relato por
Adrián Néstor Escudero

 

A Edgardo A. Pesante. In memoriam [1]

Y al artista plástico dominicano Ing. Jaime Zavala, agradecido

Y al amigo-hermano y escritor madrileño, Pedro Martínez,
director editorial del magazin virtual
Almiar-Margen Cero (España),
con gran afecto admirativo…

…Y muy especialmente a mi hija, lectora adorada,
poeta y cantautora Rocío Carolina, en el día de su cumpleaños (19-02-2020)

 

E

l cielo estaba como enrejado, como oscuramente abovedado. Estaba en vilo. Esperando el cumplimiento de la maldita profecía aramea introducida en la cultura tolteca. Según ella, los signos emanados de La Estrella de la Mañana, aseguraban que el tiempo se había cumplido. Decían que vendría pronto la insidiosa Oscuridad y que el Día no volvería a amanecer. O el fin de las texturadas alboradas volcánicas. Aspiró entonces como un animal en celo el frescor nocturno, hilvanado en las, hasta ese instante y solo por una brevedad casual, verdes praderas de hombres altos, magos, hechiceras, elfos, enanos, hobbits, orcos, unicornios, bestias indómitas, reptiles y saurios aterradores. Pero nada sabía de la existencia de El Revelador. Y Tolkien vagaría aún y por más de 150 millones de años, como un espíritu desconocido para su estrenada conciencia vital. Y si todo sucedía como estaba previsto, ¿dónde prendería y apagaría el esplendor de su fuego primordial?

Se había quedado quieto ante aquel lúgubre presagio que hacía tronar su doble fila de dientes y colmillos con un lacónico rumrum, mezcla de ansiedad y presentido estupor agónico. Y un llanto como de cenizas recién inauguradas pareció enrojecer, aún más, su mirada ayer altiva y ahora rotundamente cabizbaja… El sol no se anunciaba. Tampoco el fulgor de algún extremo racimo de relámpago. La quietud de esa tarde noche, ausente del chillido de los pájaros sobrevolando el valle de la Gran Montaña, era un signo que jamás hubiera deseado escuchar. Quizás porque aquel velamen de pequeñas criaturas, era como una ronda diaria que anunciaba el comienzo y el final de cada jornada. Al igual que el enjambre de peces que, día tras día, hacían funcionar y desde un hábitat acuoso virginal —al compás de los vientos serranos—, el luminoso reloj de la existencia escondida en una miríada de especies latiendo, tic tac, desde el fondo verdiazul de los lagos y de las crestas porosas de las lomadas de la comarca terrenal…

Y tardaba. Alguien, alguna vez, lo había anticipado. Anticipado que, El Vigilante, ya no tendría que tutelar a nadie más en la planetaria redondez de aquel cielo duramente encapotado. Un cielo abroquelado en cada una de sus moléculas, negando al Sol la complaciente alborada con la que, el cuchillo de luces perfiladas daba calor y vida a su primigenio mundo. ¿Salvaje? (…) De pronto, un detalle en el que extrañamente no se había percatado, le hizo pensar que la Oscuridad había llegado. Ya. Ya. Y alzó vuelo. Fue como unos cincuenta formidables metros aquel desperezo de lagarto alado. Sólo unos kilómetros a la redonda y todo se confirmaba. Las fogatas en aldeas humanas e inhumanas, no aparecían por ningún rescoldo traspasado por su proverbial visión de ave prehistórica de caza. Sin embargo, El Vigilante, no se dio por vencido. Y atravesó como un rayo toda la superficie de su mundo cruelmente amenazado y rumbo a la extinción total.

La completa ausencia de luz solar había comenzado un proceso de descomposición orgánica y mineral, y el panorama en extensas áreas del planeta ya no era ni verde, ni marrón ni azul. Su aguda facultad visual y poderosa audición, fueron más que suficientes para describir, con extrema certeza, las condiciones alarmantes y sobrecogedoras con que la realidad visible e invisible del planeta se manifestaba… El color ocre comenzaba a dominar la escena y pintaba con una cándida pero lóbrega matiz mortuoria, hasta el más mínimo rescoldo de nichos de pichones hambrientos, de frondas y vegetales sedientos, y oasis de tierras fértiles disipadas áridamente en una nube rumorosa de polvo volátil y rocas desgranadas… Corrido el telón de lo inexorable, los ríos mostraban la barrosa sequedad de sus lechos anémicos. Y los mares y océanos, y los gélidos árticos comenzaban, desde una profundidad abismal, la vaporosa e imparable difuminación hacia lo Alto, mixturando sus aguas salobres con la opacidad creciente del cielo encadenado, abroquelado y renegrido, pero sin señales de tormenta alguna. Y tal condición crepuscular, inaudita y extraña, podía observarse como un fenómeno que había anulado finalmente hasta la espléndida belleza de las auroras boreales.

Con la desazón cargada sobre el ancho cuerpo, y el corazón protoplasmático de sangre fría latiendo de furia en su interior, con ondas asistemáticas y espumosas al borde de un estrepitoso infarto, El Vigilante regresó a la cima de la Gran Montaña. Afirmó con fuerza sus garras ciclópeas. Estaba solo… Alisó los dientes e hizo crujir los cónicos colmillos, agitó las alas laterales y estremeció su impenetrable piel gruesa y rugosa. Estaba solo. Solo. Era un Rey al que nadie podía ni deseaba destronar. Hinchó el hocico y abanicó sus cuernos y alas punzantes como las de un pterodáctilo. Solo. Completamente solo. Ni siquiera la corta visita a los huesos de sus antepasados, lo había consolado. Y peor todavía cuando se dio cuenta de que su estirpe real no tendría heredero alguno. Y si el mundo volviera a recobrarse millones de años después, su estampa única sería tal vez, o confundida con sus no muy lejanos primos, los saurópsidos dinosaurios, o tenida por una creación imaginaria de fantásticos narradores de cuentos para jóvenes y niños…

Pero antes de que viniera la Oscuridad y su agobiante silencio de muerte, tuvo tiempo para prepararse como el Insigne Caballero Alado que había sido, hasta ese desdichado destino de su sentenciado, egregio mundo material. Así, con elegante presteza, alzó el cuerpo de rasgos serpentinos elevando sus dos saúricas patas delanteras, y, acollarando el cuerpo junto a las traseras cuánto pudo, desplegó en tenaza sus curvas y filosas garras para otear, por última vez, el horizonte oculto por la celestial bóveda ominosa; y despidió, con hidalgo furor, una gruesa bocanada de fuego, girando sobre sí como las agujas de un reloj desconocido… Luego, enjuagó su lengua con saliva agria y lechosa, recogió su gigantesca cola de aletas escamadas con motas de color metálico y polimorfético, y cerró los ojos hinchados por un llanto demorado de siglos… Y si nada podía hacer por ese mundo agonizante, también su hora había llegado. Solo. Un brutal estremecimiento de su nervada masa muscular, hizo temblar a la Gran Montaña y su cadena de eslabones. Al cabo, y a gatas, como un pequeño pichón de tigre, Quatzalcoatl, el último, inteligente, bondadoso, sabio y bellísimo Dragón Dorado sobre la tierra, apagó el brillo de sus metálicas escamas y exhaló un último suspiro, y, con él, las fuerzas supremas que lo animaran…

Al instante, la Oscuridad llegó, como estaba escrito desde el Primer Principio, para hacerlo presa y sepultarlo finalmente junto a los suyos, cuando la Gran Montaña y la Sagrada Caverna donde habitara, en la cúspide soberana de un risco inaccesible, se desplomaran estrepitosamente sin más y sobre sí mismas, en un tronar espantoso que nadie llegó a escuchar tras el segundo e histórico Apocalipsis evolutivo que, Alguien, había desatado ahora con la fuerza de un enorme, brutal meteorito que golpeó a La Tierra, originando el nuevo supercontinente Gondwana —sobre los restos geológicos de Rodinia, Pannotia y Pangea— descentrándola de su eje rotatorio y revirando a todo el Orden Existencial existente…

Concluía el calendario Jurásico de la historia Mesozoica. Estratigrafía futura mediante. Y ese Alguien comenzaría ahora a barajar y dar de nuevo, con las cartas de eones, eras, períodos y épocas, un interminable juego de naipes astrales llamado Solitario.

 

[1] Homenaje al entrañable amigo y escritor santafesino Edgardo A. Pesante, quien publicara en 1975 y en virtud de su 45.º Aniversario, el libro de cuentos El día que no amaneció (Librería y Editorial Colmegna S.A. – Santa Fe, Argentina – 1940/1999).

 


 

Adrián Néstor Escudero

Adrián Néstor Escudero González. Nacido en Santa Fe, Argentina, el 12 de enero de 1951. Casado, cuatro hijos y seis nietos a la fecha (y a Dios gracias). Como Dr. Contador Público Nacional (1975) y Magíster en Dirección de Empresas (CT – 1998), se desempeñó en la gestión privada y pública. Ejerció la docencia y cargos académicos universitarios en el Área de Administración de Organizaciones y Área de Gestión Educativa (FCE-UNL, 1972-1980 y FCE-UCSF, 1980-2000). Miembro del Consejo Profesional en Ciencias Económicas de la Provincia de Santa Fe, Argentina (1975-1980). Miembro del Colegio de Graduados en Ciencias Económicas de la Provincia de Santa Fe (Argentina) (1975 a la fecha). Como escritor cultiva la narrativa, el ensayo y la crónica articulista y es prologuista de libros, conferencista, jurado y crítico literario. Autor de tres libros de cuentos editados: Los Últimos Días (Ed. Colmegna SRL, Santa Fe, 1977), Breve Sinfonía (Ed. Colmegna SA, 1990) y Doctor de Mundos I; El Sillón de los Sueños (Ed. Vinciguierra, SRL, Bs. As., 2000); nueve libros inéditos: Piedras (una Fábula Mitológica) (2016); Doctor de Mundos II (Visiones Extrañas) (2016); Doctor de Mundos III (Mystagogia Narrativa o El Legado de Juan) (2016); Apocalipsis Bang (2015); Mundos Paralelos (2014), El Emperador ha muerto (2011); Desde el Umbral… (2011); El Reino de los Sueños I (2011); Nostalgias del Futuro (Antología, 2009); y siete libros de cuentos en desarrollo: Los Espaciales; Perdido en el Templo (En los umbrales de mi Getsemaní); Punciones Mentales; Mixturas Cotidianas; Atila y Otros Cuentos de ABC y El Reino de los Sueños II, y cinco breviarios literarios editados: Septeto (Colección Mesa de Cuentistas ASDE, 1996); Apocalipsis bangLas siete Parábolas de la In-Creación (Ed. Vinciguerrra SRL, Bs. As., 1999); Los Últimos días – Tetralogía (Ed. Mundo Cultural Hispano, España, 2005); El Emperador ha muerto – Tríptico (Colección La Abadía, Vol. 10. Ed. Ciudad Gótica – Rosario, 2006); y Teofanías y otros relatos (Colección 30.º Aniversario SADE-Filial Santa Fe, 2006). Premiado en sesenta certámenes literarios (locales, regionales, nacionales e internacionales. Su obra forma parte de treinta y nueve antologías (Argentina, Bosnia, España, Colombia, Marruecos, México, Guatemala, USA, etc.), y suplementos culturales, diarios y revistas literarias, de orden local, nacional e internacional. Ha publicado en cuarenta magazines virtuales (Las Américas, Europa, África y Asia). Su perfil biográfico se destaca en: Nueva Enciclopedia de la Provincia de Santa Fe – Edic. Sudamérica – Sta. Fe (Argentina, 1992); Breve Diccionario de Autores Argentinos. Edic. Atril – Bs. As. (Argentina, 1999); Selecciones Biográficas Narradores Santafesinos. Edic. Tauro – Sta. Fe (Argentina), 1994); Un siglo de Literatura Santafesina. Edic. Culturales Santafesinas – Rosario (Argentina, 1999); y Los que hicieron Santa Fe. Cap. 34 – La Creación Literaria – Edic. Diario El Litoral – Sta. Fe (Argentina, 2005). Condujo durante 1979-1987, junto al escritor Edgardo A. Pesante, (1932-1988) el Programa Acontecer Literario (LRA 14-RN-Sta. Fe). Entidades y foros culturales: (entre otras) A.S.D.E.; SADE-Sta. Fe; ICH-Sta. Fe.; El Puente; ASL; SEPA; ESCRITORES.ORG; Parnassus (Buenos Aires); Mapuche (Buenos Aires); Letras en el andén (La Pampa); Café de escritores (USA); Club literario Cerca de ti (España); REMES (España); UEH (Colombia); UDME (Perú); UNILETRAS (Colombia: Vicepresidente Adjunto); OMT (México-USA: Vicepresidente Argentina), etc.

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Ilustración relato: Imagen por lhotsky, en Pixabay [dominio público]

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Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 110 · mayo-junio de 2020

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