relato por
María J. Mena

 

H

éctor se despertó sobresaltado. Miró hacia un lado y hacia otro desorientado. De forma paulatina fue dándose cuenta de que se encontraba en un tren y trató de recordar cómo había llegado hasta allí. Por más que lo intentó no fue capaz se acordarse de nada que hubiese ocurrido con anterioridad a ese momento. Solo recordaba que había tenido un mal sueño. En su sueño iba viajando en un tren que cada vez se desplazaba más rápido. Nada ni nadie podía hacer que ese tren detuviese su marcha y en cualquier momento se esperaba que ocurriese lo inevitable. La espantosa sensación de no saber cómo conseguir parar aquel tren, provocó que despertase bruscamente.

Con extrañeza volvió a mirar a su alrededor y comprobó que se encontraba en un compartimiento sentado junto a la ventanilla. Sobre sus rodillas había un libro abierto. Su título era Dr. Zhivago. No sabía muy bien por qué, pero tenía la sensación de haber leído millones de veces las largas y tediosas descripciones que su autor hacía de las frías e inabarcables llanuras rusas. Miró hacia la ventana y pudo comprobar que el paisaje que aparecía frente a él era muy similar al del libro. Una llanura inabarcable a simple vista. Volvió a mirar con hastío el libro y lo dejó en el asiento contiguo. Echó un vistazo al vagón de nuevo y observó al resto de los pasajeros. Algunos de ellos charlaban entre sí y reían ruidosamente, otros se dedicaban a leer ensimismados y el resto dormitaba o miraba abstraído por la ventanilla. En el asiento de enfrente había una mujer acompañada de un niño de unos ocho o nueve años. El niño permanecía dormido, apoyando la cabeza sobre las rodillas de la mujer, mientras esta le acariciaba el pelo de forma maquinal. Ella miraba distraída por la ventanilla.

Cuando Héctor iba a preguntar a la mujer dónde se encontraban, el tren comenzó a frenar hasta que detuvo de forma suave su marcha. El niño despertó y preguntó si habían llegado ya a su destino. «No, cariño» —le contestó la mujer. El niño volvió a dormirse tranquilo. Al mirar por la ventanilla Héctor observó el andén de la estación. Sabía que no tenía que apearse en esa estación, pero si lo pensaba con detenimiento, en realidad, ignoraba en qué estación tenía que parar, ni cuál era su destino. Miró a la estación con extrañeza y volvió a preguntarse hacia dónde iba y qué era exactamente lo que hacía allí, sin encontrar respuestas. A través de la ventanilla, observaba a las personas que se encontraban en la estación. En el andén, una niña de unos cinco años, agarrada a la mano de la que parecía su madre, decía adiós a alguien que debía ya haber subido al tren. Volvió a contemplar a la niña. Le resultaba familiar. Intentó hacer memoria. Tenía la sensación de estar experimentado un «deja vu». Conocía a esa niña y estaba seguro de haber estado con anterioridad en esa estación. Antes de poder recordar algún otro detalle, el tren inició de nuevo la marcha. Continuó mirando hacia el andén hasta que la imagen se perdió en la lejanía.

Nervioso y agitado decidió levantarse y dirigirse a la cafetería. Al llegar a la barra, pidió un café. «Solo estoy cansado» —se dijo para sí—. La cafeína me ayudará a espabilarme y quizá así pueda recordar algo más».

Un hombre se acercó y le saludó con afabilidad. Era su amigo Tomás, aunque Héctor no sabía muy bien lo qué hacía Tomás allí. De forma un tanto maquinal, iniciaron una conversación trivial. Antes de que Héctor le confesase sus preocupaciones, el tren volvió a detenerse, aunque esta vez lo hizo más bruscamente, lo que provocó que Héctor chocase contra su amigo.

—¡Vaya manera de conducir! —le comentó molesto.

—Sí —confirmó Tomás, mirando a Héctor. Al mirarle Tomás debió notar algo extraño en Héctor—. ¿Te pasa algo? Te noto desorientado, preocupado.

Héctor dudó un momento, pero no se atrevió a confesarle que no recordaba qué hacía en aquel tren, ni cuál era su destino, ni siquiera recordaba el momento en el que él y Tomás se habían conocido. Sin embargo, de alguna u otra forma, sabía que su destino estaba ligado a aquel tren y que estaba en el lugar en el que tenía que estar. Sabía que Tomás era su amigo, aun sin recordar cuando y cómo se conocieron. De repente, había aparecido en aquel vagón-cafetería y Héctor estaba seguro de que ese era el lugar en el que ambos tenían que encontrarse.

—No sé —le contestó—. Te vas a reír —y miró a Tomás dubitativo, sin atreverse a contárselo. Finalmente, le miró a los ojos y le confesó que no sabía lo que hacía allí—. No recuerdo, cuándo subí al tren, ni porqué, ni que hago aquí, ni cuál es mi destino. No recuerdo nada, solo un estúpido sueño.

Al contrario de lo que esperaba, Tomás rió estruendosamente y se volvió al camarero.

—Este Héctor, siempre igual —y volvió a reír, mientras miraba al camarero que también miraba a Héctor y reía.

Héctor, molesto, miró hacia la ventanilla. Esta vez el tren había parado en mitad de la nada. El paisaje era monótono y unicolor, simplemente una extraña imagen de distintas tonalidades marrones. El revisor pasó delante de ellos y Héctor aprovechó para preguntarle dónde se encontraban y qué había pasado. «Otro tren tiene que pasar —contestó el revisor—, en unos minutos continuaremos el camino». Héctor inquieto le preguntó nuevamente hacia dónde se dirigía el tren. El revisor le miró con lástima. «Vamos al final» —contestó. Y siguió su camino. «Al final —repitió para sí Héctor—, pero ¿al final de qué?», se preguntó con cierta exasperación. La cabeza comenzaba a dolerle, provocándole irritación.

Desorientado y confuso se dirigió de vuelta hacia su asiento. Por el camino se dio cuenta de que no se había despedido de Tomás, pero cuando terminó de hablar con el revisor, su amigo ya no estaba. Cada vez le parecía todo más extraño.

Cuando volvió a su asiento, la mujer y el niño habían desaparecido y en su lugar había un matrimonio de edad avanzada. Héctor se preguntó dónde se habrían ido los anteriores pasajeros. El tren no había hecho ninguna parada desde la última estación y ellos no se habían podido bajar. «¿Dónde estarían?» —se preguntó. Miró a sus compañeros de viaje, que también le resultaban familiares. Héctor les preguntó si se conocían de algo. El matrimonio se miró extrañado y sonrió. «Pues claro —le contestaron casi al unísono— Aquí todos nos conocemos». Volvieron a intercambiar una mirada de extrañeza entre ellos.

La confusión de Héctor era cada vez mayor. Intentó reordenar sus pensamientos. «Debo estar volviéndome loco —pensó irritado—, o a lo mejor estoy todavía dormido. Sí —se dijo a sí mismo— eso debe ser. En algún momento despertaré y todo esto habrá pasado». El revisor volvió a pasar. Héctor se levantó de forma brusca y salió tras él. Cuando le alcanzó, le preguntó qué había querido decir cuando había dicho «al final». El revisor le miró con impaciencia. «No te preocupes —le dijo— te haces siempre demasiadas preguntas. Deberías preocuparte más por el trayecto que por el destino. El destino es siempre el mismo para todos».

Héctor se quedó paralizado en el pasillo, pero no por la respuesta que le había dado el revisor, si no porque le había parecido vislumbrar la cara de la niña que había visto en la estación. «No es posible —se dijo—. ¿Cómo ha podido subir al tren?». El miedo comenzó a angustiarle. Necesitaba tomar aire. Nada tenía sentido. Bajó una de las ventanillas y se quedó mirando hacia fuera. No podía distinguir el paisaje, el tren iba demasiado deprisa. De hecho, cada vez iba más rápido. Sin previo aviso el tren se detuvo de forma brusca. Esta vez, Tomás no estaba para frenar su caída y Héctor perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre el suelo. Mientras intentaba incorporarse, sintió cómo algo le izaba por los aires y unos segundos más tarde era arrojado a un cubículo donde de forma desordenada y desperdigados por todas partes en distintas posturas se encontraban ya, el matrimonio que ocupaba su mismo vagón, su amigo Tomas, la niña de la estación y el revisor. Al instante, más pasajeros cayeron desde la parte superior del cubículo y Héctor tuvo que esquivarlos para no lastimarse. Durante unos segundos, Héctor solo fue capaz de escuchar quejidos y lamentos por todas partes. Al poco rato, la oscuridad se hizo absoluta. Experimentó durante unos segundos un movimiento traqueteante y se apoyó contra la pared para no perder el equilibrio, hasta que notó que el habitáculo era depositado sobre una superficie firme. A partir de ese momento todo se tornó quietud, silencio y oscuridad y Héctor de repente recordó que había dejado por milésima vez inacabado un libro que una y otra vez tendría que volver a leer, a no ser que el pequeño dios que gobernaba su mundo decidiese hacer un cambio en el guion que había escrito para él.

 

* * * *

 

Víctor acabó de guardar todas las piezas del tren y colocó la pesada caja en la estantería. Su padre entró en su habitación, se acercó a él y le alzó por los aires. «Venga, Víctor, es hora de dejar de jugar y bañarse, te he llamado ya una docena de veces» —le dijo su padre amablemente.

Víctor, pensó con fastidio en las ganas que tenía de hacerse mayor para poder hacer por fin lo que él quisiera. Le hubiera encantado seguir jugando con aquel tren durante horas. Además, había un nuevo pasajero. Un muñeco que le había traído su padre de uno de sus viajes. Víctor, había decidido llamarle como se llamaba su padre, Héctor, porque le recordaba mucho a él. Aunque le parecía que desde que lo había incorporado al tren, tenía una cara mucho más seria. «Qué tonto —pensó— a lo mejor no le gusta viajar, con lo divertido que es y eso que le he dejado hasta un libro para que vaya entretenido. En fin, ya se acostumbrará». Aunque no tenía mucha fe en ello.

Mientras su padre le ayudaba a bañarse, este le contó que tenía una sorpresa para él. Se iban de viaje a Sevilla. Papá había alquilado una bonita casa con chimenea y allí darían la bienvenida al año próximo. Le dijo que iban a ir en tren porque era lo más rápido y cómodo y porque sabía que a él le encantaban los trenes. Víctor se sentía feliz. Su imaginación rápidamente se desplazó y empezó a planear la cantidad de cosas que haría durante el trayecto. Le encantaba la idea, pero ¿dónde dijo papá que iban? «Bueno, es igual», pensó y, emocionado, volvió a situarse en un oscilante vagón lleno de millones de posibilidades de vivir apasionantes aventuras.

 


 

María Jesús Mena

María Jesús Mena (Madrid). Es titulada en Trabajo Social y en Ciencias del Trabajo por la Universidad Complutense de Madrid y experta en mediación y resolución de conflictos y en cooperación internacional.

La experiencia profesional y humana acumulada en esos ámbitos nutre, al menos en parte, su obra poética y narrativa: Poemas ciegos (Olé Libros, 2019) y Relatos monocromáticos (Olé Libros, 2020), además de la antología La flor en que amaneces. Volumen I (Azalea, 2020), en la que se han incluido algunos de sus versos y del libro Letras del Mundo (Etiqueta Ediciones) en el que se ha incorporado uno de sus relatos.

Ha publicado también reseñas, entrevistas y artículos literarios en medios especializados como las revistas Moon Magazine, Pasar Página, Todo Literatura y Quimera, así como en el blog La Piedra de Sísifo.

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Ilustración: Imagen por Pete Linforth en Pixabay [Dominio público]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero) n.º 119 noviembre-diciembre de 2021

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