relato por
Federico Garrido Villar

 

H

abía estado cabalgando más días de los que podía recordar y a última hora de la tarde alcanzó a ver desde la cresta de una colina una solitaria casona de piedra al borde del camino. Cuando estuvo lo bastante cerca, le sorprendió comprobar que estaba intacta y parecía habitada. Desde el asesinato del rey Peldas a manos del Duque de Herta la guerra civil se había desatado en todas las tierras de Ulimán, y en no pocas regiones, bandidos, mercenarios y nobles sin escrúpulos se dedicaban a saquear aldeas, violar doncellas y arrasar todo lo que encontraban a su paso. En su largo periplo, el caballero Artas había visto demasiada destrucción, pueblos reducidos a cenizas, mujeres y niños degollados, campesinos y soldados colgando de las ramas de los árboles, campos sin labrar, pozos envenenados, soledad y ruina. Artas había luchado en muchas batallas, había matado a cientos de enemigos, sabía lo que era el horror, la sangre y la violencia, pero todo aquello era muy diferente. Era el pueblo el que sufría, el que se moría de hambre, el que era despojado de todos sus bienes. Cada uno de los bandos que se disputaba el trono de Ulimán no hacía otra cosa más que robar, destruir y matar a los campesinos. A gente como Artas, que nació en una aldea a orillas del río Gladon, en el seno de una familia de granjeros.

Cuando bajó del caballo, observó que la casa era una posada que respondía al nombre de El Perro Blanco y no era el primero en detenerse allí. En el establo contó quince caballos: había al menos una docena de caballeros, soldados regulares y algún comerciante. Tendría que andarse con cuidado: hasta el momento, había evitado comprometerse con alguno de los tres bandos que luchaban por la corona del asesinado rey Peldas. Ni su sobrino Poldas el Gordo, apoyado por los Silfos, ni el cruel Duque de Hert, ni el astuto general Brildo le inspiraban confianza, por una u otra razón. Conforme a las leyes ulimanas, Poldas el Gordo, que cuando reinaba su tío se dedicaba a emborracharse de banquete en banquete, era el legítimo heredero del trono que fundara Undas el Grande tres siglos atrás, pero todos sabían que el sobrino del rey Peldas colaboró en las masacre en la que éste, su esposa Ada y sus dos hijos fueron asesinados, junto a decenas de parientes, consejeros y escoltas en una sala del Palacio de Murrimel, en una aciaga velada que el pueblo bautizó como Noche de los Lamentos. Aganas el Tuerto, Duque de Hert, cabeza de la noble familia de los Uder, emparentada con los reyes, se proclamó monarca al día siguiente, incumpliendo el pacto que había firmado con Poldas, quien no tardó en reunir su propio ejército e iniciar un conflicto que duraba ya cinco años. Al poco tiempo, el veterano general Ordas Brildo, asqueado de la crueldad y la avaricia de Aganas el Tuerto y cansado de la desidia de Poldas el Gordo, se rebeló en el sur del país con una parte de las tropas y comenzó su particular lucha por la corona. Ahora, tras cinco años de guerra, los tres bandos seguían en liza, y aunque Poldas el Gordo había visto reducidas sus posesiones hasta el pequeño feudo de Fuente Cristal, en las fronteras con el reino silfo de Gabolia, el principal aliado con que contaba, tanto él como Aganas el Tuerto, que gobernaba en la capital, Ulis, y la región noreste, y el general Brildo, que poseía bajo su mando los señoríos del sur, seguían enzarzados en una guerra a muerte y sin cuartel, en la que muchas regiones y comarcas vivían sumidas en el caos, y eran saqueadas por tropas de mercenarios y bandas de salteadores. Hasta aquel momento, Artas había sabido mantenerse al margen, pero era consciente de que llegaría el día en que tendría que tomar una decisión.

Cuando entró en el salón de la taberna, un espacio amplio, de suelo de madera y que olía humo, a sudor y a carne asada, Artas evaluó mentalmente la docena de hombres sentados a las mesas. Reconoció a tres mercenarios de Eliria, con brazos tatuados y grandes hachas a la espalda, que lo mismo podían estar al servicio del Duque de Hert como del general Brildo. Había un caballero sureño, en concreto del Condado de Ronto; un partidario del general, acompañado de un paje de mirada temerosa. Un comerciante ulimano, con un greñudo guerrero a su diestra con parche en el ojo que era, a todas luces, su escolta. Una pareja de soldados del Duque de Hert, que miraban con desconfianza al caballero de Ronto desde un extremo del salón, y su capitán, un hombre de cara lánguida, que conversaba con el posadero. Un arquero solitario de Brudel, tal vez un buscavidas que se había quedado sin señor que le pagara por sus servicios. Dos enanos de Montenegro que hablaban en su extraña lengua, ajenos a los demás. Y una joven sentada en un rincón, vestida con cota de malla y con una espada en el regazo. Sus ojos rasgados y su piel amarilla proclamaban que era una mujer de la lejana Saina, una guerrera-sombra. Artas había oído hablar de ellos: hombres y mujeres que eran educados para el combate desde la niñez y que jamás huían o se rendían. Se preguntó mientras se acercaba a la barra a quién serviría aquella chica.

De pronto, un hombretón vestido de negro apareció ante él y le miró de arriba abajo con cara de pocos amigos.

—Antes de que digas nada, caballero, escúchame bien. Esta posada es un lugar de paso, y como tal, no queremos problemas. Nuestro lema es bien sencillo: si tienes dinero, paga lo que vayas a comer o beber o el camastro en el que duermas, y, mientras, no molestes a los demás. Me importa una mierda la guerra que se está librando en este maldito país, pero aquí no quiero que la traigáis. No quiero combates, ni duelos, ni peleas. ¿Está claro?

—Muy claro.

El hombretón asintió con la cabeza y se retiró tras la barra, donde se sentó a afilar su espada. Artas pidió una jarra de vino y tomó asiento, mientras las conversaciones se reanudaban en la posada. Viendo los distintos guerreros que allí había, le parecía increíble que el edificio siguiera en pie, pero el gigante de negro era la explicación: allí imperaba una especie de ley tácita por la que quien cruzaba la puerta olvidaba las rencillas que pudiera tener afuera, y al que se le ocurriera perturbar la calma se las tendría que ver con el guerrero. Artas sospechaba que debía ser un antiguo oficial ulimano, o un veterano mercenario que sabía que ganar dinero en aquella posada era menos peligroso que arriesgar la piel en una batalla de incierto resultado. No sabía si era el posadero el que pagaba al gigante, o al revés, pero poco importaba. Allí los combatientes de uno u otro bando, o los simples viajeros, se detenían a comer, a beber y a descansar y se olvidaban de sus luchas y azares.

Cerca de Artas, el capitán del Ducado de Hert y el posadero hablaban a media voz, pero lo suficientemente alto para que pudiera escucharlos, recordando un suceso reciente que estaba en boca de todos.

—Sí, los robaron —dijo el capitán, con desprecio—. Un miserable traidor que buscaba una fortuna. Ahora han puesto precio a su cabeza.

—¿Y se sabe cómo ocurrió?

—Fue de noche, hace ya un mes. El ladrón era un sargento que tenía acceso al camposanto de Yvan, donde enterraron al cabrón de Peldas y a su familia. Dicen que lo hizo él solo, pero yo no me lo creo. Necesitó la ayuda de alguien, eso está claro.

—¿Y qué pasó luego?

—Pues desenterró los cuerpos de ese desgraciado, de la zorra de su mujer y de los cabrones de sus hijos, cogió las calaveras y se las llevó, Y hasta el momento, nadie sabe dónde se ha metido ese hijo de puta.

—Bueno, sólo son unos huesos… No hacen daño a nadie.

—¡Y una mierda! —repuso el capitán. Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie pudiera oírle, se acercó aún más al posadero y le susurró al oído—: Tanto el gordo de Poldas como el general Brildo han ofrecido una recompensa de mil reales de oro para el que les traiga el saco con las calaveras. Y mi señor, el rey Aganas, ha ofrecido el doble para quien les traiga el jodido saco y la cabeza del ladrón.

—¡Por los dioses! —exclamó el posadero, sin darse cuenta de que varios de los presentes le estaban escuchando—. ¡Mil reales por unas calaveras…!

—¡Calla, imbécil! —gruñó el capitán de Hert. Algunas cabezas se volvieron para mirarle y el gigante de negro se puso en pie con el ceño fruncido. El posadero retrocedió, asustado. Artas, sin moverse de su sitio, echó un vistazo a su alrededor y no tardó en darse cuenta de que aquello iba a acabar mal. El gigante se dirigió hacia el capitán de Hert, y sus dos soldados se levantaron a la vez. Algunos de los allí presentes echaron mano de sus espadas y puñales.

—¿Qué coño ocurre? —preguntó el hombretón, con la espada en alto.

—No… no es nada —masculló el posadero, sonriendo—. No pasa nada, Grun. El capitán Drey y yo sólo estábamos hablando…

—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que hablabais, para que Drey te tenga que insultar?

—Vamos,  Grun —dijo  el  capitán,  tratando  de  calmar  al  gigante—. Nos conocemos desde hace años. Elberet y yo hablábamos de nuestras cosas…

—Dime, Drey —gruñó Grun, acercándose a él—. Háblame de esos mil reales… —hizo una pausa, miró a su alrededor al notar varios pares de ojos fijos en él y espetó—: ¿Qué estáis mirando?

Algunos rostros se apartaron, con cierto temor, pero un par de guerreros sostuvieron la mirada de Grun sin parpadear. Uno de ellos era la joven de Saina, quien acariciaba la hoja de su afilada espada al tiempo que miraba al fortachón fijamente. Grun se apartó de Drey y se encaró con la muchacha.

—¿Qué cojones miras, zorra?

Muy despacio, con absoluta calma, la sainita se puso en pie.

—Te miro a ti, piel blanca.

De pronto, el paje del caballero sureño se levantó de forma precipitada, tirando al suelo la silla, y todos le miraron. Sacó una daga de su chaleco y se alejó en dirección a la puerta de entrada.

—¿Qué demonios haces, Bifas? —inquirió el caballero al que servía, perplejo.

—¡Cállate! —gritó, con aire molesto—. ¡No me llames así! No soy tu condenado sirviente. Estoy harto de esta mierda. Me largo de aquí.

Mientras todos le miraban, la mayoría con sus armas en alto, Artas retrocedió hacia un rincón sin llamar la atención, desenvainó su espada de acero silfo y calibró las opciones que tenía de salir con vida de aquel lugar.

El paje llamada Bifas estaba ya junto a la puerta, cuando dio un salto y cogió un pequeño saco de tela raída que descansaba bajo una ventana, entre otros bultos. Artas se percibió de la mirada que intercambiaron el capitán Drey y el posadero. Y también vio el brillo de codicia en los ojos de Grun.

—¡Un momento, chico! —bramó el guerrero.

Bifas se detuvo, apoyando la espalda contra la puerta.

—¿Qué llevas ahí, en ese saco? Vamos, enséñamelo. Sólo quiero verlo…

Grun dio un paso, con la espada en alto, y en ese instante ocurrieron varias cosas a la vez. Con dedos rápidos, el arquero de Brudel disparó un par de flechas, que se clavaron en el pecho de un asombrado Bifas. Al mismo tiempo, el posadero dio un grito, el capitán Drey se arrojó sobre el caballero sureño y los mercenarios de Eliria se enzarzaron en combate con los dos Enanos. Artas retrocedió con la pared a la espalda, sin perder de vista a las dos personas más peligrosas que había en el salón: Grun y la guerrera-sombra. El primero corrió hacia el paje muerto, que se había derrumbado junto a la puerta, matando en el camino a uno de los caballeros de Hert, y al agacharse para recoger el saco, una calavera blanca como la cera rodó por el suelo. Todos la miraron boquiabiertos, como si se tratara de una olla repleta de oro.

—¡Por todos los dioses! —exclamó el posadero desde detrás de la barra—. ¡Es la calavera del rey Peldas! Era cierto…

Artas miró el cráneo, y en especial la dentadura: el brillo de una muela de oro le convenció de que se trataba del rey Peldas. Todo el mundo en Ulimán sabía que el fallecido monarca tenía un diente de oro.

Grun se arrojó sobre la calavera, y se tropezó con Drey, que había matado al caballero sureño. Artas observó que había cada vez más muertos en el salón: uno de los mercenarios elirianos, el comerciante y el otro soldado del Ducado de Hert. Siete muertos y siete vivos. Artas miró a su derecha y vio a una mujer asomándose por la puerta de la cocina, y acto seguido, retirándose horrorizada. Debía de ser la esposa del posadero. Oyó un grito, y vio caer destripado a uno de los Enanos. Grun y Drey combatían cerca de la entrada, mientras los mercenarios acosaban al Enano que quedaba con vida, y el ceñudo escolta del comerciante trataba de acercarse al saco, abandonado al pie de una mesa, después de decapitar al arquero de Brudel. No alcanzó ni siquiera a tocarlo: como un rayo, una espada emergió de la nada y atravesó la cabeza del infortunado guerrero. Artas ahogó una exclamación de asombro: era la joven de Saina, que había surgido de entre las sombras con una agilidad pasmosa. Artas sintió un escalofrío al mirar los ojos rasgados de la mujer: en su vida sólo había visto una mirada igual de fría. Justo en ese instante, los dos mercenarios elirianos abatieron al otro Enano y se abalanzaron sobre el saco, que la joven sainita defendió con ferocidad. Artas se sintió fascinado por el modo de luchar de la chica, que en pocos minutos mató a uno de sus adversarios y dejó malherido al otro. Luego, se volvió para mirarle otra vez. Sin dejar de hacerlo, se inclinó para recoger el saco con las calaveras, vaciló durante un instante y entonces volvió a dejarlo en el suelo.

—No vale la pena morir por unos huesos —espetó. Dio media vuelta y se marchó de la posada. Artas observó el desenlace del combate entre Drey y Grun, que gruñían y maldecían mientras se golpeaban con sus espadas. Tras la barra, Elberet, el posadero, decidió que ya se había arriesgado demasiado tiempo quedándose allí y huyó con su esposa en mitad de la noche. Ahora, entre los cadáveres, sólo quedaban tres hombres con vida. Y un saco de calaveras que valía una fortuna.

Drey hirió en el brazo a Grun, y aprovechando que éste retrocedía, miró a Artas.

—¡Maldita sea! Caballero, deja de mirar y ayúdame. Eres de los míos, ¿verdad? Pues ven y matemos juntos a este hijoputa…

—Intentadlo —farfulló Grun, con rabia.

—Te equivocas en una cosa, capitán —dijo Artas—. No soy de los tuyos, ni nunca lo seré.

—¿Qué…?

Fue sólo un instante, pero a Grun le bastó. Drey bajó la guardia al mirar a Artas y entonces Grun se desplazó hacia adelante, alzó la espada y la incrustó en la cabeza de su adversario. La sangre salpicó su cara, y el cuerpo del capitán se estremeció con un violento espasmo antes de derrumbarse en el suelo. Grun se apartó, limpió la hoja de la espada en las ropas del muerto y echó un vistazo a su alrededor.

—Vaya carnicería, ¿eh? Ni la batalla de Cronton…

Artas guardó silencio y observó a Grun de hito en hito.

—Mira, voy a ser sincero. Quiero esas calaveras, y te arrancaré el puto corazón del pecho si te interpones en mi camino. ¿Te ha quedado claro?

—No.

Grun arrugó el ceño y sacudió la cabeza.

—Maldito idiota. ¿Qué coño no has entendido?

—El problema no es si lo he entendido —Artas avanzó un paso y levantó la espada ante su rostro—. El problema es que yo también quiero esas calaveras, y tú te has puesto en medio.

—Estás muerto, pedazo de mierda. Muerto y enterrado.

Grun se arrojó contra Artas, pero estaba cansado y herido, y le cegaba la ira. En cambio, Artas estaba sereno y en plenitud de fuerzas. Era un veterano del ejército ulimano, curtido en mil combates, y como tal se limitaba a detener los golpes de su contrincante y esperar su momento. Ofuscado, Grun le insultaba, escupía saliva con cada palabra, jadeaba, gruñía. Artas, en silencio, le miraba a los ojos mientras su espada subía y bajaba, veloz como un águila cazando una presa.

Tras varios minutos de reñida lucha, Grun comenzó a sentirse fatigado, y Artas supo que su momento había llegado. Esquivó dos ataques de su enemigo, se desplazó a un lado y buscó con su espada el cuello de toro del gigante. El acero atravesó la carne, desgarrando la garganta del guerrero, y un caliente chorro de sangre bañó el suelo. Artas dio un paso hacia atrás y Grun cayó de rodillas, pero en un último esfuerzo, desangrándose como un cerdo en un matadero, movió su brazo derecho e hirió en un costado a su oponente. Artas gritó y decapitó al gigante. Se apoyó en una mesa cercana y se tocó la herida: era profunda y no dejaba de sangrar. Para su desgracia, le había alcanzado en algún órgano vital.

—¡Dioses! No es posible…

Buscó un trapo con el que taponar la herida, bebió un largo trago de una botella de licor y luego cogió el saco. En su interior vio que había cuatro calaveras intactas: el rey Peldas, la reina Ada y los príncipes Aldas y Eldas, los últimos miembros de la dinastía Arin.  Artas imaginó que el tal Bifas habría sido el autor de la profanación de la tumba donde yacían los cuerpos de la familia real, o tal vez le robó las calaveras a quien lo hizo. Poco importaba ya eso. Ahora, estaban en su poder. Artas tomó el cráneo del desgraciado rey y lo besó con reverencia. Recordó todas las ocasiones que había conversado con él, las veces que cabalgaron y lucharon juntos, las veces que compartieron comidas y fiestas. Un buen rey, un buen hombre. Y la bella Ada, tan atenta como inteligente. Y sus dos hijos, a los que vio crecer y enseñó el arte de la lucha con espadas. Todos ellos fueron una familia para él, para Artas Gando, comandante de la Guardia Real, el mejor amigo del rey Peldas. Mientras salía a trompicones de la taberna y montaba en su caballo a duras penas, recordó la aciaga noche en que los hombres del Duque de Hert masacraron a la familia real y a sus allegados, en mitad de una cena. Todos debieron haber previsto que Aganas el Cruel, pariente del Rey, tramaba una conspiración para destronarle. Fue demasiado tarde. Artas se llevó por delante a siete soldados, pero no pudo impedir el asesinato de los reyes y de sus hijos; mataron a todos los lanceros de la Guardia Real que esa noche vigilaban el salón. A él le hirieron gravemente y le dieron por muerto. Amparados por la oscuridad, lo arrojaron a una fosa junto a sus fieles hombres, y cuando recuperó la conciencia, pudo escapar de aquel agujero a duras penas. Huyó en mitad de la noche mientras en el horizonte ardía una de las torres del Palacio de Murrimel, y, lejos de Ulis, escondido en una cabaña en lo profundo del Bosque de Argys, se recuperó de sus heridas y se juró que si no lograba vengar la muerte del rey Peldas, al menos recuperaría sus restos de manos de sus asesinos.

Ahora, cinco años después de la masacre, daría descanso al rey Peldas y su familia.

Cruzó un espeso bosque casi a ciegas y se detuvo en un claro iluminado por las estrellas. Se dijo que aquel era un buen lugar. Cavó un hoyo como pudo, mientras la vida se le escapaba por la herida del costado, y allí enterró las cuatro calaveras, envolviéndolas en un paño que tenía el emblema de Ulimán bordado con hilo de oro. Luego, se sentó sobre la tierra húmeda, apoyó la cabeza contra las rodillas y esperó a que la muerte viniera a su encuentro.

 

 

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Federico Garrido Villar. Don Benito, Badajoz (1985). Vive en Esparragosa de la Serena. Es aficionado a los relatos fantásticos y de terror y, en especial, a los de Lovecraft.

 Web del autor: Hijos de Cthulhu (http://hijosdecthulhu.blogspot.com.es/)

 

 Ilustración relato: Fotografía por Yomare / Pixabay [CCO dominio público]
 

 

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