relato por
Gilberto Fabrizio Sosa Quezada

L

legué a Roma, mi nuevo hogar, la pasada primavera. Sentado en el escritorio de mi oficina veo la luz del sol matizar de amarillo las hojas verdes de los árboles, a través de la ventana. El amarillo es el color con el que los budistas chinos guardan luto, representa el abandono de los cuidados mundanos.

A diferencia de mi antiguo escritorio en México tengo pocas cosas personales en mi lugar de trabajo. Los muñecos, las fotos, los diplomas se quedaron en mi antigua casa. Solo tengo lo único que traje, una cajita de madera y una foto de Faith, ambas guardadas en un cajón. Cuando Faith se fue, mi terapeuta me recomendó tirar todas las fotos de ella, y lo hice, con excepción de esa foto donde aparece sosteniendo un mechón de su cabello a manera de bigote. La foto es del día que hablamos de cual fotogénica era, y de la importancia de tener defectos: —Eres irritantemente guapa ¿No podrías tener un defecto? No sé, un bigote, por ejemplo —le dije para picarla un poco. Ella, con semblante serio, tomó un mechón de su cabellera y se lo puso entre su nariz y los labios. Se tomo una selfi y me la mandó riñendome y besando mi mejilla.

Esa foto se vería linda en mi lugar de trabajo. Saco la foto del cajón, la sostengo por unos segundos y la pongo junto a la ventana. La miro por un momento más y pienso que hoy puede ser el día, así que me pido el resto de la tarde libre, me pongo mi chaqueta amarilla, tomo la cajita y la guardo en el bolsillo. Voy andando hasta allí.

Ponte Fabricio no es tan diferente a la primera vez que lo vi en el cine, en esa película de 1994 donde los protagonistas se dieron su primer beso, debajo de ese árbol a la orilla del puente. Ese árbol tiene hoy hojas verdes, como en la película. En esa escena la cámara ocultó la cadena que delimita la entrada de vehículos. Una cadena llena de candados con iniciales que sellan promesas de amor que, a diferencia del Puente Milvio, son pocas.

El sonido del Tíber me relaja, pero recuerdo a qué vine y saco la caja de mi bolsillo, me dispongo a arrojarla al rio. Mi estomago hace un ruido gracioso, un par de peatones que pasan por el puente me miran, creo que pensarán: «¿Y este por qué tira basura al rio?». Prefiero guardar la caja, caminar sesenta metros y comer en la trattoria de Sora Lella. La señora Lella es un personaje de la televisión italiana interpretado por Elena Fabrizi, y el lugar tiene un dibujo de ella como logotipo en su portal. Sonrío al pensar que se parece a mi tía Eva, la que nos daba de comer picadillo crudo. Paso la tarde ahí, comiendo, bebiendo mientras la gente pasa o se detiene a tomarse selfis.

Ya es de noche y me arrepiento de haber bebido esa última copa de vino. No sé porqué la pedí si no suelo beber, camino intentando que no se me note el pedo, trato de sacar la caja del bolsillo, pero estoy demasiado torpe. Ni modo, otro día será.

De regreso a casa me encuentro a un saxofonista tocando la que fue nuestra canción, sonreí. Sentí la respiración de Faith en mi pecho, justo como cuando bailamos y estaba a punto de pisarme. Una pareja que pasa a mi lado discutiendo en italiano, solo alcanzo a entender: Lascia perdere! Tu non mi capisci.

—Mi manca non capirti —murmuro mientras se van.

Le doy un billete de veinte euros al saxofonista, al final Faith tenía razón, no soy tan tacaño.

Llego a mi casa, enciendo el switch de la luz y limpio las sobras del desayuno que hay sobre la mesa. Una vez más vuelvo a tirar media napolitana que no tengo con quien compartir. Camino al baño voy dejando un rastro de ropa y al final me doy una ducha.

Antes de dormir me tomo una selfi y la subo a Instagram con un pequeño mensaje:

«Me acostumbro a tu ausencia. Pero no a la idea de que jamás veras la persona en que me convertí gracias a ti».

Apago el móvil, y corro hacia el rastro de ropa para sacar del bolsillo de mi chaqueta, la cajita de madera. La pongo en el tocador al lado de mi cama, justo al lado de mi cuaderno y mi bolígrafo de escritor. Agarro el bolígrafo y de pie en la cama alcanzo el techo, de puntas. Escribo en él la frase: «¿Cuantos relatos dura un amor eterno?».

El resto de la primavera pasa rápido. Después de esa noche me siento aliviado y conforme los días pasan crece el arraigo a mi nuevo hogar. La foto de Faith regresa al cajón del escritorio de mi trabajo junto a la caja. Me apunto a clases de spinning y de salsa cubana.

El verano llega entre coreografías en bicicleta estática, rumba e intentos de romance que jamás prosperan.

Hoy es otoño, y miro las hojas en sus tonos café, rojo, pero sobre todo el amarillo que me hace sonreír. Creo que hoy es el día, así que me pido el resto de la tarde libre, me pongo mi chaqueta amarilla, tomo la cajita del cajón y la guardo en el bolsillo. Voy andando hasta Ponte Fabricio.

El puente no es tan diferente a cuando lo visité la primavera, la cadena está un poco más oxidada y el árbol tiene una alfombra de hojas muertas manteniendo unas pocas amarillas.

Camino hacia la mitad del puente, el sonido del Tíber me relaja, saco la caja de mi bolsillo y me dispongo a arrojarla al rio. Al sacarla del bolsillo cae mi bolígrafo de escritor. Lo recojo y pienso que podría escribir un relato más, sobre la vez que prometí a Faith traerla a este puente. Abro la cajita y saco un candado con su llavecita.

—I mercanti saggi tengono gli oggetti di valore in piccole scatole —murmuro mientras sonrio.

Abro el candado y camino hacia la cadena, como puedo tallo mis iniciales y las de Faith en él, después lo sello en la cadena. Tiro la llave al rio y cojo una hoja muerta, pequeña, del suelo, y la guardo en la cajita.

Creo que hoy es el día.

 


 

🖥️ Web del autor: https://instagram.com/fabrisalmonescritor?igshid=NmQ2ZmYxZjA=

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

Relato Las hojas muertas

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 132 · enero-febrero de 2024

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