relato por
Álvaro Salazar

 

Son ya tantos los días y las noches que han rodado sobre él… Traído y llevado de aquí para allá, manipulado hasta lo indecible, dolorido —siempre, ahora también—, confundido por las nieblas de los sedantes, ya no puede distinguir el sueño de la realidad y menos aún atribuir tal sueño o quizá realidad a un día concreto —pues sueño o realidad, ¿qué son ahora sino simples imágenes en su cabeza?—.

»Ha comenzado a llover, hoy no vendrá, me habría dicho Jaime y, girando su cabeza hacia mí, añadiría, qué le vamos a hacer, no todos los días van a ser fiesta. Posiblemente, yo no dijera nada y me limitaría a echar una rápida mirada al reloj de pared, y no serían ni las tres siquiera, y quizá pensara entonces que la tarde iba a ser muy, muy larga, y, como una sombra que antecede a su dueño, sentiría el despertar del cuerpo ante las puertas de la tarde, el roce del poliuretano en mi garganta, el latido de las úlceras en los dos antebrazos, el hondo pesar de riñones, y cerraría los ojos, y me esforzaría en dormir, pero creo recordar que no pude conciliar el sueño, y sería entonces cuando imaginé que Jaime miraba por la ventana y que me decía que ella se acercaba por el camino de grava y que se sentaba en el banco frente a los columpios del pequeño parque que se encuentra bajo la ventana de nuestra habitación, lleva el vestido estampado del otro día, me decía Jaime, ese que le llega justo encima de las rodillas y que, cuando se sienta, como ahora, deja al descubierto buena parte de sus muslos, ¿sabes cuál te digo, verdad?, pues hoy le queda mejor que nunca; y yo imaginaba aquellas piernas largas y firmes, y, para imaginarlas mejor, le preguntaba si sus piernas eran bonitas, y Jaime metía de nuevo la vista por los cristales y decía, no sabría decirte, desde aquí es difícil asegurarlo, luego se volvía hacia mí y añadía, pero qué quieres que te diga, tampoco puede decirse que ella sea una belleza, no desde luego una de esas que le sacan a uno aullidos de pasión, tú ya me entiendes, y, sin embargo, apuesto a que a su lado uno podría sentirse en la gloria; y yo le miraba y él entendía mi mirada, y se volvía hacia la ventana, ahora echa la cabeza hacia atrás, decía, seguramente sople un poco de brisa y los rayos del sol sean una caricia. Y ahora, estas palabras, «los rayos del sol, su caricia», me hacen dudar de si esta conversación tuvo o no lugar, si fue real o es fruto de mi imaginación, pues creo que yo jamás podría ser capaz de emplear palabras como esas.

 

Permanece tumbado boca arriba en su nueva cama —junto a la ventana—, la vista puesta en el techo, en sus océanos, en sus continentes —y aunque son las mismas manchas de siempre, contempladas ahora desde este otro ángulo, desde su nueva cama, resultan diferentes—. «Por entre el silencio de la tarde; implacable el silencio, implacable la tarde», musita, y se dice que esas palabras no son suyas, que él jamás utiliza palabras como esas.

»Llueve, dice Jaime y sus palabras me acercan el parque con sus dos columpios y el tobogán, los imagino empapados por la lluvia e imagino también dos enormes charcos en el suelo de arena y grava. ¿Quién pasearía hoy con este viento y esta lluvia?, añade Jaime con la vista aún puesta en la ventana. Oigo su voz y sus palabras no hacen sino perfilar aún más la tristeza de la tarde, la siento en torno a mí, honda, inmensa, poderosa, la tarde, su tristeza, y me siento arrastrar a su mundo gris y triste. En esto, Jaime llega en mi auxilio: Pero bueno, exclama, ¿a que no sabes quién viene por allí?, si es nuestra enfermera preferida. Y, aunque no le creo, le sigo la corriente: ¿Estás seguro de que es ella?, y Jaime me contesta: ¿Te crees que estoy ciego o qué?, y vuelve la cabeza hacia mí y, esbozando una sonrisa burlona, dice: Ya ves, ayer nos engañó cuando nos dijo, hasta el viernes muchachos, séanme buenecitos y no me olviden; para mí, añade Jaime, que nos la está pegando con algún jovencito del pabellón de traumatología.

«Por entre el viento y la lluvia», musita con la vista clavada en el techo. Y entonces, por entre las brumas, asoma la cuestión: girar la cabeza hacia la ventana y volver a mirar a su través. Sí. Esa es la cuestión. Pero la aparta de su mente, y su mente se sumerge de nuevo por entre las brumas, y, de nuevo, lo que es: es bruma, y lo que no es: es bruma también. Ahora, ayer, nunca: bruma únicamente.

»Han terminado de arreglarnos la habitación y estamos solos otra vez. Jaime me dice: Si todo marcha bien, si no surge ningún imprevisto, es muy posible que pronto me den el alta, puede que este mismo lunes. Y añade: Ya tiene gracia, haber tenido que enterarme por mi madre en vez de por boca de los médicos. Le digo que lo importante es que pronto dejará el hospital, le digo que me alegro por él, pero no sé qué más decir y me quedo callado. Él se ha girado hacia la ventana y también guarda silencio. Y el tiempo se detiene en ese silencio. Y entonces siento crecer un hondo resentimiento contra Jaime, qué injusta es la vida, me digo, precisamente a él, que pronto dejará esta habitación, le ha tenido que tocar en suerte la cama junto a la ventana, y miro la pared de la habitación junto a mi cama y el pecho me estalla de rabia. Y me pregunto cuántas veces no se habrá guardado Jaime la vida que transcurre tras los cristales para sí; en este mismo instante, me digo, ¿no podría estar ella ahora mismo sentada en el parque y éste mal nacido permanece callado como si nada? Y ha sido pensar en ello, y mi cabeza comienza a llenarse de voces, las oigo llegar y ocupar todos los rincones de mi cabeza: hoy está más guapa que nunca, lleva esa blusa que resalta sus formas y que tanto la favorece, y su pelo, su pelo cae sobre sus hombros como el agua de un arroyo de montaña, aunque, quién sabe, a lo mejor pasó ayer mismo por la peluquería y el movimiento de su pelo no sea sino el resultado de unas manos expertas, pero bueno, ¿qué importancia tiene eso?, lo cierto es que está preciosa, y su forma de caminar…, ¿sabes?, es como si caminara por lo alto de una pasarela, me pregunto si ella no se sabe observada desde las ventanas y que por eso camina de esta manera tan elegante, pero perdona, me disperso, ahora se ha detenido frente a los columpios, se ha situado de perfil, ¿sabes?, tiene un culo precioso, ¿que cómo son sus nalgas?, no sé, no sabría describirlas, sólo te diré que los tejanos claros que se ha puesto hoy no pueden sentarle mejor… Y, de pronto, como si se hubiera levantado un viento en mi cabeza, rompen las nieblas y comprendo que las voces en mi cabeza son mis propias palabras, que soy yo quien está narrándose a sí mismo la vida tras los cristales. Me giro hacia Jaime. Parece dormir. A su lado, el cielo azul tras la ventana. Dios, cómo le odio, cómo odio a este maldito ahora.

 

Y, por entre las brumas: la certeza de la sed, su urgencia, y los dolores que van y vienen sin desaparecer nunca del todo, y las luces y las sombras y las voces, la duermevela y sus imágenes. Y, tras la bruma: el pánico. Abre los ojos. Mira la cama que ha ocupado hasta ahora —vacía ahora— y la cuestión se replantea a sí misma: ¿Girarme hacia la ventana de nuevo? No, no, ahora no; quizás más tarde.

»Definitivamente. El resentimiento me ha vuelto desconfiado y no puedo dejar de pensar que Jaime se guarda para sí la vida tras los cristales. Pero esta tarde ha sido diferente. Jaime me preguntó, ¿duermes?, y, al rato, dijo, luce un sol recién lavado, apuesto a que hoy vendrá, y, luego, añadió, ¿qué te decía yo?; ya la tenemos aquí, lleva su blusa azul, esa que tan bien le sienta. Y mis ojos desbordaron en lágrimas, pues sabía que Jaime me traería imágenes desde el otro lado de la ventana, y yo, como el hambriento que soy, las recopilaría para atesorarlas en mi cabeza. Así, cuando el silencio regresara y la tarde no fuera sino tarde desnuda y lenta, me volvería hacia ellas, desplegaría esas imágenes ante mí, y sus contornos, sus meandros, serían vericuetos por donde burlar el abrazo de las brumas que pueblan las tardes desnudas y lentas, tramoya de los calmantes. Sea.

 

Sueño o realidad: ¿acaso hay diferencia ahora? Simples imágenes únicamente:

»Recuerdo ahora dos golpes en la puerta que parecían llegar de muy lejos, y la puerta de la habitación se entreabrió y vi asomar el rostro de una mujer entrada en años, la reconocí al instante, era la madre de Jaime, buenas tardes, dijo, y entró sonriendo y recuerdo que pensé que un trozo de esa sonrisa me correspondía, se quitó la gabardina y la dejó plegada en el sillón, luego acercó la silla que se encontraba a los pies de la cama de su hijo hasta su cabecera, se sentó y sacó de su bolso una revista y un abanico, tu padre y tus hermanos te mandan recuerdos, dijo, y Jaime asintió, y luego la mujer preguntó, ¿no encendéis la televisión?, pero no esperó respuesta alguna y se puso a rebuscar en la mesilla de su hijo y, con el mando ya en la mano, lo dirigió hacia el aparato y, al instante, se oyó una voz de mujer y, casi al unísono, surgió el rostro de esa mujer en la pantalla, luego, el plano se abrió y apareció el plató de un conocido magazín desbordante de colores y de luminosidad y de voces que se superponían las unas a las otras en un guirigay que fluctuaba en continuo crescendo y decrescendo, vaya, dijo la madre de Jaime, ya están éstos diciendo tonterías, y recuerdo que entonces abrió la revista que tenía entre las manos y suspiró varias veces, una detrás de otra, mientras pasaba las hojas, al rato, levantó la vista de la revista y, mirando a su hijo, dijo, ay, hijo, no sabes las ganas que tengo de que te den el alta para poder tenerte de vuelta en casa. Y, esos golpes en la puerta, me recuerdan otros golpes, y veo entrar al médico de Jaime seguido de Amaia, nuestra enfermera preferida, ¿cómo estamos hoy?, le preguntó el médico a Jaime, ¿mejor, no es cierto?, y, dirigiéndose a Amaia, añadió como si estuviera repasando una lista, veamos, la temperatura está normal, tolera bien los alimentos, han desaparecido ya esas náuseas y esos vértigos que tanta guerra nos han estado dando y, lo más importante, el tumor parece que ha reaccionado estupendamente al tratamiento, podemos asegurar que lo tenemos totalmente controlado, y se volvió de nuevo hacia Jaime y esbozando una sonrisa de oreja a oreja, dijo, ¿sabe qué le digo?, éste es un hospital público y yo he de velar por que no se dilapiden los recursos de los contribuyentes, ya lo ve, añadió sonriendo más aún, no voy a tener otro remedio que darle el alta de inmediato, mañana mismo, si no surge ningún imprevisto, podrá irse a su casa, y recuerdo que Amaia me miraba y que su mirada me hacía bien. Y si me vienen ahora estos golpes, su recuerdo, es, sin duda, porque hablan de la marcha de Jaime, de su despedida, pues no puedo quitarme de la cabeza sus sollozos: debió ser la urgencia de la sed la que me hizo suspirar, y Jaime se levantó de la cama, se acercó a mi cabecera, puso agua de la jarra en el vaso y me lo acercó a los labios, después volvió a su cama y rompió en sollozos. Fue su manera de decirme adiós.

 

Como un anfibio. El pánico ha abandonado las profundidades de las brumas de los calmantes y repta ahora por la realidad de esta habitación con su cama vacía y su otra cama en la que él está tumbado ahora, junto a la ventana —incapaz de girar de nuevo la cabeza para volver a meter su mirada por entre los reflejos de esos cristales—. ¿Es necesario decirlo de nuevo?: para él, sueño, realidad, es ya lo mismo: pánico únicamente.

»Me quedé desolado. Asustado también. Su madre vino temprano y estuvo ayudándole a recoger sus cosas, la ropa de los armarios, los enseres personales del baño, los libros y las revistas de la mesilla, todo lo iban guardando en la maleta troller y en la bolsa de mano que trajo la mujer y, ya por fin, a media mañana, llegó su padre y Jaime se despidió de mí. Me llevó tiempo darme cuenta de que Jaime se había ido con el alta en el bolsillo, que ya no escucharía las historias que me había ido trayendo del otro lado de la ventana, que sería casi imposible que pudiera intimar con la persona que viniera a ocupar su lugar, al menos no tanto como para atreverme a pedirle que me entretuviera con historias del otro lado de la ventana. Sí, me dije, ya puedo irme despidiendo de nuestra joven visitante… Por eso, cuando Amaia entró en la habitación, me atreví a pedirle que me cambiaran de cama, ahora que a Jaime le han dado el alta, le dije, me gustaría ocupar su lugar junto a la ventana, veremos qué se puede hacer, me contestó ella. Atendieron mi petición. Me han cambiado de cama. Y resulta que ya no sé lo que es verdad y lo que es mentira, si lo que me está ocurriendo sucede en la realidad o es fruto de mi imaginación, si Jaime me engañaba o soy yo quien se engaña ahora. Recuerdo, ¿o creo recordar?, que, cuando me dejaron solo, giré la cabeza hacia la ventana y, tras los cristales, en lugar del parque y sus columpios y los otros pabellones y el cielo en lo alto, únicamente tenía ante mí los ronchones de humedad de la fachada del pabellón vecino, únicamente esos ronchones, nada más.

 

La vista puesta en el techo, en sus océanos, en sus continentes, vagando por entre las brumas de los barbitúricos, empantanado en un punto equidistante entre el sueño y la realidad, incapaz de girar la cabeza hacia la ventana…

 

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Álvaro Salazar Agustino (Balmaseda, 1959). Es economista y trabaja como consultor en estrategia y gestión de organizaciones. Además de su trabajo, dedica el tiempo a su familia, a la montaña, a la lectura y, desde hace unos años, a la escritura. Ha publicado dos novelas: Si viéramos con los ojos y Nadie. Nunca, Nada y, desde hace un tiempo, viene escribiendo una serie de narraciones de carácter fantástico.

 

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar – n.º 66 / noviembre-diciembre de 2012
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