artículo por
Álvaro Salazar

 

E

sta es la crónica de un viaje en tren que me llevó, en 2008, desde Bilbao a León siguiendo el trazado que antaño recorriera el ferrocarril hullero de La Robla. Pero déjame que antes me refiera a las circunstancias que lo rodearon.

Por  aquel  entonces  estaba  escribiendo  una  novela  ambientada  en 1891 —Si viéramos con los ojos se titula— en la que trataba de poner en relación dos mundos geográficamente muy próximos y que, sin embargo, bien podríamos situarlos en las antípodas el uno del otro. Por un lado estaría la construcción del tramo de vía que va de Balmaseda a Espinosa de los Monteros con su rectilíneo palpitar entre movimientos de tierras, hierros y sudores; por el otro, asistiríamos a la subsistencia circular en la montaña pasiega con sus mudas, vacas, prados y cabañas. El viaje en tren era, entonces, una parte más del proceso de creación que estaba viviendo —sí, estaba dispuesto a subirme a aquel tren para mirar a través de los ojos de mis personajes y renovar, así, mi arsenal de imágenes—. Sin embargo, el propio viaje se erigió en protagonista y se encargó de desbordar cualquier expectativa previa.

Pero antes de que nos subamos al tren, añadiré tres datos que te permitirán hacerte una idea sobre el estado de ánimo con el que emprendí el viaje. Veamos. Soy hijo de ferroviario —mi padre trabajó en La Robla desde 1944 hasta 1972, año en el que FEVE se hizo cargo del viejo ferrocarril; después continuó trabajando en esta empresa pública hasta su jubilación—. Mi suegro fue también ferroviario —maquinista de la RENFE; ¡ahí es nada!—. Y mi hijo fue jefe de estación desde que pudo ponerse en pie hasta que el maldito «uso de razón» barrio su inocencia; yo fui, durante todos esos años, su ayudante y puedo asegurarte que dimos la salida a cientos de trenes.

Y dicho esto, ya solo cabe exclamar: ¡viajeros, al tren!

 

* * *

 

Marzo de 2008. El tren sale de Bilbao a las 14,30 en punto y, si cumple con el horario previsto, llegará a León a las 21,48. El sol brilla en el cielo azul intenso y el Ganekogorta parece un enorme pastel de nata. Mi hijo —voy en su compañía, tiene ya 14 años— no despega su rostro de los cristales y yo sonrío y me digo que sin duda vamos a disfrutar del viaje. Pero entonces aparecen las primeras manchas de nieve extendidas al sol sobre los prados que rodean el casco urbano de Sodupe, y alzo la vista y la hago subir por la preciosa espalda nevada del Galarraga —qué bien le sienta a esta montaña su vestido blanco—, y disfrutar es ya una palabra tibia que no le cuadra en absoluto a este viaje; y menos aún cuando el tren sale de Balmaseda y se adentra en el valle de Mena.

«Digamos que el camino se interna en el valle dejando a ambos lados vericuetos y bifurcaciones, son los meandros del valle menés, digamos que el camino los ignora, a los meandros, y que continúa imperturbable hacia poniente por un mar verde y blanco mecido en brazos de un cielo azul enmarcado por unas montañas relucientes de pura nieve y sol dorado».

Después, apartándose del eje del valle, el tren comienza a describir la portentosa curva ascendente que le permitirá encaramarse a lo alto del puerto del Cabrio —la construcción de este tramo de carácter alpino es una de las tramas de mi novela—. No hay duda, el paisaje despliega sus credenciales y las pone ante mis narices: seré inolvidable, me dice.

«Desde lo alto se domina el valle blanco de nieve y verde de hierba y resplandeciente de luz dorada. Mira las montañas del norte, le dice el siseo de la culebra a Marc, míralas cabalgar por todo lo ancho del cielo azul intenso con sus blancos mantos al viento. Ahora gírate, le dice la culebra, ¿qué me dices?; no, no digas nada, sólo mira esa imponente peña que se alza sobre tu cabeza, ¿la ves?; no me digas que no es hermosa».

Cierto. El paisaje se ha acomodado en mi mirada y me muestra sus poderes: ¿es que acaso no lo ves?; soy tu protagonista, de mí es de quien has de hablar en tu novela, me dice.

«…contenedores de imágenes, simples contenedores de cosas abundantes en ansias de crecer».

A la altura de Berceo, giro el rostro hacia las montañas pasiegas —la vida en sus cabañas es otra de las tramas de mi novela— y allí está, el Castro Valnera, airoso y blanco y geométrico como un Nanga Parbat en miniatura. Me dejo llevar…

Y el tren por Sotoscueba es el transiberiano, y recorre las estepas dejando a su espalda la misma soledad blanca y helada que tiene ante sí y que apenas logra quebrar durante un minúsculo instante.

Y por el pantano de Arija es un barco navegando sus aguas plateadas y heladas por sus orillas en las que se reflejan los montes del Alto Campoo incendiados por el sol —desde luego es una imagen que bien podría llegar a emocionarte; eso depende de tu carácter y del estado de ánimo en el que te encuentres—.

Y por los montes Carabeos el tren es de nuevo el transiberiano; ahora avanza entre profundas trincheras heladas  y,  de  vez  en  vez, desaparece  en  oscuros  túneles de  cuyas   bocas   cuelgan   enormes   carámbanos   de  hielo  —estremece el ruido del hielo al quebrarse ante el empuje de la máquina—. Y cuando el tren alcance la meseta, la familia del doctor Zhivago se asomará a la ventana camino de Barikino.

Y llegamos a Mataporquera —mi primer concierto de rock lo dio un grupo local de Balmaseda que se hacía llamar «Mataporquera ida y vuelta»—. Hemos arribado a este puerto de carga: bocadillos, carajillos, mujeres cargadas de niños, cajas y animales, el humo de las chimeneas. Hemos alcanzado un cruce de caminos: este-oeste, norte-sur, pasado industrial-futuro incierto de cementeras y proyectos eólicos faraónicos y fallidos. Bajamos a estirar las piernas pero el frío nos obliga a subir de nuevo al tren y esperar en nuestros asientos a que la marcha se reanude.

Y suena el silbato y salimos de Mataporquera rumbo a las estepas de esta meseta. Pronto mi mirada se cuelga del Curavacas y del Espigüete que aparecen  envueltos  por  la  luz  de  la  caída  de  la  tarde.  Y,  antes  de llegar a Guardo —déjame  que  te  diga  que  le  tengo  un  especial  cariño  a  este pueblo— cae la noche y los cristales únicamente reflejan nuestros rostros.

Entonces mi hijo retira el rostro de los cristales y, mirándome, me dice: qué bonito. Y como su semblante lo dice todo y poco más podría yo añadir, lo dejo aquí. Si acaso, una única cosa: si tienes ocasión —y este gobierno «manos tijeras» no lo impide antes—, no dejes de viajar en el tren de la Robla; no te arrepentirás.

 

línea textos El tren de La Robla

Álvaro Salazar


Álvaro Salazar Agustino
(Balmaseda, 1959). Es economista y trabaja como consultor en estrategia y gestión de organizaciones. Siempre le gustó leer y subir al monte y, desde hace un tiempo, viene escribiendo con cierta regularidad. Ha publicado una novela —Si viéramos con los ojos, se titula—, ha escrito otra titulada Nadie. Nunca. Nada y va publicando narraciones en su blog ¿Escribes o trabajas? (https://bernatxo.wordpress.com/).

 

Lee otros relatos de este autor:
La vida tras los cristales | Un día de tantos |
La fortaleza

Ilustración: GECos Trueba, By cgarci38 (Flickr) [CC BY 2.0

(http://creativecommons.org/ licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.
 

 

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Relatos en Margen Cero

Revista Almiarn.º 77 | noviembre-diciembre de 2014
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