por
Sergio Gabriel Lizárraga

 

I

S

aborea los huesos, los rompe con sus colmillos para llegar a la médula, la que considera un verdadero postre.

Cuando comenzó la cuarentena, temió quedarse sin alimento, por eso, ante cada bocado, mira con devoción la estrella de seis puntas que cuelga en la pared, y da las gracias porque el estómago se llena cada día.

Una vez que está satisfecho, se dirige a la habitación donde tiene guardadas las reservas, algunas presas aún gimen, suplican, otras, se muerden entre ellas reconociéndose como alimento. Por fortuna, aún puede cazar porque las calles no quedaron vacías.

Para que sus hijos no mueran de hambre, el maligno diseña nuevos virus e inspira en los ciudadanos la tentación de la desobediencia.

II

La cuarentena la dejó sin reservas, con tantas restricciones, no pudo sostener ninguno de sus ingresos. Desesperada, recordó la historia de la abuela, la de esas joyas que guardó en algún rincón del jardín.

Cavó, cavó y cavó sin encontrar nada. Se desprendió de toda razón y decidió recurrir a Mae Wanda, que según el aviso del diario, curaba mal de ojo, y también de amor, unía y separaba parejas, te devolvía la pasión y además, con el poder revelador de la ouija, resolvía cualquier misterio.

Invirtió los últimos billetes en esta última opción.

—¡Abuela! —exclamó Mae Wanda—, ¡ayuda a tu pobre y desdichada nieta, dinos dónde están las joyas!

El espíritu se hizo presente, y las letras comenzaron a marcarse: z, m, o, x, p, w, s…

Con la paciencia agotada, la nieta gritó: —¡Vieja mezquina, decime dónde están tus joyas!

—¡Nieta estúpida! —pensó el espíritu de la abuela—, ¡te olvidas que yo era ciega!

III

Perdió dos patas, se desprendió el caparazón, gracias a unos filosos dientes, su mandíbula tomó un aspecto amenazante. Finalmente se irguió.

Pese a tantos cambios, seguía siendo el mismo ser extraño. En el edificio, después de siete meses, ya casi no se escuchaban gruñidos.

Sintió mucha hambre, como la de un tiranosaurio rex. Sin interés alguno por analizar la situación, ni muchos menos escribir, miró por la ventana, y vio, a solo un edificio de distancia, que un muy apetitoso jovencito, convencido de que no se contagiaría, salía a la calle a disfrutar de la noche.

IV

Otro día más. Igual al de ayer y exactamente igual al de mañana.

¿Por qué el calendario tiene tantos días?

¡Llueve al fin!

Tomo el cuaderno donde debería haber escrito versos, y escribo el número 2020 en cada una de sus hojas, luego, con cuidado, las voy doblando hasta formar barquitos. Corro, sin barbijo, y dejo los barquitos en el riachuelo que se formó junto al cordón.

Me quedo bajo la lluvia, e imagino que cada barco podrá llevarme a otro puerto, sin el peso de este tiempo.

V

Rompió la computadora con ciego enojo, sus micro partes quedaron diseminadas por toda la cueva y el garrote desgastado de tanto dar golpes. Finalmente la Internet no le brindó ninguna información, en vano contrató el paquete que le prometía mayor velocidad de navegación, de nada sirvieron las consultas realizadas en las redes sociales. No existen fórmulas para sobrellevar la soledad, y el hombre cuando está solo olvida hasta su tiempo.

Cuando despertó temprano en la mañana siguiente, el mundo seguía en cuarentena y los dinosaurios le recordaban que aun era imposible salir.

VI

Sopla la vela y pide tres deseos: verlos, tocarlos, sentirlos. La familia se ha reunido para celebrar su cumpleaños. Pero zoom no huele a nada, la pantalla de la tablet no tiene ningún sabor, los auriculares no abrazan, la Internet no tiene huesos.

Mira al ave que se posa en su balcón y le recuerda que cuando era niño, en sus cumpleaños, pedía el mismo deseo, volar, volar, volar.

La soledad vino a su departamento a festejar su cumpleaños, pero, como siempre, no le trajo de regalo ni una sola pluma.

VII

El escritor contempla sus libros, apilados en la habitación porque tampoco se han vendido. No pudo hacer la presentación, y no ha podido ver a los parientes y amigos fingir interés, llevarse cada uno un ejemplar, no sin antes prometer leerlos.

En estos meses, las palabras también se han escondido, plagadas de silencio.

Toma los libros y comienza a fabricar avioncitos con sus hojas. Pero ninguno de esos aviones despega.

Cuando los críticos leían sus poesías siempre le decían que sus palabras no sabían volar.

VIII

Si no hubiera ido a terapia, hoy al menos tendría a su lado esas tres personas que veía con frecuencia y sus oídos le aportarían los versos de esas voces que antes lo aturdían.

La cordura en tiempos de pandemia no ha sido más que la mala praxis de un psicólogo que le prometió que, sin visiones, podría disfrutar mucho más de cada día.

 


 

Sergio Gabriel Lizárraga

Sergio Gabriel Lizárraga (Tafí Viejo, Tucumán). Es profesor en Letras (UNT) con estudios de postitulación y posgrado en Alfabetización, Lectura, Escritura y Educación. Formador docente, gestor cultural. Exbecario Fulbrigth-Nación. Su último libro es En tajos a la sed (Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2017).

📩 lizarragasergiog [at] yahoo.com.ar

🖼 Ilustración: Detalle de fotografía por Andrew Stutesman en Pixabay  [public domain]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™)n.º 115marzo-abril de 2021

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