relato por
Amador Redondo

 

R

obado se halla mi ánimo, y expuesta mi voluntad a la más terrible inseguridad, ahora que se aproximan las últimas páginas, cuando el temor a la mediocridad hace de su capa un sayo y aprisiona mi determinación.

Largas horas las de aquella noche en la que comencé mi obra, en las que me incliné con ávido deseo sobre el papel, y entreabrí la historia con una frase que ni yo mismo entendí del todo. Ya entonces acerqué mi herida al pecho, como ahora hago, en señal de protección. Recuerdo haberme preguntado si algún día dejaría de dolerme, y la respuesta se me ha devuelto con cada sentencia que he expresado, con cada instante que he dedicado a mi escrito. Mi ánimo, era la respuesta.

Ahora, de nuevo, vuelvo a sentarme en mi estudio a narrar.

Cerca de mí, en mi propio hogar, la deshonra y la falta de decencia inundan mi alma cristiana de pustulosas heridas. Mi espíritu se ve atrapado en una amalgama de tiranteces y disputas que no me dejan expresar. Me abochorna lo que oigo en el salón, por el pasillo, e intento quitar de mi mente la inconformada vida de las personas con las que vivo, y que, si amo, también critico con ansiedad.

En efecto, mi corazón se estremece y se acurruca en esta apagada celda, donde la oscuridad de sus rincones es infinita. Hacia ella voy, atraído por su anonimato.

Debo continuar. Entorno la puerta y me acerco a una suerte de pergaminos y emborronados papeles que esconden la mesa donde mis manos han reposado durante semanas, a la espera de acabar lo que se me antoja largo y pesado.

A mí vuelven ahora, a punto de la media noche, las fiebres que en otros tiempos batieron mi corazón al arrojo y a la valentía. Usaré una vez más mi pluma, como antaño la espada, para acometer esta obra que se presenta ante mí con el rostro del enemigo compasivo, que si bien me permite avanzar, siempre me frena antes de llegar.

Viene a mi memoria lo que una vez fue un recuerdo, y que ahora hago mío en el presente intemporal de esta historia, la cual, llena de voces y personajes, sólo uno de ellos sobresale entre los demás, el que yo bien conozco, y cuyo apellido comienza por una letra que, sola, pocos gustan de pronunciar. A él me remito, y le sigo contando la vida entre estas líneas, y pongo y quito, bajo un único y estricto criterio, el mío. Pues así debe ser. Si escribes debes tener la osadía de ser un dictador de las palabras, un ejecutor de la obra que llevas a cabo, un villano que no concederá tregua a los términos cuáles sean, y que clavará a hierro las sentencias que procedan, como se graban las palabras de la muerte sobre la vencida lápida.

Sigo, y escribo, y salen de mí no sólo las palabras, sino la ansiedad acumulada del escritor que siente dentro todo lo que puede dar y no da, todo lo que su alma posee y no concede a los demás, aquello que teme decir y da miedo revelar.

Desde la ventana, una luz, un pasajero de la noche que trasiega el callejón con dos velas entornadas y que desvía mi atención por un minuto mal contado. En mi interior, en cambio, un dolor me inunda de nuevo. Es mi mano, la izquierda, la que acabó anquilosada y marchita en la defensa de un ideal del que nunca me he retractado.

No me distraigo más, debo acabar, ya falta poco, está a punto de llegar el final.

 

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Amador Redondo MenudoAmador Redondo Menudo. Ha escrito, cree, desde siempre, ya fueran pensamientos, ideas, recuerdos o historias. Desde hace años, participa en todo tipo de talleres literarios, clubes de lectura, etc.
Se ha acostumbrado a incluir en el día a día el ejercicio de escribir, en una continua práctica de trabajo que, espera, le haga expresar, cada vez mejor, las ideas e historias que rondan su imaginación.

Contactar con el autor: amador.redondo [at] gmail.com

 

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Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 
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Revista Almiarn.º 86 / mayo-junio de 2016 – MARGEN CERO™Aviso legal

 

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