La retórica del erotismo entre la vida y la muerte

poemario de Saturnino Valladares
reseña por María Eugenia Alava

 

Alguna noche ociosa viene a visitarme
con la mirada sepia de un lapsus de olvido
y una retahíla de días que la viven lejos de mí.
(Luciérnagas al mediodía)

 

S

aturnino Valladares, poeta lucense, doctor en Humanidades y Servicios Culturales por la Universidad de Santiago de Compostela y profesor en Manaos en la Universidad Federal do Amazonas desde 2013, ha dado al mercado cuatro poemarios antes de Luciérnagas al mediodía (2020), sobre el que hoy nos detenemos. Así, tiene en su haber los siguientes títulos: Las almendras amargas (2000), Cenizas (2005), Secretos del Fénix (2010) y Los días azules (2013). Si nos fijamos en sus intereses como crítico, el poeta habría señalado ya sus propias claves estéticas. Retrato de grupo con figura ausente. Edición y análisis de la correspondencia entre José Ángel Valente y los poetas españoles de su edad (2017) es un epistolario del autor de A modo de esperanza con algunos de los poetas más relevantes de su tiempo como José Agustín Goytisolo, Francisco Brines o Antonio Gamoneda. La cuidada edición que ha hecho Valladares de esas cartas se acompañará próximamente de una investigación postdoctoral en la Cátedra José Ángel Valente de Poesía e Estética de Lugo, donde el poeta y profesor está estudiando actualmente la correspondencia entre Valente y el crítico literario Florentino Martino. Así, la poesía que podemos llamar de «la conciencia» del Valente que se constituye desde Siete representaciones (1967) hasta No amanece el cantor (1992) atraviesa sin duda la obra de nuestro poeta lucense. La poesía de Valladares constituye un ejercicio de realismo crítico, autobiográfico a veces, que se yergue como signo dialéctico en mitad de su realidad histórica.

En este último sentido, la poesía de Saturnino Valladares se integra a la perfección dentro del elenco de los jóvenes creadores de su tiempo. Hace unos diez años, parecía que el panorama poético español desde los setenta en adelante —i.e. desde que la generación de Valente desapareciera como grupo más o menos homogéneo— estaba constituido por un marasmo de tendencias inconexas, fruto de la posmodernidad cambiante, que había llevado al sujeto lírico a fragmentarse hasta el extremo. Algunos críticos incluso pusieron en duda la continuidad de tendencias poéticas coherentes, que se pudieran identificar sin convertir la historia de la literatura reciente en un centón indigerible.

Afortunadamente, el trabajo de algunos estudiosos brillantes, como Luis Bagué Quílez (2003), [1] demostró que una gran parte de los creadores españoles jóvenes sí que habían encontrado su senda poética, después de la fiebre del Mayo Francés, en torno a lo que Quílez denominaba «nuevo compromiso». Y que lo hacían, aunque desde presupuestos ideológico-filosóficos distintos en cada caso, siempre con la compartida condición de no dejar de lado una cierta rehumanización de la poesía. La fragmentación del sujeto lírico, los correlatos objetivos, los monólogos dramáticos, el desplazamiento de la primera persona en la enunciación lírica, todas ellas habían sido diferentes opciones de transmitir universos personales que venían a confluir en la idea del poeta como ser-en-el-mundo. Una perspectiva tradicionalmente sartreana que algunos poetas excepcionalmente renovadores como Jaime Gil de Biedma o Carlos Barral habían sabido llevar hasta sus últimas consecuencias. En los nuevos tiempos, la única opción de enfrentarse a una realidad compleja venía de la mano de la asunción de la responsabilidad, fundamentalmente en primera persona.

El autor de Luciérnagas al mediodía nos advierte de que los poemas que constituyen el volumen bilingüe se terminaron de escribir en 2015 como conjunto coherente, aunque no definitivo. Una revisión a posteriori de algunos poemas inéditos permitió la consolidación de Luciérnagas… tal y como llegó a la imprenta en 2020, con traducción al portugués de Tenorio Telles [2]. Así, con una obra poética que comenzó alrededor de hace unos veinte años, la poesía de Saturnino Valladares se muestra en este volumen de 2020 muy cerca ya de su cénit de madurez. Abarca también sus constantes poéticas más relevantes: la memoria fragmentada como alternativa al olvido; la responsabilidad individual frente a un mundo en constante transformación; el sentimiento elegíaco como compañero fundamental del hombre; el amor como fuerza reconstructora en un entorno hostil y el erotismo como reducto de recogimiento personal donde el sujeto lírico se confiesa. En esto último, podemos rastrear la impronta de otro de los poetas de cabecera de Valladares, su amigo y director de tesis, Claudio Rodríguez Fer.

Si en Los días azules Valladares optaba por el universo fragmentario de la memoria de la infancia como telón de fondo sobre el que reconstruir su postura de crítica dialéctica, en Los secretos del Fénix ya habría recurrido al sentimiento del amor como pilar fundamental para plantear la lucha del sujeto lírico en-el-mundo. Luciérnagas al mediodía se constituye como una síntesis de un planteamiento personal y se suma a la tendencia de reasumir de la individualidad empleando el erotismo como eje temático fundamental para transmitir un sentimiento dolorosamente elegíaco.

En los tres apartados del libro, “Los días con Lucía”; “Los días sin Lucía”; “Después de Lucía”, esa «Lucía» debe ser entendida como una fuerza superior representativa del sentimiento de amor, en el más amplio sentido de la palabra; como la «luz» del amor, si se permite el juego de palabras. En la primera parte del libro esa suerte de diosa, de demiurgo, se le presenta al poeta como una realidad palpable, con la que puede compartir su vida, que parece desenvolverse en plenitud:

CORNUCOPIA

En el aire un silencio
de llanto y cristal
agita el horizonte.
Tiembla un vestido de sangre añil
a mi lado. Olvido
y quiero lo que siento:
la inminencia y el grito,
la aguda pasión, el vacío lleno.

Una débil brisa se pierde entre los álamos.

En la segunda parte del libro la ausencia de la amada viene acompañada de una ruptura epistemológica. El sujeto poético se siente perdido, fragmentado, vacío, en ausencia de un reducto donde proceder a la introspección que lo consolidaba como conciencia poética, como potencia creadora y crítica inscrita en su realidad circuncidante. Perdido el amor, perdido el deseo y el sexo, el sujeto lírico parece que solo puede desaparecer, perderse en el olvido puesto que la alteridad, la fuerza que ayuda al uno a construirse en-los-otros (de nuevo como concepción sartreana de la realidad histórica), se ha ido con el amor en tanto que se ha olvidado. La pérdida de la memoria del amor genera entonces el vacío:

TATUAJE

Apagado mi nombre en su cadera,
como la lluvia soy en el pasado.
Alegrará un relámpago su piel:
me negará en la voz y en los cristales.
Bruscamente, un trueno de luz mojada
le recordará que existo y que me he muerto,
que todo lo vivido fue tormenta.

Sin embargo, consolidando una poética esencialmente optimista, la tercera parte del libro abre nuevas posibilidades al sujeto poético, que se reconstruye en base al recuerdo y se proyecta en un futuro, también dialéctico, que solo será posible en tanto el amor tenga la potencia necesaria para superar a la muerte:

EL NUEVO DÍA

Un coro de luz trae el nuevo día.
La mirada sonora de los pájaros
y el canto líquido de los grillos
anuncian lo que ya nada revela.

[…]

Un coro de luz consuela mi piel
de trabajos remotos y presentes.
Amanezco, una vez más, al nuevo día.

[…]

El eje amor-muerte se consolida como tema-símbolo necesario en la poesía de Saturnino Valladares y orquesta toda una construcción del mundo en base a dos fuerzas que a veces se constriñen en pequeños epigramas: la que crea y la que destruye, al estilo del pensamiento poético del último Antonio Gamoneda o de la evolución poética de Claudio Rodríguez ya desde Don de la ebriedad (1953).

La disposición enunciativa de los poemas de las tres partes del libro parece asistir también al planteamiento anterior como tentativa de una metapoética. En la primera parte, encontramos a un sujeto completo que se autoenuncia en primera persona sin dificultad, en tanto que se comprende por su reflejo en el otro, en este caso, en la otra, la amada:

RECAPITULANDO

He amado a algunas mujeres libres
de la trivialidad de muchos hombres
y a algunos cuerpos de cintura efímera
los sentí trascendiendo con el mío.
He buscado el placer. No me avergüenzo
tampoco del deseo de belleza.

[…]

Sé que sirvió amar antes de amarte
porque aprendí en la sal a quererte,
y sé que te había conocido
en otros cuerpos, que te agradecí
en el mordisco y el orgasmo de luz,
en la plenitud de la boda abierta.

[…]

En ti amo a todas las mujeres
y todas las mujeres en ti me aman
y eres la única mujer que amo.

La segunda parte del libro incluye poemas donde la fragmentación de la identidad se percibe a través de un sujeto lírico a veces incluso desplazado. Nos acordamos del verso de “No amanece el cantor”: Y tú, ¿de qué lado de mi cuerpo estabas, alma, que no me socorrías? La pérdida de la amada desdibuja paulatinamente al creador, enviándole a lo que parece una muerte segura, ya al final de ese segundo apartado:

JET LAG

No regresé al lugar del venturoso
recuerdo. A la hora de comparecer,
fijé en mi pulso el plazo de la ausencia.
Vieron llegar el gesto del fracaso
sin ti y sin mí conmigo.
                        Los viajes
me devuelven siempre al lugar aquel
del que ya nunca podré regresar.

Finalmente, el sujeto se recompone en la memoria y se proyecta hacia la posibilidad de volver a ser, de evitar la muerte si el amor gana la batalla, en la tercera parte del libro:

SIGNO NATURAL

Recorrí la floresta de los signos.
En silencio contemplé mi interior,
viéndome pasar un río que llevaba.

 

A vuelo de pájaro, abrí los ojos
a otro tiempo posible y otro tiempo
de altos vuelos caídos en el barro.

 

Alcancé mi centro y claridad:
perdido en mis derrotas, me encontré
en las piedras con las que tropezaba.

Se cierra así el tercer apartado de Luciérnagas al mediodía que, como elemento soñado y mágico, que parece extraído de la cotidianidad de nuestra rutina, se constituye sin embargo como un buceo en las posibilidades intrínsecas de ser-en-el-mundo. Como leemos en “Con retraso”: ¡Qué insólito puede ser lo cotidiano! Si el amor vencerá a la muerte es una pregunta que queda en el aire y a la que habrá de dar respuesta, si Dios quiere, el próximo libro de poemas de Saturnino Valladares.

 

 

[1] Poesía en pie de paz. Modos del compromiso hacia el tercer milenio, Pre-textos, 2006.

[2] Colaborador junto con el propio autor y Neiza Teixeira, de la colección «Cima del canto» de la editorial brasileña Valer, donde Valladares ha traducido al portugués el Libro del Frío (1992) de Antonio Gamoneda; No amanece el cantor de José Ángel Valente, Unha tempada no paraíso de Claudio Rodríguez Fer y La última costa, de Francisco Brines, entre otros.

 


 

María Eugenia Alava Carrascal

María Eugenia Alava Carrascal. Doctora en Literatura comparada y estudios literarios por la Universidad del País Vasco – EHU. Grado en Lenguas Modernas Universidad de Deusto; Máster en Formación del Profesorado de Secundaria con Especialidad en Lengua y Literatura Castellana y en Literatura comparada y estudios literarios Universidad del País Vasco (UPV/EHU).

📩 maru.alava39 [at] gmail [.] com

📄 Leer otro artículo de esta autora, en Almiar: Maldito Espinoza (reseña de la obra de teatro del grupo Theaomai)


📕 Luciérnagas al mediodía

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En Brasil:
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🖼️ Ilustración artículo: Portada del poemario [derechos reservados por sus autores]

 

reseña poemario Luciérnagas al mediodía

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Revista Almiar · n.º 119 / noviembre-diciembre de 2021 · 👨‍💻 PmmC · MARGEN CERO™

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