relato por

Alejandro Nájera

 

Naked, I lay on the shores
Of desert islands.

The white whale of the world
Hauled me down to its pit.

And now I don’t know
What in all that was real.

CZESLAW MILOSZ

 

T

ras la amarga noticia que ese día había recibido, Juan Carlos llegó a su casa absolutamente desalentado y resuelto a sumergirse en la tina de baño para olvidarse, al menos por un momento, de todo. Natalia aún no estaba en casa, lo cual le hizo sentir un alivio no exento de cierta culpa. Tendría algunos minutos de soledad para tratar de relajarse y pensar en una explicación más o menos convincente que apaciguara los nervios de Natalia. Ella tenía motivos para continuar con esa racha de mal humor y ansiedad que la había poseído durante las últimas semanas. Juan Carlos y su amigo Miguel habían presentado un proyecto para la construcción de un complejo cultural, pero la resolución ya se había prolongado por varios meses. Durante ese tiempo, Natalia se había hecho cargo de la mayor parte de los gastos; el dinero apenas alcanzaba para pagar las cuentas y la renta del departamento. Natalia lamentaba ya no poder ir de compras como antes, mientras que Juan Carlos había tenido que abandonar esas reuniones con sus amigos que tan placenteras le resultaban. Sobre todo, ambos echaban de menos sus largas vacaciones de verano, los paseos de fin de semana fuera de la ciudad, e incluso sus constantes visitas al cine o al teatro, que se habían convertido en un eficaz soporte de su vida en pareja.

Juan Carlos había invertido todo su tiempo y buena parte de su dinero en el proyecto. Después de haber trabajado durante cinco años en un despacho de arquitectos —casi el mismo tiempo que llevaba de vivir con Natalia—, un día decidió ya no estar bajo el mando de un sujeto que, a su parecer, era un inepto con mucho menos talento que él. El sueldo no era malo, pero además del odio silencioso que profesaba contra su jefe, estaba harto de diseñar esas unidades habitacionales que sólo servían para abultar las carteras de un montón de mercachifles y embaucadores. Sin embargo, la razón principal era que deseaba trabajar por su cuenta para desarrollar todas sus ideas y sus verdaderas capacidades. Así que una tarde, después de salir del trabajo, Juan Carlos contactó a Miguel, se reunieron en un café, y le bastaron un par de horas para convencer a su amigo. El plan era extraordinario, pero Natalia no estaba de acuerdo con que Juan Carlos abandonara su trabajo. Él argumentó que el proyecto requería de una atención absoluta y, por ende, de todo su tiempo. Natalia nunca estuvo totalmente convencida, pero el entusiasmo de Juan Carlos la contagió a tal grado que decidió brindarle su apoyo.

El proyecto se puso en marcha. Juan Carlos y Miguel trabajaban de manera ardua pero placentera; sin duda formaban un buen equipo. De hecho, la parte más grata del proyecto fue el proceso de su creación. Durante varios meses ambos gozaron de la felicidad que sólo puede brindar aquella labor que se realiza con libertad absoluta e interés genuino. El resultado fue tan satisfactorio que los colmó de grandes esperanzas y mucho optimismo. Sin embargo, los siguientes procedimientos operaron en sentido contrario: conseguir un sinfín de documentos, llevar a cabo tediosos trámites burocráticos, entrevistarse con empresarios elegantes que los miraban de manera desconfiada y displicente, lidiar con autoridades corruptas… En fin, la aprobación del proyecto comenzó a aplazarse de manera indefinida. Los ahorros se estaban terminando. La tensión comenzó a apoderarse de la casa. Natalia se mostraba inquieta y preocupada. La falta de dinero y las explicaciones de Juan Carlos la fastidiaban. Y él mismo, en secreto, comenzó a descreer de sus esperanzas y motivaciones.

Las discusiones no se hicieron esperar. No había día en que Natalia no exhortara a Juan Carlos a buscar un nuevo empleo. Él, al pensar en el hastío de volver al restirador de un despacho, inventaba miles de razones para persuadir a Natalia de seguir confiando en sus planes. Lo que iniciaba como una conversación terminaba en un cúmulo de reproches, reclamos, insultos y una rotunda negativa de parte de Juan Carlos, quien, invariablemente, salía del departamento azotando la puerta mientras Natalia se quedaba tendida en el sofá, llorando o jadeando de ira.

De modo que ese día, en cuanto Juan Carlos abrió la puerta y se dio cuenta de que ella aún no había llegado, aventó su portafolios y se dirigió a la habitación para quitarse aquel traje que tanto aborrecía. Mientras se esforzaba en desatar su corbata, pensando en aquel lejano día en que su padre lo enseñó a anudarse dicha prenda, recordó casi simultáneamente ese NO definitivo que entró por sus oídos como una bala que aniquiló algo en su interior. Según Alcalá, el licenciado con quien se habían entrevistado, faltaban documentos de suma importancia para dictaminar a favor del proyecto. La verdadera razón fue obscenamente velada por una farragosa explicación con la que Alcalá, a través de un lenguaje que pretendía ser ambiguo, les pedía una cuantiosa suma de dinero con la que ellos no contaban. En medio del largo silencio que se produjo en la oficina, Juan Carlos y Miguel intercambiaron una mirada de desencanto (contemplando la posibilidad de dejarse corromper para dar salida a su proyecto, a pesar de que les era prácticamente imposible conseguir el dinero), mientras Alcalá, con una sonrisa de falsa amabilidad, les clavó una mirada con la que parecía burlarse de su situación, para luego rematar con una negativa triunfal y categórica. Juan Carlos recordó la escena con disgusto, pero se sintió satisfecho al pensar que, al despedirse, se rehusó a dar la mano a Alcalá, como si tal acto le hubiera hecho daño a ese hombre o, en todo caso, como si tal acto hubiera reparado el daño que el licenciado le había hecho a él.

Cuando logró quitarse la corbata, Juan Carlos se sorprendió pensando otra vez en su padre. Aun más, fue la primera ocasión, después de mucho tiempo, que experimentó un incomprensible sentimiento por aquel hombre que había muerto hacía varios años. Se dirigió a la cocina intentando definir esa sensación que la imagen de su padre le había provocado. Mientras sacaba una cerveza del refrigerador, descubrió que sentía una extraña compasión por aquél. Tal pensamiento lo impacientó y decidió olvidar el asunto tratando de inventar lo que más tarde le diría a Natalia.

Fue inútil. Tan pronto como se sentó en el sofá, recordó la extenuada figura de su padre cayendo con pesadez sobre la orilla de la cama, casi del mismo modo en que él lo había hecho. Mientras sostenía la botella de cerveza en su mano izquierda, contempló en su mente aquel rostro abotagado, cuyas arrugas habían trazado un mapa donde se podían ubicar, con alarmante precisión, la angustia, la tristeza, la desilusión. Recordó las tardes en que su padre llegaba del trabajo para inundar la casa con su aflicción a pesar del entusiasmo con que su madre lo recibía. Tras la orden de que se fuera a jugar por otro lado porque «mamá quiere hablar a solas con papá», Juan Carlos se escondía detrás de la puerta para escuchar los infortunios de su padre: su imposibilidad para conseguir un mejor empleo, sus intentos inútiles para que le subieran el sueldo, los despidos inexplicables.

Un conflicto poseyó el alma de Juan Carlos, que a un mismo tiempo experimentó una insospechada comprensión por su padre y aquel franco rechazo que desde muy joven manifestó hacia él. Dominado por el hartazgo, bebió su cerveza de un trago y se dirigió al baño. Abrió las llaves del agua para llenar la tina. Fue a la habitación para desnudarse y sacar una toalla limpia. Al volver, tocó el agua con la punta de sus dedos: estaba caliente y se sentía espesa, como la leche que su madre le daba todas las mañanas antes de ir a la escuela. Sin pensarlo más, se metió en la tina. La sensación fue reconfortante, aunque no tanto como la había imaginado durante el camino a casa. El alivio no fue mayor al de otras ocasiones. Más bien, se decepcionó al advertir que seguía refugiándose en todas esas cosas que alguna vez le habían producido tanto placer. Deseó volver a sentir la fascinación de la infancia, aquella sensación que lo asaltaba cuando aun las situaciones más banales lo colmaban de asombro. Deseó, sobre todo, que Natalia estuviera a su lado en ese momento, mas no la mujer que lo sofocaba con sus persistentes quejas y reclamos, sino aquella con la que había compartido tantas ocasiones de felicidad que ahora parecían tan lejanas. Tuvo la impresión de haber vivido con dos mujeres distintas, como si la Natalia de la que se había enamorado se hubiera confinado en algún rincón del pasado para ser reemplazada por otra físicamente idéntica, pero con una personalidad insoportablemente desconocida. En todo caso, parecía que en ella se había operado un cambio que él jamás había intuido. Lo peor era que aún no se le ocurría nada de lo que le iba a decir.

El agua tenía una temperatura templada. Cerró los ojos. Sumergió su rostro como en los días en que competía con sus amigos para ver quién soportaba más tiempo bajo el agua. Trató de enumerar los segundos en su mente, pero después del sexto perdió la cuenta. Sin percatarse, lo asaltó la calidez de una marea distante. En ese momento le fue imposible oponer resistencia al mar, aquella playa desolada muy cercana a la casa de su tío Eugenio. Pasmado por la inmensidad del océano, apenas se atrevía a mojar sus pies flacos y pálidos, por donde corrían los ceñidos arroyos de sus venas. De vez en cuando levantaba la mirada para observar con curiosidad la paciente labor de tres pescadores de torsos desnudos y morenos. Desde el cielo se escuchaban los gritos hambrientos de las gaviotas, que volaban en círculos bajo un sol deslumbrante que sólo le permitía ver las oscuras siluetas de las aves. En sus puños apretaba un cúmulo de conchas y guijarros que la marea había arrastrado hasta la playa. Cuando empezaron a salirse de sus manos, los arrojó tan lejos como pudo para devolverlos al mar. De pronto, vio que su padre se acercaba hacia él con una piedra lisa de hermosos matices plateados. El hombre hizo una seña para llamar su atención, luego inclinó su cuerpo hacia la derecha y lanzó la piedra, que dio tres saltos consecutivos sobre la superficie del agua. Juan Carlos soltó los guijarros que le quedaban en la mano y comenzó a buscar piedras semejantes. Tras varios intentos fallidos, al final logró que sus lanzamientos fueran tan eficaces como los de su padre.

Abrió los ojos. El vapor que se había esparcido en el baño formó una bruma que le produjo una sensación de irrealidad. Volvió a cerrar los ojos y al instante sintió que su padre lo tomaba de la mano. Caminaron unos tres pasos y se posaron frente al mar de modo desafiante, como un par de guerreros resueltos a luchar contra un ejército descomunal. El océano respondía al reto con sus rugidos, lanzando a la vanguardia sus bélicas marejadas. Avanzaron un par de pasos más. El agua chocó contra las rodillas de Juan Carlos y lo hizo trastabillar, pero su padre lo sujetó para evitar que cayera. Sin embargo, Juan Carlos se sintió atemorizado y forcejeó para soltarse mientras escuchaba que su padre decía: «No pasa nada, hijo, no tengas miedo», pero Juan Carlos ya estaba corriendo de regreso a la playa. Al pisar la arena seca volvió a sentirse seguro, luego volteó para buscar a su padre y se sorprendió al advertir que éste lo observaba con una mirada serena, que contrastaba con la amenazante furia que tenía por delante. Su padre se dio la vuelta y caminó hacia el mar. Una ola inmensa lo cubrió por completo. Juan Carlos lo vio desaparecer. Con los ojos completamente abiertos, sintió que los segundos se prolongaban para luego precipitarse hasta el fondo de su interior. Aterrado, miró hacia todos lados para buscar a su madre, pero sólo halló a los pescadores. De repente observó que su padre emergía de las fauces acuáticas que parecían haberlo devorado. Lo vio salir intacto, radiante, victorioso, caminando con firmeza, sin herida alguna, con el cabello humedecido, que reflejaba el resplandor del sol, como si éste se hubiera convertido en su aliado para hacer frente al mar. Lo vio acercarse con una sonrisa jubilosa, con los ojos brillantes de emoción, el vello de su pecho acentuando su valentía, su virilidad. Se posó frente a Juan Carlos, y mientras acariciaba suavemente su cabello le habló con ternura: «Ya ves que no pasa nada, hijo. No hay nada qué temer». Juan Carlos lo miró fascinado y tuvo la impresión de que su figura se había agigantado. Le pareció que estaba frente a uno de esos superhéroes que había visto en los cómics o en la televisión. Sí, su padre era un héroe que había vencido al mar. Lo creyó por algunos años hasta que el tiempo y las circunstancias se encargaron de desengañarlo.

En el cuarto de baño no se escuchaba ruido alguno. Era un silencio muy semejante al que entonces distinguía a Juan Carlos: un silencio que batallaba para ocultar su desencanto, su resentimiento, sus inexpresables deseos de escapar. En aquella ocasión, como cada año, volvieron al mar, pero todo era muy distinto. El paisaje ya no lo asombraba; sus tíos y sus primos le parecían unos provincianos lenguaraces e irritantes; su madre lo sacaba de quicio con sus recomendaciones y advertencias; su padre se había convertido en un sujeto amargado que conducía su frustración hacia súbitos arrebatos de ira que Juan Carlos tomaba como afrentas personales. Por si esto fuera poco, había engordado de manera obscena. Se preguntaba con insistencia a dónde se había ido aquel hombre al que había admirado tanto. Aburrido de las vacaciones, de la compañía de esos desconocidos que eran sus parientes, y deseoso de volver a la ciudad para reunirse con sus amigos, salió de la casa para caminar hacia la playa.

El viento tropical lo asfixiaba. La arena se le metía entre los dedos y le producía un escozor intolerable. Llegó al mismo sitio donde años atrás había presenciado la hazaña de su padre, como esperando que aquel héroe resurgiera de las profundidades para que todo volviera a ser como antes y, desde ahí, cambiar el curso de las cosas. En verdad quería regresar al tiempo en que su padre lo colmaba de admiración, seguridad y esperanza. Por supuesto que nada de eso ocurrió. Se sentó sobre la arena y observó la puesta de sol. La tarde era hermosa, pero presentía que le ocultaba una verdad de su existencia que le tomaría mucho tiempo descifrar. Los destellos anaranjados del cielo y la insospechada serenidad del mar lo confundían; era un misterio que le provocaba incertidumbre y perplejidad. Tuvo la impresión de que la belleza del escenario era inaccesible, que su padre jamás la había conquistado, que sólo había realizado un truco barato para impresionarlo, como muchas de las mentiras que le contaba para disfrazar su fracaso. Se convenció de que había sido engañado por muchos años. Una ráfaga de viento levantó una ola que le salpicó el rostro para despertarlo del pesimismo en que había caído. La marea se alejó con parsimonia y en ese instante, a pesar de no saber lo que sucedería en el futuro, Juan Carlos tomó una decisión: jamás sería como su padre. Haría hasta lo impensable para conseguir lo que el otro no había logrado; cumpliría sus objetivos y cambiaría las circunstancias de su vida para no terminar como ese hombre. Clavó furiosamente sus dedos en la arena, como si quisiera cavar una fosa donde enterrar los recuerdos que lo unían a ese fracasado. Se levantó con la idea de olvidarse de él y convertirse en un hombre distinto. Volvió a la casa del tío Eugenio satisfecho con su nueva resolución.

Al fondo se escuchaba el timbre del teléfono, pero nada, absolutamente nada podía contener ese flujo de recuerdos que corría por su mente: el día que decidió estudiar arquitectura, sus años de dicha en la facultad, la dedicación que ponía en su empleo de medio tiempo y en sus estudios, los desvelos, los esfuerzos, las incontables horas de trabajo, pero también los amigos, las fiestas, el orgullo de ser uno de los mejores alumnos de su generación, la primera vez que vio a Natalia —a quien escuchó llegar al departamento y dirigirse a la habitación para luego tocar la puerta del baño: «Juan Carlos, ¿ya llegaste? ¿Estás ahí?»—. Llaman a la puerta, pensó. Así es, Juan Carlos, decía el arquitecto Venegas, un profesor de la facultad con el que había trabado una buena amistad, de ahora en adelante no queda otra más que tocar puertas, se lo dijo unas semanas antes de que terminara sus estudios, hay que enfrentar la realidad. Qué distinto pensaba el arquitecto Venegas, qué distinto de su padre, quien buscaba cualquier pretexto para escapar de la realidad, incluso de él mismo.

Había que enfrentarse al mundo. Tan pronto como colgó el título en la pared, salió a buscar trabajo. Las oportunidades no se hicieron esperar. Consiguió varios empleos y cada uno de ellos era mejor que el anterior. Lo estaba logrando: estaba cumpliendo sus objetivos, estaba cambiando las circunstancias de su vida. En muy pocos años se había vuelto independiente y ya estaba pensando en vivir con Natalia. Sin duda se había convertido en un hombre distinto a su padre.

Así lo creyó por algún tiempo hasta aquel día en que sonó el teléfono. «Juan Carlos, ¿ya vas a salir? Es tu madre…». Juan Carlos tomó el auricular y escuchó la noticia: Tu papá, hijo, tu papá… ¿por qué lo hizo? Volvió al mar para arrojar las cenizas de su padre. Sintió en sus manos el polvo que quedaba de él, esa sustancia que tenía casi la misma consistencia de la arena que años atrás había cavado para sepultarlo. La realidad había pulverizado a su padre, pero Juan Carlos ya lo había enterrado desde antes, mucho antes de que él siquiera pensara en hacer lo que hizo. Se había olvidado casi por completo de él, y las veces que por algún motivo lo recordaba, lo hacía con indiferencia. A pesar de ello no se sintió culpable. Mientras arrojaba las cenizas, pensaba que había sido el desenlace lógico para un hombre que jamás supo enfrentar la vida. «¡Juan Carlos, te habla tu madre!». Cierto: no experimentó remordimiento alguno, pero el rencor que sentía se fue diluyendo poco a poco, como esas cenizas que el viento dispersaba sobre el océano bajo el atardecer. La muerte había logrado reconciliarlos a medias: Juan Carlos ya no odiaba a su padre, pero no permitió que su fallecimiento lo confundiera o lo perturbara. De hecho, se alejó del mar empeñado en seguir su propósito.

«¡Juan Carlos!».

Aquella noche no lloró, pero en ese momento percibió un sabor a sal en las gotas que humedecían sus labios. Volvió a oír los pasos de Natalia dirigiéndose al cuarto. Natalia. El trabajo. Las cuentas de la casa. La renta. Los fines de semana. El sexo. Las reuniones familiares. Las vacaciones. El proyecto rechazado. Natalia. La cotidianeidad de los días, esa corriente de sucesos que arrastraba su vida por un curso indefinido. El agua comenzó a moverse en un vaivén aletargador. Observó su cuerpo bajo la superficie: desfigurado, variable, ondeando caprichosamente, como queriendo disolverse en el agua, mezclarse con ella para apartarse de él mismo. Entonces tuvo la certeza de que la realidad lo había paralizado, que la idea del proyecto había sido un espasmo inconsciente para salir de la marisma en que había caído. Pero esta vez se sintió irremediablemente hundido y sin deseo alguno de hacer nada. Sólo quería abandonarse en esa somnolencia que lo invadía poco a poco, dejarse llevar por esa marea que lo arrastraba hacia una zona hasta entonces desconocida.

El teléfono no paraba de sonar. ¿Dónde diablos está Natalia? ¿Por qué no contesta?  Se vio salir de la tina como si estuviera situado en un rincón del cuarto de baño. Se enredó en la toalla y caminó hacia el teléfono mientras se seguía con la mirada.

Contestó: Sí, diga. Era su amigo Miguel, quien hablaba con un tono de júbilo para darle la noticia de que el arquitecto Iturralde (¿Lo recuerdas? Por supuesto, ¿cómo voy a olvidarlo?) se había comunicado con él para ofrecerles trabajo en un despacho que acababa de abrir. ¿Cómo ves?, preguntó Miguel. Juan Carlos se quedó callado observando a Juan Carlos, quien lo había seguido hasta la sala. Preguntó: ¿Hoy es jueves? ¡Qué rápido pasa el tiempo! Sí, qué rápido, respondió Juan Carlos y agregó: Parece que fue ayer cuando murió tu padre. ¿Lo recuerdas? La pregunta de Miguel se sucedía como un eco en su mente: ¿Cómo ves? ¿Cómo ves? ¿Cómo ves?… Juan Carlos seguía mirando a Juan Carlos, esperando que lo ayudara a tomar una decisión. Pero no era necesario tomar decisión alguna: sencillamente no había otra opción: tenía que olvidarse del proyecto, de la idea de trabajar de manera independiente para desarrollar su talento; tenía que arrumbarse en una oficina ajena a todas sus aspiraciones. Finalmente respondió: Está bien, Miguel, dame los datos de Iturralde para comunicarme con él. Juan Carlos le alcanzó rápidamente la agenda para que anotara el teléfono y la dirección del despacho. Justo en ese momento, Natalia estaba abriendo la puerta del dormitorio. Juan Carlos se escabulló de regreso al baño. Juan Carlos se quedó parado al lado del teléfono para darle la noticia. Natalia se acercó a él escuchando con atención y sonriendo, luego lo abrazó. Aprovecharon el inusitado momento de felicidad para hacer el amor. Más tarde, aún tendidos en el sofá, decidieron tomar el poco dinero que quedaba de sus ahorros para irse de vacaciones. Ahora ya no hay nada de qué preocuparse, dijo Natalia, quien se levantó para ir a ducharse. Juan Carlos se quedó acostado, fumando y preguntándose: ¿Ya no hay nada de qué preocuparse?

La pregunta seguía rondando en su mente mientras conducía hacia el mar. No contaban con suficiente dinero para gastar en alojamiento ni en comidas, así que decidieron llegar de sorpresa a casa del tío Eugenio. En cuanto tocaron la puerta, salió a recibirlos su primo Jairo con ese carácter bullanguero que tanto irritaba a Juan Carlos. En la casa se encontraban su tío, su tía Cecilia, su madre, su amigo Miguel (¡¿Qué diablos hace Miguel aquí?!), su primo Aurelio, dos mujeres gordas, casi idénticas, que, supuso, eran las esposas de sus primos, y una media docena de niños que gritaban y corrían por la casa haciendo un escándalo desesperante. Juan Carlos y Natalia se sentaron en unas incómodas sillas de madera. Mientras Cecilia repartía cervezas para todos, se sucedió una serie de preguntas abrumadoras e inoportunas: ¿Cómo has estado?, ¿qué has hecho?, ¿qué dice el trabajo?, ¿cómo va el proyecto? Miguel ya nos contó, ¿Por qué nos tienes tan olvidados?… Juan Carlos se concretaba a responder con vaguedades haciendo un gran esfuerzo por parecer amable. Apenas había pasado media hora pero ya se sentía fastidiado. El calor era extenuante. Su cerveza estaba caliente. El sudor hacía que la camisa se le pegara a la piel. Estaba convencido de que jamás se acostumbraría a vivir en un lugar así, y desde el fondo de sus pensamientos la pregunta se repetía de modo interminable: ¿Ya no hay nada de qué preocuparse?

Juan Carlos se levantó con el pretexto de ir al baño y subió las escaleras. La disposición de la casa seguía siendo la misma. Al caminar por el corredor, vio la habitación donde se alojaba con sus padres cuando iban de visita. La puerta estaba abierta. Se asomó. Ahí estaba su padre, muy joven, recargado sobre la cornisa de la ventana y observando con melancolía hacia el horizonte. En la cama había un niño tendido con las manos bajo la cabeza, mirando con tristeza y desconcierto al hombre que estaba en la ventana. Juan Carlos bajó la mirada y se dirigió al baño. Al entrar, se acercó al lavabo, se echó agua en la cara y tomó una toalla para secarse. ¿Ya no hay nada de qué preocuparse?

Salió del baño y volvió por el corredor. Entró en la habitación donde había visto a su padre y se acercó a la ventana. El mar se estremecía con más fuerza que de costumbre. De pronto sintió que alguien lo observaba: era él mismo, de niño, recostado sobre la cama con sus manos bajo la cabeza. Juan Carlos miró al pequeño y distinguió una expresión de tristeza y desconcierto en su rostro. Salió en seguida de la habitación.

Tras avanzar unos cuantos pasos, escuchó unos tenues gemidos que provenían de la habitación contigua. Abrió la puerta con sigilo y observó la espalda desnuda de Lizbeth, la joven sobrina de su tía Cecilia. Juan Carlos se encontraba debajo de ella con sus inexpertas manos asidas a la estrecha cintura de la muchacha; sus piernas delgadas, extendidas sobre la cama, se convulsionaban de placer; sus ojos ávidos recorrían los morenos pechos de Lizbeth, las caderas que describían movimientos oscilantes, incesantes, la oscura vellosidad de su sexo, los ojos cerrados que parecían emparentar el goce con el dolor. Esa muchacha, que se entregaba a él por algún motivo inexplicable, se convirtió, aquellas vacaciones, en la única razón sustancial para volver a esa casa. Porque Juan Carlos asociaba la belleza de Lizbeth con el mar: su cabello ondulado y revuelto que caía para salpicarle el rostro, su voluptuosidad, su cadencia, su penetrante aroma inundando la habitación, el sabor a sal del sudor que le escurría por el cuello, esa esencia inabarcable e inextinguible de su cuerpo, que después del clímax lo sumía en un estado de placidez y confusión absolutas. Lizbeth. Cómo lamentó su inesperada huída. ¿Dónde está Liz? ¿Ya no vive aquí?, preguntó su madre un año después. No. Fíjate que se escapó con Beto, el hijo de don Chinto. Nadie sabe a dónde se fueron, los condenados, escuchó responder a su tía Cecilia desde la cocina. Tras estas palabras sintió un vacío que entonces le fue imposible interpretar. Tuvo que pasar algún tiempo para comprender que se había enamorado de ella. Cómo anheló, en ese momento, que Lizbeth se hubiera escapado con él: tal vez eso sí hubiera cambiado las circunstancias de su vida. Jamás lo sabría. Juan Carlos decidió abandonar a los jóvenes amantes y cerró la puerta con sumo cuidado, para no interrumpir esos instantes eternos.

Al bajar las escaleras se detuvo al escuchar a Natalia: Ya le dije que tengamos un hijo, pero él no quiere. Se apresuró a bajar creyendo pertinente exponer sus razones, pero al instante percibió una voz conocida: Juan Carlos comenzó a elaborar una serie de pretextos con una elocuencia que confundía y enfadaba a sus parientes, mientras Juan Carlos, desde la escalera, no se cansaba de repetir: ¿Cuál es el propósito de tener un hijo? La escena le resultó inquietante por su familiaridad. No sé si esto sucede, ya sucedió o va a suceder. No lo supo, pero le pareció que su vida estaba a punto de precipitarse en una catarata de experiencias ordinarias e insignificantes. En ese momento sintió el impulso de escapar y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, lanzó una última mirada a Juan Carlos, el más extraño de todos los que estaban ahí reunidos.

Caminó hasta el mar siguiendo la misma ruta de aquel día que decidió ser distinto a su padre. Se sentó sobre la arena. ¿Ya no hay nada de qué preocuparse? Ya le dije que tengamos un hijo, pero él no quiere. ¿Cuál es el propósito de tener un hijo? No hay nada que temer. Hay que enfrentarse a la realidad. Tu papá, hijo, tu papá… ¿por qué lo hizo? ¿Lo recuerdas? ¿Cómo no lo voy a recordar? ¿Cómo ves? ¿Cómo ves? ¿Cómo ves? No veo nada. ¿Hoy es jueves? Sí. ¿Y mañana?

Se levantó al advertir que la playa estaba desierta. Se desnudó, se tendió sobre la arena y contempló el atardecer, el oleaje precipitándose contra las rocas, la marea y su flujo incesante, como la realidad que gradualmente arrastró a su padre hasta hundirlo. El mar que se estremecía frente a él no era menos incomprensible, no era menos hermoso. Y era real. Tan real como el vaivén de las aguas que impulsaba su cuerpo hacia el fondo, como la compasión, la ternura, la incomprensible necesidad de estar al lado de su padre. Cerró los ojos. A la distancia escuchó la voz de Natalia: «Juan Carlos, ¿dónde estás? ¡Contesta, por favor!». Pero al sentir que el mar acariciaba su rostro, se negó a abrir la puerta.

 

arabesco relato el mar

 

Alejandro Nájera (Ciudad de México, 1978) es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas Inglesas por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ejerce la creación, la crítica y la traducción literarias. Ha publicado reseñas, ensayos y traducciones para distintos medios impresos y electrónicos, tales como La palabra y el hombre (revista de la Universidad Veracruzana), Diario de Xalapa, Centro Onelio. Formación Literaria y la revista Letras e intrusiones, de la cual es miembro fundador, editor y colaborador.

Las colaboraciones en medios electrónicos pueden visitarse en los siguientes sitios:

– Revista La palabra y el hombre
(www.uv.mx/lapalabrayelhombre/17/contenido/
entrelibros/EnLi1/articulo1.html)
– Revista Letras e intrusiones
(www.letraseintrusiones.wordpress.com)

Contactar con el autor: alej_nm [at] yahoo.com.mx

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

 

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TRES RELATOS SORPRESA (traídos aquí desde nuestra biblioteca)

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Revista Almiar – n.º 64 / mayo-junio 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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