestos—, las tres tiendas departamentales —dos a los extremos del centro comercial, que estaba construido en forma de bulevar, y una a la mitad, en el ombligo—, el arcade, la tienda con ropa para mujeres recatadas, la de ropa para mujeres casuales, aquélla donde se vendían trajes para caballero, la tienda de ropa juvenil donde todo me gustaba y todo me quedaba grande, la tienda de póster donde cada verano, a partir de cierta edad, comencé a comprar desnudos, la tienda de videojuegos, siempre demasiado caros, la tienda de discos, los locales de comida, la zapatería… Conocía el centro comercial tan bien como la casa. A veces soñaba que me quedaba atrapado de noche.

Los aromas se mezclaban en un juego olfativo delicioso: aroma de dulce, de zapato brillante, de perfume en tarjetita de muestra, de galleta caliente, de billete manoseado, de cartera de cuero, de tela espumosa, de limpiador de pisos, de pista de hielo. Las voces hormigueaban debajo de los altos techos de vidrio. Había chicas guapas por todas partes. Una vez mi hermana me dijo que una chica, al pasar junto a mí, había murmurado: «He’s cute». Comentarios como este bastaban para ponerme de buenas todo el día.

A veces los miembros de la familia nos topábamos en los pasillos. Nos preguntábamos por nuestro día, nos mostrábamos nuestras compras, discutíamos precios, presumíamos los descuentos: diez era respetable, veinte era un golpe de buena suerte, cincuenta hacía vacilar al interlocutor entre la falsa euforia empática o la envidia que corroe, aunque se tratara de una prenda diez tallas menor que la suya o para el otro sexo. Nos recordábamos la hora en que habíamos quedado de vernos, nos despedíamos y continuábamos con nuestro peregrinaje.

Uno de los momentos más aburridos del día era cuando esperaba a que mamá terminara de probarse la ropa o de hacer una devolución. Con mamá al menos mi esperanza de que comprase muchas prendas se veía cumplida: me gustaba el ruido mecánico que hacían las cajeras cuando desarmaban los detectores antirrobo de la ropa. No era ni la mitad de lo tedioso que era acompañar a tía Gudula; se probaba todo y no compraba ni una sola prenda. Estaba gorda, pero culpaba a la mano de obra de Oriente, cuyos métodos sartoriales, según ella, hacían que se encogiesen los tejidos. Pero quizá nada me hacía sufrir tanto como cuando tía Elvira me agarraba de su detector de baratas: como era miope, necesitaba un par de ojos frescos para ayudarla a cazar los letreritos fluorescentes donde se anunciaban los descuentos. Ir con ella significaba tener el ojo pelado, checar todas las etiquetas y alertarla sobre los porcentajes reductores mayores al treinta; cualquier cosa menor a esta cifra no era contemplada por la miserable.

Estos calvarios hallaban una recompensa cuando atravesaba el umbral del arcade. Las luces parpadeantes de neón y los rápidos sonidos electrónicos, parecidos al bip bip bip que haría el monitor cardíaco de un setento con viagra, me excitaban mucho más que la dopamina de las compras. Durante una o dos horas le disparaba a alienígenas o a ladrones, manejaba un auto de carreras o trataba de pescar un peluche con la garra de acero. En los juegos más caros la pistola azul de plástico vibraba, y la sensación de realismo era más fuerte. En términos de la destreza adquirida, mis frecuentes visitas al arcade fueron un derroche de cuartos de dólar. Nunca dejé un récord inscrito en las maquinitas. Nunca pasé del tercer nivel ni pude sacar el peluche. Pero el flujo de adrenalina cuando accionaba el gatillo y hacía caer un alien tras otro y la emoción que me causaba ver la conversión de billetes en tañedores cuartos me hacían volver como un adicto.

El food court era la zona prohibida. Me encantaban los smoothies de frambuesa, las galletas y los brownies de chocolate, los calzoni, las cubetitas de pollo empanizado. La mayoría de los empleados en los puestos eran latinos. Yo les hablaba en español, pero ya más grande pensé que podían ofenderse ante mi inferencia automática de que debían de hablarlo solo por ser morenos. Y digo que era la zona prohibida porque la abuela y las mamás nos pedían que no comiéramos nada: debíamos llegar con hambre a la cena de las seis en el restaurante italiano.

No quedaba lejos del mall. Erroll nos alcanzaba allí en su bici. Apenas empujabas la puerta te envolvía el olor a pan con ajo. En las paredes había coloridos murales de los canales de Venecia. Nos sentábamos en tres mesas juntas. Como éramos blanquitos, yo creo que no atemorizábamos a las familias WASP hasta que nos oían hablar en español. Uno podía dibujar en el mantel de papel con crayolas de colores. En los cumpleaños y ocasiones festivas los meseros cantaban en italiano. Los platos eran demasiado grandes; había que compartir. La abuela nos decía que pidiéramos nuestras bebidas sin hielo, porque si no, te veían la cara sirviéndote más hielo que refresco. Mamá, la abuela y las tías nunca ordenaban postre, pero siempre te pedían una probada de tu helado o de tu pastel: así no sentían culpa. Papá, el abuelo y los tíos, excepto Erroll, se peleaban por pagar la cuenta.

Siempre terminaba empachado. Del restaurante a veces íbamos a un súper: el postre adquisitivo. Ahí mi mamá y mis tías compraban bilés, barniz para las uñas o rímel. Mi tío Íñigo caminaba con pasos lentos y seguros hacia la farmacia e, inclinando el torso ligeramente, daba revista a los productos de la marca Arm & Hammer: un desodorante, una pasta de dientes, un cepillo de dientes, unas gotas para los ojos, unas gotas para la nariz. Estaba obsesionado con la marca, que iba bien con su personalidad sobria. En la infancia tuve una obsesión con los fólders, los lápices y las plumas de colores. Después, en la adolescencia, me iba directo a la sección de discos. No había vez que no saliera con una bolsa de chocolates o de chiclosos. Mi abuelo no compraba nada. Simplemente disfrutaba caminar por los pasillos, entre el olor de tela y plástico y las indicaciones del gerente por el altavoz como las de un piloto en una nave espacial.

En la noche, en el cuarto de mis papás, echábamos toda la ropa sobre la cama y procedíamos a cortar las etiquetas. En la alfombra solían quedar las tiritas de plástico a las que estaban unidas las etiquetas. Se te clavaban en los pies. Cuando la aspiradora se las tragaba al día siguiente, hacían un ruido como de canicas o de chochos de dulce en el tubo metálico succionador. Todos, menos Erroll, teníamos unas tijeras. Porque Erroll, desde su aventurita, no iba al mall.

 

Erroll era el cuarto y el más joven de los hijos de mis abuelos. Había nacido, como yo, en Houston, en una ocasión en que mi abuela acompañó a mi abuelo en un viaje de negocios. Tenía la doble nacionalidad. Durante su infancia y juventud acompañó a mi abuelo a Houston muchas veces, al igual que sus hermanos. Mi abuela lo describe como un niño enérgico, caprichudo y enojón. La primera vez que le pregunté por qué mi tío no se cambiaba el suéter, mi abuela soltó un uhhhh nostálgico y me dijo que lo hubiera visto de joven. Toda su adolescencia vistió como catrín. Era el más fiestero de los cuatro. La atención que dedicaba a su apariencia llegó a hacer que el abuelo pensara que le había salido rarito. Toda una noche en un hotel en Houston —fue antes de la casa chiquita— Erroll no pudo dormir pensando si debía comprarse la chamarra azul o la café. En la tarde, antes de ir a un bar, disponía el atuendo sobre la cama, de tal modo que parecía que un fantasma se había acostado con la ropa puesta.

El abuelo adquirió la casa chiquita en el setenta y siete. En el ochenta Erroll se inscribió en el equivalente de Administración de Empresas en la Universidad Rice. Hizo de la casa chiquita su hogar permanente. No había acabado el segundo semestre, no obstante, cuando abandonó la carrera y se embarcó en un viaje sin destino conocido. No se supo de él durante un buen tiempo, hasta que un día apareció, el pelo y la barba crecidos y un poco lento en la dicción, en la casa chiquita un verano en que, según me dicen mis papás, yo acababa de cumplir dos años. La teoría más aceptada era que se había quemado las neuronas. Mi abuelo le hizo saber que fuera buscando donde quedarse porque su cuarto en México ya era una bodega. Tío Éder le ofreció vivir en su casa. Desde entonces, hasta su internamiento, vivió en la buhardilla de la casa de tío Éder, y no regresó a Mirror Pine hasta que el abuelo compró la casa en Dunn Ridge, cuando mis primos y yo ya rondábamos los ocho o nueve años.

Usaba lentes de botella. Fumaba tanto que las puntas de su bigote de morsa estaban amarillas. Vestía un suéter café con las mangas deshilachadas, pantalones azul marino raídos y con parches en las rodillas, calcetines rojos y zapatos de apariencia torpe. Su ropa pocas veces entraba a la lavada. Olía a tabaco y a talabartero. Dominaba el inglés y el español. Era un poeta y cuentacuentos. Dependiendo del humor en el que se hallara, nos contaba historias en una u otra lengua. Decía haber inventado una forma poética que él denominaba constelación. Escribías palabras en distintas partes de un papel y creabas frases uniendo dos o más palabras aleatoriamente. Las imágenes resultantes podían ser asombrosas. También daba un uso narrativo a las constelaciones: de una asociación libre surgían ideas que daban pie a relatos que él nos contaba en la biblioteca de la casa de Dunn Ridge cuando estábamos de vacaciones. (La biblioteca tenía un sofá cama donde Erroll dormía a falta de una habitación propia). Nos contaba todo tipo de historias, con finales felices y con finales sangrientos, amargas y dulces, chistosas y trágicas. Nunca, sin embargo, había querido complacer nuestro máximo deseo: que nos contara la historia de su desaparición.

Mis primos y yo lo queríamos mucho. Papá y mamá y mis tíos y sus esposas a duras penas lo toleraban. No por lo que hiciera, sino por lo que dejaba de hacer. Lo consideraban un zángano. No cooperaba en las labores domésticas. Tía Gudula, la esposa de Éder, quería habilitar la buhardilla como spa. Antes del internamiento nunca se atrevió a tocar los libros, el estéreo y el escritorio de Erroll porque tío Éder, aunque en el fondo estaba harto del polizonte, lo respetaba y le temía, y tía Gudula nunca hizo nada sin el consentimiento de Éder.

Poco después de su extravío Erroll publicó un cuento en una revista mexicana de literatura. Este logro creó un escudo alrededor de él que lo hacía inmune a la fuerte ética de trabajo de mi abuelo y de mis tíos. No hacía nada en todo el día. Se la pasaba fumando y trazando constelaciones. Tenía, según mi abuela, manos de príncipe. A la edad de ocho años comprendí el sentido peyorativo de la frase, cuando mi abuela usó el mismo tono para preguntarme, mientras ella trapeaba, si no quería ver otro partidito de tenis.

Supongo que tío Éder estaba resignado a cargar con el incorregible por el resto de sus días. Por eso la fijación de Erroll con los apaches le vino como una bendición. Corría el 2001. Yo acababa de cumplir diecinueve. Llevaba medio año viviendo en la casa de Dunn Ridge. En agosto me había inscrito en Derecho en Rice. No hacía mucho del atentado de las Torres Gemelas, hecho que, como lo dejé dicho en numerosos discursos durante mi campaña electoral y mi gestión, me afectó profundamente y sentaría las bases patrióticas que a la postre nutrirían mi anhelo de representar a la ciudad que me había visto nacer. Celebrábamos las fiestas decembrinas en Mirror Pine. Ya no eran frecuentes las excursiones en manada; los primos teníamos nuestros propios intereses y no nos dejábamos conducir por los adultos. A veces bajábamos a la biblioteca a escuchar historias, aunque más en ánimo burlesco que por el genuino interés que experimentábamos cuando éramos niños.

La mañana del veintitrés nos estábamos mordiendo las uñas en la sala. Ya casi daban las doce, y el brunch en el Four Seasons se terminaba a las dos. Estábamos esperando a que tío Erroll saliera del baño. Mi abuela se hartó y fue a tocarle a la puerta. Como nadie le contestó alzó la voz y, diciendo que ella le había cambiado los pañales, metió la llave y giró el picaporte. Erroll no estaba. La otra puerta del baño, la que daba al porche, estaba abierta. La abuela regresó y, contándonos lo sucedido, añadió que Erroll podía irse a la chingada.

Regresamos como a las ocho de la noche, habiendo pasado la tarde en la Galleria. Erroll no estaba en la casa. Tío Éder se alarmó, pero la abuela dijo que lo dejáramos, que era un idiota y no sé cuánto. El caso es que Erroll no regresó sino hasta la una de la madrugada. Todos ya estábamos dormidos, y nos despertaron los azotones de puerta. Nos reunimos junto al barandal. Mi abuela salió y dijo que no le hiciéramos caso; solo quería llamar la atención. Mis primos y yo bajamos al primer piso. Todo el parqué tenía huellas de lodo. El más grande abrió la puerta de la biblioteca. Erroll estaba sentado en el sofá, mirándose los zapatos enlodados. Entramos lentamente y nos fuimos sentando en el piso. Erroll prendió un cigarro, nos miró uno por uno y nos dijo que esa noche nos contaría la historia que nunca había querido contar: la de su desaparición.

Enmudecimos. Erroll se miró los pies. Tras una pausa dio inicio a la narración. Fue confusa. La búsqueda de un manuscrito perteneciente a un fraile español lo había llevado al desierto. Se sospechaba que el documento podía estar en manos de una tribu apache a la cual el fraile se había unido con el propósito de evangelizarla. Al final el fraile adoptó las costumbres de la tribu y renegó de la fe cristiana. A Erroll le pasó una cosa similar. La búsqueda del documento fue desplazada por la seducción que las maneras apaches operaron en su mente.

Describió sus rituales. Con ocasión de la Cumbre del Legado Nativo Americano en Texas, he tenido la oportunidad de estudiar los verdaderos rituales de los apaches y sé que las ceremonias descritas por Erroll fueron fruto de su imaginación.

Ya iniciado en el modo de vida de la tribu, vivió en el desierto un período de tranquilidad espiritual. Una noche el jefe de la tribu anunció que, durante dos semanas, el consejo de ancianos sostendría reuniones con relación a un asunto que afectaba a todos. Erroll no estuvo presente en ellas. Finalizada la última reunión el jefe hizo saber a la comunidad que, en la mañana, un grupo de veinte hombres partiría para participar en la construcción de un nuevo rascacielos en el centro de Houston. Erroll se hallaba en la lista de elegidos.

¿Qué rascacielos? Dijo que eso no era lo importante. Lo importante era que ellos, los constructores apaches, eran los únicos que se atrevían a caminar sobre las vigas de acero en los últimos pisos para amartillarlas, misión que hacía temblar a los blancos. Y ellos, los constructores apaches, caminaban sobre las vigas descalzos.

Nos fuimos a dormir con cierta decepción. En Noche Buena bajamos a la biblioteca, esperando que la constelación señalase irrisorios caminos para una nueva historia. Nos sentamos alrededor de Erroll; mi tío se miró los pies, hubo una pausa, y dando un golpe a su Camel nos dijo cómo la búsqueda de un manuscrito perteneciente a un fraile español… Y de manera íntegra relató la misma historia de la víspera. Cuando en el desayuno se miró los pies y volvió a relatarla frente a toda la familia, sospechamos que algo había ocurrido.

El resto de las vacaciones no hubo instante en que no te contara su experiencia con los apaches, las ceremonias apócrifas, las reuniones del consejo de ancianos, la construcción del rascacielos, el andar descalzo por las vigas de acero con el abismo de la Ciudad del Espacio a sus pies. Comenzó a babear mientras lo hacía. Nunca dejaba de mirarse los zapatos. Su consumo de tabaco incrementó notablemente. La víspera de Año Nuevo apagó la música y realizó descarnados ataques contra todos los miembros de la familia. Se ensañó con el abuelo especialmente, llamándolo, entre otras cosas, un «carnicero oportunista».

El primero escuché a mi papá decirle a tío Éder que debía internarlo. Tío Éder dijo que el pobre era como un niño. Erroll, sin embargo, le dio la excusa que necesitaba para echarlo de la casa. La noche de Reyes mamá salió al jardín por una toalla y empezó a dar de gritos. Bajamos y, siguiendo su dedo tembloroso, vimos a Erroll caminando, descalzo, al borde del tejado de la casa. Tenía el torso desnudo y pintado con motivos claramente tribales en rojo y negro, que la luna llena iluminaba con mucha claridad. Llevaba una banda de colores atada a la frente y una pluma en el cabello. Se golpeaba la boca con la palma abierta y hacía esos ruidos de guerra estereotipados que hacen los nativos americanos en los wéstern de los políticamente incorrectos años cincuenta. Gritaba, además, no sé cuántas cosas en un idioma que, les aseguro, no era apache, ni sioux, ni esperanto, ni nada más que un galimatías originado en su mente enferma. Los vecinos habían salido a los porches y hacían comentarios sobre those Mexican freaks. Tío Éder subió al tejado y, sosteniendo una toalla, le dijo que bajase inmediatamente. Erroll, dándose la vuelta, corrió hacia la fraternal silueta y le dio un empellón que dejó a tío Éder colgando de la cornisa: su cinturón, a Dios gracias, se había atorado en la chimenea. Fue necesario llamar a los bomberos. En la mañana la camioneta blanca del hospital Whistling Tree se llevó a tío Erroll.

Entre todos nos encargamos de limpiar la biblioteca. Estaba hecha un asco. Mi primo el menor encontró, al fondo de la cómoda, una caja fuerte que ninguno de nosotros había visto y que parecía bastante vieja. Mi papá la forzó. En su interior hallamos una colección bastante extraña de objetos: un reloj de oro auténtico, varios anillos con piedras preciosas, nueces echadas a perder y una playera arrugada de los Washington Redskins. La playera tenía un hoyo en el hombro que parecía hecho con tijeras. Mi abuela agarró las cosas y las aventó al lago.

Las primeras semanas en el hospital, Erroll se la pasó dormido. El doctor nos mantenía al tanto por teléfono. Me refiero a mí y a tío Éder, los únicos que habíamos permanecido en Mirror Pine, él por interés hacia el enfermo y yo por mis estudios. Éder se sentía culpable. Cumplido un mes de internamiento, el doctor nos permitió una visita. Lo primero que Erroll hizo cuando abrimos la puerta fue decirnos que si no traíamos Camel, ni se nos ocurriera entrar. Tío Éder se quedó en la sala de espera en lo que yo iba a una tienda. Regresé con una flip-top que Erroll abrió con dedos temblorosos. Prendió un cigarro, se sentó y nos contó la historia de los apaches.

Tío Éder tuvo que regresar a México. Yo visitaba a Erroll cada vez que podía. Me hice amigo de su cuidador. Era un joven de Tijuana aficionado a la lectura. Sabía que a Erroll le gustaba escribir, aunque nunca había querido mostrarle las cosas que escribía. A mí tampoco me quiso mostrar sus escritos de su nueva etapa como interno. Supongo que eran constelaciones. Una vez el cuidador le prestó una edición ilustrada de La divina comedia; Erroll no la leyó, y el joven se sintió un poco despechado. Me dijo que había intentado armar un rompecabezas con Erroll, pero que mi tío se había cansado pronto. Le pregunté si tenía amigos. Me contó que a los pacientes les gustaba su historia sobre los apaches; sin embargo, pocos toleraban que, al contársela mientras recorrían los pasillos, los tomase del codo. Un hombre de barba le había dicho que si lo volvía a sujetar así, le partiría la madre.

Tuve ocasión de comprobar este vicio de Erroll. Su mano alrededor de mi codo para nada me molestaba. Al contrario, me hacía verlo como un náufrago que se aferra a un madero.

Conocí a otros personajes: un joven rollizo y rubicundo que tenía póster de mujeres desnudas en su cuarto y decía haber servido en la marina, una mujer que fumaba de un lado a otro del patio y a la que nunca oí hablar, un señor que todos los días se levantaba antes del amanecer y corría en la cancha de futbol, un joven que botaba una pelota de básquet con una sonrisa estúpida pero contagiosa, un señor regordete con cara de niño, cuya misión, nada más saliera del hospital, era aprender a bailar tango, una mujer con apellido alemán y acento español que se llevaba bien con todos, una joven que usaba un gorro de lana y que babeaba mientras veía el dorso de las hojas secas, un señor gordo que veía corridas de toros en la televisión. No platiqué mucho con ellos; su desintegración mental convertía una charla común y corriente en una misión casi imposible. Mis visitas, de cualquier modo, no pasaban de los veinte minutos. A algunos les llevaba cigarros. He olvidado sus nombres.

 

Estas personas fueron las que pisaron el mismo suelo que hoy pisan las pocas almas que van de shopping al White Dove Mall. Pero creo que he sido un poco duro al culpar a Christian Wallock y sus pobres criterios. Pues la verdadera causa de mi caída es el placer que siempre me ha causado llevarle la contra a los desencantados y a los pesimistas. No sé cuántas veces escuché decir a mis asesores que la visita al museo tendría un impacto mediático más favorable que inaugurar el White Dove Mall. El gusto por la cultura es un barniz muy conveniente para la imagen de un político. Había comprado un libro de Taschen sobre arte conceptual para que los periodistas no me agarraran en curva. Pero cuando leí la ponzoñosa crónica de Brian Wenders, sentí que mi reputación estaría en riesgo si mi negativa a asistir a la inauguración era asociada por mis opositores con el texto periodístico. En otras palabras, podrían pensar que no había asistido porque la opinión de Wenders me había afectado. La tenacidad que me llevó a la alcaldía y por la que era frecuentemente aplaudido por la población debía salir a flote una vez más.

Wenders posee un estilo crítico-amargo-irónico que suele atraer a los estudiantes confundidos. Lo sé porque conocí a muchos en la Universidad Rice; fueron a las fiestas que organicé en la casa en Dunn Ridge, donde residí durante toda la carrera antes de comprarme una casa propia en el centro de Houston. Bebían mi vino y se atragantaban con mis canapés mientras hablaban pestes del sistema y criticaban los muebles caros del abuelo. En fin. Wenders describe a Houston como una ciudad vulgar, aunque su encono se centra principalmente en la Interestatal 45 y los comercios que se hallan a sus flancos. Traduzco un fragmento:

Afuera debe de haber mínimo treinta y cinco grados. No hay gente en las calles, o al menos esa es mi impresión, pues las pocas que en efecto se desplazan lo hacen lo más rápido posible y solo cuando es absolutamente necesario: de pronto se ve una sombra saliendo de un automóvil brillante y cruzando el estacionamiento hirviente hasta la entrada de un Wal-Mart, o a una pareja con un carrito de compras dirigiéndose de la tienda hacia la SUV y descargando bolsas de plástico en la cajuela. Nadie quiere saber nada del calor. Todos están en sus casas o en sus coches, en un comercio o en un restaurante, donde, en resumen, puedan disfrutar del aire acondicionado.

Este paisaje de logos y mercadotecnia es más bello que una postal de los Alpes o una fotografía panorámica de París. Íconos de la modernidad colorida, se levantan contra el cielo ardiente una gasolinera Shell, una concesionaria de Ford, un Denny’s, un edificio de cristal azulado con el letrero de Chase, un Motel 7 y cientos de negocios menores, réplicas uno de otro, edificados a la misma altura y con el mismo diseño y acomodados en cuadras y cuadras a lo largo de una autopista que, como una recta inquebrantable, se pierde en un horizonte blanquecino de smog.

Nadie viene a pasar el tiempo. Este paisaje de conocedor no inspira a los amaestrados lectores de guías de viaje, malacostumbrados a los mismos castillos y las mismas playas trilladas. Aunque generalmente habitan en la mente de los turistas como meros puntos de paso, fibras intermedias que unen el origen y el destino del viajero, las coordenadas comerciales a los flancos de la I-45 también representan un punto de atracción importante; cualquier duda en cuanto a este punto sería difuminada por la enorme cantidad de extranjeros que visitan Houston y sus alrededores cada año. Pero esta afluencia no se debe al atractivo propio del lugar, sino a lo que el lugar ofrece desde un punto de vista estrictamente mercantil. Cientos de familias de la clase alta mexicana visitan anualmente Houston y San Antonio con el propósito de hacer un poco de shopping en los outlets y en los malls, donde consiguen las prendas que luego lucen en los gatherings mexicanos.

La gente no viene a Houston a visitar Houston, sino a comprar en Houston. Lo extraño es que un viaje de shopping a Houston puede ser tan divertido, e incluso más, que un viaje de «experiencia» a Sri Lanka o a Roma. El colorido de los productos y el aire acondicionado industrial en los supermercados, el olor a nuevo de las tiendas departamentales, el olor a frito de la comida rápida en el food court, el room service y el servicio satelital con cientos de programas… Todos estos elementos, en un inicio simples decorados que amenizan la rutina de los compradores, pronto se transforman, aunque muchas veces los compradores no se den cuenta de ello, en el atractivo principal del viaje: la compra en sí queda relegada a un segundo plano.

En fin. Tal basura no merece comentarios. No podía permitir que los ciudadanos de Houston viesen en mi decisión de ir al museo una derrota. Erroll ahora vivía en un asilo en Lake Conroe, y nadie sabía nada de él, mucho menos que había residido en el Whistling Tree Hospital. No había riesgo de que se burlasen.

 

Y heme allí, a la entrada del mall, cortando el listón rojo con unas ridículas tijeras del tamaño de mi torso. Mi esposa dice que me veía superbo en mi traje negro Simon Renard. Tomadas las fotografías de rigor, el señor White y otra empresaria me tomaron de ambos codos y me condujeron a lo largo de los pasillos, entre una nube de periodistas que me preguntaban mi opinión sobre la disposición de las tiendas, la accesibilidad vial, la derrama económica y mil etcéteras. Uno de mis asesores se acercó para decirme que debíamos subir a los cines. El señor White me guió hacia las escaleras eléctricas.

Tal vez se trate de un recuerdo fabricado, pero creo adivinar, a lo largo de mi vida, una sensación desagradable al hacer uso de estas estructuras. En todo caso, esa tarde, al subir acompañado del señor White, la mujer emprendedora y mi guardia personal, comencé a sentirme pésimo. En un principio pensé que tal vez eran los huevos con salchicha que había desayunado. Luego me di cuenta de que mi malestar estaba anclado en la angustia. No sé cómo ocurrió, pero de un momento a otro, a mitad del trayecto, estaba recordando la advertencia que Erroll me había hecho una mañana en que estábamos a punto de salir de compras. Erroll, quien desde su ausencia prolongada nunca iba al mall, estaba viendo la tele. Al pasar junto a él, señaló mi zapato, cuya agujeta estaba desamarrada, y:

—Cuando subes por una escalera eléctrica —me dijo— y llevas las agujetas desamarradas, ¿ves las cuchillitas que hay hasta arriba, donde los escalones se aplanan para regresar por abajo? Pues las agujetas se atoran allí, como largos espaguetis a los dientes filosísimos de un monstruo, y el mecanismo, tirando de ellas, jala al niño por entre las cuchillitas, y estas lo rebanan como has visto que en el súper la mujer con el brazo de mazapán rebana el jamón.

No era de mazapán. La mujer había nacido sin brazo y usaba una férula color maquillaje que a mí me daban ganas de morder. Por alguna razón yo había suprimido este recuerdo. Y ahora, quizá debido a la asociación mental basada en el hecho de que Erroll había habitado en estas coordenadas durante muchos años, la admonición brotaba fresca en mi memoria. Y un pánico terrible se apoderó de mí. Pues, echando una mirada a mis lustrosos Paolo Gaglianos, vi que las agujetas se habían desanudado. Éramos un grupo de cinco o seis personas subiendo compactamente en solo tres escalones. Imposible, en un espacio tan estrecho, agobiarme y amarrarme las agujetas.

Íbamos a la mitad del trayecto. Me di la vuelta y comencé a gritarle a los periodistas que aún estaban en la planta baja y a los que me esperaban al final de la escalera para que apagaran el mecanismo. Nadie me hizo caso. Por otro lado, venía saliendo de un desgarro de pantorrilla y no me consideraba en un estado físico que me permitiese dar un brinco lo suficientemente alto como para que las agujetas sueltas, que eran bastante largas, librasen las cuchillas. Entonces no divisé mejor recurso que quitarme los zapatos con los talones, como lo hacen los niños, y, ya nada más en calcetines, dar un paso sobre las cuchillas al momento de llegar al siguiente nivel.

Quitarme los zapatos, como verán, era un paso lógico en el intento de evadir las cuchillas. El problema, claro, está en que no tenía razón de peso para evitar estos inofensivos artefactos. Apenas planté un pie acalcetinado, los periodistas que aguardaban mi ascenso se arremolinaron alrededor de mí y me echaron sus micrófonos a la cara. Caí en la cuenta del despropósito y, hecho un manojo de nervios, no hallé mejor respuesta a sus inquisiciones que:

—Una araña…

Peor explicación no pude haber dado. El decurso de la semana vio nacer estúpidas teorías de conspiración en las que se acusaba al señor White de un atentado en mi contra. «Spider White», escribían los ciberusuarios. Dije que todo era un malentendido, pero entre más trataba de aclarar el asunto, más me hundía en mi red de medias verdades. No pasó mucho antes de que la gente comenzara a trasladar sus sospechas a mi deterioro psíquico. Corrió por Internet una ola de memes con el título de «El Poseso», en los cuales mi rostro aparecía llagado como el de la chica gorda de El exorcista. Mi popularidad cayó como un pedazo de plomo. No tuve más alternativa que contarle la verdad a mis asesores. Ellos no vieron otra opción que organizar una entrevista con un periodista de confianza para que mi tío aclarase el asunto. La idea era ablandarlo con su flip-top de cigarros, sacarle una admisión y hasta la próxima Navidad.

Tras la clausura del Whistling Tree, Erroll había sido trasladado a un asilo en Lake Conroe. No lo había visto en varios lustros. Tío Éder era el único que a veces lo iba a visitar, y tanto el director como el médico mantenían una discreción encomiable. Hablé por teléfono con el director para preguntarle por el estado de Erroll. Me dijo que se hallaba bien en lo físico y en lo mental, aunque irritable en ocasiones. No se oponía, de ningún modo, a una charla. Contacté a Cedar Roach, columnista del Houston Chronicle, y quedamos de vernos en el asilo en la tarde.

Erroll olía a meados. Le entregué su flip-top de Camel. Prendió uno, se sentó en un reposet y nos preguntó a qué habíamos venido. ¿Por casualidad se acordaba de una cosa que me había dicho hace mucho, sobre las cuchillitas de las escaleras eléctricas? No, para nada. Le presenté la estampa de terror tal como él la había relatado en mi niñez. No, dijo, él nunca había dicho eso. ¿Algo más? Estaba seguro, le dije, de que él lo había dicho. ¿No podía esforzarse un poco y…?

—No me des órdenes —dijo, apuntándome la brasa del Camel—. Yo, que todos estos años he querido olvidar, ¿ahora quieres que te hable de algo que seguramente te sacaste del culo? No importa quién lo haya dicho. El caso es que es verdad. Todas esas escaleras llevan a las fauces de un monstruo. ¿Qué compramos? Sueños. Ve a los maniquíes, con sus ojos vacíos y sus caras sin facciones. Pues te diré algo: a ellos les queda mejor la ropa que a nosotros, son más felices que tú y yo. Están en su vitrina y nos seducen. Nosotros subimos para ser como ellos, para que un día otros ojos nos vean en un escaparate y nos adulen. Y cuando ya casi lo hemos logrado, en el último escalón, ¡grompf!, la pinche escalera nos devora, y toda la carne molida se va por unas mangueras a los estómagos de los maniquíes. ¿Quieres saber qué hacían los apaches construyendo rascacielos?

—Gracias, Erroll. Señor Roach, no creo que valga la pena…

—¿Apaches? —encaró a mi tío el señor Roach.

—¿Quieres saber —continuó mi tío— por qué caminaban descalzos en las vigas de acero? Para tener buen grip y acostumbrarse a las alturas. Porque sabían que un día los centros comerciales serán altísimas torres que llegarán hasta el espacio, y que los maniquíes serán como aliens vestidos a la moda engordando con nuestra sangre entre las estrellas. Y cuando eso pase, la gente va a preferir una muerte rápida en las cuchillas a brincar sobre los barandales hacia una caída también mortal pero estratosférica e insufriblemente larga. Pero los apaches no. Un momento antes de que la escalera los engulla, brincarán hacia el vacío, y los maniquíes, llenos de cólera y hambrientos, bajarán de las estrellas para cobrar la carne de los mártires y, al entrar a la atmósfera, arderán como cometas. Los apaches se sacrificarán por nuestros pecados. El hechizo terminará entonces, y la gente detendrá el mecanismo y bajará a construir un nuevo mundo.

No se guardaron nada. Ni Erroll ni el periodista. La prensa lo vio muy claro: la locura corría en la familia. La gente presionó. Me vi obligado a dimitir.

Pasé varias semanas encerrado. Una mañana de domingo mi esposa abrió todas las cortinas y me dijo que me bañara, porque iríamos al mall. Si no la acompañaba, me dejaría. Salí de la cama y caminé con pasos grogui hasta la regadera. Bajo el chorro de agua fría una nueva vitalidad se apoderó de mí. Me vestí con mucho entusiasmo y camino del mall dejé pasar a muchos automovilistas. Sentía la misma emoción de mi niñez.

Mi primera parada fue el arcade. Le disparé a los aliens, tratando de evocar los buenos tiempos. Pero nada fue igual. En realidad estaba pensando en los apaches, en su sacrificio, en un nuevo futuro para el hombre. Me sorprendí murmurando comentarios irónicos sobre las familias que entraban a la tienda de mascotas y las jovencitas que tonificaban los bíceps con las bolsas llenas de vestidos.

Regresamos a la casa en silencio. Yo no había comprado nada. Fui directo a acostarme. No pude cerrar el ojo. Harto de dar vueltas en la cama, bajé a la biblioteca, encendí mi computadora, me senté al escritorio y pensé en un buen modo de darle las putas gracias al hombre que me había infectado con su desencanto.

 


 

Rodolfo Ruiz Vázquez (doce de abril de 1987, Ciudad de México). Narrador. Estudió algunos semestres de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 2011 ganó el segundo lugar en la categoría de crónica en el Concurso 42 organizado por la revista Punto de partida. Ha publicado en las revistas digitales Narrativas, Punto en línea, Nocturnario y Marabunta.

 Contactar con el autor: pablolarios5 {at} hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por TheoArno / Pixabay [dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero)  n.º 110  mayo-junio de 2020

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