relato por
Jorge Nisguritzer

 

D

ejaron sus bicicletas escondidas bajo un arbusto y se fueron arrastrando hasta la cima de la pequeña loma. Había llovido toda la noche sin parar, pero no les importó embarrarse hasta las orejas con tal de tener un mejor panorama de la casa. Aquella no era una casa como todas, era más bien una mansión abandonada y tétrica como las que se ven en las películas de terror. Hacía muchos años que nadie la habitaba, por lo tanto a los tres muchachitos les costó bastante creer en esa historia que les había contado Julio. Sin embargo, y ante tanta insistencia de su parte decidieron corroborar por ellos mismos si aquello era verdad o no. Julio les contó que el jueves, justo antes de pasar por enfrente de la casona, una camioneta se estacionó al costado de lo que en un tiempo fue un hermoso jardín. Esto le pareció sumamente extraño y decidió bajarse de la bicicleta para observar lo que ocurría. Para su sorpresa, tres hombres vestidos de negro descargaron un ataúd y lo llevaron inmediatamente adentro de la casa. Luego de unos cuantos minutos salieron tan rápido como entraron, se subieron a la camioneta y se marcharon.

Julio, con bastante temor por aquel inusual incidente, se montó en su bicicleta como si fuera a cabalgar en un caballo y pedaleó sin parar hasta llegar a su casa. Pero al otro día les comunicó a sus amigos lo sucedido, y ahí estaban ahora, observando la lúgubre casona sin saber qué hacer. Por fin, Leandro rompió el silencio y sugirió entrar a la casa para, de una buena vez, probar que lo que Julio les había contado solo era producto de su fantástica imaginación. Guido estuvo de acuerdo y los tres comenzaron a descender lentamente la loma, en su camino por descubrir la verdad. Julio les recordó que debía estar en su casa antes que anocheciera o de lo contrario sería castigado. Al entrar, la puerta lanzó un quejido ensordecedor por lo que los tres jóvenes se quedaron quietos esperando que alguien, si es que había alguien en la casa, se alertaría de la visita inesperada. Casi agarrados entre sí comenzaron a bajar una escalera vieja y arrumbada, y entre escalón y escalón tenían que ir esquivando pegajosas telarañas. Por fin, llegaron al final de la escalera, y allí, enfrente de ellos se hallaba el ataúd del que Julio les había contado. Los muchachos se miraron y sin decir palabra subieron las escaleras casi volando, luego a las bicicletas y se marcharon a la casa de Julio.

 

La madre de Julio estaba en la puerta esperándolos un poco sobresaltada. Luego les explicó que su preocupación se debía a los raros acontecimientos sucedidos en el pueblo, como el de las dos cabras encontradas muertas sin una gota de sangre en sus venas, el de la jovencita que había desaparecido la noche anterior, y el del niño hallado casi muerto con dos marcas en el cuello. Esto explicaba el por qué Julio tenía que estar en su casa antes del anochecer. Cuando los chicos se quedaron solos llegaron a la conclusión de que aquel féretro ocultaba el cuerpo de un vampiro, y que este salía por las noches a chuparle la sangre no solamente a los seres humanos sino a los animales también.  Se pusieron de acuerdo en juntarse al día siguiente temprano por la mañana porque era sábado y no tenían clases. El objetivo era idear un plan para acabar con aquel terrible monstruo, o de lo contrario esta situación se convertiría en una pesadilla para el pueblo.

Al próximo día todos los habitantes del pueblo no hacían sino hablar de los nuevos y macabros hallazgos, un perro encontrado muerto completamente seco, y la desaparición de don Felipe, que nunca llegó a su casa aquella noche. Julio, Guido y Leandro se reunieron como lo habían planeado y comenzaron a cortar ramas de un árbol que se había caído hacía unos días por una tormenta. De las ramas fabricaron tres estacas delgadas pero puntiagudas, después de todo, si los vampiros existían también debería ser cierta la forma de exterminarlos clavándoles una estaca en el corazón. Pusieron en un bolso las estacas, dos linternas, un martillo y tres cabezas de ajo. Mantuvieron en secreto su plan que se llevaría a cabo esa tarde, justo antes del anochecer, mientras en el pueblo todos hablaban de lo mismo, de esa pesadilla que parecía inacabable.

Sin decir palabra salieron velozmente en sus bicicletas con la certeza de que no fallarían en su intento de aniquilar a ese vampiro, monstruo o lo que fuera.  Dejaron sus bicicletas bajo el arbusto de siempre y comenzaron a caminar rumbo a la mansión, pero en esta ocasión tenían mucho más temor que la vez anterior porque ahora sabían a ciencia cierta contra lo que se iban a enfrentar. Para no hacer ruido, decidieron entrar por la ventana que daba directamente a las escaleras. Una vez adentro, Guido sugirió que se apuraran porque no faltaba mucho para que anocheciera y el vampiro se podría despertar antes de que ellos lo mataran. Desde el último escalón observaron que todo estaba igual, lo que les dio cierta tranquilidad. Apoyaron el bolso en un antiquísimo baúl y Leandro repartió las estacas y las cabezas de ajo. Un temor inesperado los invadió cuando se dieron cuenta de que las linternas no funcionaban, y que no habían decidido quién levantaría la tapa del féretro, y quién le clavaría la estaca al vampiro. Deliberaron unos minutos hasta que concluyeron en que Julio abriría el ataúd, y Leandro le pondría punto final a esa horrorosa pesadilla. Miraron por una diminuta ventana, y con pavor se dieron cuenta de que el sol ya casi se había ocultado. No tenían más que un par de minutos para efectuar la tarea, pero el horror se había adueñado de ellos, y los paralizaba. Finalmente, Julio reaccionó y corrió hasta el féretro, el cual abrió sin dificultad, pero cuando Leandro se disponía a incrustar la estaca en el corazón de aquel extraño hombre la noche cayó totalmente, y aquel ser, de quién sabe cuántos cientos de años, abrió sus ojos verdes y se incorporó como un resorte quedando sentado en el ataúd. Se pasó el dorso de la mano por su frente completamente empapada de un sudor helado y miró hacia los costados. Aún sobresaltado, se tocó su corazón que latía a una velocidad increíble, pero su camisa de seda blanca no estaba mojada de sangre sino de transpiración. Sonrió diabólicamente y se dio cuenta de que la noche le pertenecía solo a él y que lo invitaba a salir. Esa horrible pesadilla por fin había terminado.

 


 

Jorge Nisguritzer. Natural de Buenos Aires, Argentina, vive en Estados Unidos desde 1991. Es profesor de lengua y literatura española en Utah Valley University.

Publicaciones
Libros:
Hablemos en español, for Spanish Conversation Classes (levels 2010 and
2020), Utah Valley University Bookstore, 2013.
Artículos:
The Lost Children of the Spanish Civil War, Revista Vinculando, August
21, 2018
The Crystal Frontier: Culture and Literature beyond Immigration, Utah
Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2008, vol. 85
Women and Witches: Reality or Fairy Tale?, Utah Academy of Science,
Arts, and Letters Journal, Fall 2007, vol.84, 117-120
Alejo Carpentier’s Return to the Seed: Melancholy and Ruins in America’s New baroque. Utah Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2006, vol. 83, 135-138
The Spanish Civil War: The awakening of a hidden woman. Utah Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2005, vol. 82, 157-163
La idea de hibridismo en El amante Bilingüe de Juan Marsé, U.F.L.R of University of Utah. (Fall 2003 Vol. XII, 61-67).

Contactar con el autor: nisgurjo [at] uvu.edu

Lee otro relato de este autor (en Almiar): El visitante

🖼️ Ilustración: Fotografía por Edou Hoekstra en Pexels  [public domain]

 

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Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 119 • noviembre-diciembre de 2021

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