relato por

Sergio Borao Llop

 

 

A

lguien debió entrar durante la noche y dinamitó el verbo.

Por fortuna, según se desveló en un primer comunicado, no se trataba de uno de los verbos mayores, como poseer, dominar o triunfar. Era más bien un verbo cortito, chico, casi insignificante; obsoleto. Pero así y todo, quizá por pura rutina, a la mañana siguiente acudieron los académicos, con sus potentes linternas y sus PDA subvencionadas, para censar los destrozos, tomar las oportunas notas y emitir el dictamen correspondiente.

La fachada no había sufrido grandes daños, por lo que la preocupación inicial se disipó en parte, dejando paso a una disimulada indiferencia.

El interior, sin embargo, estaba en ruinas.

El presente de indicativo, en especial la primera persona, sólo podía conjugarse maquillándolo con abundantes adverbios y adjetivos, lo cual no impedía que se tambalease, pero le daba una apariencia aceptable, aun cuando a pesar del camuflaje resultara evidente su decadencia.

Todos los pretéritos —salvo el perfecto de indicativo, repentinamente convertido en imperfecto— habían desaparecido. A primera vista, no podía descartarse la hipótesis del secuestro, pero todo apuntaba a su total aniquilación. Gerundio y participio lloriqueaban en un rincón, despojados de toda dignidad. Estaba claro que habían sido objeto de algún tipo de violencia. Más inquietante resultaba el estado del infinitivo, cáscara hueca sin signos vitales, armazón inútil cuyo devenir ningún experto se atrevió a pronosticar.

El rostro del futuro había sido deformado de tal modo que ahora no era más que una máscara horrible: La mueca del tramposo sorprendido en el instante exacto de seducir a su víctima.

Evaluados los daños, y puesto que la reconstrucción no parecía posible (y, según el parecer de los eminentes sabios, tampoco merecía la pena) se acordó de forma unánime que lo mejor sería dar unas manos de pintura y elaborar un concienzudo manifiesto para evitar cualquier reacción adversa de la opinión  pública, reacción que, por otra parte, se valoró como improbable. En poco tiempo —comentó alguien en voz baja— ya nadie se acordará.

Una vez que todos hubieron pronunciado sus solemnes frases ante las cámaras de televisión, cuando el tumulto de barbas, voces graves, preguntas y sentencias fue dejando paso a la tranquilidad, cuando hasta los últimos curiosos abandonaron la escena, cuando el silencio se extendió finalmente por la estancia, se escuchó un levísimo sonido lastimero: Bajo los escombros, herido, magullado, alicortado, sangrante y olvidado, resonaba, como una flamígera esperanza, el presente de subjuntivo.

 

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Sergio Borao LlopSergio Borao Llop. Nació en Mallén (Zaragoza, España) en 1960 y reside en la capital zaragozana. Es encuadernador, periodista, poeta y cuentista. Ha publicado los siguientes cuentos: Las carreteras (Revista Nitecuento, n.º 23, también en Margen Cero); Antología Relatos, Zaragoza, 1990; Feria (Revista Nitecuento, n.º 13); Paisaje sin batalla (Revista Nitecuento n.º 16); Espíritu de la Plaza (Antología Callejón de palabras, Mizar) y en cuanto a poesía publicada: La estrecha senda inexcusable (poemas) (Poemas Zaragoza, 1990) y Poemas (Antología Poemas quietos, Mizar).

Entre otros sitios que mantiene el autor destacamos aquí la web Desiertos que habité, oasis que entreví.

Lee otros relatos de este autor (en Margen Cero):
La extraña y Composición.

Ilustración relato: Bomb, By User Firebug on en.wikipedia [see page for license], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiar – n.º 60 / septiembre-octubre 2011MARGEN CERO™Aviso legal

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