relato por
Álvaro Salazar


 

Ha salido a pasear sin rumbo, posiblemente aproveche para comprar cualquier cosa, un libro, una camiseta, o puede que no compre nada y simplemente se deje llevar por el curso de la gente que camina por las calles del centro (quien sabe, puede que se enfrasque en reñidas carreras con quienes llevan su misma dirección —la meta sería el quiosco, luego lo sería la papelera, más adelante el banco en el que está sentada aquella señora, y en todas esas ocasiones, tras un apretado esprint, resultaría vencedor de la carrera—, o tal vez prefiera ver en quienes caminan en dirección contraria a la suya las primeras oleadas de un ejército invasor, y él sería entonces el jefe de la partida que ha sido enviada para salirles al paso, y los semáforos en rojo alinearían a los dos bandos, uno frente al otro, en espera de que se alcen los verdes estandartes que señalarán el momento en el que habrán de arrojarse, los unos contra los otros, con fiera determinación de victoria, él a la cabeza de los suyos). Sin embargo, hace ya rato que viene sintiendo en la sien derecha las primeras punzadas de una de esas jaquecas que tanto teme. Y  claro,  el día  se  tuerce.  Se  veía  venir  —piensa—,  tantas y tantas noticias con las que preocuparse, la radio, los periódicos, Internet, la televisión, ¿y, para qué, para terminar con la cabeza totalmente mareada? Y lo peor es que no llevo ningún analgésico encima —se dice—. De manera que su deambular, hasta entonces despreocupado y errático,  se  ha  tornado  ahora  pesado  y fatigoso —hasta ha comenzado a arrastrar los pies—; y su mirada…, su mirada diríase ciega, ausente, vacía, pues de nada le sirve ahora su mirada, pues nada son los colores de los carteles y los de los escaparates, nada los rostros que salen a su encuentro sin dejar tras de sí rastro alguno, y los charcos del suelo y las primeras luces que han comenzado a encenderse tras los cristales de las casas y los árboles y las farolas y los semáforos y los bancos y las palomas: nada todo ello.

Cruza una calle. El sonido se apaga. Cruza otra calle. El mismo sonido, ninguno. Gente y más gente a su alrededor —y, sin embargo, ningún ejército le sale al paso, ningún desafío que enfrentar—. Camina como ausente. Por entre el silencio. Por entre la nada que crece y crece. Por entre el pánico que mana por los poros de su piel, como un sudor frio. Deambula.

 

Pasa ante una solida verja de hierro forjado y se detiene ante una gran puerta forjada de ese mismo metal, al otro lado, la fachada de una conocida clínica del centro, empuja la puerta y, a pesar de que parece muy pesada, se abre con suma facilidad, recorre el camino de grava que cruza el pequeño y coqueto jardín, sube la escalinata —tres escalones de la misma piedra blanca que luce el edificio en su fachada—, hace sonar el timbre de la puerta y, sin esperar respuesta, penetra en el interior del inmueble. Le recibe una luz cegadora y un olor tenue y penetrante. Ahora está plantado en el centro del elegante y luminoso hall de la clínica, aturdido y confundido (ha ido todo tan rápido: paseaba sin rumbo, después le entró aquel dolor de cabeza y la ciudad comenzó a alejarse y a llegarle como con sordina… y, ahora, sin saber ni cómo ni por qué, se encuentra plantado —aturdido y confundido— en el hall de una conocida clínica del centro).

¿Le ocurre algo? —le dice la joven de blanco que ha acudido a su encuentro—. ¿Se encuentra usted bien? —insiste ella. Él parpadea. Después balbucea: ¿Qué? La joven le mira fijamente y, entonces, en su rostro se dibuja una sonrisa casi dulce: Venga conmigo, no tardaremos en atenderle.

Ocupa una de las sillas que circundan el perímetro de una sala de espera —la luz, el olor, los perfiles de las cosas, los ángulos de las paredes: nada es los colores de las revistas sobre la mesa y los cuadros de las paredes y los rostros inexpresivos y las cortinas y la ventana que se vislumbra tras las cortinas y la puerta a su derecha también es nada—. No tardan en venir en su busca. Ahora se sienta ante una mesa, al otro lado de la mesa está la chica de blanco que le recibió en la entrada —la luz, el olor, los perfiles de las cosas, los ángulos de las paredes: nada es sus palabras y su rostro luminoso y dulce y sus manos quietas sobre el teclado del ordenador y la pantalla del ordenador invisible a sus ojos es nada también—. ¿Entiende lo que le digo?, es para la ficha, ya sabe…

Y la palabra ficha es como un conjuro que tirara de él, y su voz surge delgada y titubeante: Iñaki, me llamo Iñaki Beratza Jauregi, con «tz» y sin «u», dice. Y las manos sobre el teclado comienzan a moverse. Domicilio: las manos sobre el teclado; fecha de nacimiento: las manos sobre el teclado; D.N.I.: las manos sobre el teclado; número de la seguridad social: No se preocupe, lo rellenaremos más tarde…

De regreso a la sala de espera toma asiento en la misma silla que ocupó con anterioridad. Mira a su alrededor y la cabeza se le va; siente como si estuviera en el filo de una fina arista (a un lado, más allá de la luz y del olor, están los perfiles de la realidad, los de esta clínica en la que no sabe cómo ha podido ir a parar; al otro lado, más acá de la luz y el olor: la nada aguarda su regreso). Cierra los ojos y mantiene ante sí la oscuridad, su blancura, todos esos puntitos negros y blancos agitándose sin pausa… Entonces, sumido en esa oscuridad parpadeante, se ve allí sentado y siente una gran pena por sí mismo. Pero ha sido solo un instante, apenas un parpadeo de esa oscuridad parpadeante y, ya por fin, se inclina hacia un lado y se siente resbalar y resbalar, y la nada le acoge de nuevo entre sus brazos.

 

Vamos a ver, dice el doctor, ¿puede decirme qué le ocurre? Silencio. Ya, exclama el doctor. Pero puede usted oírme, ¿no es cierto? Silencio. Ya, exclama de nuevo. Sin embargo, en esta ocasión no habrá necesidad de que le interroguen de nuevo: Me encuentro mal. Se encuentra mal, repite el doctor; ¿y qué siente?, agrega. Me duele la cabeza, tengo náuseas, me cuesta pensar. Ya; y voces, ¿oye usted voces?

(¿Voces?, ¿que si oigo voces? —piensa—. Vaya pregunta. Pues claro que oigo voces; ¿acaso he dejado de oírlas en lo que va de día? Pero entonces se dice que las voces que pone en su cabeza la radio, la televisión, los videos de Internet, su propia voz al leer las noticias en los periódicos, todas esas voces, no son en absoluto la clase de voces a las que se refiere el doctor).

No, contesta, en mi vida escuché voces. Bien, muy bien, dice el doctor, y dormir, ¿duerme usted bien?

Le han dado una pastilla y le han pedido que espere allí un momento; enseguida le diremos algo, le han dicho. Y ahora la pastilla comienza a hacer su efecto, pues siente que las cosas comienzan a recobrar su genuina textura, su verdadera dimensión. Y las luces halógenas del techo, la camilla del pasillo, el cuadro de trazos chinescos que cuelga frente a él, las sillas del final del pasillo…: todo es lo que es, ni más ni menos que eso. Y, entonces, se mira las manos sobre las rodillas y las encuentra ridículas, allí quietas, tan ociosas… Y lo cierto es que sus manos (se pasa ambas manos por el rostro; no encuentra otra cosa que hacer con ellas) tienen la extraordinaria facultad de mostrarle su situación —«Espere aquí un momento; enseguida le diremos algo», —le han dicho. No, no esperará, saldrá de ese lugar sin esperar ni un momento más. Así que se levanta de la silla, se dirige a las escaleras que tiene ante él, las sube de dos en dos, y sale a un largo pasillo que recorre casi a la carrera (igual que un prófugo). Una puerta al final del pasillo… Recibe el frío de la calle en pleno rostro. Lo respira a pleno pulmón.

 

Ha oscurecido y, en un primer momento, se alarma pues piensa que es ya muy tarde, pero no tarda en caer en la cuenta de que han cambiado ya la hora y que anochece antes. Trata de orientarse: las casas, los rótulos luminosos de los comercios, los de aquella entidad bancaria, la puerta de aquel garaje… Por fin, decide tirar por su derecha y, en dos patadas, sale a la Gran Vía. Cogerá el metro y, con un poco de suerte, estará de vuelta en casa antes de que den las nueve, un poco más tarde que de costumbre, es cierto, pero no demasiado como para tener que dar explicaciones. Y así hoy habrá sido —como ayer, como mañana tal vez— un día de tantos.

 línea arabesco relato Un día de tantos

margencero-img


Álvaro Salazar Agustino
(Balmaseda, 1959). Es economista y trabaja como consultor en estrategia y gestión de organizaciones. Además de su trabajo, dedica el tiempo a su familia, a la montaña, a la lectura y, desde hace unos años, a la escritura. Ha publicado dos novelas: Si viéramos con los ojos y Nadie. Nunca, Nada y, desde hace un tiempo, viene escribiendo una serie de narraciones de carácter fantástico.

 Lee otro relato de este autor: La vida tras los cristales

Ilustración del relato: Fotografía por Free-Photos / Pixabay [dominio público]

 
 
Biblioteca de relatos Un día de tantos

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiar · n.º 68 · marzo-abril de 2013 · MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 83 ♦ Reciente: 1)