relato por
Amador Redondo

 

C

uando vi que se abalanzaba sobre mí, no tuve más que retirarme con cierta gracia, y ver cómo torpemente mi atacante arremetía contra cada mueble de la sala, y cómo luego caía sobre éstos, sufriendo todo el daño que pretendía causarme.

Mi capitán, con intrépidos movimientos, forcejeaba con el otro, obligándole a someterse a él, y de rodillas éste le suplicaba clemencia.

Mi doncella más fiel, me confortó agarrándose a mi brazo, y con fuerza y decisión la acerqué a mí. Mi esposa, más reposada y tranquila, contemplaba la escena junto a la ventana, con la mirada perdida, y con ese movimiento leve pero constante en su pierna derecha. Sentía verla así. El médico de palacio la había tratado todo lo humanamente posible. Discutí con él, cuando sus ocupaciones se lo permitía, sobre cada posible cura a sus dolencias, sobre los paliativos que mejorasen su condición, y sobre los remedios, mágicos o naturales, que él pudiese conocer; pero siempre me respondía con una inexpresiva carencia de recursos, que yo, condescendiente, achacaba a su falta de tiempo.

La miré de nuevo, y no me devolvió la mirada con la intención que yo esperaría. Debía hablar con ella. Su voz siempre me calmaba.

Ahora, con el esfuerzo vencido, el primer atacante me observaba desde el suelo, abstraído de todo. Uno de mis soldados lo levantó y lo llevó a sus aposentos, mientras que otro se me acercaba con ánimo increpador. Mi capitán cedió la custodia del segundo atacante a uno de mis sirvientes, que lo sostuvo de mala gana, y se interpuso en la osada intención de aquel soldado.

Dejé a un lado a mi doncella de forma educada, para protegerla del insensato que me gritaba, con el desconocimiento del ignorante que no sabe cuán férreas pueden ser las consecuencias de hablarme así, a su Rey.

Así que mi capitán se interpuso entre él y yo, y aguantó la primera embestida de aquel energúmeno. Luego, con mi mano en su hombro, cedió el paso y me enfrenté a aquél.

—¿Sí? —y la corte, a mi alrededor, se mostró expectante. Incluso, el resto de la guardia, se detuvo en sus quehaceres y se fijó en nosotros.

Pero no me dijo ni una palabra, sólo intentó agarrarme del brazo, el muy insolente, y tuve que zafarme con toda la fuerza que mi cuerpo me permitía. Mi capitán se adelantó de nuevo, pero una mano en su pecho, fuerte y decidida lo detuvo, la mía, así que concedí la conversación que aquel soldado quería mantener conmigo y dispensé a mi protector de su función, por ahora.

Me llevó a una estación contigua al gran salón, donde los infantes que vivían en palacio, y que acudían a la escuela católica de la Hermana Dolores, dejaban sus dibujos, representando una irrealidad a la que no estaba acostumbrado; a veces con cierto gusto, a veces, con cierto estilo, eran dibujos alegres, llenos de colores, paisajes de campiña, montañas, ríos y castillos, y formas geométricas, curvas, círculos. Me gustaba aquel lugar. Quizá por eso fuimos a hablar allí.

Me preguntó por los motivos de la pelea, y no tuve menos que censurar su falta de delicadeza y su indiscreción. Si el Rey la quería, si el Rey las permitía, quién era él para detenerla.

Así que me amonestó —y agradezco que lo hiciera, y aclararé a qué se debía esto—, sobre la inconveniencia de celebrar «disputas» dentro del salón del palacio, y de lo peligroso que eran dichos enfrentamientos, tan cerca de los súbditos que lo habitaban; y pensé en mi padre, mis hermanos, y mi esposa.

No tuve, como digo, más remedio que coincidir con él, y estuve de acuerdo en cuidar de no permitir este tipo de arrebatos en mi presencia, y en la de mis seres queridos, a pesar de lo acostumbrados que, supongo, estarían por su condición de nobles guerreros.

Sonreí y él sonrió, y el pacto de no agresión quedó fijado sólo en algunas escaramuzas en el jardín real, y siempre bajo la supervisión del ejército, de mi propio médico, siempre atento a todo, para prevenir desmanes de este tipo; porque también estoy para proteger, para cuidar de todos, aunque sea uno más.

A veces veo a mi padre por aquí, y cada vez que me lo encuentro por el pasillo, no deja de contarme sus dubitativas y oportunas batallas, que han llenado de sucesos ese día, desde que se despertó. Son sucesos que cambian día por día; también alterno con mis hermanos, que a veces me parecen sólo visitantes de palacio, que van y vienen, y de los que apenas recuerdo sus nombres, cuando, de improviso, se han ido.

De todas maneras, debo decir que en la soledad del reinado está mi fortaleza, ya que nadie osa dudar de mis palabras, cuando las digo desde lo alto de la montaña más alta, la que se me ha concedido por mi pureza de sangre, y a la que nadie se atreve a subir, por miedo a caer despeñado a una palabra mía.

Con ese infundido respeto esa noche dormí plácidamente, y recibí la visita de Conchita y Belén, mis dos adorables doncellas, que rendían su cuerpo a mis placeres más reales. No era sino después de la media noche, una vez abiertas con maestría sus ataduras de cuero, y forzada la cerradura de su cuarto compartido, cuando aparecían por turno, para hacer de las suyas, debajo de mis sábanas. Cuando todo acababa, les acariciaba el rostro, su bello rostro, a veces pálido a pesar de todo, a veces vacío, pero siempre con esa mirada lasciva y húmeda, que yo tanto adoraba de mis niñas.

No deben pensar que le era infiel a mi esposa. Cuando hacía el amor, siempre era con ella, porque ella era la única que estaba en mi corazón. Sólo para ella era el alimento del que a veces me privaba. Se lo metía cada día en su plato sin que se diera cuenta, y luego, cuando quería, se lo comía. No necesitaba su agradecimiento, sus ojos, como ya dije, aunque no los tuviese sobre mí, se encontraban con los míos al menos una vez al día, y esa oportuna comunicación, más allá de la distancia de nuestros cuerpos, era lo único que me llenaba de paz. Guardaba su mirada en mi corazón cada noche, antes, durante y después de la visita nocturna.

Al día siguiente volvía a buscarla, a mi querida compañera de palacio que siempre está en el gran salón. Cuando todos desayunábamos, ella, habitualmente en su ventana, me esperaba. Me sentaba a su lado, a contarle las novedades del reino, y le hablaba de los nuevos comerciantes, artistas y navegantes que habían llegado, y de las noticias de mi guardia, y de nuestros triunfos en tierras lejanas, y también le hablaba de la familia, y de que algún día Dios nos concedería la debida descendencia. Un heredero de sangre, sería el bien más preciado para mí, porque no sólo sería un hijo, sino también una parte de su preciosa alma, a la que tanto amaba.

Y la dejé sola de nuevo, e informé a mi capitán de la protección que le debía, y se lo dije también a todos los que trabajan en mi palacio, sobre todo a los de las batas blancas, a todos, para que le mostraran el respeto que se merece.

 

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Amador Redondo MenudoAmador Redondo Menudo. Ha escrito, cree, desde siempre, ya fueran pensamientos, ideas, recuerdos o historias. Desde hace años, participa en todo tipo de talleres literarios, clubes de lectura, etc.
Se ha acostumbrado a incluir en el día a día el ejercicio de escribir, en una continua práctica de trabajo que, espera, le haga expresar, cada vez mejor, las ideas e historias que rondan su imaginación.

Contactar con el autor: amador.redondo [at] gmail.com

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Ilustración del relato: Fotografía por ColdSmiling / Pixabay [dominio público]

 

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