Reseña de la novela de Andrés Barba
por

Ricardo Rodríguez Boceta

L

as buenas novelas suelen distinguirse por la difícil conjunción de un argumento atrayente y unas reflexiones elocuentes. La trama, y sus distintos episodios, son las metas a las que el lector va llegando a medida que avanza en la lectura. Pero para conseguirlo, es necesario que entre un punto y el otro existan frases, sentencias y metáforas que nos hagan pensar, que den un sentido especial y profundo a lo que pasa. Ambas premisas se cumplen en la nueva novela de Andrés Barba: República luminosa.

Ambientada  en  una  ciudad  en  medio  de  la selva, —El verde de la selva es el verdadero color de la muerte. No el blanco ni el negro—, la historia discurre con celeridad pero con la espesura y la riqueza de un río amazónico. Un funcionario narra en primera persona una serie de acontecimientos ocurridos en torno a unos niños salvajes llegados de no se sabe dónde. Sembrarán el caos y el miedo en el mundo de los adultos, germinará en la desgracia del protagonista que, desde la primera página, nos advierte: Casi todo el mundo tiene lo que se merece y los malos presagios existen.

Bajo esta sentencia fatal, la historia avanza de manera trepidante, con una tensión palpable que magnetizan las manos del lector con las solapas del libro. El hecho de que el principal antagonista de la novela sea un grupo de niños, sobre cuya infancia volcamos nuestros ideales más puros sobre el ser humano, hace que siempre exista la electricidad que provoca el buen suspense. Los niños se nos muestran como insectos parasitarios y, en algunas ocasiones, su comportamiento es tan oscuro y errático que dan miedo. El lector, ni tampoco el narrador, puede prever por dónde van a ir las cosas dado que es difícil, quizá imposible, retornar a la mente de la infancia.

Los 32, como serán llamados en los medios de comunicación, carecen de liderazgo. No hay uno de ellos que sea la cabeza pensante de lo que hacen, todos forman parte de la misma bandada y actúan sin ser muy conscientes de sus acciones. Su organización es lo suficientemente poderosa y libérrima como para ocasionar serios problemas a la población, y sobre todo a nuestro protagonista, destinado en San Cristóbal por un ascenso que él recibe con gran ilusión. Uno no puede dejar de empatizar con el pobre funcionario de servicios sociales al verlo superado por las circunstancias.

Resulta muy interesante la visión que se nos muestra de la infancia. Como hoy en día casi nadie lee, en los libros existe una verdadera libertad expresiva, que es aplaudida por el pequeño público lector y que no podría ser posible en las grandes plataformas artísticas, aquellas que llegan a todo el mundo y que, por eso, tienen que ser políticamente correctas para agradar y vender mucho. De esta manera, la idea sobre la niñez en la voz del narrador no responde al mero estereotipo consabido, si tiene algo «incorrecto» que decir lo hace y escribe: Me inclinaba por los ensimismados y los torpes y me generaban antipatía los protagonistas, los coquetos y los parlanchines (siempre he odiado las cualidades infantiles en los adultos y las «adultas» en los niños). Pero en el caso de los 32, sus cualidades rayan (y a veces superan a) las de los criminales más aviesos.

Desde el principio se tiene la intuición de estar frente a una obra de calidad literaria. Muchos capítulos se inician con máximas bien encontradas que invitan a coger el lápiz y subrayarlas. Algunas como Muchas veces nuestros peores defectos son consecuencia de nuestras mejores virtudes, pueden haber sido ya pensadas por el lector medio, pero encuentran en la prosa de Andrés Barba una cristalización de una fuerza diamantina. Otras como: En cierta ocasión leí que un sabio hindú atribuía todas las desgracias que le habían ocurrido en la vida a haber matado durante su infancia de una pedrada y por pura frivolidad, una serpiente de agua; nos hacen levantar la vista y pensar en los episodios y las acciones de la vida propia.

República luminosa es, en resolución, una acertada alegoría sobre la niñez pero, además, encuentra en este libro un espacio concreto y específico donde el narrador y el lector se ven en el espejo de su propia infancia perdida. Se lee rápido como el mejor de los superventas e invita a reflexionar sobre las grandes cuestiones vitales.

Premio Herralde de Novela. No se la pierdan.

 

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@ Contactar con el autor de la reseña: ricardorodriguezboceta[at]gmail.com

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 Ilustración artículo: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiar · n.º 96 · enero-febrero de 2018 · MARGEN CERO™ · Aviso legal

 

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