relato por
Rafael Guerrero Ríos

 

I

A través de la ventana veo los rascacielos que profanan un firmamento grisáceo. Abajo el paisaje es una telaraña de mugrientas poblaciones atestadas de humanoides.

Me acerco hasta donde se encuentra la recepcionista y le informo que tengo una reunión con el señor Gabriel Nas. La amable Nicosiana me explica que el caballero no ha llegado todavía, y me invita a pasar a uno de los despachos de la empresa.

Voy a trabajar para la empresa AccensNade, por lo que estoy convocado a una reunión en la central de Neefert, capital Neederiana. Me siento y escucho un interlocutor de ocio que se halla colocado sobre la mesa junto a otros dispositivos de entretenimiento: «…el comercio de ectoplasma humanoide AccensNade es de hecho la moneda de intercambio entre las naciones Natasianas. Los Neederianos aseguramos la producción industrial mediante la instalación de viveros en la franja espacial asignada sobre el sistema lácteo. El proceso utilizado para la obtención final de una materia prima de alta calidad se denomina estimulación biológica de nacimiento-vida-muerte. Como fase inicial, el nacimiento nos proporciona un cultivo químico, que dará paso a una fuente biológica adecuada para servir como base del ecto. El seguimiento de nuestros ingenieros nos permitirá en la siguiente fase-vida realizar una maduración gradual del producto en base a técnicas de desintegración genética. Para el almacenamiento final usamos un dispositivo seguro de última generación denominado d.a.e. muerte…».

Un par de Neederianos se encuentran por el pasillo y se saludan; su costumbre es agarrarse por los antebrazos y dialogar. Una elegante y espigada ejecutiva recorre el pasillo a grandes zancadas, para meterse en un ascensor y desaparecer. El hilo musical y el olor dulzón de la moqueta me empalagan de oficina.

Me avisa la recepcionista y entro a un cuarto más estrecho de lo que pensaba, con una mesa ramplona y una triste bombilla. Un Neederiano se sienta tras el escritorio, al otro lado de la estancia. Su cabello es blanco como la leche, y los ojos amarillos casi transparentes parecen no mirar. Es Gabriel Nas, gerente comercial responsable del departamento de recogidas. No deja de ser un perfil de gestión, así que no me encuentro demasiado cómodo a su lado.

—Me alegro de volver a verte Leox —me saluda animado desde la silla mientras se lleva la mano al corazón—. Acaba de llegar una partida de muestreos de ecto terrestre. ¿Te apetece una ampolla?

El Neederiano me la alarga, y yo la succiono con mi jeringonauta. Me la inserto directamente en uno de los corazones periféricos que tengo en el costado.

—Parece de buena calidad —le digo sin demasiado interés.

—Directamente traído desde la tierra; de los muestreos, ya sabes.

—Entiendo.

—Supongo que te habrán informado del motivo de la visita. Me refiero a si te han hablado del próximo apocalipsis terrestre. Nuestros ingenieros están realizando los últimos preparativos para la recogida final. Se está trabajando al máximo. Nada puede ir mal.

—Me han informado de los aspectos generales. No he trabajado nunca en Gea, así que no me encuentro al tanto de los detalles.

—Bien. Entonces voy directo al motivo de la reunión si no te importa —me regala una sonrisa nerviosa, carraspea y prosigue—. Se tienen que cumplir los plazos. Vamos a coordinar un sub proyecto perteneciente al plan matriz BIBLIA.

—Muy bien. Requiero especificaciones.

—Van insertadas en el ecto que te inyectaste con la jeringonauta. También llevas información técnica importante sobre el subproyecto que coordino. Luego, en el traslado a la tierra, lo visionas tranquilamente. Entiendo que manejas el procesador de textos neuronal de la empresa. No me gustaría que tuvieras problemas de compatibilidad.

Cierro los ojos y entablo una negociación con Nexus, mi cerebro maestro. Noto cómo sus dendritas muerden la espina torácica, y empiezo a notar la ventana neuronal asociándose al procesador de símbolos. Los datos bailotean ante mis células. El documento que he abierto es una presentación bastante fea, que contiene el título siguiente: «Proyecto BIBLIA. Especificación funcional».

—No tengo problemas de versión. Puedo abrir los documentos.

—Perfecto.  Muy bien.  Te cuento —vuelve a sonreír y a carraspear—. Los últimos trabajos sobre la tierra han detectado una fuga significativa de ectoplasma. No sabemos muy bien cómo se está produciendo, aunque siempre tenemos  una  serie  de  pérdidas  asociadas  al  pirateo  eritreo;  los  diábolos, ya sabes —como ve que pongo cara de no saber nada, me explica—. Es una derrama asociada al coste total, que ya tenemos contemplada y no nos preocupa. Los diábolos son rateros, casi todos Eritreos o Deasianos; realizan incursiones ilegales a la corteza terrestre para hacer pequeños negocios de menudeo de ecto, normalmente pactando contratos con algunos rebaños de humanoides. Sospechamos que los diábolos andan detrás, pero la fuga es mucho mayor, y no está contemplada entre los riesgos.

—¿De qué cantidad hablamos?

—Significativa. La gerencia se reunió para efectuar la planificación del apocalipsis, pero cuando visionaron los informes de estado no quisieron arriesgar, sin que antes alguien se desplace y realice una auditoría de la situación. A partir de ahí, una vez informados y con una buena expectativa de actuación, se procederá al raspado y traslado de la corteza terrestre a nuestras instalaciones de Alpha-Centauro. El diseñador de tareas automático eligió tu perfil como segunda mejor opción.

—¿Y por qué no habéis llamado al primero?

—No te fíes tanto de las máquinas. Una valoración posterior de nuestros expertos en inteligencia emocional se decantaron por ti.

—Me siento halagado.

—No es nada personal.

No es nada personal. Así he visto despedir a varios compañeros, y ahora estoy aquí, trabajando como técnico en auditorías ectoplásticas una vez más; con el privilegio de observar en primera fila la perfección del engranaje empresarial Neederiano. Ni más ni menos que con AccensNade.

—No tengo mucho más que comentarte. Te he dado una visión general de la operación. Tu misión es tan simple como realizar un informe de estado in situ. Desplázate a Gea, allí te espera un auxiliar de auditoría de tu misma raza. Su nombre es Geofonte. Lleva bastante tiempo destinado en la base logística, y tiene un conocimiento del entorno adecuado. Él te indicará los pasos a dar. Por otro lado tienes las especificaciones insertadas.

—¿Y si la auditoría arroja un balance menos optimista de lo que se espera?

—Eso no puede pasar. En el caso de que la fuga comprometa el proyecto hay que entregar un informe donde se sugiera el adelanto del apocalipsis. Entiéndeme. No quiero influir en tu trabajo, pero la situación no es tan complicada. No es la primera vez que contemplamos escenarios parecidos. Estoy muy convencido del trabajo que hemos hecho, y de la seguridad en sus plazos de entrega.

—Hablando de tiempos…

—No tenemos demasiado. En la próxima noche terráquea debería estar resuelto. A partir de ahí todo se complica, porque las máquinas para la recogida de la corteza ya están muy cerca…

—Poco tiempo.

—Es lo que hay. De todas formas no te preocupes. Tú haz lo que puedas. Pero sobre todo no estés allí para el final de la fase luna, porque empieza el raspado del manto.

—¿De qué material de trabajo dispongo?

—Tienes al ayudante. No sé si le conoces.

—¿Geofonte? No. No le conozco de nada.

—Vaya —veo que no le hace gracia tanta pregunta—. Geofonte te servirá como rastreador de ecto, y supongo que tendrás herramientas locales, recuerda que no podéis llamar la atención. Sobre todo se eligen Viajantes por su parecido al humanoide líder de Gea. Un contacto extraterrestre podría suponer una variación de ecto a la baja, además de que está prohibido y compromete el proyecto total. Lo hemos comprobado en otras ocasiones. Por otro lado, debo advertirte que las comunicaciones no pueden ser directas, así que Geofonte se encargará de transmitir la información —me dice mientras carraspea con fuerza—, ¿alguna cosa más?

—La imputación de jornadas…

—Eso lo tratas con recursos ahora cuando salgas. Posteriormente te vas a teletransporte, donde te indican el lugar para hacer la ubicación espacio-temporal.

El encargo de Gabriel Nas no es nada nuevo. Todos los humanoides tenemos un aspecto similar, por lo que puedo trabajar en la tierra sin llamar la atención.

Los Viajantes dormimos, y nos soñamos en el lugar del universo donde deseamos desplazarnos. Es algo así como cerrar los ojos para luego abrirlos en otro planeta, o en una nueva dimensión, o flotando sobre el espacio de un cuadrante lejano.

Trabajo como freelance. Lo hago por dinero. Los asuntos de los Neederianos nunca me han interesado. Para ellos sólo soy un individuo de la raza de los Viajantes.

Además, la política empresarial Neederiana siempre me ha parecido genocida. Sus ideas de raza son extravagantes; el universo conocido tiene multitud de vidas, y no encuentro ningún sentido el querer otorgar más valor a algunas especies sobre otras formas de vida diferentes. Todos estamos aquí para algo. Qué puedo decir, no me gusta y nada más. He visto demasiados seres vivos que no se podrían catalogar, demasiadas cosas inertes posadas sobre la corteza de los planetas, que yo siento vivas, que laten de no sé qué misteriosa manera, y que percibo existiendo y creciendo a través de la dimensión del espacio-tiempo que nos rige; tantos soles de vida, que me temo que mi vista cansada tiene suficiente pretexto para opinar que el devenir del universo no está planteado sobre la supremacía de algunas razas humanoides; es más, el universo no está estructurado de ninguna manera.

Así, en lo que respecta a su civilización, no entro en digresiones imposibles sobre el sentido de justicia que poseen; compartimos el tremendo amor por las riquezas tangibles que se puede encontrar en algunos planetas, pero ellos son los jefes del cotarro, y los Viajantes debemos ejercer los trabajos técnicos que nunca osarían realizar.

II

Cierro los ojos y me duermo. Conecto con mi cerebro maestro y negocio un punto de fuga para trasladarme a la tierra. Recibo confirmación y envío un comando TRANSLATOR_EX que me pone en funcionamiento. Mientras viajo he decidido ver la información que Gabriel Nas me coló con el ecto. No puedo evitar sentir que siempre voy un paso por detrás del Neederiano. El espacio de símbolos del procesador neuronal de textos se despliega sobre mi red interna celular.

«Proyecto BIBLIA. Especificación Funcional

Tres fases

– Génesis → Configuración de condiciones climáticas. Generación Biológica.

– Nacimiento-vida-muerte → Creación, producción y almacenamiento de ectoplasma sobre una base humanoide terrestre.

– Apocalipsis → Raspado de corteza terrestre. Recogida del producto almacenado sobre el d.a.e. Eliminación de deshechos biológicos residentes vivos».

Me llama la atención el d.a.e muerte, y defino un comando bashmind de activación de hipervínculo en la ventana neuronal. Observo el logotipo de AccensNade mientras un torrente de especificaciones técnicas fluye por la corriente eléctrica de mi espina torácica.

«Dispositivo de Almacenamiento Muerte

Modelo Celestes – Serie AX

Versión AX201.111.234.VXSD

Capacidad: 1 GigaEstrella… dispositivo reúne especificaciones de protocolo estándar M.u.e.r.t.e (Modo Unificado Extendido de Reasignación y Traslado Ectoplástico). … la recogida del material se efectúa una sola vez por aviso de saturación, con resultado de extracción concluyente…

Siguen un conjunto de medidas que no logro entender. Ojeo diversas ventanas neuronales, pero toda la información me resulta enrevesada.

Aplico un comando bashmind de retroceso, y requiero información sobre el humano terrestre.

«…base de cultivo utilizado en Gea para la metempsicosis artificial… flujo de maduración del producto se realiza a través de procesos nacimiento-vida-muerte… estructura molecular diseñada como soporte de alta eficiencia asociada a secreciones de plasma… se desactiva el funcionamiento físico de la base humanoide para proceder a la extracción en bruto de la materia etérea…».

Me adelanto tres ventanas y observo datos sobre las configuraciones orgánicas más interesantes.

«…Único cerebro superior y corazón maestro que coordinan la actividad nerviosa y sanguínea como elementos indispensables …el sistema digestivo realiza una dispersión energética con diferentes densidades sobre la superficie de la base en un formato transparente e inodoro… sistema locomotor asociado al enriquecimiento linfático mediante actividad física…».

Muy parecido a cualquier humanoide, exceptuando sus procedimientos de flujo y coordinación mental.

Consulto datos sobre los diábolos con un cosquilleo de curiosidad.

«…navegantes Eritreos dedicados al contrabando (Véase planeta Erit). Sus incursiones en la tierra son vistas por AccensNade como un expolio ilegal.…».

El indicador mental de navegación me avisa que ya he llegado. Cierro el punto de fuga con el comando TRANSLATOR_EX_CLOSE. Me desperezo y abro los ojos. Logro distinguir una habitación oscura. Al fondo, entre las sombras, el desdibujado perfil de un individuo se sienta sobre un sillón de orejeras. Hay un amplio ventanal detrás que tiene las cortinas echadas.

—El viaje supongo que bien —me dice Geofonte.

—Como nuevo. Un descansito y ya estoy aquí.

—Me alegra tanto optimismo.

—Y por qué no, todo marcha a la perfección. La primera parte está hecha. Espero que te hayas encargado de tu trabajo.

—Hemos tenido suerte de que te hayan elegido. ¿Y qué hubiera pasado?

—Habría venido de todas maneras. Pero las cosas están mejor así. Ahora tenemos más tiempo.

—¿Te ha preguntado si me conocías?

—Sí; pero le he dicho que no. Todo va bien. No sabe nada. No tiene ni idea de cómo se produce la fuga. Supongo que ahora me lo dirás tú. Cuéntame a quien le tenemos que robar el ecto.

—¿Acaso dudabas de que eran los Eritreos? Empiezo por lo que sabes; cuando no me comprendas me paras. Los humanoides terráqueos están pensados para que a lo largo de su vida generen el ecto, que les va recubriendo el cuerpo como un manto invisible de energía. Ellos ni se enteran. Mejor así; sería muy triste saber que una empresa Neederiana hace negocios con el componente vital de tu alma, forzándote a realizar una transición no autorizada hacia el d.a.e. muerte. Cuando se desactivan, ellos lo llaman morirse, el dispositivo de almacenamiento se encarga de recoger el artículo del cuerpo inerte, y almacenarlo en un tipo de celda etérea de la que no conozco su versión. Sabes que actualmente el d.a.e. ya está saturado, que quiere decir que toca recogida. Los Neederianos van a traer sus recolectoras y arrasarán toda la corteza del planeta; la van a raspar para trasladarla entera hasta las factorías de Alpha-Centauro; algo así como pelar una manzana y llevarse la cáscara.

—Sí, eso me lo comentó Gabriel Nas.

—Hay que tener cuidado con Nas. Le conozco. No es de esas personas que uno pueda saber lo que piensa.

—Está contemplado.

—Si tú lo dices. Prosigo. Las operaciones previas al apocalipsis consisten en la sobre estimulación violenta de los humanoides mediante el desarrollo de un método denominado «Los 7 sellos». Las cosas andan revueltas ahí afuera, así que prepárate para ver asuntos desagradables cuando salgamos a la calle. Los estudios han demostrado que la cosecha aumenta mediante la aplicación previa de ciertos tipos de stress.

—No he entendido nada.

—No tiene importancia. Ya lo verás. La banda que está robando humanos es Eritrea. Aprovechan el estado de caos vinculado al apocalipsis para realizar rafias de gránulos humanoides, y llevárselos a una base portátil que tienen montada. Allí debemos efectuar el golpe.

—No me parece un buen sistema de almacenamiento el d.a.e. muerte.

—A mí tampoco, pero los Neederianos lo han hecho así, y ya no tiene vuelta atrás; están muy interesados en demostrar que el sistema por saturación ectoplástica es el más productivo del mercado interplanetario.

—Se van a quedar con las ganas.

—Puede ser.

—Todavía no me has dicho quién lo está robando.

—El líder es un Eritreo llamado Satanás; capitanea una banda bastante irritante. Hay un asunto añadido; el grupo tiene ciertos motivos… digamos que políticos.

—Entiendo. Explícamelos.

—¿Conoces la historia de los diábolos?

—Algo me comentó el Neederiano en Neefert. Son contrabandistas.

—Fue la secta que hace unos par de ciclos estelares robó el carbonato natásico en Uliar. Fue sonado. Se llevaron una cantidad considerable, después de pasar por la piedra a todos los vigilantes.

—¿Pasar por la piedra?

—Perdón, es la jerga terráquea. Me refiero a que mataron a los vigilantes con sondas acústicas. Van bien armados. No son buena gente. Dejaron un mensaje luminoso reivindicando la libertad del pueblo diábolo, una tribu local Eritrea arrasada por AccensNade y el gobierno Neederiano, ya cansados de sus continuos robos. Ahora quieren urbanizar su propio campo de humanoides, vaya usted a saber dónde. Lo piden por la libertad del pueblo terráqueo, pero los muy astutos no renuncian al cultivo sobre ellos, aunque lo justifican diciendo que lo malo no es la producción de plasma, sino el sistema de almacenamiento d.a.e. muerte. Ellos se decantan por una instrucción más acorde con la naturaleza inmortal del individuo, y un raspado gradual que no lo desactive. Así se aseguran las premisas éticas necesarias asociadas a su cultura; extraen ecto, pero desechan la injusta muerte del sujeto.

—Suena bien. Posibilidades que tenemos de éxito.

—Eso depende de la edad que tenga uno. Si yo fuera joven te aseguro que no me metería en un asunto de tal complejidad. No sería recomendable para mi salud. Ahora me da igual. Estoy aburrido. Han pasado demasiadas estrellas desde que nací, y no me importaría apagar el motor. ¿No piensas lo mismo que yo, compañero?

—Posibilidades que tenemos de éxito, por favor.

—Lo veo difícil. Tenemos una ventana temporal muy corta…

—Improvisaremos —le digo con intención.

—Esta es la última oportunidad que tenemos para decidir no hacerlo —me dice.

—Pues vamos a ello. ¿Qué cantidad de humanoides almacenan y dónde?

—Un rebaño grande. Unos cien mil individuos hibernados celosamente en cámaras frigoríficas. El plan es acceder allí y apoderarnos de la nave mediante algún tipo de engaño que todavía no puedo imaginar.

—Debemos transportarlos hasta el cinturón de Asteroides fronterizos de SSolarLactea, y allí los exprimimos.

—¿El ectoplasma te refieres? —me dice Geofonte haciendo una mueca extraña.

—Por supuesto. ¿Te pone nervioso algo?

—Sí. Me pone muy nervioso hacerme rico y dejar de trabajar para los Neederianos.

—Perfecto, vamos a ponernos nerviosos los dos. Creo que nos va a hacer falta. La situación es ideal, los Neederianos han mordido el anzuelo, ahora dime dónde custodian el ectoplasma los diábolos.

—Lo tenemos cerca.

Geofonte descorre las cortinas que hay tras él. Puedo observar una porción de cielo oscuro con resplandores en el horizonte; los rayos caen silenciosos y sin avisar. Es de noche. Demasiado oscuro. Cuando me acerco hasta la ventana puedo ver que nos hallamos muy cerca del aeropuerto. La vista no se parece en nada a lo que vi la última vez que estuve aquí. Las pistas de aterrizaje están resquebrajadas, y el alquitrán forma placas que se pelean unas encima de otras. La terminal es un montón de escombros derruidos, con algunas paredes todavía en pie, y a su lado veo claramente varios aviones terráqueos calcinados. Una inmensa nave de carga Eritrea se haya posada sobre todas las pistas, y sobre una gran parte de un descampado adyacente. La distancia que nos separa del aeropuerto es de un par de kilómetros, por lo que puedo observar con nitidez todo lo que alcanza mi vista.

Al lado de la puerta de la nave Eritrea logro distinguir una hoguera sobre un bidón. Alrededor hay dos Diábolos con cara de reptil montando guardia con sus armas al hombro. Están hablando entre ellos. Desde esta distancia puedo leer sus labios, y reproduzco mentalmente la conversación que mantienen.

—Llévalo al hangar —dice un Eritreo de cejas calcáreas a su compinche.

—¿Porque no lo llevas tú?

—Me ha dicho Bafonet que te acerques al hangar con la carga.

El de al lado se levanta y recoge una botella. Intento ver de qué es. Es néctar Neederiano. Parece que se están emborrachando. Se acerca rezongando hasta una plataforma móvil, de esas que se utilizan en los aeropuertos para llevar maletas. Encima hay un montón de cajas de hibernación.

—Supongo que esos son humanoides ya congelados.

—Exacto.

El Eritreo arisco se desplaza empujando la plataforma hasta el hangar. En el portalón hay otro diábolo con el arma en la mano. Logro distinguir el resplandor de una hoguera reflejada sobre el metal de un avión terráqueo partido en dos.

—Satanás debe de estar en el interior —le digo.

—Eso parece.

—¿Cuántos calculas que debe haber?

—Unos ocho o nueve diábolos.

—Ahora damos un rodeo y entramos por el descampado, por detrás de la nave nodriza. Nos encargamos de los vigilantes y nos subimos. Tú la conduces. Con un poco de suerte nos podemos escapar sin que los del hangar se enteren.

—¿Y si se enteran?

—Entonces ya sabes.

—Mejor para nosotros —me dice Geofonte con cierta ansiedad.

—¿De qué armas disponemos?

—Terráqueas, como ellos. Te presento al señor Smith and Wilson.

Geofonte me alarga una pistola automática manufacturada en la tierra. También me da dos cargas de cartuchos y un cuchillo.

—La pistola ya está cargada con 12 tiros. Quítale el seguro. Las dos cargas que te doy es por si hay más ensalada. Recuerda que para matar a los Diábolos tienes que partirle los dos corazones de los costados, o separarles el cerebro del cuerpo. Si todo va bien en un rato estamos comiendo caracoles en Viajantia.

—No me gustan los caracoles.

III

Hemos entrado a las pistas de aterrizaje desde un descampado lleno de arbustos y basura. Nos vamos acercando entre las sombras a la enorme nave Eritrea, que hunde su panza sobre el barro mojado del suelo, y más adelante resquebraja el alquitrán bajo su pesado cuerpo. Siempre he recordado la tierra como un lugar que tiene una extraña belleza y una temperatura agradable, pero ahora compruebo que no se parece en nada a lo de antes. El cielo está completamente despejado, pero los rayos culebrean en latigazos eléctricos que surgen desde la nada. La luna redonda se dibuja roja como una gota de sangre, y como fondo de estrellas, aproximándose por la cara oculta, tan sólo hay un tejido esponjoso y masivo de nubes grises de dióxido de carbono que se acercan lentamente como el humo de una explosión piroclástica. Es el polvo que precede a las recolectoras Neederianas. A lo lejos se oyen los truenos, que retumban ásperos como tambores de guerra, y al pasar junto a una torre cercana veo cómo desde su estructura nacen pequeñas descargas filiformes que amenazan el suelo que la rodea. Hay una extraña calma, pero la electricidad electrostática me eriza los cabellos, y hay un olor sulfuroso que ofende las pituitarias. Intento distinguir algún humanoide terráqueo, pero no logro ver ninguno.

—No recuerdo que la tierra fuera un lugar tan desagradable —le digo en voz baja a mi compañero.

—No has visto nada. Son los efectos de los 7 sellos previos. Aumenta la producción de ectoplasma justo antes de la recogida.

Escondidos tras uno de los costados del carguero nos apostamos muy cerca de donde se hallan los dos vigilantes del bidón. Están calentándose las manos frente a la puerta de la nave mientras custodian el botín de humanos. Detrás de ellos está el hangar, a una distancia de 100 metros más o menos, medio oculto por un avión que se atraviesa partido en dos sobre la pista. No hace frío, pero los diábolos están acostumbrados al calor ígneo de su planeta, y el bochorno acuoso que palpita en el ambiente no debe parecerles suficiente para sus escamas regadas de sangre fría, por lo que extienden sus manos hacia el fuego con el arma bajo el brazo. Asomo la cabeza con cuidado para que no me detecten, y observo la cara de reptiles humanoides de los dos Diábolos que tenemos que desactivar. Uno es alto y fuerte, con cara de estar de mal humor y mirada penetrante de serpiente; el otro, más delgado, pero con facciones duras y membranosas, no para de pegarle lingotazos a la botella de néctar.

Le indico a Geofonte que yo me encargo del más alto. Cojo una piedra que hay en el suelo para arrojarla contra el avión terráqueo. El ruido les hace girarse hacia el lado opuesto, mientras levantan y apuntan sus armas. Nos están dando la espalda. Ahora o nunca. Corro hacia el más alto, que se ha revuelto al oír mis pasos. Intenta dispararme mientras se da la vuelta, pero logro pegarle una patada en la culata, y el rifle cae al suelo con un ruido sordo. Me lanza un zarpazo con las espinas de la mano, pero logro esquivarlo por muy poco, aunque las púas que tiene en el dorso me arañan el brazo cuando hundo mi cuchillo sobre su costado izquierdo. Veo en el fondo de sus ojos las pocas ganas que tiene de morirse, aunque él y yo sabemos que no le queda más remedio. Huelo su aliento de carroñero cuando me arrea un cabezazo en la cara que me tira al suelo. Eso no me lo esperaba. Saboreo la sangre de mis narices cuando se abalanza sobre mí con sus afiladas púas por delante; le tiro el cuchillo desde mi posición, que se hunde en el otro lado de su pecho. El segundo corazón también está partido. Cae al suelo de rodillas, para morirse a cuatro patas echando borbotones de sangre amarillenta por la boca. Ningún ruido. Geofonte se está encargando del otro, y veo como termina de atravesarle el cuello hundiendo el cable de acero, hasta que le siega la cabeza con esfuerzo. La cara de mi compañero está llena de sudor. Hay un olor dulzón a sangre que pronto alertará a los que están en el hangar. Debemos darnos prisa. Todo parece que marcha según el plan previsto. La puerta de la nave de carga Eritrea está al lado, repleta de humanoides terrestres saturados de ectoplasma hasta el cogote. Un buen botín.

Andamos con prisa hacia la puerta. En cualquier momento alguien del hangar nos podría ver, pero tenemos suerte y deben estar todos calentándose las manos en la hoguera. El plan es entrar, arrancar, y salir volando sin que se enteren, pero me consta que es una esperanza inútil pensar que no vayamos a tener complicaciones. Tres sombras aparecen por el quicio de la puerta de entrada a la nave. Ya llegan los problemas. Van armados. Nos estaban esperando. Nos separan unos diez metros de ellos, y entiendo que si queremos conservar la vida, la única solución es correr hacia el avión terráqueo partido en dos para que nos sirva de refugio. Son tres caras de lagarto, y no me cabe la menor duda de que el más feo, el de la izquierda, es Satanás. Le lanzo mi cuchillo desde donde estoy, pero el Eritreo se tira al suelo y fallo. Geofonte dispara, y la bala revienta en uno de los corazones de otro de los diábolos. El herido salta y corre hacia nosotros disparando. Oigo silbar las balas a mi alrededor. Geofonte vuelve a apuntar y le revienta. El Eritreo cae fulminado al suelo. Corremos para escondemos tras los hierros oxidados del avión terráqueo. Disparamos. Los Diábolos también disparan. Un balazo me alcanza la mano y noto una punzada penetrante que explota entre mis falanges. Me he quedado sin arma; la pistola se ha convertido en un amasijo de hierros humeantes sobre el suelo. Satanás y sus compinches se ocultan en el costado de la nave, al acecho de cualquier maniobra nuestra. Su cuerpo robusto y su mirada de asesino profesional se recortan parcialmente escondidas contra la luna roja de sangre.

—Y ahora qué hacemos —me dice Geofonte con la cara llena de sudor y la mirada esquiva.

—No tengo ni idea.

Nos miramos a la cara. Veo las gotas que le recorren la frente. Tiene el vidrio gelatinoso de una mirada insegura, y yo sé porqué, aunque es demasiado tarde; más allá, sobre su cabeza, volando por el cielo oscuro aparecen dos luces azules que identifico enseguida. Dos aviones de aerotransporte militar Neederianos sobrevuelan con la intención de aterrizar a nuestro lado. Los Diábolos disparan contra la amenaza volante, pero cualquier intento de alcanzar una nave de ese tipo en movimiento es imposible.

Una ráfaga de disparos llega desde el cielo para reventar los cuerpos de los Eritreos en mil pedazos. Veo la cabeza de Satanás rebotando por el suelo mientras su sangre amarillenta de reptil encharca el suelo de las pistas de aterrizaje. Por un momento me quedo sorprendido y miro hacia arriba; veo los focos de las naves iluminando el suelo que acribillan. La sangre me gotea entre los dedos destrozados, y la mano herida no para de palpitar con su dolor.

—Son Neederianos. Tenemos un problema —le digo a mi compañero.

Geofonte me está apuntando con la pistola.

—Levanta las manos Leox, y no hagas nada de lo que te puedas arrepentir. Lo siento. Los Neederianos me han pagado más.

El último diábolo que queda intenta huir, pero una descarga cruzada desde el cielo le parte en dos. Aparecen dos o tres Diábolos desde el hangar disparándonos. Geofonte ni se inmuta. No tengo nada que hacer. La nave de vigilancia despanzurra tripas y sesos Eritreos por el alquitrán agrietado de la pista de aterrizaje.

Los aerotransportes militares no tardan en tomar tierra. Por la compuerta veo aparecer a Gabriel Nas y a cuatro soldados de asalto. Tras ellos van los dos ejecutivos que vi agarrándose los antebrazos en la oficina. Geofonte me indica que salga con las manos en alto. El jefe se acerca hasta nosotros.

—Me has decepcionado Leox. Tanto tiempo trabajando juntos, y ahora quieres robarme la carga.

Gabriel Nas se acerca hasta donde se halla Geofonte y le da la mano.

—Un buen trabajo.

Los dos ejecutivos van detrás de Gabriel.

—Te presento a Rafael Nas y Miguel Nas, gerentes de AccensNade.

Cierro los ojos e intento dormirme, por lo que entablo una negociación rápida con mi cerebro maestro para abrir un punto de fuga que me permita escapar a otro planeta. El comando me devuelve un Error 507. Las comunicaciones neuronales están bloqueadas o fuera de cobetura. Vuelvo a abrir los ojos para ver cómo Gabriel me vomita una sonrisa despiadada.

—El efecto de nuestras recolectoras. No hay cobertura. Lo siento, pero no te vas a poder escapar.

—Supongo que estoy despedido.

—No lo dudes —me dice—. Tu actitud no ha sido buena, ni profesional ni ética, y me temo que vamos a tener que prescindir de tus servicios para siempre. Por supuesto, lo que íbamos a pagarte por el trabajo lo desviamos a judicial, para que costee la demanda que vamos a interponer contra ti. Lo siento por tu consultoría, pero les vas a costar un capital.

—Ya veo.

Sobre el cielo empieza a llegar un ruido ronco y viejo como el nacimiento del universo. Las nubes de polvo cósmico van engullendo la luna poco a poco, y entre sus voluptuosas ampollas de humo van apareciendo las afiladas cuchillas de dos enormes recolectoras Neederianas.

—Los trabajos de raspado van a empezar. Te recomiendo que busques una nave y salgas rápido de aquí. Si puedes.

Los cuatro soldados de asalto vuelven corriendo del hangar, y colocan cargas explosivas en la nave Eritrea.

—Tenemos  una  hora  terráquea  —dice  uno  de  los  soldados  de asalto—, deberíamos marcharnos.

El grupo de Neederianos y Geofonte vuelven sobre sus pasos sin despedirse. Se montan en las naves. Dos rayos de luz fluorescente acuchillan el cielo; los cohetes trazan una elipse pronunciada hasta que se escabullen entre los inmensos costados de las recolectoras.

Estoy pensando que debería irme cuanto antes. La nave eritrea va a explotar en una hora, y no hay posibilidad de desactivar la bomba. Camino tranquilo hacia el hangar entre el ronquido universal de las recolectoras y la luz violenta de los rayos. El viento sopla cada vez con más fuerza, y los faldones de mi chaqueta repican sobre los bolsillos de los pantalones. Entro y me dirijo hacia la esquina derecha, donde se halla el bidón de la hoguera. Una botella de néctar Neederiano se halla sobre un tablón grasiento que hay a modo de mesa. La recojo con la mano que todavía tengo sana, y le pego un buen lingotazo. Sí señor. Me agacho y escarbo en una de las paredes. De un pequeño agujero horadado en el cemento saco un reflector luminoso de mensajes. Lo activo. La luz del proyector me devuelve la figura medio traslúcida de Satanás.

—Si estás viendo esto, es que todo ha ido bien. Ya te dije que Geofonte no era de confianza. Error tuyo. Vale, se han llevado el señuelo creyéndose que era la carga, pero las 120.000 almas humanoides de nuestro contrato ya habrán llegando al cinturón de asteroides fronterizos SSolarLactea. A estas horas nosotros ya estaremos clonados de nuevo en el banco genético de reproducción artificial, así que nos vemos allí. Recuerda que estamos aquí por algo en común: la lucha contra el poder Neederiano y su rapiña opresora contra los pueblos. Ahora los hombres y mujeres de la tierra optarán a una vida mejor, y con su ectoplasma podremos liderar la revolución. Te he dejado una nave interplanetaria rápida bajo tierra por si tuvieras problemas. Está en el parking subterráneo de la terminal T7.

El horizonte se llena de polvo, y a lo lejos las recolectoras empiezan a arañar con sus cuchillas la atmósfera terrestre. Ya se acerca el final de la noche, y comienza el apocalipsis, la recogida. Es la hora de irse.

 

círculos separadores relato Los ladrones de ectoplasma

RAFAEL GUERRERO RÍOS (Madrid; 1965). Informático. A finales de 2012, publicó el libro Accidente en la biblioteca perdida (www.amazon.es/Accidente-En-La-Biblioteca-Perdida /dp/8490150311).
 
Contactar con el autor: rafaelguerrerorios [at] msn.com

 

 Lee otro relato de este autor: El fumador de hachís

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

Biblioteca de relatos Los ladrones de ectoplasma

Más relatos en Margen Cero

Revista Almiar – n.º 67 / enero-febrero de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

(Total lecturas: 121 ♦ Reciente: 1)