relato por

Pedro J. Martínez Aguilera

 

L

a mañana del tercer sábado del mes de mayo, acorralado por pensamientos hostigadores, aterrizó sobre una de las sillas de plástico del patio, e inclinado hacia adelante y con los codos sobre las rodillas, dándose golpecitos con el dedo corazón sobre la nariz, se le quedó prendida la mirada —ojos abiertos, inmóviles— de la escoba de esparto que estaba apoyada sobre la pared blanca del trastero. No tardaron en salirle al palo de la escoba dos bracitos premonitorios colocados en jarra. El penacho de esparto era tan parecido a una de las faldas zarrapastrosas de los días de limpieza de su madre, recién fallecida, que cuando desvió la cabeza por si estaba a tiempo de conjurar la aparición, ya sentía en la nuca el peso de los reproches y cómo un hilillo de voz le hacía vibrar los tímpanos de un modo muy familiar. Al echar un breve vistazo de soslayo, ya los ojos se agrandaban en el aire sobre el fondo blanco, y la boca se agitaba lanzando perdigones de saliva, las orejas aleteaban y el pelo se le erizaba como por el efecto de la energía estática. Tanto esto último como la voz ronca y cavernaria eran propias de aquella alucinación, y no de otras que se dieron antes sobre la base de una fregona, una señal de tráfico, una sombrilla.

Siempre acudía para decirle que cuidara y velara por su padre, repitiendo el mensaje en francés y alemán, que es cuando se le extraviaban los ojos hacia la frente; y ya después, imbuida de paroxismo religioso, se hacía cruces de sangre —transparente e incolora pero bien perfilada por una raya negra que se corría como el rímel de los ojos— por todo el cuerpo con el dedo índice crispado por el coraje que le provocaba la impotencia de no poder desahogarse soltando algún bofetón de campanario. Y hablaba sin parar sobre la multitud de inconvenientes que traía consigo una actitud como la suya; y que la vida le pagaría con la misma mezquindad con que gastaba él la generosidad, la simpatía y la amabilidad, sin comprender, porque no se lo dijo, ni lo pretendía en esos momentos de alucinación en que se sentía tan intimidado y confuso como cuando estaba su madre de cuerpo presente echándole en cara una imagen de sí mismo que no acababa de disgustarle, que sólo era tímido, medroso, y que lo que en ella era físicamente corto o encogido a él se le había manifestado en el ánimo, y que no comprendía su ceguera para ver el desamparo que le producía una interpretación tan desatinada en una madre.

Su padre, en cambio, era otra cosa. Tenía un interior acolchado, acomodaticio, y parecía como si las embestidas de la realidad le llegaran amortiguadas y pudiera manifestarse siempre como si adormeciera las emociones e impulsos con movimientos de encantador de serpientes. En cuanto a lo físico, ya en la foto de casados, y aun después, a pesar de que fue echando unos kilos en la zona abdominal y perdiendo músculo de piernas y brazos, también era la antítesis de su madre. Mientras que aquél era un hombre alto y fornido, ella era bajita, extremadamente delgada y frágil. Y así fue toda la vida, y pensándolo, con retrospección, es como si ya de niña tuviera latente el germen de lo que años después la mató en poco tiempo. Parecía un plan premeditado desde algún tipo de conciencia ancestral inoculada a la naturaleza, en el que mantenerla con pocos kilos y mal carácter fuera la manera de llegado el momento eliminarla sin esfuerzo.

Él ya conocía a sus diecisiete años qué particularidades del carácter y el aspecto gustaban a un sexo del otro, pero el caso concreto de sus padres acabó por aparcarlo en esa zona misteriosa donde se solaza el amor a sus anchas, moldeando la realidad para perplejidad del mundo. Se habían entendido bien y habían sido felices, pero ahora, como le dijo su padre después de haber enterrado a la madre, el destino hay que asumirlo como es y afrontar el porvenir con valentía. En consecuencia, enseguida volvió al trabajo, él al instituto, y por las tardes, mientras uno hacía las tareas escolares, el otro trajinaba por la casa dándole vueltas a todo para sacarle la suciedad, haciendo la cena, la comida del día siguiente, la colada, y a veces le daban las diez fregoteando el váter y la bañera. Y todo, a fuerza de querer hacerlo, lo hacía bien, como si llevara la vida en esas cosas. Por eso no entendía por qué ahora venía la madre a pedirle que lo cuidara, cuando parecía muy capaz de cuidarse bien y a otras dos familias más. Pero por si acaso su mente tenía estas formas desagradables de mantener vivo el recuerdo y al mismo tiempo de ponerle sobre aviso de algo imperceptible para los ojos inexpertos de un chico, pues decidió prestar más atención. Así que una tarde dejó de hacer los deberes, cogió una manzana de la nevera y mordisqueándola se sentó en la silla de la cocina, se acodó sobre la mesa y observó cómo su padre hacía un guisado de pollo con patatas y limpiaba con diligencia lo que iba manchando. Y no había nada alarmante que se saliera de la costumbre: el farfullo mudo en los labios y las emisiones verbales intercaladas en su lengua de origen para informarse de cómo le iba al chico en el instituto: «i què tal, Jaume, tot per l´institut»; de modo que, sin ánimo para ahondar en las dificultades y con la certeza de que no se hubiese atrevido a tocar el tema que le preocupaba, se salió al portal de la casa y se sentó en el escalón a tomar el sol.

La camisa de manga larga era demasiado gruesa para aquellas alturas de la primavera en que el sol de media tarde se deja sentir con fuerza, pero quiso permanecer quieto porque había algo a su alrededor que le resultaba extraño y no acababa de precisar qué era. Quedó aturdido cuando cayó en la cuenta de que desde el escalón podía ver ahora la casa de enfrente sin estorbos, porque el almez que se alzaba a apenas dos metros de su propia fachada ya no estaba. La última vez que recordaba haberlo visto fue cuando sacaron a su madre para llevarla al hospital y el almez dificultó la maniobra de los camilleros al salir de la casa. Había tenido el árbol un mal comienzo de la primavera y las hojas recién estrenadas se le habían marchitado sin haber abandonado aún el tono verde claro. Amarilleaban por los bordes hasta que adquirían un pardo moribundo que auguraba lo peor. Cabía suponer, por tanto, que durante todo el tiempo en que la familia estuvo inmersa en los límites de la realidad trazados por la muerte con la punta de su guadaña, el árbol también debió de dar su último aliento de oxígeno a este mundo; y podía imaginarse que los vecinos, no pudiendo ver en las ramas peladas y secas una representación tan explícita de la muerte inminente de su vecina, decidieron llamar a los servicios del Ayuntamiento para que procedieran a quitarlo. Debieron de volver a casa, ya sin su madre, y no se percataron de que también el árbol había desaparecido.

Antes de levantarse del escalón ya había sacado sus propias conclusiones del vínculo incuestionable entre las dos muertes simultáneas y las apariciones inopinadas de su madre sobre la figura de cualquier utensilio práctico. No tenía duda de que pudiera haber una parte importante en su mente de dolosa intención para llevarle por los caminos que su madre ya había dejado bien trazados, pero pudiera ser también que hubiesen quedado en la vivienda atascadas una amalgama de energías desprendidas del alma retorcida de su madre y no hubieran encontrado dónde aposentarse para seguir custodiando el devenir de su familia, como si los designios asignados a una energía no pudiera desbaratarlos la muerte. Por tanto, para apaciguar el mal genio de las visiones, que comenzara el alma de su madre a querer a los vivos como éstos quieren ver a sus muertos, en paz y gloria, y él mismo lograra liberar la parte de su conciencia que notaba anclaba en lo más fangoso y profundo de su ser, se levantó con determinación y un aplomo de madurez inusitado y se fue a la cocina, se detuvo dos segundos para hacerle saber a su padre que había descubierto el motivo de porqué no dejaba de hablar en silencio, y, antes de que éste pudiera reponerse de un instante de sorpresiva inmovilidad, salió a la calle por la puerta del patio en dirección al vivero.

El área acotada de invernaderos de plástico formando un entramado laberíntico estaba junto a la carretera que lleva a la capital de provincia. Cuando llegó allí, después de haber caminado más de media hora, cayó en la cuenta de que le resultaría agotador cargar de vuelta a casa un árbol de los que tenían allí expuestos en hileras, y aunque pensaba que de los cinco euros con que había partido aún habría de sobrarle algo, no sabía si le llegaría para pagar el transporte a domicilio. Caminó atravesando el parking hasta la nave metálica a la que conducía una vereda de gravilla desde el acceso principal, y nada más entrar por el portalón, supo que había de confiarse a una mujer joven de piel rosa con un delantal verde que estaba detrás del mostrador enmarcado por plantas de interior en macetas de colores, y que le vio acercarse por encima de las gafas mientras quitaba, mordiéndose los labios, las hojas enfermas de una Cinta.

—Hola; vengo a ver si tienen un almez.

La mujer tenía los ojos también de color verde. Giró la cabeza hacia su izquierda, donde la pared de la nave tenía en toda su longitud sólo un montón de estanterías vacías y alguna balda con sacos grandes de sustrato.

—Alguno nos queda, me parece. Llamo al mozo y él te acompaña para que escojas el que más te guste.

Mientras la observaba coger el megafonillo y llamar a un tal Luis, se dio cuenta de que el gesto anterior de la mujer no era tan distinto de lo que le venía pasando a él; todo era cuestión de la voluntad que manejara la imaginación como instrumento de logro. Era ella misma quien había mirado más allá del muro para cerciorarse ilusoriamente de que les quedaba una remesa de almeces a salvo de compromisos municipales, mientras que respecto a sí mismo tenía la certeza de no ser dueño de sus despropósitos imaginarios. Y eso no podía permitirlo, así que siguió a Luis con paso firme y eligió el almez que estaba más crecido. Pero al agarrarlo por el todavía fino tronco, lo hizo con tanta fuerza, que Luis le recomendó un poco más de delicadeza si deseaba realmente llegar a trasplantarlo. La advertencia le hizo volver un poco avergonzado a la zona de cobro donde la mujer acababa de despachar a otro cliente.

—Son doce euros.

Se echó mano al bolsillo aun a sabiendas de que tendría que poner cara de desvalido y pedirle por favor que, aparte de llevarle el árbol a casa, le permitieran pagar todo lo que faltaba al momento de recibirlo.

—Y no es urgente. Bueno, un poco sí, pero… —dudó poniendo los cinco euros sobre el mostrador.

No era fácil explicar los apremios por sembrar un almez.

—¿Cuándo lo podrán llevar? —atajó.

La mujer sonrió por primera vez y se recompuso el delantal dándole dos pellizcos a la altura de la cadera y tirando hacia abajo. Sacó un bolígrafo y un bloc de notas de un cajón y le pidió la dirección a modo de consentimiento.

—Te lo llevaremos cuando haya un viaje por allí cerca. Entonces abonas todo el dinero y el chófer te da la factura.

Casi estuvo a punto de echarse la mano al corazón, para enfatizar el agradecimiento que finalmente dejó en palabras y una mirada intensa que quería expresarlo pero que no alcanzó a la mujer, ya distraída por un viejo que agitaba concienzudamente una mata de menta con la punta de la garrota para que exhalara su aroma.

Cuando volvió a casa aquella tarde del vivero, su padre interrumpió su trayecto hacia el sofá levantando la mano y plantándosela frente a la cara, como haría un policía para dar el alto. Cuando la bajó, fue como si los dos se vieran después de haber recorrido muchos kilómetros por caminos rocosos hasta un punto medio de encuentro. El padre tenía dos bolsas moradas debajo de los ojos y las comisuras de la boca descolgadas, y él unas greñas y una palidez más propias de un chico con serios problemas con los estupefacientes. Sin mediar palabra, agarró a su padre por el brazo y tiró de él hacia la entrada, abrió la puerta y le preguntó qué veía. La mente de su padre debía de estar exhausta, porque no captó la ironía de la pregunta y se quedó mirando dubitativamente el círculo de tierra abierto en la acera esperando encontrar algo, hasta que salió el sol de detrás de una nube y, reflejándose en un charco inexplicable de agua, le cegó.

—I on és l´arbre que hi havia aquí davant? —tan aturdido como quedara antes su hijo. 

La lectura de El Árbol de la ciencia —una obligación académica inesperadamente placentera— lo tuvo tumbado en la cama boca arriba aliviando las horas de espera por consumar un acto que se convirtió casi en una obsesión. Fueron dos días en que trató de explicarle a su padre los motivos, las certidumbres, sus teorías y expectativas respecto a la resolución de un duelo que se les había atravesado, atascado, llegándole a hacer pensar a él que la realidad era la consumación de un deseo y que habría de resignarse a la supervivencia de una voluntad eterna de castigo dañoso y destructivo.

Los dos pitidos que pretendían poner en aviso de la llegada del pedido a su casa fueron oídos como ladridos de perro o cacareo de gallina en el campo, y no movieron un músculo que los descompusiera a uno de la lectura y al otro del sueño, sentado aún a la mesa de la comida. El transportista del vivero se plantó con el árbol frente a la puerta y tocó el timbre dos veces. Un instante después, el hijo apareció en la puerta tras haber dado cinco saltos desde su cama hasta donde se encontraba ahora adelantando los brazos como quien coge las manos de una chica para apreciar y alabar mejor el acierto del vestido para realzar su belleza. Aún no había saludado siquiera al repartidor cuando se le adelantó desde atrás su padre para poner algo de cordura a la escena entorno al árbol.

—Buenas. Ya veo que empiezan a trabajar pronto por la tarde, ¿o es que aún no ha podido comer?

—Pues ni lo uno ni lo otro; porque hoy la tarde se me ha venido encima con un triste bocadillo. Resulta que hoy es un día especial, el del árbol; ¿qué le parece? En los colegios, instituciones de todo tipo…, ale, todos a sembrar árboles. Pero, bueno, la verdad es que no me importaría que hubiera más como este.

La casualidad del calendario llegó para iluminar la ceremonia de la plantación y reafirmar al hijo en lo atinado del proyecto; de modo que, cuando hubieron hecho el hoyo en el trozo de tierra cercado en círculo por la acera y colocado el árbol, discutieron brevemente cuál sería el objeto de su madre más adecuado para dejarlo enredado entre las raíces. El padre, consciente de lo transcendental que podía resultar para el futuro desarrollo de su hijo aquel acto, se quitó del dedo anular su anillo de bodas, y con toda la gravedad de que fue capaz en sus movimientos, lo depositó con reverencia por entre las jóvenes y tiernas raíces del almez. Poco después quedó enterrado y regado. Jaime, con el entusiasmo fortalecido, fue a buscar la escoba de barrer el patio, y con ella limpió de tierra la acera. Acabada la tarea, se recreó un rato apoyado en el palo, pensando que igual con cinco caricias —o con seis, siete, ocho, que no era cosa de andar tacañeando el cariño— al tronco del almez cada mañana le llegaría para reconciliarse a poquitos con su madre y disfrutar con alegría de la fuerza purificadora del sol de verano.

ilustración párrafo relato Alma para el almez

Pedro Javier Martínez Aguilera. Nació en Menorca,
y ahora vive en Albacete. Estudió Psicología en la Universidad Complutense.

Contactar con el autor: pemagui_38[at]hotmail.com
Lee otro relato de este autor (en Almiar): Entre rejas y rejas.

 Ilustración relato: Fotografía por RyanMcGuire / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 85 / marzo-abril de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

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