Relato de Ioannis Kondylakis (1861-1920)

traducción por
Enrique Íñiguez Rodríguez

 

Poco después de la cena estábamos donde Zajaratos, al lado de las mesas de billar, junto con muchos otros, observando una partida entre dos buenos billaristas. De repente, mi amigo Pavlos Damulís, que estaba de pie a mi lado, se puso amarillento y me agarró del brazo, como si tuviera miedo de caerse.

—¿Qué te pasa? —le pregunté intranquilo.

—Me he mareado… como si se me fuera la cabeza —me respondió, y noté que temblaba.

—Salgamos a que te dé el aire. Aquí hace calor.

Le estiré del brazo y salimos a la plaza.

—¿Sigues mareado? —le pregunté.

—No, se me ha pasado —dijo, y se soltó de mi brazo.

A los pocos pasos se paró y me dijo:

—¿Sabes lo que me ha pasado? De pronto se me pusieron oscuros los ojos. Te miré y tu cara me pareció oscura y manchada. Me parecía que estaba soñando. Todas las caras y todas las cosas me parecía como si se estuvieran alejando y volviéndose cada vez más tenues. Y ¿sabes lo que pensé?

—¿Que te daba un síncope?

—No, algo que da más miedo…

—¿Qué?

—Que me estaba volviendo loco.

—¡Menuda idea! —dije riéndome—. ¿Y cómo te ha dado por pensar eso?

—¡Yo qué sé! Supongo que los problemas mentales empiezan de ese modo.

—Estás tonto. Uno que se está volviendo loco no es capaz de pensar así. Ha sido un mareo sin importancia de los que les da a todo el mundo por cosas del estómago o cualquier otra cosa pasajera.

—Y sin embargo… —dijo, y suspiró después de un largo silencio.

—¡Y sin embargo…! ¿Así que estás lo bastante cuerdo como para pensar que te has vuelto loco? Entonces no te puedes quedar. Llama corriendo a un cochero y que te lleve a Dromokaítio: «Señor Director, estoy aquí para someterme a sus cuidados». Pero no creo que te acepten, porque serías el primer loco que va por su propio pie al manicomio.

No dijo nada, pero siguió encorvado y adusto. Mi intento de divertirlo y alejarle de los miedos y la melancolía había sido en vano.

—¿Pero te basas en algo para creer que estás en un peligro así? —le dije después de unos minutos de seriedad.

—En muchas cosas —me contestó—. Para empezar, estoy mal de los nervios.

—¿Y quién está bien de los nervios en nuestra época? ¿Tienes algo hereditario, alguna enfermedad?

—No sé si algún antepasado mío ha tenido algo así; pero es suficiente con sufrir de los nervios como yo, cuando se dan también otras circunstancias.

—¿Qué circunstancias se dan?

No me respondió.

—¿Qué más te da? —me dijo al poco con un gesto de disgusto.

Yo, viendo que no mejoraba el asunto, cambié la conversación.

 

Nuestro paseo nos llevó hasta los jardines del Parlamento, que ya se habían vaciado a causa de las primeras lluvias y el viento fresco. Pero esa tarde no era especialmente fría, el café aún estaba abierto y algunos amigos de la soledad fumaban ocultos en las sombras.

—¿Por qué no nos sentamos a fumar narguilé bajo los plátanos? —me dijo Damulís—. Me gusta mucho este sitio. Esta noche no hay humedad.

Di por supuesto que con esa manera en que había cortado hace poco nuestra conversación, ahora quería que la continuáramos, e intuí que un pesado secreto debería apenar tanto su alma que ya no podía seguir ocultándolo. Mi curiosidad se desató y me puse a esperar la revelación de algún desafortunado accidente doméstico o un amor imposible. Y mientras nos dirigíamos a los plátanos, no sé cómo en mi mente apareció una loca que había visto hacía tiempo en el manicomio y que gritaba desde la celda en la que la tenían encerrada:

—¡Asesinos! ¿Por qué me envenenáis a mi niño?

Tan absorto y conmocionado estaba con mis elucubraciones que me había quedado en silencio. También Pavlos seguía callado, hasta que el empleado del café nos trajo los narguilés. Tras fumar un poco, se apoyó la boquilla en el muslo, como preparándose para dar una gran charla, y dijo:

—¿Te has enterado? Lamirás se vuelve otra vez a la ciudad y llegará en cosa de un mes.

Nikos Lamirás era empleado del mismo banco en el que Pavlos trabajaba. Desde hacía dos o tres años habían trabajado juntos en la oficina de Atenas, tenían el mismo rango y parecían amigos.

Además, compartían el amor por la literatura y a menudo su tema de conversación versaba sobre temas espirituales y fisiológicos. Lamirás era menudo, moreno, con una perilla azabache y densa, y una mirada tranquila y profunda. Era tan hombre de pocas palabras y tan comedido como vivaracho, apasionado y locuaz era su colega. Eran igualmente del todo opuestos en la fisionomía. Pavlos era rubio, más alto y parecía más ancho de espaldas, pero sus ojos azules carecían de la fuerza que expresaban los ojos del otro.

Nikos estaba casado y muchas tardes de invierno había pasado junto con Pavlos por su casa. Muchas veces había observado que la impetuosidad y obstinación de Damulís daban pie a altercados encendidos, pero no tanto como para que se enfriara o se acabara su relación.

—Buenas noticias —le dije a Pavlos—. ¿Te acuerdas de las tardes tan agradables que hemos pasado en su casa?

—Para mí no son buenas en absoluto —dijo Pavlos.

—¡Bah…! ¿Es que no sois amigos? ¿Cuándo os enfadasteis?

—Nunca hemos sido amigos o, más bien, nunca ha sido amigo mío.

—No te sigo.

—No me sigues porque no le conocías bien. Es el mayor hipócrita sobre la faz de la tierra, ruin como el que más.

—Pues si tenías esa opinión sobre él ¿por qué lo frecuentabas?

—¿Es que podía evitarlo? Trabajábamos en la misma oficina. Además, tardé en darme cuenta. Es profundo y oscuro como el mismo infierno. Ahora mismo que te estoy hablando no me viene ninguna acusación concreta contra él, ningún motivo concreto para odiarlo. Al principio me inspiraba simple e injustificada antipatía, que intentaba controlar por miedo a estar equivocado; pero luego me di cuenta de que me odiaba de verdad, con el odio insidioso de los cobardes. Si hubiera tenido la fuerza o el valor de matarme, ya lo habría hecho como el más duro de los asesinos. Pero dio con un modo seguro y maléfico de destruirme, y me destruyó.

—Pero de todos modos, tanto odio tiene que tener algún motivo.

—¿Qué motivo tienen las víboras para envenenar?

—Bueno, vale. Veamos ahora el mal que te hizo.

—¿No has visto lo que me ha pasado hace un momento? Es por su culpa que me ha pasado.

—¿Te has mareado por su culpa? Tú me estás tomando el pelo.

—Cuando te he dicho que tenía miedo de que el mareo fuera el comienzo de la locura, no te he dicho toda la verdad. No es que tenga miedo, sé a ciencia cierta que me voy a volver loco ¡y la culpa la tiene el demonio ese!

Si no me hubiera hablado con tanta indignación, nunca habría creído que iba en serio, pero la forma y el tono en que hablaba me hicieron preocuparme, plantearme que de verdad no estuviera del todo bien.

—¿Pero no te das cuenta, alma de cántaro —le dije—, que lo que me estás contando no tiene lógica ninguna y que así no vas a convencer a nadie?

—Ahora te explico, ahora te explico, y te verás cómo te convence y cómo te deja la satánica trampa que me tendió. Recuerdas que discutíamos a menudo, porque siempre tenía lista una opinión contraria a la mía. Su oposición sistemática me enfadaba sobremanera, pero me enfadaba todavía más la sangre fría que conservaba hasta en las conversaciones más encendidas y exaltadas. Me parecía una especie de poderío con el que me humillaba, me parecía desprecio. A veces incluso podía distinguir en forma de ser un tipo de condescendencia, como una especie de supuesta paciencia de arriba abajo, de espíritu fuerte a intelecto débil; y alguna que otra vez distinguía un gesto o un movimiento que significaba: «¡Puf! ¡Ya era hora de discutir en serio contigo!». ¿Nunca te diste cuenta de nada?

—Te aseguro que nunca.

—Es malicioso, pero es lo bastante cobarde como para que su maldad no sea evidente del todo. ¿No te he dicho ya que yo algo me olía, pero que no tenía nada concreto ni a ciencia cierta para poder arrancarle la máscara? Sin embargo, con eso había suficiente para saber que no tramaba nada bueno. Pero no me pude contener mucho tiempo. Y un día lo llamé a la cara traicionero y artero, porque descubrí que me había difamado ante uno de nuestros supervisores, pero una vez de más de modo que no se pudiera descubrir. Si hubiera dicho algo, si hubiera tenido el valor de devolverme el insulto, estaba tan enfadado que no habría acabado el asunto en palabras. Pero no respondió. Tenía su plan y no pretendía estropearlo, no quería que pasara nada hasta que no completara el mal que tenía planeado.

Pavlos detuvo aquí su relato para fumar; pero con tanto alboroto había dejado que el narguilé se apagara, y después de soplar varias veces en vano, tiró nerviosamente la boquilla al suelo.

—Tengo curiosidad —le dije— por saber qué relación tiene todo esto con el mareo de esta noche. ¿Te envenenó o algo así?

—Algo por el estilo. Algo peor. A raíz de nuestras conversaciones, en las que yo, con mi habitual franqueza y naturalidad, le acabé descubriendo mi alma y mi forma de ser, se dio cuenta de que soy muy propenso a la sugestión. Hacia ese punto débil dirigió sus maliciosos intentos, con el metodismo y la paciencia de un diablo. Al igual que yo, él cree en la misteriosa fuerza de la sugestión y decidió destruirme gracias a ella. Y no tardó mucho en funcionar, en ir emponzoñando mi espíritu poco a poco. No pasaba un día sin que me hablara de enfermedades mentales, de predisposiciones y toda la pesca; sin que se lo pidiera me trajo libros sobre el tema, que me leí. Y sabiendo que soy muy nervioso, hacía hincapié durante nuestras conversaciones en que sufrir de los nervios es la antesala de la locura; para evitar sospechas por mi parte, también me daba consejos sobre hidroterapia, entretenimientos, viajes, ejercicios… Cuando ya tenía el terreno listo para su siniestro propósito, decidió darme el golpe de gracia. Pero no quería estar cerca de mí cuando llegara el resultado de sus diabólicas acciones. Así que se encargó de que lo trasladaran a la sucursal de X., y un día antes de irse me dio motivos para enfadarme. Y una vez más, según su costumbre, no me respondió nada. Pero cuando vino a despedirse de los compañeros me echó una mirada que, te lo confieso, me dio miedo; y me dijo con una voz suave pero penetrante como el siseo de una serpiente: «Tú, desdichado, morirás en el manicomio».

¿Y sabes qué? No le dije nada. Solo conseguí producir una risa nerviosa. Había quebrantado ya mi voluntad. Era incapaz de enfadarme. Lo sabía y por eso se atrevió a decirme a la cara una frase así, ese mismo que hasta hacía poco tenía miedo de mí. Cuando me quedé solo, me entró una gran desazón y me dio por pensar si no me esperaría realmente esa suerte. Intenté olvidarlo, pero un dolor de cabeza persistente no hacía más que devolverme a mis temores. Y casi continuamente oía su siniestra voz susurrándome: «Tú, desdichado, morirás en el manicomio».

De estar tan nervioso me entró insomnio. Y una noche que no podía conciliar el sueño y estaba dando vueltas y más vueltas por la cama, me levanté para coger un libro y ponerme a leer. Encima de mi mesa había un libro y sobre él recayó mi mirada. Era un volumen de relatos de Allan Poe. Y me pregunté cómo había llegado ese libro a parar allí. No me recordaba haber comprado ni que me hubiera prestado ese libro. Pero en ese momento tampoco me dio por pensar mucho en el asunto. Cogí el libro, me volví a la cama, me puse a ojear los títulos de los relatos y mi vista se paró sobre el Gato negro, porque el título estaba subrayado en rojo. ¿Qué quería decir esa marca y quién la habría hecho? No había leído nunca ese relato y podía suponer que lo habría marcado yo para leerlo. Pero ¿cómo, si ese libro no era mío y era la primera vez que lo veía? El caso es que me leí el relato; al acabar, me vuelvo al escritorio y veo al gato bizco sentado en la esquina de la mesa, mirándome. La ilusión no duró más de un momento y la atribuí a la excitabilidad de mis nervios y mi imaginación. En vez de dormirme, como esperaba, me quedé insomne toda la noche.

Al día siguiente me dio una fiebre alta, y entre mis delirios ahí estaba de nuevo el gato negro, pero esta vez con los rasgos de Lamirás. Y mientras me contemplaba con una mirada horrible, me maullaba: «Tú, desdichado, morirás en el manicomio». Una vez ya recuperado me puse en serio a pensar y tras examinar minuciosamente todo lo que había hecho Lamirás descubrí el plan diabólico. El libro de Poe sin duda me lo había enviado en secreto. Recurrí a mi orgullo, a mi terquedad, a mi filosofía, a mi fuerza voluntad para sacarme ese mal de ojo, pero fue inútil. El gato negro ya no se alejaba de mí y las últimas palabras de Lamirás no se iban de mi memoria. Las oía hasta en sueños. Luego empezaron los mareos. El de esta noche no ha sido la primera vez. El primero me dio un mediodía en el despacho; y entonces comprendí que me estaba volviendo loco. ¿Quieres que te diga una cosa que no me había atrevido a decirte antes? Cuando me he mareado antes, he vuelto a ver al gato negro en una esquina de la mesa de billar, con su único ojo clavado en mí… ¡Y ahora mira! Me da la sensación de estarlo viendo allí.

 

Me giré hacia donde me estaba señalando y, aunque no dije nada, un escalofrío me recorrió la espalda.

—Sé —se apresuró a añadir— que no es nada, que son cosas de imaginación, ¡pero no me lo puedo quitar de encima, no puedo dejar de verlo!

Tras un breve silencio, suspiró y dijo:

—¿No soy entonces un desdichado y el culpable, el creador de mi desdicha, no es Lamirás? Y ahora imagínate, va a volver a la oficina para que lo esté viendo todo el rato. ¡Qué martirio! Viene a rematar la faena.

Sus últimas palabras las dijo con una voz temblorosa y estremecida, y se escondió la cara entre las manos.

Yo no sabía qué decirle. Empecé a pensar que sus temores no eran infundados, pero que las acusaciones contra Lamirás no eran más que invenciones de su imaginación. Sentía la necesidad de moverme, de alejarme de ese lugar oscuro que el relato de Pavlos había llenado de ideas lóbregas, y según nos alejábamos del café, le pregunté:

—¿Has visitado a algún médico?

—No, porque tengo miedo de que su diagnóstico, que voy a adivinar aunque no me lo diga, empeore mi estado. Me quitará las últimas dudas y las últimas esperanzas.

—No te preocupes. Conocí una vez a una persona que tenía exactamente las mismas preocupaciones y le curó del todo el neurólogo V. Ya que has sufrido de sugestión, te curarás mediante la sugestión. Te hipnotizará y te sacará la idea esa que se te ha metido en la cabeza. Será una especie de curación homeopática.

Parecía convencido y acordamos ir juntos al médico. Pero cuando nos separamos, me dijo moviendo la cabeza con desesperanza:

—¿Y qué médico me va a salvar del auténtico gato negro, que viene dentro de un mes?

—Si te curas de esa idea negra, el tipo ese te parecerá más blanco que la nieve.

 

El médico, al que procuré ir a ver antes de la visita, me dijo tras escuchar la historia:

—Su amigo presenta un cuadro curioso de psicopatía. Pero los locos de lo único que no tienen miedo es de enloquecer. Teme enloquecer o haber enloquecido ya. Supongo que la neuropatía y los temores morbosos se deben al mal funcionamiento del estómago, que tiene como resultado los mareos que sufre. No creo que se trate de una dolencia grave.

Estando así las cosas, cuando al día siguiente examinó a Pavlos me aseguró que sus mareos se debían a complicaciones intestinales, que eran mareos estomacales. Por otro lado aseguró a mi amigo que no corría ningún riesgo y que sus ideas malsanas procedían de la lectura de escritos sobre enfermedades mentales. Le recomendó pues que dejara de leer tales libros, y en general cualquier cosa que estimulara la imaginación o agitara los nervios y que viajara. Accedió a mi idea de hipnotizarlo para quitarle de encima la idea del gato negro y la manía persecutoria, pero cuando se puso a ello fue incapaz de hipnotizar a Pavlos. Así que el médico le tocó en el hombro y, bien para ocultar la derrota, o creyendo realmente que la imposibilidad era una buena señal, le dijo:

—Está más que claro que tienes una fuerza mental más grande que la mía. ¡Estás más sano que un roble y dices que sufres de los nervios! Basta con que quieras y te puedes sacar cualquier mala idea de la cabeza. Y cuando se te arregle el estómago, cosa que no es difícil, desaparecerán también los mareos y, con ellos, todo lo demás. No es nada, nada de nada.

Y nos despidió con la sonrisa más alentadora, repitiendo:

—No es nada de nada, pero un viaje sí que vendría estupendamente.

Pavlos, sin embargo, que al principio parecía esperanzado, al salir había recaído en el desánimo.

—O tu neurólogo no se da cuenta de nada —me dijo— o ha visto que mi situación es desesperanzadora y ha intentado consolarme con mentiras.

Intenté convencerle de lo contrario, pero fue inútil. Le propuse que consultáramos con algún otro médico, pero como respuesta me dijo que no tenía ninguna confianza en los médicos ni en la medicina e intentó convencerme de que la rama de la neurología no había hecho ningún avance en absoluto. Al final me di cuenta de que se habría ido, si no contento, por lo menos contentado si el médico le hubiera confirmado sus temores. Que le negaran sus convicciones le ponía a la defensiva, le dolía en su malsana autoestima. Por eso me enfadé yo también, y cometí el error de decirle:

—Pues entonces dime que lo que quieres es que no te falten motivos para quejarte. Esa es también la debilidad de muchas personas.

Me miró un momento sin abrir la boca, y después se fue sin despedirse. Corrí detrás de él, arrepintiéndome de mis palabras nada más decirlas, le pedí perdón, le dije que estaba bromeando, le recordé cuantísimo tiempo hacía que nos conocíamos y que éramos amigos, pero fue inútil. Se fue enfadado conmigo y al poco rato recibí la siguiente nota:

 

Creía que estaba tratando con un amigo; de hecho, te consideraba mi mejor amigo y te confié mi desdicha. Pero me has sacado de mi engaño: te agradecería tus esfuerzos si no te compensara ya lo que te has divertido viendo cómo el médico se reía de mí.

 

Después de esa carta ya no pudimos seguir en contacto. Así que no es raro que Pavlos acabara teniendo la sospecha de que yo era cómplice de Lamirás.

Pavlos no hizo el viaje que le había recomendado el médico y probablemente no cumplió ninguna de sus recomendaciones. Desde aquel día se volvió aún más melancólico, parco y misántropo; cuando lo volví a ver al cabo de quince días, estaba extremadamente consumido. Intenté hablarle, librarle por cualquier medio de la amargura que le habían producido mis palabras. Veía que estaba sufriendo de verdad y sabía que no tenía ningún otro amigo de confianza que pudiera animarlo. Pero cuando me vio, frunció el ceño y me apartó la mirada con hostilidad. ¿Qué habría visto? Quizás ahora veía dos gatos negros en vez de uno.

Me dirigí a un primo suyo, Alkiviadis Damulís, el único pariente que tenía en Atenas, pero a él también lo evitaba. Solo un día le dijo sobre mí: «¡A ese déjalo estar! Es un hipócrita». Después le pregunté sobre las relaciones entre Pavlos y Lamirás, pero no pude sacar en claro nada más de lo que me ya me había dicho Pavlos.

—Yo los conozco como amigos. Aunque Pavlos es a menudo insufrible con sus peculiaridades, me acuerdo de que incluso entonces Lamirás y su mujer no podían estar sin él. Nikos Lamirás es todo bondad, un corderillo.

—Pero sin embargo, durante los últimos días que estuvo viviendo aquí se enfadó con Pavlos y además le dijo cosas bastante feas.

—¡Ni caso! Mira lo que pasó: el supervisor hizo un comentario sin importancia sobre Pavlos, y este sin motivos pensó que Nikos lo había difamado ante los otros empleados y lo llamó traicionero, artero, envidioso y de poco no pasa a las manos. Lamirás tiene muchísima moral, y ya le había pasado por alto muchas cosas, así que hizo por no perder la paciencia tampoco en esa ocasión. Pero como Pavlos no lo dejaba tranquilo, acabó perdiendo él también la paciencia un día y le dijo: «Me temo, desdichado, que acabarás en el manicomio». Esto me lo contaron sus compañeros y el propio Lamirás, que por cierto estaba muy apenado por haber perdido los nervios hasta ese punto, en contra de su carácter y de su costumbre.

Olvidada la posible locura, lo que me entró fue indignación. ¡Hay que ver, señor mío, pasar el tiempo con una persona así…! Pero cuando lo veía me volvían de nuevo la compasión y la simpatía. Su melancolía y malestar seguían avanzando. Él, que solía ir tan aseado, se había abandonado y su barba sin cortar parecía aumentar la debilidad y la fatiga que reflejaba su cara. Se ausentaba frecuentemente del trabajo, y a uno de sus compañeros que le preguntó por qué, le dijo:

—No me encuentro bien. El mundo me parece estrecho, me ahogo. Quiero correr, correr.

Solía pasearse distraído y muchas veces estaba a punto de que lo pillara algún vehículo.

Cuando regresó Lamirás dejó de ir a la oficina, y al cabo de unos días presentó su dimisión. A partir de entonces estaba desaparecido. Su primo, preocupado, acudió a su casa.

—¿Dónde está Pavlos? —le pregunta a la casera.

—¿Qué quieres que te diga, hijo mío? —le dice la vieja enigmáticamente y moviendo con lástima la cabeza—. Yo también sé lo que está pasando este niño. Hace ya días que está encerrado y no sale ni de día ni de noche. Le traen comida del hotel y la coge por la ventana. Fui ayer a hablarle, a que abriera un poco y que corriera el aire, y se enfadó tantísimo que me dio hasta miedo.

Alkiviadis, que claramente no las tenía todas consigo, se acercó a la puerta y llamó:

—¡Pavlos!

Pero tuvo que llamar y que gritar muchas veces hasta que finalmente escuchó la ronca voz de Pavlos desde el interior de la habitación:

—¿Eres tú, Alkiviadis?

Al poco Alkiviadis le oyó arrastrando varias cosas pesadas por detrás de la puerta: baúles y mesas. Después la voz de Pavlos volvió al fondo:

—¡Adelante!

Alkiviadis abrió la puerta, pero no pudo avanzar por lo cargado que estaba el aire de la habitación.

—Entra, entra y cierra —le gritó con urgencia e intranquilo Pavlos, que se había metido en la cama y estaba tapado hasta arriba.

—¿Que cierre…? ¡Ni loco! —le dijo Alkiviades desde la puerta y volvió el rostro—. ¿Cómo puedes vivir aquí dentro? ¿No ves que el aire no se puede respirar?

—Entra rápido o me levanto y cierro.

Como la puerta ya llevaba algunos minutos abierta y el aire se había renovado un mínimo, Alkiviadis entró.

—¡Cierra, cierra! —le gritó Pavlos intranquilo.

Alkiviadis cerró la puerta.

—¿Pero qué narices tienes en la cabeza? ¿Quieres morirte aquí dentro? ¿Por qué te has encerrado? ¿Por qué hay tantos baúles detrás de la puerta? ¡Estas encerrado aquí dentro día y noche y encima, encamado! ¿Estás enfermo?

En vez de responder, Pavlos se llevó un dedo a los labios y se susurró repetidas veces: «¡sssss!».

Alkiviadis no podía salir de su asombro.

—¿Pero estás enfermo? —repitió mientras su mirada recorría la habitación, que estaba totalmente patas arriba.

—Calla y sienta.

Alkiviadis se sentó.

—Entonces —dijo bajando mucho la voz—, ¿qué misterios son estos? ¿Por qué tanto chito y chitón? ¿Estás bajo asedio?

—Sí.

—¿Y quién te asedia?

—El Gato Negro.

Alkiviadis se lo quedó mirando, intentando poner cara de chiste.

—¿Me estás tomando el pelo? —le dijo.

De pronto Pavlos se levantó enfurecido, con los ojos inyectados en sangre y se puso a gritar señalando a la puerta:

—¡Vete de aquí! ¡Fuera de aquí! ¡Has venido a reírte de mi desgracia! ¡Vete pero ya, pero ya, pero ya!

Y repitió más de diez veces las últimas dos palabras, tan fuerte que se le acabó yendo la voz.

Alkiviadis se levantó lleno de miedo, el mismo que se provocan los gritos y acusaciones de los dementes. Mientras tanto la casera, que había oído los gritos de Pavlos y estaba acudiendo, dejó oír el sonido sordo de sus zapatillas y su vestido y asomó la cabeza. Entonces Pavlos enloqueció de verdad, y su ronca voz sonó como el ladrido de un mastín:

—¡Tú que haces aquí, vieja de mierda! ¡Eh, eh, eh!

Y saltando de la cama agarró a su primo del hombro y con una fuerza increíble lo sacó de la habitación gritando:

–¡Fuera! ¡Todos fuera!

Entonces cerró la puerta con furia, la aseguró, y Alkiviadis pudo oírle arrastrar de nuevo todos los baúles y mesas.

 

Al día siguiente Alkiviadis se encontró conmigo y me contó lo sucedido, añadiendo que Pavlos seguía encerrado y que además había pasado la noche en ayunas porque no había dejado pasar la comida que le habían traído del hotel. Quizás pensaba que estaba envenenada.

Fuimos corriendo a ver al médico V., que acabó convenciéndose de que el paciente había hecho un mejor diagnóstico que él.

—¡Un caso curioso, muy curioso! —decía.

Preparándose pues para verlo, nos dijo que era necesario aislarlo lo antes posible en el manicomio, porque corría riesgo de hacerle daño a alguien o hacérselo a sí mismo. Así que nos fuimos a avisar por telégrafo a sus hermanos y a dar parte a la policía para que nos ayudara en caso necesario.

 

Era domingo. Después de varios días de mal tiempo, el sol brillaba vivamente, ofreciendo un bonito día de invierno a los atenienses. Y mientras Alkiviadis y yo bajábamos por la calle del Licabeto, me vinieron a la cabeza ciertos pensamientos que solían asaltarme sobre la insensibilidad de la naturaleza hacia las inmundicias que bajan por la calle o se acumulan en las aceras después de la lluvia y el dolor que llevamos en el alma.

En ese momento Nikólaos Lamirás salía de su casa, más allá de la puerta de Adriano, con su hijo de seis años, Fedon, para dar una agradable vuelta por detrás de la Acrópolis hasta las colinas de la Pnix y de Filopapos. Por la ventana apareció un instante la señora Lamirás, de un rubio sutil y dulce, para despedirse de su hijo, que en respuesta le mandó besos con la mano.

Era un muchachito encantador el tal Fedon. Cuando teníamos por costumbre ir a casa de Lamirás, todos nos quedábamos hechizados por lo gracioso que era y lo encantador de sus balbuceos. Pavlos lo quería especialmente, se reía repitiendo sus tartamudeos y se lo subía a las rodillas. Ahora estaba todavía más guapo y más gracioso. El pelo con bucles rubios como un ángel y ojos grandes, llenos de luz e inocencia.

Avanzaba a saltitos como un cachorro, sonriendo a todo el mundo, que le sonreía a él a su vez. Y a cada pocos pasos le lanzaba todo tipo de preguntas a su «papaíto», que no se cansaba de responderle, a menudo revolviendo el pelo rubio del pequeño. Así atravesaron la avenida de la Acrópolis y llegaron a la ermita que hay entre las colinas de la Pnix y de Filopapos, donde había cabras con sus cabritillos. Al ver esto, Fedon pegó grandes voces:

—¡Papaíto, una cabra con sus cabritas!

Y se quedó hechizado, con las manos en los muslos.

—Corre a jugar con ellas —le gritó su padre, sonriendo.

Fedon salió corriendo, pero cuando se acercó y vio que la cabra alzaba hacia él sus ojos aceitosos y cogía una postura algo amenazante, sus pasos se volvieron indecisos. La cabra, sin embargo, después de mirarle un momento, optó por marcharse con sus crías y Fedon las persiguió corriendo, mientras Lamirás gritaba:

—Cuidado, no te vayas a caer.

En ese mismo momento salía de entre los pinos que hay alrededor de la Acrópolis un joven de unos treinta años, pálido y débil, como si se acabara de salir de una larga enfermedad, con unas pintas grotescas. Y mientras Lamirás subía por el camino hacia la ermita de san Demetrio, detrás de la cual había ido corriendo su hijo, el tal joven siguió la misma dirección. Estaba tan atolondrado que iba diciéndose a sí mismo frases entrecortadas.

Cuando llegó a lo alto del camino y vio a poca distancia a Lamirás, del que se distinguían los hombros y la cabeza, se puso nerviosísimo de repente, fue corriendo hacia el padre de Fedon y le dijo con voz temblorosa:

—Satanás hecho hombre, ¿hasta cuándo me vas a perseguir? ¿Sabes qué? No moriré en el manicomio, ¡moriremos los dos juntos!

Lamirás se giró y reconoció a Pavlos, listo para dispararle… Pero justo cuando Pavlos iba a pulsar el gatillo, hizo un movimiento de sorpresa. Sus furiosos ojos se abrieron aún más y su brazo extendido se relajó. Entre él y Lamirás encontró a Fedon, con cara de sorpresa y de sobrecogimiento, apretándose contra su padre y tirándole del traje. Pavlos lo reconoció y en ese momento su sombría figura se iluminó y su feroz mirada se aplacó.

—¡Fedon! —suspiró—. ¡Cómo ha crecido!

Sus ojos parecían húmedos. Después de unos momentos de observar a Fedon con una ternura inenarrable, le dijo al padre con voz tranquila, casi relajada, mientras su mirada seguía clavada en el niño:

—¿Qué voy a hacer contigo? Su inocencia es un muro infranqueable entre tu maldad y mi desesperación.

Y salió corriendo hacia la Pnix; aún no se había recuperado Lamirás de la sorpresa cuando escuchó un disparo sordo. Salió corriendo hacia ese lugar y encontró a Pavlos convulsionándose, con una bala en el corazón.

 

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Ioannis Kondilakis (1861-1920) fue un escritor naturalista griego, que destacó también como periodista. En sus historias, escritas con humor y cierta acidez, se centra en la descripción psicológica de los personajes. Destacan su colección Cuando era maestro y otros relatos y las novelas Los miserables de Atenas, El Patazas y El primer amor.

 

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Enrique Íñiguez Rodríguez

Enrique Íñiguez Rodríguez es traductor profesional. Tiene un máster en Traducción Creativa y Humanística y es doctorando en Estudios de Traducción. Sus investigaciones se centran principalmente en calidad y traducción literaria del griego moderno.

Contactar con el autor: eniro [at] outlook.es

 Ilustración relato: Gato negro, By Chosovi (Own work) [CC-BY-SA-2.5 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.5)], via Wikimedia Commons.

 

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