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Posted on 25/09/2018

Jade

Jade

relato por
Juan Saravia

 

A

l bailar, su cuerpo se parece a un guante, va adquiriendo la forma de la música. Sus ojos brillan oscuros en el fondo del bar. Jade baila mejor que las demás chicas del grupo. Esas chicas piensan que es normal: Jade es negra, y las negras traen la música por dentro. «Soy mitad negra y mitad blanca», suele decir a sus amigos. Por las tardes se reúne con otros chicos para bailar hip hop en una plaza de la periferia, lugar de libertad bajo el cielo. Mientras Jade baila no puede pensar, no puede odiar. Sólo escabullirse un rato y soñar con los pies.

En una de las paredes del bar está pintado el glorioso e inmaculado retrato de Arthur Rimbaud. A Jade le gustan los ojos de Rimbaud. Azules; de bárbaro. Ojos de vidente.

El chico que le gusta a Jade se acerca con dos vasos llenos de cerveza y le entrega uno. Beben muy deprisa, hasta vaciarlos, y van hacia la barra para comprar más cerveza. Xavier es un joven rubio, de pelo volado, ojos azules casi diabólicos, quijada fuerte y sonrisa ácida. Tiene diecinueve años, dos más que ella.

―¿Para qué me quieres emborrachar? ―le pregunta ella, sonriendo y sudando.

―Mira lo que tengo aquí ―Xavier hace tintinear un manojo de llaves en la mano―. Son las llaves de la habitación de Flavio, nos la ha prestado; no llegará hasta la madrugada.

Flavio es el único de los ruidosos amigos de Xavier con el que ella realmente simpatiza. Flavio y Xavier ya están en la universidad.

―No, no puedo ―le dice Jade―. Mis padres me advirtieron que no regresara tarde.

―Quiero estar contigo un rato ―insiste él―. Solos.

―Mejor no, otro día.

―¿Por qué? ¿Por qué no hoy?

―No sé, no estoy lista.

―Sólo iremos a hablar un poco. Mira, no pasará nada que no quieras.

―Está bien, vamos, pero solo un rato.

Abandonan el bar. Xavier acelera el paso. Llegan a un edificio angosto, de tabique aparente, con los marcos de las ventanas blancos. Entran. Las viejas escaleras de madera crujen. La pequeña habitación de Flavio está en el último piso. Unos cuántos muebles y una estantería con libros y películas.

Xavier saca dos cervezas de la nevera; le da una a Jade.

―Se necesita estar muy pobre para beber esta mierda ―dice Jade.

Xavier ojea un poco los libros de su amigo. Le habla a Jade de algunos de esos autores. Extrae una película. Scarface, de Brian De Palma.

―Esta película me cambió la vida ¿Nunca has escuchado esta frase de Al Pacino? «I’m Tony Montana, you fuck with me you fuckin’ with the best» ―dice Xavier, imitando a uno de sus ídolos sin mucho esfuerzo. Jade sabe que Xavier, igual que Tony Montana y que ella, también tiene cicatrices.

―Ninguna película cambia la vida de nadie. Después de verla sigues siendo el mismo. ¿Sabes a mí qué cambió la vida?

—¿Conocerme? ―bromea Xavier―. ¿Conocerme te cambió la vida?

―No seas idiota… Dejar a mi madre y a mi aldea, en Camerún, a los once años de edad, y venir a vivir aquí con unos padres blancos.

―Es verdad, esta cerveza es una mierda ―dice Xavier y arroja un chorro de cerveza con espuma de la boca―. Con razón es la más barata.

Jade da un largo trago a su cerveza.

―No es tan mala.

Cruzan sus miradas por un momento y se acercan.

―Ven ―le dice Xavier y la lleva a la cama, angosta y sin tender de Flavio, con el propósito de hundirse en su piel, en su cuerpo que ella misma siente sudoroso y vacilante.

―No, espera. Vamos a beber otra cerveza. Hay muchas.

―Ven, solo un poco ―insiste Xavier.

Echa su cuerpo sobre el de ella. Hunde sus dedos en sus encrespados cabellos y besa sus labios. Intenta levantarle la blusa blanca, de algodón, ella se resiste.

―No.

―¿Por qué no?

―No quiero.

―¿No quieres o no me quieres?

―Sí, te quiero.

―¿Entonces?

Le acaricia encima de la blusa. Trata de meter sus manos por debajo y de alcanzar sus pechos.

―No, ahí no ―le dice ella―. Aquí, ven.

Coge la mano de Xavier y le cambia la travesía. La dirige hacia otra parte de su cuerpo. Lo ayuda a desabrochar su pantalón, y lo termina de guiar hacia su pubis, negro como el carbón evaporado, que el dedo masculino de su novio, acompasadamente, empieza a acariciar. Él insiste arriba. Con la otra mano, vuelve a intentar quitarle la blusa.

En Jade, la eclosión del placer se mezcla con el dolor. Algunos días su cuerpo le da miedo, como si fuera una casa que nunca hubiera servido de hogar. Llega a su mente el recuerdo de su madre, la madre biológica que, desde entonces, no ha vuelto a ver.

Jade tiene nueve años. Su madre enciende el fuego y calienta una piedra. Las manos arrugadas de su abuela y las manos fuertes de su tía la sujetan, tan fuerte, que le dejan marcas en el cuerpo. Siente el calor, cuando la piedra se aproxima. Huele ese olor a carne chamuscada que sale de su propia piel. Siente ese dolor inconcebible, cuando su madre le aplasta los senos. Grita. Se sacude. Tiembla. Se queda sin voz. «Una mujer que no produce deseo, no será violada», le dice su madre.

Mientras Xavier la besa, Jade se asegura de que todos los botones de su blusa sigan abrochados. Ella no consigue concentrarse.

Agitado, Xavier intenta llegar hasta el nudo de su piel. Por fin, consigue levantarle la blusa, el sostén; desabrocha su propio pantalón y se prepara para la penetración. Está tan excitado que empieza a actuar con fuerza. Jade siente miedo y vergüenza. Xavier nota que, debajo del sostén, Jade lleva las prótesis de plástico. Ella trata de acomodar las prótesis, que Xavier ha dejado fuera de su lugar.

Xavier forcejea un poco más, le arranca las prótesis. Al ver el torso desnudo de Jade, Xavier se aparta de golpe. En lugar de dos senos, hay algunos bultitos irregulares y piel muy arrugada. Uno de los pezones ha desaparecido.

―¿Qué te pasó ahí?

―Una costumbre.

Xavier le acaricia el lugar donde Jade debería de tener los senos, excitado. Se desvisten, se meten a la cama y Xavier la penetra con fuerza.

Al terminar, Xavier se pone de pie. Se lava bajo el grifo, ella termina de vestirse.

―Me van a poner unos implantes, cuando sea un poco más grande ―dice ella, mirándose―. Con pezones y todo.

Xavier mira el torso desnudo de Jade, como si quisiera imaginarse unos senos y levanta los hombros.

―Puedes quedarte así también―le dice.

Regresan al bar, donde Jade vuelve a mirar el retrato pintado en la pared. Xavier se parece mucho a Rimbaud. Esta noche, ha escrito un poema en su piel.

 


 

Juan Saravia. Seudónimo de un autor franco-mexicano nacido en la ciudad de México, en 1971. Ha publicado cinco novelas (dos de ellas han sido traducidas al francés) y un libro de relatos, así como una veintena de los mismos en diversas revistas literarias. Su cuento Revenge fue seleccionado para el libro Cuentos de cortometraje y el relato Saîd resultó ganador del «XIV Premio de Narrativa Tirant lo Blanc, 2014», del Orfeó Català de Mèxic.

Lee otro relato de este autor (en Almiar): Sísifo

Contactar con el autor: juanju71 [ at ] hotmail.com

Ilustración: Fotografía por geralt / Pixabay  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) • n.º 100 • septiembre-octubre de 2018

 

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