relato por
Ernesto Castro Herrera

 

A

 Rubén Hashimoto le dicen chino, chino capuchino o chino come perros, pero él no es nada de eso. Los ojos rasgados sí los tiene —tanto que al reírse se le cierran por completo— y ese es el motivo principal por el que la gente duda de su nacionalidad. A menudo sale de casa y los niños que juegan en las aceras detienen sus bicicletas y el batir de los trompos, el rugir de su alboroto, y lo miran de pies a cabeza. No son miradas hostiles. Son miradas fijas, superficiales, con mucho morbo detrás de ellas. No le gusta que los niños lo miren así. Se siente como uno más de sus juguetes; uno de esos rompecabezas con figuras de animales extintos. Algunos niños hasta se atreven a saludarlo:

—Oe, Chino.

Todos en su barrio saben que se llama Rubén, ¿pero qué es su nombre en contraste con su apariencia? Chino. Eso es. Él se reduce a ser Chino. Ya no es un gentilicio, es un apodo. Rubén lo detesta porque es una palabra que lo encarcela dentro de una idea falsa.

En su trabajo las cosas no marchan mejor. Es asistente contable en una empresa de café, en la que ensarta grapas y fotocopia cheques por compras de empaques y reparaciones de trilladoras. Tiene cuatro años de trabajar ahí. Gana lo necesario para no depender de sus padres, mas no lo suficiente para dejar de vivir con ellos. Le dieron un cubículo, una taza adornada con imágenes de gatos vestidos con corbatas y sombreros, marcadores para que resalte errores en nóminas, y una calculadora muy avanzada, de teclas grandes y números fosforescentes. Hay más de seis asistentes en cubículos a su alrededor. Sin embargo, ellos se dirigen a él sólo en casos en extremo requeridos, pronunciando cada frase con detenimiento, asumiendo que Rubén no entiende bien español.

Su trabajo es otro remolino de miradas. Lo resiste porque al menos son miradas más discretas, silenciosas, miradas disimuladas entre los monitores de las computadoras y el soplo frío del aire acondicionado.

Aunque no siempre es de este modo.

En sus primeras semanas, apenas superado el cursillo de inducción, su jefa lo mandó a entregar unos documentos a la oficina del gerente general. El gerente es viejo, bajito, de gafas redondas y gruesas, rechoncho, muy acostumbrado a hablar en voz alta incluso si estás cerca de él. Se le puede dar el tratamiento de «Don Chema» si tu posición en el organigrama no está tantos peldaños debajo de la suya, o sí él te sonríe más de lo habitual. Al ver a Rubén quedó muy sorprendido. Le preguntó de qué país era. Rubén le contestó que no era extranjero. ¿Ah, no? No, no, en lo absoluto. Ya. Me imagino que sus padres deben de ser los extranjeros, dijo Don Chema. Un par de turistas que se quedaron aquí, enamorados de los trópicos. No, dijo Rubén. Mis padres también nacieron aquí. Vaya, vaya. ¿Entonces? ¿De dónde sacó usted esa cara, muchacho? Rubén se calló por unos instantes: ese no era uno de sus temas preferidos. Aun así comprendía que era algo con lo que tenía que lidiar y antes de dar su respuesta trató de calmarse respirando lentamente. Tengo esta cara gracias a mi bisabuelo. Él era japonés, le aclaró a Don Chema. Pero yo no. Yo soy de acá.

¿Sí? Don Chema tardó en creerle.

Sí. Rubén le entregó los documentos, no agregó más, y se marchó.

 

Su bisabuelo, Ryu Hashimoto, vino de Japón en un barco mercante en 1914. Es lo poco que se sabe de él, porque es lo único que él mismo relataba cuando se emborrachaba. El año en que llegó al país la gente apenas se estaba restaurando del huracán Llottar. Ryu decía que lo primero que vio, desde la ventanilla de un camarote, fue los escombros de una antigua y popular marisquería. Eso le bastó para levantarle el ánimo, pues era amante del pescado salado y las ostras sangrantes. Luego se bajó del barco en un saltito infantil, con la frente arrellanada en sudor y un miedo atroz en el corazón, y emprendió un camino de tierra, sal y lombrices. El resto son especulaciones. Ryu contaba cosas sobre sí mismo, pero no todas, no las esenciales. La familia de Rubén nunca supo decirle con exactitud cómo fue que su bisabuelo pasó de ser un japonés viajero, valiente visionario, a ser un simple exiliado. Tampoco hay buenas explicaciones sobre aquello que hizo que Ryu abandonara su sol naciente y navegara miles de millas náuticas durante meses, para desembarcar bajo un sol asesino. Quizá Ryu prefería no hablar del pasado, viviendo ahora en lo prácticamente era otro mundo, ocasionando olas de misterio en torno a su persona. Quizá a la gente no le importaba saberlo, y era mucho más emocionante inventarle un pasado nuevo.

Hay una historia diferente dependiendo a quién se le pregunte.

—El abuelo Ryu era un empresario de amplia mira —le dijo su tía Telma a Rubén cuando era niño—. Vino a nuestro país para vender comida. Sabía que aquí no habría mucha competencia; su sazón oriental podría generarle mucho dinero. En Japón era uno entre millones, aquí sería único. Sería la sensación. Pero no lo fue. Puso un restaurante cerca del puerto, que dicen que se llamaba «Cheng Chong Chuang», o algo así, yo qué sé; y fracasó a las pocas semanas. Nadie sabía usar palillos (además él era muy impaciente para enseñarles) y nadie estaba dispuesto a gastar su dinero en peces crudos envueltos en algas. Ni siquiera se daban la oportunidad de probar los platillos; sólo escuchar el concepto los hacía alejarse de una. Por eso el abuelo Ryu abandonó la Costa y se vino al Norte. En ese entonces el Norte era un lujoso corral de alemanes, franceses y holandeses que explotaban a los aborígenes para hacerse ricos. Tal vez ellos, siendo cosmopolitas, estarían más abiertos a sus dotes culinarias.

—Nada de eso, no —dijo el padre de Rubén, tiempo después—. La Telma anda alucinando. ¿Un cocinero? ¡Por favor! El abuelo Ryu era un puto cobarde, ¿sabés? Un descarado. Eran tiempos de la Primera Guerra Mundial y él se cagaba de miedo. No quiso combatir y morir, y desertó. Se metió en el primer barco que pudo pagar. Llegó a este país casi por azar, cómo te lo digo; por pura y maldita casualidad. No hubo algo de aquí que le gustara y se puso a llorar sólo con ver las carreteras partidas y los muelles hechos trizas. Y lo que hizo al conocer a los habitantes mejor ni te cuento. Es comprensible. ¿Qué podría gustarte de un sitio donde no te entienden y te ven como si fueras una alimaña? Odió a muerte el calor, los perros desnutridos, los cocos aguados y a los negros que pululaban en la playa porque, bueno, así es esto; los marginados también son capaces de marginar; eso no hay nadie que me lo niegue.

—Pero el pobre diablo no tenía más dinero para seguir viajando y se quedó aquí —prosiguió su padre—. No sabía hacer nada productivo (en Japón lo mantenían sus padres cultivadores de arroz; era un nene mimado) y se dedicó a la mafia. A la mafia de los peleles. Pescó, sacó vísceras y preparó pastas macilentas, dizque medicinales. En un inicio vendió mucho porque la medicina alternativa comenzaba a ganar sus fieles seguidores. Pero después le hicieron guerra. Fijate: él corriéndose de una guerra para venir a dar aquí con otra. Los negros lo iban a matar con arpones. Sus pastas no curaban enfermedad alguna, ni verga, todo lo contrario; dejaban a los niños con diarreas interminables y a las embarazadas con ronchas en la cara. Tu bisabuelo Ryu era un impostor, te lo digo yo, no era más que un mendigo con ínfulas de ladrón que al verse en la adversidad hizo lo que mejor sabía: huir. Y por eso vino hasta acá, al Norte, que es lo que le quedó más cerca. Y años luego nacimos nosotros, los herederos de su pestilencia.

Estas contradicciones en las historias ocasionan largas discusiones en la familia. Algunos defienden que Ryu Hashimoto era un ser insigne en su árbol genealógico, y otros, hartos de la figura de ese señor, proclaman que hasta pudo haber sido un asesino de geishas que huía de la policía internacional o del mismísimo Emperador («Porque en Japón se dice Emperador y no Presidente, ¿verdad?»). Por lo general, las discusiones se dan entre mujeres y hombres. Nunca pueden concordar. Las mujeres se sienten orgullosas de su estatura de palomitas, de su pelo liso y estilizado, de sus miradas oscuras que exhiben mejor el delineador de ojos. «Nunca engordo» se granjea la tía Telma, medio en broma. «Una vez me ofrecieron ser bailarina en un bar, pero me dio pena». Los hombres, por otro lado, no soportan que sus amigos les griten enanos, les pregunten si son miopes o astigmáticos, que las mujeres (y algunos hombres) se les acerquen nada más para comprobar si es cierto eso de que los asiáticos la tienen chiquita, como dicen por ahí. En el fondo es un tema que tiene que ver llanamente con la apariencia. Con la forma, vacía, en que los demás perciben esa apariencia.

Eso es lo que piensa Rubén.

Las únicas personas de la familia que se lo toman de una manera gélida son las que no están emparentadas directamente con Ryu. Por ejemplo, su mamá. Ella, al ver que la discusión se encandila a niveles absurdos, se pone de pie, encara a todo el mundo, y con toda razón, dice:

—¿Es en serio? ¿Eso les preocupa? ¿Se van a pelear por un tipo que está muerto, muertísimo, y que al fin y al cabo no fue nadie para ustedes? No me digan; no jodan. Búsquense algo mejor que hacer.

A Rubén le preocupa, sí, pero no el pasado de su bisabuelo. Ryu Hashimoto pudo haber sido un espía imperial, o un investigador loco de cataclismos en Centroamérica, y las cosas, ahora, no van a cambiar en nada. Le preocupa que luego de venir al Norte, Ryu haya aprendido el idioma, se haya ganado la vida quién sabe cómo, y se haya adecuado a las lluvias imprevistas, las leyendas de serpientes gigantes amarradas con pelos dentro de cerros inmensos, las cascadas tribales, y a los hombres que, aunque recelosos de su acento —y de su cara, y de sus modales, y de cualquier gesto que proviniera de él— se abstuvieron de asesinarlo. Le preocupa que Ryu se haya entregado al desenfreno: licor de maíz enraizado en sus entrañas, mujeres de gemidos efímeros que se desvanecían con el transcurrir de las estaciones. Le preocupa ser el fruto de ese desenfreno. Le preocupa ser el portador de la herencia de la que habla su padre. Una herencia que no es más que la apariencia foránea y el rechazo de los otros.

 

En la primaria, que estudió en la escuela pública, recuerda que los grados iniciales transcurrieron sin grandes eventos. Los problemas comenzaron el día que sus compañeros crecieron y se dieron cuenta de que Rubén era más pálido, más bajo y más «achinado» que ellos. Comenzaron los apodos. Comenzaron a excluirlo. Rubén, por ejemplo, podía participar en festivales y dramatizaciones de la hispanidad, siempre y cuando su personaje llevara una máscara de caballo burlón. No podía interpretar a un cacique flechero, y mucho menos a un conquistador español, debido a lo que sus profesores llamaban «evidentes razones». Rubén se acostumbró a habitar un rincón y a escuchar murmullos en su espalda (y a veces en su propia cara) como si fuese un invitado no deseado en el aula.

—¿Te hacían lo mismo a vos? —le preguntó Rubén a su padre.

—Sí —dijo él—. Puta. Incluso era peor.

Su padre consiguió un mejor empleo y pronto decidió pagarle un colegio privado. Imaginaba que en un ambiente así sería diferente. Eso fue en la época en que Rubén entró a la secundaria. El colegio quedaba en los lindes de la ciudad y su padre tenía planeado darle un aventón en moto todos los días antes del trabajo. No lo llevó ni una sola vez. Rubén viajó siempre en buses, de largos trechos somnolientos y derruidos. Ambos detestaron el colegio privado, igual que la escuela pública. El día en que su padre fue a matricular a Rubén, le dijeron que tenía que pagar más del doble, casi el triple, porque eran extranjeros. Su padre exhaló y dio esas explicaciones escasamente convincentes que hacían que los vieran aún más de reojo y sin recato, pero terminó pagando lo mismo que cualquiera; eso fue lo único bueno. En lo concerniente a las burlas, éstas no pararon aunque los compañeros de Rubén usaran cuadernos, borradores y lápices más caros.

 

Anatsi también tiene su versión sobre la vida de Ryu Hashimoto. Se reúne con Rubén cada vez que puede para conversar un rato en la mesa de una cafetería, quejándose de esto y aquello, porque ambos son muy dados a detestar lo que tengan enfrente. Son amigos desde la universidad. Amigos no es exactamente el término; nada más hacían juntos las tareas, ya que ninguno tenía otra persona con quien hacerlas. Se contaron la que quisieron para no aburrirse demasiado, y ahora son poco más que conocidos frecuentes. Después que ella le pregunta por su familia («Mi papá está empecinado en irse a Costa Rica porque dice que aquí se va a morir de hambre»), por las novedades del trabajo («Don Chema, el jefe supremo, ahora me llama Chinito, me regala chicles de menta y me ha invitado tres veces a cenar. Le digo que no. Me da pavor que sea un pederasta») y por el barrio («Ese panal de bestias algún día se van a incendiar unos a otros»), Anatsi comienza a contarle sobre las penas en su casa. Vive con su mamá, su hermano de cinco añitos, dos tíos, su abuela y una prima que tiene por pasatiempo depilarle las cejas en contra de su voluntad. A ninguno le gusta la forma de ser de Anatsi y se lo dejan en claro siempre que quieren. Lo que más recalcan con sorna es que ella es marimacha.

Anatsi dice que ellos son unos homosexuales reprimidos, que al ver que ella disfruta de su sexualidad a plenitud, por envidia, le hacen la existencia un revoltijo de idioteces. Ella acostumbra suponer que todos son homosexuales (o bisexuales en última instancia) por cualquier motivo, quizá para sentirse menos solitaria.

—Tu bisabuelo era gay —le dijo una vez—. Pensalo: en 1914 Japón era una cuna de homofobia. Ryucito se enamoró de un, ponele, Harukicito. Su amor fue imposible de ocultar. Los persiguieron por toda la aldea; les condenaron a hacerse el harakiri (ese ritual donde ellos mismos se sacan las tripas para morir con honor) o someterse a un apedreamiento público. Así que Ryu escapó como pudo, tal vez con sus poderes de samurái sexy, y se vino para acá, creyendo que éramos mejores. Nada que ver. Aquí lo hallaron en la cama con un pescador de manito quebrada y de inmediato comenzaron a llamarle «El empalador de sirenos». Evitando semejante mote, Ryu emigró al Norte, donde trató de vivir a lo hetero con muchas mujeres. A ninguna pudo quererla nunca y por eso las cambió tan seguido, hasta el día que murió solo y enfermo en una cabaña de las llanuras, en la que imaginaba era rescatado por el verdadero amor de su vida, Jet Lee.

Cada vez que inventan una historia sobre Ryu, a Rubén le parece que están inventando su propia vida y no la de su bisabuelo. Los hechos son diferentes, claro, pero los sentimientos de fondo son idénticos.

—Hay que ver que tu imaginación no tiene límites —le dijo a Anatsi—. Jet Lee ni siquiera había nacido para esos años.

—Detalles, detalles.

—No importa. No me importa nada que le haya pasado a ese hombre.

—¿A Jet Lee?

—No, tonta. A mi bisabuelo.

—Pues no me lo parece.

—Acepto que en más de alguna ocasión tuve curiosidad, pero esa curiosidad ya se transformó en repulsión.

Anatsi no dijo nada.

Esta tarde ven el menú. Rubén se limita a pedir algo genérico, como nachos y jugo de naranja, porque si pide algo autóctono el mesero de turno le suelta una sarta de explicaciones sobre la importancia de los granos básicos y las carnes fritas en la dieta popular. Como si Rubén no lo supiera. Anatsi pide lo mismo que él, porque le tiene lástima.

—¿Te acordás que en la escuela había rumores de que le tirabas al otro bando? —dice ella luego de pasarse casi media hora despotricando en contra de su madre, una señora antigua y cerrada, quien aún le ruega que use vestidos rosados y se case con el vecino—. Me parece que me lo dijiste en una ocasión.

Anatsi, de una u otra manera, siempre regresa a lo que más le incumbe.

—Claro.

—Nunca lo entendí. Vos no sos gay, ¿o sí? Porque yo lo hubiera notado a la primera.

—Supongo que era debido a mi falta de novias.

—¿No tenías novias?

—Tuve una. Liliana. Luego de ella ya no tuve más. De ahí vinieron las habladurías.

—¿Qué pasó con ella? ¿Te la pegó con el proceso de Educación Física?

—No —dice Rubén—. Ojalá. Pero fue por un… choque de religiones.

—¿Choque de religiones? Pero si vos no vas a la iglesia.

—Exacto. Pero la familia de Liliana no sabía eso. Un día ella y yo estábamos besándonos en el portón de la escuela, al terminar las clases. Al parecer una hermana de ella que pasaba por ahí, en su carro, nos vio de lejos. Les contó a sus padres. Liliana y yo andábamos sin permiso; era de esas relaciones de adolescentes que sólo tienen ganas de toquetearse. Además, creo que a ella yo no le interesaba mucho; presiento que andaba conmigo para lucirse con sus amigas. Lucirme como un llavero o un tatuaje; algo así. El caso es que a la mañana siguiente Liliana me dijo que ya no podíamos seguir siendo novios. Sus padres, que eran muy católicos, estaban en contra de que ella anduviera con un chino budista. Que eso debía de ser un pecado imperdonable, que no podía creer que ella no lo hubiese visto antes, y que mejor lo dejáramos ahí. ¿Podés creer?

—¿Vos budista? Eso es el colmo de los colmos.

—Lo sé, lo sé. Y eso no es todo. Yo me enojé mucho, y entre gritos le dije que no había ningún chino entre mis familiares (un japonés sí, que no es lo mismo; Liliana, dejá de ser tan ignorante) y que yo no era budista ni por cerca; que ni siquiera estaba seguro de lo que era eso. Ella, por supuesto, se ofendió con mis gritos, me dijo chino come perros, chino come ratas, y me dejó tirado en medio de un pasillo de estudiantes que oyeron cada palabra de nuestra discusión.

—Y después de eso no más novias.

—No más. De los errores se aprende.

—Ay, amigo. Dónde vinimos a parar. Estamos rodeados de puercos. Te pasa exactamente igual que a mí.

—Perdoname, pero no es igual. A mí me juzgan por algo que en realidad no soy.

—Es igual en el sentido de que es injusto.

—Bueno, eso sí.

—Son unos puercos, ya te lo dije.

—Por eso hice lo que hice.

—¿Qué fue lo que hiciste?

—Ya sabés. Lo de mi apariencia.

—Ah, eso. Lo de tus ojos.

—Sí.

—De eso no sé ni qué decirte. Aún me parece que ese fue otro colmo de los colmos.

 

Lo que hizo, algunos meses atrás, fue intentar cambiarse los ojos. No podía cambiarse el tono de piel, ni la estatura, ni su estructura ósea. No podía cambiar la herencia de Ryu Hashimoto por completo. Pero con sus ojos al menos podía hacer algo, una que otra ilusión.

Después del trabajo fue a una tienda de cosméticos y compró un delineador. «Es para mi novia» se excusó. «Bié dānxīn» le respondió la vendedora, demostrando que era muy eficiente y atendía a sus clientes en su idioma nativo. Rubén no entendió y optó por callarse. En casa, cuando todos cenaban, se escabulló y se metió al cuarto de sus padres, donde hurtó de la cómoda unos viejos anteojos que su papá ya no ocupaba. Siempre escuchaba a la tía Telma decir que los delineadores le ayudaban a tener una mirada más potente, abierta. Y al ver los ojos miopes de su papá, detrás de esos marcos y lentes gruesos, éstos se asemejaban a dos bolas de billar.

A la mañana siguiente su mamá fue la primera en notar el cambio. Le dijo, con tono agrio:

—¿Nuevo estilo? No es por nada Rubén, pero a mí se me hace que eso no te luce.

En la acera, espantándose las sobras del sueño, los niños del barrio volvieron a detener sus juegos para verlo pasar. Uno de ellos le saludó:

—Oe, Chino cuatrojos.

Se hicieron las ocho y comenzó su jornada en la empresa. Sobre su cubículo volaban planillas del mes pasado y fásteners filosos que habían cortado los dedos de algún practicante. Su jefa llegó muy temprano a dejarle los gastos operativos para que redactara un informe. Al verle la cara se quedó muda. Los demás asistentes en cubículos alrededor tampoco le mencionaron algo sobre sus ojos delineados y distorsionados por los lentes; sus miradas fueron igual de silenciosas que siempre, aunque también fueron menos discretas.

El único que le dijo algo al respecto fue Don Chema. Se lo encontró en la puerta del área administrativa al terminar la hora del almuerzo.

—Chinito lindo —le dijo, cansado, anhelante, con aliento a ensalada de remolachas y achicoria—. No se me arruine más, por favor. No hay necesidad de hacer eso, no. Ya verá que no. La desesperación no es buena consejera.

Cuando tuvo un respiro, Rubén se fue al baño y se quitó los anteojos de su papá. Luego se vio al espejo, y se tiró agua fría en la cara.

 

Ella le dice que ha visto tantos programas de autoayuda en la televisión que lo único que puede aconsejarle es que se lo tome por el lado amable. Rubén carraspea. ¿Se refiere ella a rebuscarle el lado risible a su situación? Sí, sí, dice Anatsi. ¿O es que no lo tiene? No le cree. Todo tiene un lado amable, un lado positivo. O si no hay que inventárselo, como las historias sobre su bisabuelo, para soportar las embestidas del tiempo.

Ambos se limpian la salsa de tomate de la boca. Sorben jugo de naranja por una pajilla. Rubén dice:

—Lo que más me impresiona son los niños. Ellos te ven con una curiosidad que nunca se avergüenza de ser lo que es. Una vez iba por la Calle Central y me encontré con una horda de mocosos vestidos con esos trajes blancos de karate. Supongo que había alguna academia de artes marciales cerca. El caso es que me miraron, se pusieron a cuchichear entre ellos, y cuando pasé a su lado me hicieron una reverencia y me dijeron en coro: «Konnichiwa, sensei». Ahí, rodeado por ellos en mitad de la calle, no pude más que reírme de mí mismo.

Anatsi también ríe. Acto seguido mira al techo quizá cavilando las situaciones, risibles o no, que a ella le han pasado por sus uñas chancomidas, su pelo al rape, sus camisas a cuadros, sus pantalones de leñador. Situaciones que, de formas absurdas, son la raíz de su convivencia familiar fracasada, de su desempleo, de su inconformidad con el mundo, de su desazón entera. Su risa se va extinguiendo gradualmente, hasta ser un leve jadeo de impaciencia. Al cabo de unos instantes dice:

—¿Qué vamos a hacer, amigo?

Rubén no se lo piensa tanto.

—Seguir con nuestras vidas —responde—. Lo raro deja de ser raro entre más se le conoce. ¿O no?

 

Horas luego la parada de buses se llena de seres que saben adónde van, pero que dudan. Rubén Hashimoto Pérez es uno de ellos; nunca será el único. El atardecer es casi anaranjado y el sonido y el humo de los autos se mezcla con la negrura y la dureza del asfalto. Rubén observa el panorama mientras piensa. ¿En qué piensa él? En las tragedias de su familia por los giros del destino. En el café de la oficina, en tardes toscas, que se bebe acariciándose el mentón en medio de una somnolencia numérica. En los hombres. En las mujeres. En ser de aquí, ser de allá; no ser de ninguna parte. En un cesto de basura que se vacía todas las mañanas. Banalidades. Episodios trascendentales. Piensa en su rostro. Y justo ahí se estaciona su bus, con pitidos estridentes. Rubén lo aborda. Es un bus alargado, de franjas amarillas y blancas, cuyos asientos están en su mayoría ocupados. Los pasajeros se bambolean deslizándose en los tubos del pasamanos y el conductor bosteza el caos de los escasos minutos de ese atardecer. Rubén no avanza mucho; su barrio no queda lejos. A su alrededor ahora hay más rostros, siempre hay tantos rostros. Pronto descubre que es víctima de una mirada del fondo: una muchacha despeinada que tiene una uña metida en la boca. Lo mira con gran intensidad. Él se pone nervioso. ¿Cómo esquivar su mirada? Él aparta la vista y se concentra en la ventanilla, por donde desfilan casas con la pintura desconchada y una yegua halando carretones repletos de chatarra y ramas secas. Pero se acuerda de su conversación con Anatsi en la cafetería. Ya no es momento de hacerse a un lado. Ya no es momento de sentirse menos. Entonces mira a la muchacha del fondo —tanto que nota que es hasta atractiva, con un moño erecto en su cabeza que le parece sensual— y persiste. Como diciéndole con los ojos: «No soy lo que creés que soy. Soy más que eso». Sus miradas se mantienen conectadas por un par de instantes eternos. Instantes de conciliación. Y ocurre lo que Rubén jamás se imaginó: ella saca un celular de su bolso, con disimulo, para ponerse a chatear. Deja de mirarlo, se aparta de su rareza. A él le resulta tan extraño. Es un gesto que quizá no signifique nada, absolutamente nada, pero se lo toma como el indicio de algo mejor.

 


 

Ernesto Castro Herrera

Ernesto Castro Herrera. Autor nicaragüense (Matagalpa, 1995). Primer lugar en el Festival Ecojoven 2015 en la categoría de microrrelato. Ganador de la convocatoria para la publicación de obras literarias Editorial La Chancha 2017, con la novela breve Los yákarix. Ha colaborado en diversas revistas internacionales como Penumbria y Dos Disparos.

Contactar con el autor: ernestocastro2903 [at] gmail.com

Ilustración relato: Abstract Soft White Light Lens Blur, Shadowmeld Photography [CC BY-SA 4.0 (https://creativecommons.org/ licenses/by-sa/4.0)]]

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiar (Margen Cero™) · n.º 102 · enero-febrero de 2019

 

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