Resignación: la rendición redentora
artículo por
Juan M. Sánchez Martín
E
l luchador (2008), dirigida por Darren Aronofsky, trata del luchador profesional Randy «The Ram» Robinson (Mickey Rourke), que intenta vivir de combates a pequeña escala. Veinte años atrás era una estrella en el wrestling, pero la vejez, las lesiones y el abuso de sustancias han acrecentado su decrepitud física. A esta se le añaden algunos problemas personales que agudizan su soledad: su distanciamiento con su hija Stephanie (Evan Rachel Wood) y su intento de ser correspondido por Cassidy (Marisa Tomei), una estríper por la que siente un especial afecto.
Un pasado glorioso deja huella, como sucede con nuestra figura principal, pues, de por sí, los recuerdos personales son imprescriptibles. Vivir en concordancia con nuestro pasado, a pesar de ser lógico debido a la naturaleza intrínseca de nuestra construcción como personas en base a nuestras vivencias, aunque no lo parezca, en ocasiones es una elección. La prueba es que hay personas lastradas por traumas pasados que consiguen desligarse de los mismos estoicamente y proseguir su rumbo, netos de secuelas crónicas. Por otra parte, siempre quedarán personas damnificadas, temporalmente o de por vida, y la causa de quedar atrapado en el pasado suele estar relacionada con experiencias traumáticas no resueltas. «Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él», es la premisa del filósofo existencialista Jean-Paul Sartre que nos recuerda que somos responsables de la libertad de decidir desde la situación que nos es dada, alejándose del paradigma determinista.
En el caso de The Ram, por muy pernicioso que le resulte el wrestling, al no desvincularse y seguir viviendo de la sombra de un luchador en su apogeo, psicológicamente equivale a no superar una disonancia cognitiva. El autoengaño tiende a ser un mecanismo para alargar el efecto placebo, en lugar de asumir un cambio en el comportamiento y abandonar el ring. Randy busca a toda costa la validación en aquello donde logró reconocimiento, pues para él la lucha es lo único en lo que se ve capaz en la vida y abandonar su profesión sería perder su identidad. En el cuadrilátero, pareciera que no lucha contra nadie más que contra sí mismo, la autoflagelación como paliativo de la insatisfacción, porque solo él sabe que su lucha no solo es en el ring.
Atrás quedaron los años de gloria para el luchador. Las malas decisiones y una espiral de autodestrucción impactan directamente sobre una vida tanto de éxitos como de fracasos. Pero, ¿hablamos del personaje Randy Robinson, o del propio actor Mickey Rourke?
Randy abandonó a su hija Stephanie durante sus años de fama y ahora paga el precio de su rechazo, una daga que acrecienta su sentimiento de soledad y que anhela sacarse intentando arreglar un daño que parece irreparable. Anteponer la fama a su propia hija fue el patrón que repitió durante sus mejores años profesionales, de forma que este particular autoengaño derivó en arrepentimiento.
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«Te abandoné. Tú nunca hiciste nada mal, ¿sabes? Pero yo intenté olvidarme de ti. Intentaba hacerme a la idea de que no existías, pero no pude. Tú eres mi niña. Tú eres mi pequeña. Y ahora, soy un viejo trozo de carne podrida… y estoy solo. Y me merezco estar solo. Solo quiero que no me odies». ~ Randy «The Ram» Robinson.
Mickey, por otra parte, cayó en el ostracismo en Hollywood por sus problemas judiciales y las adicciones, incluso abandonó la actuación durante años para luchar como boxeador profesional. Las cicatrices de Randy son las de Mickey, más allá del plano físico, pues ambos son castigados en el presente por sus errores del pasado.
El luchador trata de mantenerse a flote compaginando la lucha con un trabajo en un supermercado en el que es ninguneado constantemente por su jefe. Su lugar está en otra parte, un sentimiento que comparte con la estríper Cassidy, a la que acostumbra visitar como cliente. Las conexiones no se eligen, sino que nacen espontáneamente, más aún si constituyen un refugio de paz y esperanza para los conectados entre tanta soledad y hostilidad externa.
No hay mayor desazón que la provocada por la resignación. Randy ha llegado a la madurez con consciencia de sus errores, pero vive condicionado por ellos y lastrado por la culpa, a pesar de sus pinitos frustrados por cambiar el rumbo de su vida. Cuando la resignación se impone a la aceptación real, la proactividad por cambiar tiende más bien a la pasividad.
Decantarse por el camino más destructivo por obviar otras alternativas es sinónimo de autodestrucción cuando se posee un mapa que muestra múltiples vías por donde transitar. Ahora bien, los hay que no disponen de mapas. Cualquier otro camino viable representaría la reinvención para el protagonista, o sea, un replanteamiento estructural que permitiría superar el trauma provocado por su declive profesional y la pérdida de estatus social, y termine por disociar la autoestima de la popularidad pública. Randy tiene problemas severos de salud y, aun así, fue su decisión enfrentarse a su oponente «El Ayatolá», asumiendo todos los riesgos, menos el de plantar cara a la aceptación.
No es casualidad que la no aceptación sea causalidad de la pasividad de personas al final de una etapa o de su vida; la de aquellos imposibilitados o mermados para desempeñar sus roles de antaño, con la sensación de no ser útiles por no cumplir su misión como lo hacían antes, lo que les impide disfrutar de una parte del camino que debería ser para el mayor goce posible: el acercamiento a la merecida meta (llámese jubilación, retiro, etc.). En su lugar, la terquedad por no aceptar los abandona en la cuneta de la depresión. No obstante, no deja de ser loable el coraje del luchador para seguir soportando sin dejar de mantenerse en pie en un deporte en el que el coste personal por el sacrificio físico no forma parte del espectáculo teatral.
La luz verde de la esperanza puede cegar, incluso el mismo personaje de Rocky Balboa necesitó regresar al combate en la sexta entrega de la saga, no para demostrar nada a otro que no fuera él mismo. Esa necesidad de reivindicarse vitalmente, al igual que le sucede a Randy, es puramente pasional. Tanto «El potro italiano» como «The Ram» demuestran en la ficción algo sumamente legítimo: la pasión por lo que uno hace es capaz de desafiar los límites. Sin embargo, el concepto «desafío» significa que se puede ganar o perder. En este reto está en juego la propia vida de Randy, quien acepta las consecuencias de sus actos: luchar por amor, luchar por sufrimiento. Su combate con «El Ayatolá» es esencialmente una catarsis para él, que no concibe la vida de otra manera: la aceptación de que aquello por lo que vive es, al mismo tiempo, aquello por lo que es capaz de morir.
Otro Mickey, pero apellidado Goldmill, entrenador de Rocky Balboa, dejó un diálogo para el recuerdo en Rocky V que recalca la trascendencia de encontrar un sentido vital a través de las personas que queremos: «Porque creo que las personas se mueren cuando ya no quieren vivir más. […]. Poco a poco vamos perdiendo a los amigos, ¡lo perdemos todo! Seguimos perdiendo y perdiendo hasta que nos decimos: ¿Qué demonios sigo haciendo en este mundo? No hay razón para continuar… Pero contigo, muchacho, ¡tengo una razón para continuar! Voy a seguir viviendo. Y te veré llegar lejos. Y nunca te dejaré hasta que eso ocurra».
A pesar de su declive, cada vez que Randy se sube al ring y culmina con su movimiento final «The Ram Jam» se siente querido por su público. Hablamos de hacer algo por puro sentimiento de pertenencia, por la necesidad de sentirse querido. De alguna manera, es algo que todos necesitamos. Cuando siente que no le queda nada más en la vida y que no hay otra opción, cada combate es en sí mismo una redención, como lo fue para el actor la interpretación de su personaje en esta película. En El luchador, Randy Robinson tuvo la pelea de su vida; Mickey Rourke, el papel de su vida. La rendición es redención, independientemente de la convicción; cuando hay más de una opción, es derrota por elección.
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«Mucha gente me dijo que nunca volvería a luchar. […]. En esta vida puedes perder todo lo que quieres, y a todos los que te quieren. […]. Los únicos que podéis decirme cuándo tengo que dejar de hacer esto sois vosotros. […]. Porque vosotros sois mi familia. ¡Os quiero a todos!». ~ Randy «The Ram» Robinson.

Juan Manuel Sánchez Martín. Nacido en Málaga, es graduado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Málaga. Lector y cinéfilo, escribe comentarios y reflexiones sobre películas.
📩 Contactar con el autor: jm_s.m1995 [en] hotmail [punto] com
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🖼️ Ilustración artículo: Fotografía por Attentie Attentie (en Unsplash).

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 147 · julio-agosto de 2026 · 👨💻 PmmC
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