artículo por
Adriana G. Pardo

 

A

l situarnos frente a una obra o ante una crítica de la misma, deberían ser considerados ciertos parámetros como la relación sujeto-objeto, contenidos, contexto y tiempo; asimismo me parece importante efectuar más de una vista del trabajo en cuestión y confrontar la mirada obtenida con las de otros autores. La totalidad de una cadena de lecturas situadas en el entorno probable de una época cierta, determina una situación de aceptable cercanía y un entrenamiento literario que tiende, tal vez, a alcanzar una objetividad deseable aunque no sea posible lograrlo en grado puro.

El caso de Alejandra Pizarnik es uno de los que cuenta con una bibliografía considerable y una profusión notable de artículos, ensayos y biografías posteriores a su desaparición. El material a estudiar es extenso y la diversidad de puntos de encuadre y contenido, diría que sorprendente. Cada nueva mirada sujeto-objeto conduce a una distinta conformación de razonamientos que pueden o no alterar las impresiones ganadas por el lector con anterioridad, dependiendo esto del método empleado.

Lo que cae en nuestras manos cuando decidimos indagar sobre la poeta es tan vasto que su estudio o análisis sólo termina cuando el sujeto interesado decide que lo leído es suficiente para su concernir, impresión, utilidad o aplicación.

La primera sensación que desprende una investigación aceptablemente cuidada es la de la presencia de una realidad ingobernable para la autora, quien aceptándola como tal, la examina intensamente al punto de resultarle imposible describirla con las palabras que le ofrece el lenguaje con el cual se expresa. Este punto, el del lenguaje insuficiente, es abordado con obsesión por Alejandra, y creo que, en ella, la cuestión depende más de su renuente condición existencial que de un problema con la lengua en sí misma.

De hecho, al tema del lenguaje, perturbador e insistente en toda su obra, debemos sumar los del silencio y la muerte. Los tres nudos (junto al sexo, la infancia y la locura) aparecen con obstinación en el pronunciamiento, palabra a palabra, que construirá su ominosa composición literaria en la que evoluciona, se desenvuelve y desarrolla aumentando en eficacia pero siempre en torno al eje primitivo que ya asoma escrito en su diario a los dieciséis años:

«7 de diciembre de 1952

Mi soledad maúlla. La tapo con promesas vagas. Mentir, sí. Algún día encontrarás este diario y será antiguo, algún día verán mis fotos y se reirán de la moda actual. El vanguardismo será clasicismo y otros jóvenes rebeldes se reirán de él. Pero… ¿es posible soportar esto? Quiero morir. Tengo miedo de entrar al pasado. Pienso en alguna mujer de mi edad de hace un siglo. ¿Qué hacía cuando estaba angustiada? ¿Qué? ». (1)

Los temas recurrentes mencionados se instalan en su obra de manera tajante, con la figura de enemigos internos muy poderosos a quienes intenta, según mi punto de vista, expulsar por medio de su palabra exorcista, punzante, concreta, exacta; esa expresión avanza imparable sin atrapar la experiencia, sin metabolizar, sólo despidiendo, excretando, desgarrando, arrancando de sí y como puede a sus guerreros «contendientes», esto es, atravesando pasajes dolorosos, abriéndose paso y topándose cara a cara con ellos sin un medio equilibrado que la proteja:

«….Con el propósito de escuchar están escuchando el lugar. Adentro de tu máscara relampaguea la noche. Te atraviesan con graznidos. Te martillean con pájaros negros. Colores enemigos se unen en la tragedia). (2)

«…Hasta que logró deslizarse fuera de mi sueño y entrar a mi cuarto, por la ventana, en complicidad con el viento de la medianoche». (3)

Tal es el rito sacrificial que percibo en su poesía, tan fuerte como una lucha entre los cuerpos de su cuerpo, continua e interminable. Ella se opone sin contradecirse; contrasta en ensayos inacabados; tensa el texto, moviéndolo, jugando con el contrasentido, el absurdo y una incoherencia que aparece contingente y, en razón de lo cual, riesgosa para su evaluación.

Palabra y poesía luchan en Pizarnik, y según ella, desconfiando del lenguaje, «fracasando» en cada intento, albergándose en la paradigmática significación del silencio, no en su acepción expresa, sino como lugar en que la suma del lenguaje concebido o fantaseado, se reúne. Su «yo lírico» revela la necesidad de un silencio voluntario ante la imposibilidad, a juzgar por la autora, de combinar vocablos de manera que éstos expresen una idea o puedan acordarse en una línea enunciativa.

Pero la palabra, en su pugna por salir, produce un murmullo que merodea, se desliza, se acerca o aleja, que revuelve ese espacio y lo enloquece. Este rumor de palabras es escrutado desesperadamente por la Alejandra marcada y autorubricada por su «incapacidad» de capturarlos para comunicar determinados o figurados sentires.

El lenguaje, con todas sus posibilidades, no le alcanza.

Desconfía y persiste obstinadamente en la búsqueda de la palabra perfecta, exacta, fluctuando entre la enunciación y el enmudecimiento, este último siempre a mano para manifestarse aun cuando «no puede».

Es llamativa la facilidad con que Alejandra se expone donde hay silencio y, paradójicamente, cómo encuentra las palabras por las cuales se llega a él. Éste, es en la autora, el «más allá» del lenguaje: La palabra que más que sonar, representa, y el silencio que, fuera de su acepción habitual, simboliza, encarna e incorpora, son territorios que domina ampliamente a pesar de su obstinada negación o lo insistente de su búsqueda en este sentido. Silencio y palabra son su dialéctica.

Personalmente, no he encontrado en sus trabajos signos lingüísticos que no refieran nada, muy por el contrario la aproximación a la esencia, aun en el absurdo y en lo inconexo (intencional o involuntario) es lo que la distingue; de ello se infiere que la situación marcada tenazmente por Pizarnik acerca de su dificultad de comunicación pertenecen al mundo real, creado o enmascarado de su interioridad, expresada ésta en las corrientes entre las cuales se ordena su obra: el romanticismo con el que intenta transformar la realidad, el misticismo que deriva en las cercanías del surrealismo o en su propia inscripción, explorada y perseguida, dentro de los elementos estilísticos y temáticos de los poetas malditos. Tal diversidad de lenguaje que va desde lo tradicional y popular hasta la revolución sorprendente de sus distintas experimentaciones sobre todo en prosa, relatos y ensayos, contrastan, vistos desde afuera, con las dificultades expresivas que permanentemente la autora refiere.

He tratado de reconstruir el proceso creativo puro alejándome del mito que desenfoca la esencia: su poesía.

Llegado a este punto me pregunto: ¿Quién fue Alejandra Pizarnik? ¿La criatura rebelde y transgresora mantenida por sus padres o la figura sufriente deslizándose entre la creación y la destrucción? ¿La que se multiplica para referirse única o quien debate su identidad entre diferentes voces que la atormentan? ¿La que se esconde en el lenguaje o la que lo vomita para organizar y fomentar su propia leyenda? ¿La exaltada que escribe sin parar presa del dominio de las anfetaminas y los barbitúricos o la esnob de arraigada vida social dentro de un encumbrado entorno literario?

Su obra es la de un orfebre forjador de un intento de salvación, algo así como una resistencia que le ayuda a transitar el eterno desasosiego de su tiempo, tratando de afirmar entre asperezas y rigores, su propia y frágil subsistencia. Allí se afronta sin contemplaciones ni renuncias en una entrega que desenmascara resueltamente la impotencia de una desesperanza intolerable, de un sin sentido existencial aceptado como irremediable. Despliega como pocas veces he leído un credo poético de extremos entre los cuales vacila, fluctúa y trepida la identidad que tantea afanosamente. Su voz desatada logra con una belleza expresiva deslumbrante la magnificente asimilación de sus aprensiones naturales.

De su epistolario, por otra parte, se desprende una Alejandra-persona tan dada al bullicio como a la melancolía, dueña de un notable sentido del humor y de una verborragia general cuyas manifestaciones deben ser estudiadas con cuidado, ya desde lo patológico, ya desde la salud, de forma que arrojen resultados fundados, removiendo opiniones subjetivas que en el mejor de los casos tienden a un «acierto» dudoso. Las múltiples ponencias vertidas desde la parcialidad han ayudado a la lenta y progresiva formación del mito Pizarnik.

Sus diarios, reescritos en parte por ella misma y fragmentados y censurados después de su muerte por Myriam PIzarnik (4), su hermana, revelan a una persona construyendo palabra a palabra su transitar cotidiano a modo de un ejercicio más con el lenguaje, a pesar de que, por lo antedicho, no arrojen resultados válidos como no lo hace un cuerpo mutilado.

Así como es imposible hablar de la poeta sin confrontar la obra con sus diarios, correspondencia y los diversos enfoques de quienes la conocieron, es, en mi opinión, factible separar perfectamente la persona de la autora con la suma de ese material en las manos, esto es, lograr una aproximación a lo objetivo a partir de su realidad y su labor poética.

Acerca de esto último, en mi compilación bibliográfica para escribir este artículo, he notado que gran parte de sus biógrafos han tomado el tema del suicidio como punto inicial de su análisis, es decir, han buscado el semblante de Alejandra Pizarnik de adelante para atrás, forzando la justificación de «una muerte anunciada a gritos desde siempre». Pareciera que cada poema, cada verso, cada palabra, contextuada o no, confluye en un final conocido de antemano, inexorable e inapelable que aparece como obligado.

De acuerdo a esa mirada, que no es la mía, me pregunto nuevamente: ¿Qué pasaría con Alejandra si hoy estuviese viva? ¿Y qué si su muerte no guardara relación con el estigma que le fue asignado?

La primera respuesta que se me ocurre es que lo narrado de su historia hubiese variado notoriamente, que el diagnóstico de su locura no sería tan certero, que el «no quiero ir nada más que hasta el fondo» (5) tendría otras interpretaciones.

El hecho es que hubo y hay un «personaje alejandrino» deliberado que iba por la vida llevando el dolor existencial fragmentado en las distintas voces de su «yo» lírico entre las que establece relaciones dispares. Ese personaje se nutre en la figuración de una adolescente eterna y conflictiva que se justifica a la vez que progresa en su poesía. Esta postura la lleva al centro que genera el círculo necesario para sostenerla desde el cual proyecta con éxito el resto de su obra.

Mas había otra Alejandra, la persona que muestra. Me siento incapaz, ante esta última, de discernir si era la real, la conscientemente delineada o sencillamente la reunión de ambas en lo que «podía» ser para seguir viviendo.

¿Cuál es la verdadera Alejandra? ¿La que resuelve su dolor en el lenguaje, vertiéndolo dentro de «su» silencio o la protagonista de una alegre y cuidada bohemia dispuesta a llegar a su lugar sin destino?

En realidad, la vida de relación, la correspondencia y la vida social y cotidiana no parecen relacionarse con el tono de su obra, y este punto, por febril, es en el que pueden confundirse sus seguidores. Nada hubo en su vida social más alejado de la ausencia, el aislamiento, la soledad y el silencio que refiere en su obra.

En este sentido deberíamos aceptar que tales posicionamientos pueden coexistir en forma separada. Se sabe que el «yo» no es uniforme ni único ni se mantiene. En el sujeto común, esta variedad dentro de la misma persona puede no ser percibida sino por especialistas; en el artista, esas segmentaciones son derivadas normalmente hacia la rama del arte con que se expresa. Este cauce me impresiona más saludable que sicótico.

Percibo, tal vez equivocadamente, que la poeta que busca con afán su identidad en lo poético, la arma aceptablemente bien en su persona.

Más aún, percibo la cordura y el valor necesarios para adentrarse en sus abismos, para indagar hasta el fondo posible en sus zonas oscuras. Enfrenta y exterioriza sus miedos, sus conflictos, sus necesidades ya desde lo ominoso, ya desde el humor o lo incoherente, con una lógica que el análisis superficial limita.

Leída toda su obra, esto es: poemas, prosa, teatro, ensayos y artículos, además de sus reportajes, y hecho lo mismo con múltiples y variadas visiones de sus biógrafos, encuentro que en general el «personaje alejandrino» ha pervivido logrando, tal vez, un efecto contrario al que buscaba: la «leyenda» literalmente desfigura la labor poética. Los ingredientes del mito desvían del eje central su poesía extraordinaria.

Alejandra PizarnikSeparando dominio de estrategia, encuentro que, detrás de Alejandra, la persona en la poeta y viceversa, prima, acaso, la búsqueda de una totalidad integradora, presentando batalla desde los frentes posibles, una «piel de palabras» (6) forjada por su individuo no tan devastado, no tan destruido, sino convenientemente conformado para dirigir y hasta digitar un entorno eficaz que ayudaría a erigir su ser y su hacer.

En efecto, algunos de quienes la rodearon muy bien contribuyeron, tal vez en razón de sus propias insolvencias, a crear un personaje de ficción pero adecuado para todos: una Alejandra eternamente adolescente, desamparada, devorada por el horror de una pesadilla continua. Alentada por la situación familiar (7), el incentivo ajeno y su propia inestabilidad, ella estructura la personalidad básica que puede y su respiro acierta un lugar propicio dentro de su genio; de allí emerge la poética excelsa de la autora, la desopilante (a veces hasta el delirio) humorista, la escritora de ciclotimias asidas de la objetividad del lector, la Alejandra que pudo vivir sólo entre puntales que ella misma contribuyó a erigir, la poeta cuya obra toda es un pulcro y permanente intento.

Alejandra Pizarnik muere el 25 de setiembre de 1972 a los 36 años. Muchos aún dudan si la sobredosis de Seconal que la mató fue voluntaria o accidental, otros muy bien dicen que la fecha de su muerte es azarosa, que podría haber sucedido antes o después indistintamente. Lo cierto y paradójicamente vital para su obra en los años siguientes es que fallece en el esplendor de sus sombras, oyendo los gritos desorientados de las voces que la cohabitan e impulsan, derribada su precaria plenitud al verse ante un espejo «que simula estar lleno y está vacío» (8).

La última carta que se le conoce fue dirigida a su amiga Ivonne Bordelois el 5 de julio de 1972, poco antes de su muerte:

«B. A., 5 de julio de 1972

Mi Ivoncita, mi cercanita.

Por favor  no  nos  pidamos  explicaciones  acerca  del  silencio  (¿existe  el silencio?). Inútil decirte —no, la ciencia de lo obvio es ardua como la lectura de lo inefable— que no sólo te extraño sino que te necesito. Acaso porque somos antípodas y nos damos mutuamente garantías acerca de nuestras vías.

No voy a hablarte de mí en esta cartuja de esperma (este chistezuelo es para decirte: Aquí estoy, todavía). También te mandaré mi nuevo libro El Infierno Musical (Ed. S. XXI). Y también, si consigo fuerza, algunos poemas recientes cuyo emblema es la negación de los rasgos alejandrinos. En ellos, toda yo soy otra, fuera de ciertos pequeños detalles: el humor, los tormentos, las pruebas supliciantes.

Martha Moia, muy amiga mía, se va para USA en septiembre. Estará en New York del 14 al 18. Ignora si irá a tus árajes (y por supuesto ignora cuándo irá —o no). Si te encontrás con ella supongo que multiplicarás tu presencia en USA pues no puedo creer que no hablen de mí (hacelo con nostalgia, pues algo se me entrecorta en la voz cuando te nombro y adjunto: “¡No sé cuándo volverá!”.

(¿Volverás?)

La encantadora Lea me escribió desde (palabra arbitraria en letras griegas, I. B.) (¡ejehm!) y yo le respondí a pesar de mi desapego (semi-desapego) actual del mundo de las plumas y los papeles (espero los que me prometiste, pero esto es otro pseudo-chiste pues estoy lejana en ese sentido).

He sido expuesta a algunas pruebas algo excesivas (¡pero si no hay peso no hay medida!) y ahora sé un poquito más (por eso ya no me siento a la mesa y rumio horas y horas un adjetivo de algún poema). Sé un poquito más, comprendo algo más; y sí, es tan terrible y viviente y vibrante esto que alienta en esto que ahora soy. No sé en qué me he convertido. Pero mi mayor defecto lo sabés: la fidelidad.

“Sé fiel hasta la muerte”. (Apocalipsis). Que desmemoria no te guíe.

Un abrazo muy tierno de TU Alejandra».

Es particularmente notorio que escribiese: «También te mandaré mi nuevo libro El Infierno Musical (…) también, si consigo fuerza, algunos poemas recientes cuyo emblema es la negación de los rasgos alejandrinos. En ellos, toda yo soy otra, fuera de ciertos pequeños detalles: el humor, los tormentos, las pruebas supliciantes (…) Sé un poquito más, comprendo algo más; y sí, es tan terrible y viviente y vibrante esto que alienta en esto que ahora soy. No sé en qué me he convertido. Pero mi mayor defecto lo sabés: la fidelidad».

Allí habla de la «negación de los rasgos alejandrinos», de ser ella, ahora otra, de comprender algo más. Esa noche, esa memoria de sí que la sostenía, real o ficticiamente (el personaje alejandrino), ya no está; aquella vestidura que la poeta y el medio habían construido para conformar la leyenda a la vez que cubrir su desnudez, ahora no existe.

¿Qué hará con ello? ¿Dentro de qué contornos buscará si nunca fue? ¿Qué hará con un lastre del peso de un muerto? ¿Cómo durar ahora, en el abigarramiento de su personaje desposeído?

Entiendo que no pudo más. Que no tuvo capacidad de rearmarse nueva. Que no le dieron las fuerzas. Confundida en lo infranqueable, falta de la trama que la mantiene, la sustenta, la alimenta, Alejandra Pizarnik se desmorona en lo intangible de la realidad que se le presenta cara a cara.

Tal vez se desorienta, quizás se da cuenta de la verdad; puede que persona y poeta enfrenten ese momento para advertir que una y otra, ambas o las múltiples que acechan desde siempre son soplos componentes de un viento huracanado que la voltea sin líneas estructurales de donde asirse.

El personaje había mantenido a la persona. Ausente aquél, Pizarnik ya no tiene soportes para aferrarse ni capacidad de empezar con otro, las voces salen sin intenciones nuevas, la leyenda ha caído sin territorio donde afianzarse.

De allí en más lo que perdura de ella: la poeta extraordinaria insertada de manera propia y concreta en las generaciones que le siguen, aun peligrosamente ligada a su leyenda.

Alejandra Pizarnik, abierta desde 1972 al misterio del universo, sigue entre nosotros inmersa en el silencio totalizador de su palabra.

«no, la verdad no es la música
yo, triste espera de una palabra
que nombre lo que busco
¿y qué busco?
no el nombre de la deidad
no el nombre de los nombres
sino los nombres precisos y preciosos
de mis deseos ocultos
algo en mí me castiga
desde todas mis vidas:
Te dimos todo lo necesario para que comprendieras
y preferiste la espera,
como si todo te anunciase el poema
(aquel que nunca escribirás porque es un jardín inaccesible
—sólo vine a ver el jardín—)».
(1971) (9)

Confío en que, fuera de sus territorios atroces, haya encontrado el jardín.

 

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Referencias:

1) Alejandra Pizarnik: Semblanza, antología de Frank Graciano.
2) Contemplación, Pizarnik.
3) Cuento de Invierno, Pizarnik.
4) «En el caso de la edición póstuma, tenemos que la selección de sus diarios (1954-1971) se hizo siguiendo el criterio de Myriam Pizarnik, hermana de Alejandra y legataria de su obra, quien exigió que se hiciera una selección de fragmentos de contenido literario evitando las referencias a la vida privada de la escritora y de las personas mencionadas». (Los diarios de Alejandra Pizarnik: censura y traición. Patricia Venti 2004 Espéculo. Revista de estudios literarios).
5) Parte del escrito hallado en el pizarrón de su cuarto de trabajo después de su muerte. El texto completo es el siguiente:

criatura en plegaria
rabia contra la niebla
escrito
en contra
el la
crepúsculo opacidad
no quiero ir
nada más
que hasta el fondo
oh vida
oh lengua e
oh Isidoro.
Septiembre de 1972

6) Didier Anzieu: El yo-piel
7) Poco se conoce de la verdadera situación familiar de Alejandra Pizarnik durante su infancia. Mucho se traduce a través de sus escritos. Creo que para la autora hablar de su infancia es una forma de negarla, y más que rechazarla, ausentarla.
8) Historia de la eternidad, Jorge Luis Borges.
9) De Textos de sombra.

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Fuentes:

– Aira, César: Alejandra Pizarnik (Beatriz Viterbo Editora, 2001).
– Aulicino, Ricardo: De escrituras y tragedias (artículo Revista Ñ, diario Clarín, 7 de febrero de 2004).
– Bajarlía, Juan Jacobo: Alejandra Pizarnik, anatomía de un recuerdo (Editorial Almagesto, 1998).
– Becciu, Ana: Alejandra Pizarnik Prosa completa (Editorial Lumen, 2003).
– Becciu, Ana: Alejandra Pizarnik Poesía completa (Editorial Lumen, 2004).
– Bordeu, Rebeca: Psicoanálisis y literatura: Alejandra Pizarnik y el silencio (Universidad de Chile/facultades/filosofía/ANUA).
campo de psicologia.com: Alejandra Pizarnik 1936-1972.
Alejandra Pizarnik Cronología 1956-1972 (Instituto Cervantes, España, 2004-2005).

– Contreras-Ávalos, Nadia: Alejandra Pizarnik, un breve acercamiento amoroso a sus libros: La última inocencia y Las aventuras perdidas (Escrituras. Quesería, Colima, México, 1976).
– Danussi, Rocío: Acerca de Alejandra Pizarnik -poeta- (1936-1972) (para La radioteca de los sueños, Buenos Aires, abril de 2003).
– Estepa, Ramiro: La niña y la reina loca (Revista Contranatura N.º 01, Lima, 1997).
– Gago Domínguez, Blanca: Alejandra Pizarnik (Perfiles, Literatura Luke, julio de 2001).
– Gago, Blanca: Alejandra Pizarnik (Literaturas.com/Memoria).
– Garzón, Raquel: Debajo está ella, Alejandra (Clarín, 14 de setiembre de 2002).
– Graciano, Frank: Alejandra Pizarnik, Semblanza (Editora FCE, México 1984).
– Laguna, Alberto: Dos palabras para un reportaje (publicado en un diario de Rosario, 1966).
– Lander, Rómulo: Ética y estética del acto suicida (Publicado en Trópicos. Revista de Psicoanálisis. Año VII.v. 1. 1999).
– Llobet, Elena: Alejandra Pizarnik: cuando la poesía duele (tomado de El país cultural – Jornada semanal, 18 de febrero de 2001).
– López Luaces, Marta: Los discursos poéticos en la obra de Alejandra Pizarnik (revista Espéculo N.º 21).
– Malizia, Diana: Alejandra Pizarnik La poetisa del desamparo (Mujeres en la historia, 23 de setiembre de 2001).
– Moia, Martha Isabel: Algunas claves de Alejandra Pizarnik (entrevista publicada en El deseo de la palabra, Ocnos, Barcelona, 1972).
– Molina, Enrique (cuadernos 90, 1964: 89-90).
– Pérez, Carlos: Alejandra Pizarnik: textos de locura y de suicidio (artículo publicado en El club de analistas).
– Piña, Cristina: Alejandra Pizarnik (Colección Mujeres Argentinas, Editorial Planeta, 1991).
– Ravetti, Graciela: Alejandra Pizarnik y Ana Cristina Cesar: los bordes del sistema. (Revista Mulheres e Literatura. Editora: Dra. Priscilla Gac-Artigas).
– Rivera, Guillermo: Los mitos del suicidio (Galenored Internacional, 27 de setiembre de 2004).
– Urías, Tania: Suicidio juvenil – Cuando la voluntad es morir (Hablemos on line, 16 de noviembre de 2003).
– Venti, Patricia: Las diversiones púbicas de Alejandra Pizarnik (Espéculo. Revista de estudios literarios, 2003).
– Yurman, Fernando: Reflexiones sobre poesía y enfermedad mental (El Nacional, Caracas, 29 de julio de 2005).

 

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«Soy Adriana Pardo, buscadora de la palabra, peregrina del lenguaje, fugaz Adriana G. Pardoeventualidad de lo literario. Aspiro a reconocer los dominios del espíritu y sus impotencias, a experimentarme auténtica dentro del límite de mis umbrales, a aprender cada día de las orillas del silencio e intentar una línea de prueba que exprese la realidad que ven mis ojos. Sin títulos ni precedentes, sólo un par de Antologías compartidas, pretendo ir descubriendo los rasgos insondables de aquello que requiera formas nuevas. Soy de Buenos Aires, Argentina».

Contactar con la autora: luia02 [at] yahoo.com.ar

 Ilustraciones: Pizarnik byn, By Sara Facio (here)
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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre de 2014

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