relato* por
Juan Carlos Vásquez
A
veces pienso que siempre supe que esa casa guardaba algo.
Era grande, oscura, de techos altos. Tenía un pasillo largo que conectaba todas las habitaciones y, al final, mi cuarto. Yo dormía solo desde muy pequeño. No por valiente, sino porque me acostumbré.
En las noches, cuando todo quedaba en silencio, ella aparecía en la puerta.
No entraba.
Tampoco hablaba.
Se quedaba quieta, mirándome. Vestida de blanco, con algo que parecía un velo cubriéndole el rostro. Una novia. Eso pensé desde el principio: es una novia.
Algunas veces, no muchas, había alguien más con ella.
Un hombre.
Vestido de rojo.
Siempre a su lado.
Nunca me miraba. Estaba de perfil, como si esperara que algo ocurriera.
Después de unos minutos desaparecían, sin moverse, como si se borraran.
Durante años pensé que era un invento de mi cabeza.
Que los había creado por miedo, o por soledad, o por esa costumbre que tiene la infancia de transformar la sombra en figura.
Me acostumbré.
Los veía y cerraba los ojos.
Y si no los veía, los imaginaba en la puerta.
No hablé de esto con nadie.
Ni con mis amigos, ni con mi madre.
Hasta que un día, siendo ya adulto, en una conversación sin importancia, mencioné algo. Dije algo como «cuando veía a la novia en la puerta de mi cuarto».
Ella se quedó callada.
La vi palidecer.
Y después me lo dijo:
—Cuando compramos la casa, hubo una pareja que la había apartado. Jóvenes. La chica murió en un accidente antes de la boda. Fue trágico. Lo recuerdo porque a tu papá no le gustaba la idea de quedarse con una casa así… pero yo sí. Yo siempre quise vivir aquí.
Nada más.
No me preguntó qué había visto yo.
No quiso saber.
Como si bastara con que lo supiéramos los dos, cada uno a su modo.
A veces pienso que ella también los vio.
Que por eso no me pidió explicaciones.
No volví a verlos.
Ni siquiera en sueños.
Pero a veces, en casas ajenas, me detengo frente a alguna puerta entreabierta y siento el mismo frío de entonces.
Y no sé si espero que ella vuelva…
o si soy yo el que se quedó allá, en la cama, temblando bajo la sábana, con los ojos cerrados, mientras dos figuras sin tiempo me miraban desde el umbral.
He pensado muchas veces en investigar su historia. Saber sus nombres. Buscar documentos, fechas, solicitudes de compra, algún registro que confirme quiénes eran. Pero en aquel tiempo no todo se documentaba como ahora. He ido a la alcaldía. He preguntado en archivos viejos. Todo se pierde entre papeles mal fechados y voces que ya no están.
Lo más extraño es que nunca volvió a aparecer. Quizás fui yo el que cambió. Tal vez la sensibilidad que tenía de niño —ese canal abierto entre el sueño y lo real— se fue cerrando con los años. Me he preguntado si la adolescencia, el ruido de la vida o simplemente el olvido la alejaron para siempre.
Han pasado más de cuarenta años.
A veces, cuando releo lo que escribo o escucho mis propios pensamientos, imagino que ella está cerca. No para asustarme, sino como si todavía esperara algo. Y si pudiera oírme, si pudiera asomarse otra vez a la puerta como entonces, le diría que lo siento.
Que nunca me asusté.
Su presencia fue una compañía extraña, sí, pero necesaria.
Que no me hizo daño.
Al contrario.
En esos días de soledad apremiante, su aparición fue como una señal —oscura, sí— pero una señal de que no estaba completamente solo.
* Este relato forma parte del libro inédito Infantil🚫

Juan Carlos Vásquez nació en Valencia, Venezuela. Tiene estudios en comercio internacional. Ha formado parte de varias organizaciones literarias como Spanic Attack (Nueva York, 2004), The Hall (Miami, 2001). Ha participado en varios volúmenes colectivos y antologías: Paseo en Versos (Pasos en la Azotea, Df México 2006); Hemiparesias (Visceralia Ediciones, Santiago de Chile 2006); Poesías y aparte el Libro y su Autor, Creaciones Literarias, selección de Betty Goldman y Enrique Epelbon, Estados Unidos 2007, y en el proyecto artístico Mirages from an Unreal World de Laura Orvieto, Author House (New Jersey, 2010). Fue seleccionado para formar parte de la Antología The World’s Greatest Letters 2021, una antología bilingüe en inglés y español. Es autor de varios libros de relatos, entre ellos Pedazos de familia (Ediciones Estival, 2000); Vulnerables (Media EU S.à r.l… Ed. Filatel 2019); Ward’s Island: El lado oculto de Nueva York, una historia autobiográfica (2001-2006); Colapso. Poesía reunida (1999-2022) y Crónicas por Barcelona (Araña editorial, 2024).
Vásquez explora la soledad, el aislamiento, la percepción temporal y el submundo en las grandes ciudades, con inspiraciones neo-noir psicológico.
Sus poemas y relatos han aparecido en diversas publicaciones literarias, tanto digitales como impresas, europeas e hispanoamericanas, que incluyen Barcelona Review, El coloquio de los perros, Canibaal, Babab, Margen Cero, Extrañas Noches -literatura visceral (España), Casa Bukowski (Chile), Nagari Magazine, Baquiana (EE. UU.), Freibrujula (Alemania), Letralia (Venezuela), Primera página (México) y en los diarios La Razón y El Impulso.
Juan Carlos administra el archivo literario y artístico HD Kaos y ha recibido distinciones en los Concursos de poesía pro lingüístico y multimedia Premio Nosside (Calabria, Italia), en las ediciones de 2005 y 2006. También fue finalista del concurso de microrrelato Guka en Buenos Aires en 2018.
En 1999 se mudó a los EE.UU. Desde entonces ha vivido en Tampa Bay (Florida), San Francisco (California), Nueva York City (New York) y otras ciudades de Estados Unidos y España. Actualmente reside entre Alicante y Barcelona. (España).
🔗 Página de autor. https://linktr.ee/juancarlosvasquez
Email: jcvasquezf[at]gmail.com
📹 Vestida para la espera (relato-texto musicalizado por Cambra Fosca Domèstica):
https://www.youtube.com/watch?v=yOip9gP0rKo
📄 Leer otros textos de este autor (en Almiar): La femme fatal (relato) ▪ Saltar juntos (relato) ▪ Julia de la Rúa (entrevista)
📷 Ilustración relato: Detalle de fotografía por Pixabay (en Pexels)
Revista Almiar (Margen Cero™) · 🧑💻 PmmC · n.º 143 · noviembre-diciembre de 2025
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¡Excelente relato! Juan Carlos Vásquez, que confirma que el venero de la creatividad arraiga en la niñez, única etapa de la vida que nos permite «ese canal abierto entre el sueño y lo real», como dices bien. A menos, claro está, que en los años de adultez nos invada la locura ¡Mis parabienes!
Me alegra mucho que hayas resonado con esa idea; recuperar ese ‘canal abierto’ es, al final del día, el mayor reto y la mayor recompensa de escribir. Volver al lugar de las sombras iniciales te hace entender por qué conectaste, años o décadas después, con aquello con lo que no perdiste la capacidad de asombro. Y sobre la locura que mencionas, quizás no sea más que el nombre que el mundo le da a negarse a cerrar ese canal. Un gran saludo y gracias por la lectura.