relato por
Pedro J. Martínez Aguilera

 

D

esde que nací vivo en la casa modesta que fue de mis padres, y que está en una calle con casas del mismo estilo; una planta con fachada de dos ventanas enrejadas, puerta de madera vieja y zócalo de cemento decorado con figuras geométricas hechas a base de herramienta afilada, regla y poca imaginación. Las que se han ido reformando ya tienen una mano de pintura más alegre y han colocado losas en los zócalos, e incluso, ya poniendo de relieve una capacidad de ahorro poco común en aquel barrio, cambiado el tejado por otro con vigas de hormigón y tejas de un granate envidiable; y así, dicen los vecinos ufanos y viejos, ya nos dura hasta que muramos.

No se ha de extrañar de que la desesperación aflore con más frecuencia en casas que, como la mía, el abandono les da un aspecto triste. En mi caso, por ejemplo, fue una mañana de sábado frente al espejo; otro día de esos en que no tenía adónde ir ni con quién hablar. Muchas veces he pensado en la mala costumbre que tuvo mi juventud —e imagino que la de muchos— de hacerse promesas a sí mismo acerca de un futuro del que no sabía nada, y aún menos de las sorpresas que la propia transformación personal trae consigo: inseguridades, nervios, complejos; un batiburrillo que, mezclado con el distanciamiento de aquellos que no toleran a quienes desprenden excesivas vibraciones nerviosas, acaba por convertirle a uno en un atónito espectador de los que triunfan en la vida y se pasean con aura de felicidad y satisfacción; y eso es algo que a los pobres, envidiosos e inconformistas como yo, nos toca las narices.

Varias veces como observador de mí mismo frente al espejo había podido apreciar que el paso del tiempo me estaba agriando y torciendo, literalmente, el gesto. Se desequilibraban las partes de mi cara; que si una oreja más alta que la otra, el tabique de la nariz como queriendo irse al lado menos malo, un ojo abierto, asustado, y el otro adormilado, confuso. Qué carajo es esto, me estuve preguntando, ¿siempre ha sido así o la tristeza me hace redescubrirme de un modo diferente?, ¿son la melancolía y la ansiedad acaso quienes trabajan sobre mi cuerpo para perpetuarse, como si quisieran hacerme suyas, ser mis dueñas? Pero aun siendo hombre apocado, no acababa de resignarme a desaparecer antes de tiempo, así que la mañana del estallido, o que con originalidad llamaré del espejo mágico, con el pijama aún puesto, descalzo, despeinado y ojeroso, y probablemente con alguna vía urinaria atascada, abrí la boca tensionando las comisuras hasta el dolor y comencé a rugir, tímidamente al principio, no fuera a escucharme algún vecino; pero quién, si están sordos como las paredes que nos separan, y me vacié, qué coño, de la rabia contenida en una sucesión de alaridos, chillidos, graznidos, maullidos, mugidos. Y los ojos se abrían cada vez más brillantes en un marco ceñudo y arrugado.

Una vez desahogada el alma, me dispuse a averiguar en qué podía acabar aquel dolorcillo en el bajo vientre. Me apreté con la yema de los dedos y una punzada retrocedió como un rayo hasta la columna vertebral y por allí subió a la cabeza para emborronarme la vista un instante. Pero si algo no soy es hipocondríaco; ya ve, tengo de todas la manías y obsesiones imaginables, pero no eso; permanezco inmune a la preocupación por causas médicas, a no ser que, como me sucedió hace un par de años, afecte al corazón, como si fuera el único órgano del cuerpo capaz de matarme sin mi consentimiento. Una mala racha —me despidieron de mi anterior trabajo, la relación con una buena mujer se resquebrajaba (y se quebró, al fin), la gata contrajo un cáncer extraño y un poco espeluznante en la entrepierna— acabó por generarme una buena muestra clínica de arritmias, benignas al parecer, que me hacían trastabillar en las escaleras, entre los árboles imponentes y majestuosos de un parque, o por una avenida concurrida en fecha señalada. Y es que cada cosa tenía sus propias representaciones mentales, pensamientos y añoranzas ponzoñosas asociadas, y fuera como fuese, con sus correspondientes vínculos y resonancias en el músculo cardíaco y en alguno de la cara, provocándome también tics eléctricos, inesperados e inoportunos. Pero eso ya había pasado, y entonces sólo era un hombre desesperado sin una sintomatología fisiológica que me preocupara: lo del vientre no sería más que una pasajera infección de vejiga, pensé.

Y seguí pensando, ya vestido y sentado en la butaca frente a un documental de animales africanos, que por qué no dar un vuelco a mi vida; no, más aún, por qué no cambiarla por completo, empezar de nuevo. Vale, sí, que quitarse de encima una personalidad hecha en cinco décadas de vida no iba a ser posible, pero sí desprenderse de lo material ligado a ella y buscar un nuevo espacio vital, lejos, con otro clima, otras gentes, otra lengua, otras costumbres,… en definitiva, que no me conociesen de nada y poder reinventarme. Y para no demorarme en enredos mentales que no conducirían más que al desánimo, al desaliento, me levanté, apagué el televisor y me fui a la habitación de los trastos, a hurgar los interiores de las cajas cogidas de algún supermercado, para ver si daba con una mochila grande de acampada que guardaba desde mi juventud, allá por los ochenta. Cuando tras un buen rato de ejercicio y remembranzas inesperadas la encontré, quedé gratamente agradecido de que las cosas antes se hicieran para durar: buenos materiales y cosidos a conciencia para que yo ahora pudiera emprender la marcha hacia un futuro mejor. No de un modo drástico y definitivo, claro, pues eso sería demasiado repentino y brusco; más bien se trataría de una tentativa experimental, una prueba, un acercamiento que me permitiera ir sopesando la validez del proyecto, si era o no descabellado, si había en él cuajo suficiente. Ya, un tontería, un juego, lo sabía, pero es que no sé dónde escuché que no tuviéramos miedo de cometerla si actuar con cordura hasta entonces no nos había hecho felices; era como tirar por el camino desdibujado de la encrucijada.

Descartado siquiera pensar en gestiones financieras y administrativas, lo primero era tomar carrerilla haciéndome a la idea de mi aspecto ya vestido con la indumentaria adecuada y con la mochila de aventuras; así que la llené sin muchas cábalas previsoras con pantalones, sudaderas, camisas, camisetas y un par calzoncillos, hasta lograr el peso y el abultamiento que me parecieron óptimos; y luego me puse unos pantalones de camuflaje militar que me venían un poco pequeños, una camiseta de manga corta verde, unas botas marrones y una gorra del mismo color. Y así dispuesto me volví a mirar en el espejo y el hombre que vi tenía un semblante distinto al de primera hora de la mañana. Me sorprendió la audacia y la determinación que destilaban mis ojos, brillantes, como encendidos por una corriente de energía nueva y renovable, prometedora.

Al salir a la calle, el aspecto plomizo del cielo no fue como otras veces un aciago presagio de vacuidad en las horas venideras; aunque tampoco es que las cosas hubieran sufrido ninguna perceptible transformación como fruto de la proyección de entusiasmos interiores. De hecho, todo seguía con su habitual capa de suciedad y la gente si hacía alguna mueca era de extrañeza ante la inesperada presencia de un expedicionario ridículo de la sabana en un sábado en mitad de una ciudad ya bastante grande y cosmopolita. Sí que es verdad que las hierbas y los árboles retoñaban con un verdor tierno y fresco, y que los caracoles habían salido a trazar sus etéreos caminos de baba, y que los pájaros piolaban en ajetreado y fogoso despertar; pero nada de eso era nuevo para mí, pues no era la primera vez que yo, sensible a los ciclos de la naturaleza, conectaba brevemente con mi entorno y me apercibía de sus sutiles y bellos movimientos. Y a fuer de ser sincero, esta vez tardé menos en desconectar y tirar cuesta arriba pensando ya en el camino que debía seguir para llegar a la estación de tren; la de autobús quedaba descartada por carecer de sugestivas vías, y por allí ni puertos ni aeropuertos había si no mediaba antes un medio de transporte terrestre.

Dos calles llevaba ya recorridas yendo hacia la parte más nueva de la ciudad, donde relumbraba la nueva estación del AVE con todos esos ventanales enormes que le colocaron en la fachada, y para desviarme a la derecha y seguir por la calle de Las Tres Cruces hasta el parquecillo del Conejo (así lo llamo porque ese animal apareció allí un día con su pesada y domesticada figura con el afán de excavarse una lastimosa madriguera que le dejaría el culo al aire), se me ocurrió cruzar pisando el asfalto que había junto a unos contenedores de basura y de reciclaje que ocultaron momentáneamente mi figura, de modo que cuando el coche amarillo dobló la esquina con una velocidad inapropiada e incívica, debí de aparecer yo de repente como un saco de retención arrojado de la boca de uno de aquellos depósitos verdes. El frenazo se confundió en mi cabeza con el chirrido de los dientes, que se juntaron y apretaron al unísono con las otras partes del cuerpo, quedando yo expuesto como un bolo al golpe del parachoques. Pero no hubo impacto; no al menos en ese instante, y pude desde la inmovilidad escuchar cómo se abría y cerraba con fuerza la puerta del coche y una voz femenina me increpaba y reprochaba la insensatez con que había obrado usando estas palabras: «¡Y a ti qué coño te pasa; eres gilipollas, subnormal o qué!». Y yo, que sentí una oleada de rabia cabalgándome por la espalda, en cuanto la tuve a tiro, dejé ir los brazos hacia esa figura femenina, bella y ondulante que se me aproximaba. Por desgracia la sensatez no llegó a tiempo, otra vez, de evitarlo, y mis manos la impulsaron por los hombros hacia atrás con la fuerza suficiente para que la chica trastabillara y se fuera de nalgas al suelo, donde permaneció de puro asombro plantada sin moverse; un momento de murmullos alrededor y un nuevo portazo que me heló la sangre: no me había percatado de la otra presencia en el coche. Al darme la vuelta, unas manazas de Hércules me agarraron por el cuello y comenzaron a zarandearme de tal modo que sentí estremecerse hasta los últimos cimientos de mi ser; y luego, aprovechando el muy animal aquél la inercia de la cabeza en uno de sus bamboleos, me aplicó un puñetazo que me provocó un dolor en el pómulo de un nivel desconocido para mí hasta entonces. Las piernas desfallecieron y me dejé caer sin conseguirlo. Aquel tío tenía unos bíceps, tríceps y de todo muy grandes y me sostuvo en vilo sin modificar un músculo de esa cara dura y roja que tenía a apenas unos centímetros de la mía, ahora con los ojos abiertos y analizando la situación desde la relajación a que me había llevado la rendición absoluta a los acontecimientos y la gravedad. Quizás como una afrenta, una venganza anticipada o un regocijo extemporáneo, me recreé en la imagen de la chica que debía de tener a mi espalda en aquel momento de levitación, no sé si sentada o de pie, y me recordó con su  pelo  moreno,  sus  ojos  azules  y sus  carnes magras —ya ve qué ocurrencias en mitad de aquel aprieto y escuchando los chillidos agudos de alguna niña que había por allí y que desde su inocencia estaría intuyendo algo muy malo para mí—, a la chica que protagonizó la primera película de Transformes; ¿cómo se llama? No sé Qué Fox. Muy jóvenes y muy guapas, las dos, y él, un imbécil y feo descerebrado; un pensamiento inoportuno que debió de aflorar a mis labios como una sonrisa ofensiva e intolerable para su vanidad, pues me arrojó de bruces con gran estruendo metálico y de huesos sobre el capó, y me agarró por el pelo del cogote, para, seguidamente, y aunque no llegara a ocurrir era más que previsible, hundirme las narices y la cabeza en la chapa amarilla. Afortunadamente la chica se compadeció de su coche e hizo por evitar malos mayores; agarró a su novio por el brazo y le dijo que venga, pollito, ya vale, ya le has dado lo suyo, déjalo ir, que mira, nos están grabando esos críos y no vaya a ser que aún tengamos lío con la justicia. Ale, cariño, ya, que al capullo este lo vas a matar y va a ser peor.

Ya me había soltado, pero yo permanecía tumbado sobre el coche, con la cara vuelta hacia la acera donde un grupo de gente miraba la escena con cierto regocijo. Una mujer todavía conservaba innecesariamente su mano tapándose la boca para silenciar un grito. Que no había sido para tanto, me hubiera gustado decirle, que no se preocupara, que aún estaba entero y dispuesto a levantarme y largarme con dignidad de aquel morboso escenario. Y lo hice, pero no como yo había previsto, porque una vez de pie y vuelto hacia los dos individuos que de un modo u otro me habían agredido, el suelo comenzó a moverse como la cubierta de un barco, los edificios a desaparecer tras un telón blanco, y acto seguido sentí que de la boca del estómago subía una masa espesa y dolorosa que hizo que me doblara y diera arcadas con expulsión de una mixtura espantosa, amarillenta y roja de sangre. Todo el mundo, incluida la chica, que debió de dejar a un lado rencores y aprensiones, comenzó a movilizarse y alarmar al vecindario. No, no, no, dije levantando las manos, quieto todo el mundo, grité; y tú, dirigiéndome a la chica del Ford Ka amarillo, mirándola a la cara joven y guapa, y tú… No sé por qué, ya hecho y curtido como estoy, comencé a llorar, tapándome la cara sangrienta, emitiendo hipidos y sorbiéndome los mocos, sintiéndome como un ogro bueno, chepado —porque aún llevaba la mochila a la espalda— y desgraciado. Y así es cómo abandoné la escena, tomando una dirección cualquiera. Qué tropiezo más absurdo en el primer intento de acercarme a la libertad.

En casa me desprendí como pude de todo el atuendo, dejando un reguero de prendas sucias y gotitas de sangre hasta la ducha; me enjaboné, aclaré e inspeccioné las múltiples magulladuras; fui a la habitación, me puse el pijama y me acosté con cuerpo y alma doloridos. Sin haber llegado a conciliar el sueño, me levanté a media tarde y, a falta de fortaleza en la mandíbula, opté por tomarme un par de zumos de naranja recostado en el sofá de la salita frente a la televisión, otra vez. ¿Y de nuevo un programa de animales? Tal vez eso fuera algo más que una casualidad y se tratara de un mensaje cifrado en el lenguaje salvaje de los animales. En esta ocasión la cosa iba de aves; en concreto, ocupaba la pantalla el vuelo majestuoso de un águila imperial oteando el campo abierto en busca de comida. La voz en off ofrecía datos sobre su envergadura, su agudeza visual, la fuerza de sus garras, la curvatura perfecta de su pico; pero a mí eso me traía sin cuidado, lo que me interesaba era ver cómo se las apañaría el conejo cuando fuera sorprendido desde el aire por la muerte: ¿lograría sortearla, la burlaría, se libraría de ella, tenía una oportunidad, o bien el destino del conejo a garras del águila era inapelable? Entonces, una pirueta repentina para encoger las alas y dirigir cabeza y cuerpo hacia el suelo como una flecha; un picado de más de doscientos kilómetros hora para marcar el límite de una vida insignificante y alargar la propia. Durante toda la escena del descenso y la repentina aparición del conejo y el águila en el mismo plano, contuve el aliento, como para no respirar la nube de polvo que se levantó del suelo cuando el águila impactó contra el conejo y ambos rodaron unidos en un extraño revoltijo, del cual, oh milagro, salió despedida una bola de pelo que arrancó como una exhalación en cuanto sus patas tocaron de nuevo tierra, dejando al águila despechada y confusa, aunque muy digna en su fracaso.

Al día siguiente decidí darme una segunda oportunidad, pero sin mochila. Sentía que debía rebajar el peso de la decisión y explorarla como la vaca que pasta  en  el  campo,  con  calma. Había  influido  más en  mí  —y  no  creo  que  pudiera  haber  sido  de otro modo— el suceso del día anterior que la experiencia afortunada del conejo. La visita a la estación de tren seguía en pie, por ahora, pero recorriendo un nuevo trayecto, más largo y meditabundo; y una vez allí, observar las caras de la gente, su expresión, escuchar las conversaciones, tomarme algo en la cafetería, recorrer el andén con las manos cruzadas a la espalda, dejando que el aire y el sol purificaran y limpiaran mis pensamientos, haciéndolos flexibles y maleables a las expectativas de futuro que fueran aflorando de las sugestiones del momento.

Si bajaba hasta la avenida que rodeaba la nueva zona residencial de adosados, podía llegar hasta la estación dando un agradable paseo por una amplia zona adoquinada bordeada de bonitos árboles globulares, y, si necesitaba descansar las piernas aún temblorosas desde el día anterior, sentarme en uno de los numerosos bancos de madera. De modo que esa fue la ruta escogida; pero no llevaba ni diez minutos de dar pasos cortos e indecisos, cuando a mano izquierda, al fondo de una calle, pude apreciar un parquecillo de sauces y arena, con un columpio y un tobogán en el centro, y que a causa de mi absoluto e inexplicable desconocimiento de su existencia hasta aquel momento se convirtió en una poderosa llamada para mi curiosidad y la ya debilitada iniciativa exploradora. Y como a fin de cuentas no podía su visita suponer un retraso, pues no había un horario marcado, no había tren, nada ni nadie que estuviera esperando al final del camino, me dirigí hacia el pequeño y coqueto parque de barrio, donde, en cuanto me acerqué un poco, pude ver a dos mujeres maduras sentadas en un banco a la sombra de un árbol, intercambiando palabras y elocuentes gestos de mano. A cada lado de las señoras había sendos carritos de la compra vacíos, y junto a uno de ellos, de color verde oscuro, un perro pequeño de pelo áspero y negro. Por detrás de mí sonó la puerta principal de una vivienda al abrirse y cerrarse con precipitación, lo cual provocó un giro de mi cintura un poco brusco, sobresaltado y doloroso, y que los ojos se me pusieran como bolas a punto de salirse de las cuentas y echar a rodar por el suelo antes de parpadear con alivio al ver venir a dos niños corriendo y dando saltos de gozo, uno con un balón abrazado y gritando que tú serás el portero y yo Ronaldo justo cuando pasaban a mi lado en dirección al parque.

Cuando me senté en un banco, el balón ya se desplazaba por el suelo y volaba por el aire diáfano, reflejándose en las disgustadas miradas de las dos señoras que habían visto perturbada su tranquila charla y amenazada su integridad física. Por la acera que había detrás de ellas y del seto, paseaba una chica joven empujando un cochecito de bebé. Las ramas de los sauces se balanceaban lloronas sobre mi cabeza, mecidas con suavidad por la brisa. Hacía tiempo que el aire no se adentraba por mis pulmones con tanta profundidad, ni que el diafragma, al notarlo, lo recibiera con tanto placer y se dejara caer como en un colchón de plumas. Así que me adormecí brevemente, con las manos sobre las rodillas, la espalda recta y la barbilla inclinada sobre el pecho. Ea, ea, ea, oí que decían a mi lado, y por un instante, y dada mi inclinación a esperar lo peor de la gente, abrí los ojos convencido de ver a alguien mofándose de mí; pero no, era la chica del cochecito intentando dormir a su bebé. Pasó de largo y se sentó en un banco a unos diez metros del mío; de manera que, si miraba de frente, ahí estaban las señoras platicando; si a la izquierda, los precoces y entusiastas futbolistas; si a mi derecha, la chica, muy guapa, pelo castaño, abundante, de facciones regulares y figura rellenita. Los coches pasaban por los asfaltos aledaños en espaciados periodo de tiempo; los ruidos de la cotidianidad urbana llegaban debilitados, y la tranquilidad que allí podía sentir me indujo a tirar de la imaginación en un sentido contrario a como suelo hacerlo habitualmente. Me vi como soberano en lo alto de una loma admirando su reino, a sus gentes y sus tierras, todas ellas con detalles que, como por efecto de alguna aplicación digital, podía apreciar de cerca o lejos según la conveniencia estética. El cetro me llegó en caballo desde atrás, con ruido envolvente de cascos y a mano de un caballero de reluciente armadura: «aquí tiene su cetro, mi señor»; y con él di dos golpes sobre una piedra plana y le di la orden de que con su espada tomara juramento de fidelidad a aquellos súbditos y acogiera aquellas gentes bajo la protección de su escudo, que iban a ser muy apreciadas por mí y que le iría la vida en ello si algo malo les sucedía.

Ya iba yo amoldándome a la idea de contar historias al amparo de un lugar acogedor y bello, sencillo y humilde, y aplazar por ahora lo de lanzarme a aventuras reales e inciertas subido a un tren, un barco o un avión. Incluso se me había ocurrido que no era tan descabellado lo de ir pensando en restaurar la casa y ver qué deparaba el futuro de un cuentacuentos; tal era en lo que creía que podía llegar a convertirme. Pero a veces pasar de estar alegremente ensimismado en ensoñaciones absurdas a tener el culo apretado y hasta el más pequeño de los músculos en tensión es cuestión de una décima de segundo en que ante la mirada aparece lo que ya no esperabas, porque, de hacerlo, parece que de forzado sea mentira y rebuscado, pero es que la realidad tiene estas cosas y frente a mí, junto a la acera que recorrió antes la chica y su bebé, estacionó un coche amarillo, de la marca y modelo que el día anterior casi me atropella. La reacción fue que me encogí y eché las manos a la cara, con un movimiento tan repentino que la magia y la sintonía con las gentes de mi alrededor se vieron truncadas con miradas extrañadas y recelosas; ya no era un hombre que había hecho un alto en su camino, sino alguien que se agazapa para escaquearse de las consecuencias que tiene el andar haciendo tratos con el diablo.

No tardé en recomponerme un poco del susto y no quise marcharme, pues algo me decía que si me deslizaba por el banco sólo un metro hacia un lado para disimular mi presencia tras un tronco interpuesto en la línea de visión entre quien rondara aquel coche amarillo y yo, dispondría de una posición privilegiada para saber más de quien inesperadamente acaso se convirtiera en uno de mis súbditos más preciados, por ser quien hizo que yo me hallara allí en ese momento, al amparo de nuevos y más confortables proyectos vinculados única y exclusivamente a la imaginación. De hecho, me dije, quizás aquella chica que ahora se había metido en una casa de dos plantas de bonita y cuidada fachado pudiera ser el primer e inaugurador personaje de una saga de reconocido prestigio en la cuentística nacional: ahí es nada; tal era mi entusiasmo creador en ese instante. Aquello debió de relajarme y las miradas de las señoras se fueron suavizando en la misma medida. Poco después apareció la chica del Ford Ka amarillo con una mujer de edad avanzada sujeta del brazo y a la que indicaba con gestos de barbilla y verbalizaciones cariñosas los pasos que debía ir dando para su seguridad, hasta que dieron la vuelta al coche y la señora mayor quedó sentada con cara de satisfacción en el asiento del copiloto. Con un movimiento de pelo al aire y pasos de gacela se puso la chica al volante y se fueron a velocidad moderada a torcer una esquina y desaparecer de mi vista sin tener la más remota idea de que serían el germen de una nueva etapa en mi vida, insospechada esa misma mañana de incertidumbres.

Por tanto, otro fin de semana se terminaba y era cuestión de ir pensando en disponer las cosas para el lunes de trabajo. Iría planteando entre tarea y tarea el argumento de alguna historia, y en los próximos días escribiría en arrebatos de lucidez única y profunda.

Pero hasta aquí el triste resultado de tales entusiasmos creadores, y siendo sábado, no se sorprenda de que esté dándole vueltas a la idea de compaginar viaje y literatura. No es difícil imaginar un bello libro de viajes ilustrado con bonitas fotografías y dibujos hechos de mi puño y trazo; se lo imagina, ¿verdad? Sí, es un camino a ninguna parte, pero sólo porque no sé desprenderme de este personaje absurdo del que ha salido un relato tan malo.

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Pedro Javier Martínez Aguilera. Nació en Menorca, y ahora vive en Albacete. Estudió Psicología en la Universidad Complutense.

Contactar con el autor: pemagui_38 [at] hotmail.com

 Lee otro relato de este autor (en Almiar): Un alma para el almez.

 Ilustración relato: Fotografía por Arijitrex / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 92 / mayo-junio de 2017MARGEN CERO™Aviso legal

 

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