relato por
Jorge Nisguritzer

 

A

quel sábado se había presentado espléndido, por lo menos para un chico de once años como yo que sólo pensaba en jugar a la pelota y andar en bicicleta con sus amigos. Cuando me desperté corrí las cortinas de la ventana y un sol radiante que se asomaba perfectamente por entre las montañas me dio los buenos días. En la casa de enfrente doña Catalina se preparaba para barrer la vereda en la que simplemente había un papel o dos. Pero claro, la vereda debía estar impecable, perfectamente limpia. Igual que el césped de don Rafael, cubierto por un verde tan brillante que le daba una apariencia irreal, producto de ser regado varias veces al día por una extensa manguera que el anciano tenía conectada en el fondo de su casa. Eso sí, nadie le podía negar a don Rafael que era dueño del mejor pasto de la ciudad. Y ni hablar del jardín de mamá y de las otras vecinas, pues al llegar la primavera parecía una competencia sobre quién tendría las flores más extravagantes y hermosas. En el otoño, salían a observar embelesadas las hojas de los pequeños arbustos que los adornaban con todos los tonos posibles de rojo, anaranjado, amarillo y rosado, y de paso asegurarse de que no hubiera demasiadas hojas secas tiradas en el jardín. Las calles siempre limpias y bien pavimentadas, por eso a veces pensaba en lo diferente que era vivir en un lugar así, ya que antes de mudarnos no me imaginaba que existiera una ciudad como esta que parecía sacada de algún libro de cuentos. Me encontraba recorriendo con la mirada mi vecindario cuando mamá me preguntó si estaba listo para ir con ella a hacer las compras. Me había olvidado de que cada tercer sábado del mes la acompañaba al mercado que estaba en la misma entrada de la ciudad, así que mis planes para ese día tendrían que esperar. Me aburría ir a ese mercado aunque tenía de todo, desde comida, ropa, juguetes, caramelos y hasta revistas. Era prácticamente el único negocio de ese tipo que había en el pueblo, en el que, dicho sea de paso, no había mucho para hacer. Hacía casi dos años que vivíamos ahí, papá había conseguido un muy buen trabajo en una de las plantaciones, le pagaban bien, por lo menos eso me decía mamá cuando yo me quejaba de lo aburrido que era vivir en un pueblito como ese. Pero en realidad todos vivían bien, papá siempre comentaba lo privilegiado que éramos al estar en un lugar donde no había pobreza ni necesidad de hacer nada por nadie. Los hombres trabajaban en alguna de las tres plantaciones que había en la zona, bueno, tanto hombres como mujeres, y luego cuando se jubilaban se quedaban a vivir allí. Don Rafael y doña Catalina eran dos de los muchos que decidieron quedarse. Dentro de esa vida perfecta la rutina era inevitable, pero yo ya me había acostumbrado.

Mamá me dice que me apure, que no tiene todo el día para perder en el mercado. Subimos a la camioneta y nos vamos enseguida. En la tienda no había demasiada gente por lo tanto mamá se tomaría el tiempo que necesitara, pero yo preferí quedarme mirando por la ventana que daba a la entrada del pueblo. Al principio me pareció una sombra que se acercaba lentamente, pero luego fue tomando la forma de una persona, aunque para mí, extraña y misteriosa. Vestía sombrero, impermeable, pantalón y zapatos negros, como si supiera que aquel cielo azul iba a convertirse en un río del que caería agua sin cesar. Por alguna razón que todavía no comprendo sentí un escalofrío a medida que se acercaba, pero al mismo tiempo no podía dejar de mirarlo. Me di vuelta para ver dónde estaba mamá, pero tanto ella como los otros clientes seguían en lo suyo. Parecía que nadie se había percatado de aquel visitante que se acercaba, a pesar de que el negocio contaba con varios ventanales. No me quería mover de mi lugar privilegiado porque sabía que si se dirigía al centro del pueblo inevitablemente tendría que pasar por donde yo estaba, no había otra calle que se conectara con el centro. Caminaba con un paso cansino y despreocupado pero firme a la vez, sin embargo, algo diferente me llamó la atención. A su espalda se erigían nubarrones oscuros y espesos que parecían seguirlo a poca distancia, y por supuesto, venían hacia el pueblo. Cuando estaba a unos metros de la ventana donde yo me encontraba parado quise cambiar de dirección mi mirada pero no pude, lo miré y me miró directamente con aquellos profundos ojos verdes. En ese momento supe que algo raro pasaría. ¿Quién era y de dónde habría venido? y ¿para qué? Desde ese momento me propuse averiguarlo. Sin darme cuenta habían transcurrido más de dos horas desde que llegamos al negocio y por fin mamá ya había pagado y estaba lista para regresar a casa. Cuando salimos a la vereda inmediatamente noté que el cielo estaba tapado por unas espesísimas nubes que parecían hechas de alquitrán, tan oscuras que hasta a mi mamá le llamó la atención. En el viaje a casa que no duró más de quince minutos no pude despegar la vista del cielo que ya se encontraba cubierto totalmente. Aunque mamá no dijo nada se la notaba intranquila al punto de que bajamos las bolsas del mercado muy rápido. Cuando ya estábamos terminando de acomodar las latas en la alacena se vio un resplandor que nos encandiló, e iluminó completamente la cocina, seguido luego de una explosión ensordecedora. Hubo unos segundos de un silencio distinto, inusual, que fue quebrado por el ruido de una lluvia torrencial que se desencadenó con una furia inaudita.

Miro por la ventana ensimismado por la cantidad increíble de lluvia que cae. El cielo literalmente parece un gran lago boca abajo del que cae agua a torrentes. La mayoría de los vecinos han salido a la calle y parecen asustados. El agua se desliza ya vertiginosamente hacia la parte baja del pueblo, pero como nuestra casa se encuentra edificada en una loma el agua no representará un peligro de inundación. De pronto diviso la figura de aquel visitante vestido de negro, que parado bajo un árbol observa el movimiento de la gente. Inmediatamente me pongo mi impermeable y salgo a su encuentro, pero es tanta la lluvia que cae que no es fácil llegar hasta él. Doña Catalina, don Rafael y muchos otros vecinos hacen señas desesperadas a un camión de bomberos que pasa rápidamente. Me acerco y escucho que sus casas ya están casi inundadas, y se me ocurre pensar que mi casa podría inundarse también. Algunos comentan que las plantaciones fueron cubiertas por el barro que se deslizó por las laderas de las montañas, y un policía le advierte a un conductor que no vaya al centro de la ciudad porque está anegado. Mientras la lluvia cae implacable, veo cómo los vecinos se ayudan mutuamente. Los que no tienen sus casas inundadas ofrecen alojamiento a los que ya han perdido todo. Oigo a mi papá que junto con otros dos vecinos ya organizaron grupos de ayuda juntando ropa y alimentos no perecederos. De un pueblo en donde nadie necesitaba de nadie ahora es crucial la colaboración de todos. Camino lentamente empapado de pies a cabeza tratando de encontrar a aquel misterioso ser porque ya no me caben dudas de que es él el causante de esta tormenta. Ha pasado mucho tiempo y la lluvia no para. Miro ansioso para todos lados tratando de encontrarlo y camino por calles imposibles de transitar, pero no me importa porque tengo que dar con él. Por fin, cuando ya había perdido toda esperanza lo veo caminar en dirección a la salida del pueblo. Decido seguirlo y empiezo a correr como puedo hasta que me acordé de un atajo que hay en la esquina. Por ahí voy a llegar primero a la salida de la ciudad, corro y corro sin parar hasta que las fuerzas parecen abandonarme. La ropa empapada me molesta enormemente y mis zapatillas parecen pesar una tonelada por el agua y el barro. Pero logro mi cometido y llego al mercado de la esquina donde el pueblo empieza. Y ahora a esperarlo. Pasan varios minutos hasta que finalmente lo veo aparecer con su paso tranquilo. Me pongo muy nervioso y otra vez ese escalofrío que recorre mi cuerpo, no es la lluvia helada, sino el tener que enfrentarme a algo desconocido, pero ya no puedo ni quiero volver atrás. Solo se encuentra a unos cuantos metros de mí. Me recuesto contra la puerta del negocio como tratando de esconderme, pero es inútil, sé que me verá, y en definitiva es lo que quiero.

Ya me venía mirando como si estuviera preparado para entablar una conversación conmigo. Se paró y me miró fijamente. Era mucho más alto de lo que parecía y bajo el ala anchísima de su sombrero negro resaltaban esos misteriosos ojos verdes y su piel exageradamente blanca. Se agachó y siguió clavando su mirada en la mía. No se de dónde saqué coraje pero al fin le dije que estaba seguro de que él tenía mucho que ver con esta lluvia, que lo sabía desde el primer momento que lo vi. Casi sin pensarlo le pregunté quién era, de dónde venía y lo que era más importante qué quería. Se lo pregunté con una convicción que me resultó rara por el temor que tenía Pero no dijo palabra, puso sus manos en mis hombros y me miró de manera mucho más penetrante que antes. De pronto fue como si me hubiera comunicado todo a través de su mirada y por mi mente pasaron imágenes del pasado, de un pueblo donde nadie hacía nada por nadie porque no era necesario. Imágenes de gente despreocupada, sin problemas que resolver ni tiempo que ocupar en otros. La lluvia había traído ese cambio en aquella gente acostumbrada a vivir bien y en una rutina constante. Por un momento pensé que quizás la lluvia no había sido tan terrible después de todo. Un sentimiento de calma me aseguró que la tormenta había lavado, limpiado y cambiado la mentalidad de la gente, y que hacía falta. Así como vino se fue. Y yo me quedé parado ahí, con mis once años a cuestas y muchas preguntas sin contestar, mientras lo veía alejarse y perderse en la distancia, solitario, extraño y vestido de negro como siempre.

 


 

Jorge Nisguritzer. Natural de Buenos Aires, Argentina, vive en Estados Unidos desde 1991. Es profesor de lengua y literatura española en Utah Valley University.

Publicaciones
Libros:
• “Hablemos en español”, for Spanish Conversation Classes (levels 2010 and
2020), Utah Valley University Bookstore, 2013.
Artículos:
The Lost Children of the Spanish Civil War, Revista Vinculando, August
21, 2018
The Crystal Frontier: Culture and Literature beyond Immigration, Utah
Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2008, vol. 85
Women and Witches: Reality or Fairy Tale?, Utah Academy of Science,
Arts, and Letters Journal, Fall 2007, vol.84, 117-120
Alejo Carpentier’s Return to the Seed: Melancholy and Ruins in America’s New baroque. Utah Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2006, vol. 83, 135-138
The Spanish Civil War: The awakening of a hidden woman. Utah Academy of Science, Arts and Letters Journal, Fall 2005, vol. 82, 157-163
La idea de hibridismo en El amante Bilingüe de Juan Marsé, U.F.L.R of University of Utah. (Fall 2003 Vol. XII, 61-67).

Contactar con el autor: nisgurjo [at] uvu.edu

Ilustración: Fotografía por Free-Photos / Pixabay  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 104 • mayo-junio de 2019

 

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