relato por

Chita Espino Bravo

 

 

E

ste semestre estoy cansada, estoy estresada del semestre anterior, estoy que me quiero ir de Kansas. No sé por qué vine a este lugar recóndito del planeta tierra. Es todo campo, la «Mancha española» a lo bestia, es el sobaco de Estados Unidos. Kansas me gusta más que Indiana, pero me quiero ir de aquí. Quiero vivir en Cadaqués, Cataluña, el pueblo más bonito y mágico de la Costa Brava. Salvador Dalí vivía cerca de Cadaqués, en Port Lligat y tengo que decir que creo que en otra vida yo vivía en ese bonito pueblo. Me siento en casa cuando estoy en Cadaqués. Mi alma se calma, se calma mi estrés. Quiero vivir en Cadaqués.

¿Qué me impide irme de Kansas? El dinero. Simplemente, no puedo irme de Kansas y ya está. Llevo 10 años trabajando en esta universidad y no me puedo ir. Me compré una casita hace 4 años. La estoy pagando y no me sobra el dinero, pero me permite irme dos veces al año a Barcelona para ver a mis amigos y a mi familia. Juego a la lotería Powerball cada semana desde hace ya 2 años. Sólo me ha tocado el reintegro dos veces, y espero cada semana, imaginándome millonaria y con la esperanza de que me toque. Mi ex americano me dijo que es más probable que me coma un tiburón en Kansas, que no hay mar, que me toque la lotería. Quizás tenga razón, pero yo sigo soñando. Sueño lo que haría con ese dinero si me tocase el bote de la lotería. Me compraría un coche nuevo si me tocase la lotería. Titanic se está muriendo. Titanic es mi coche en Estados Unidos, un Ford Taurus de 1997. Se lo compré a una estudiante peruana-americana que se volvía a su país después de graduarse por 800 dólares. Las puertas ya no cierran eléctricamente y la radio murió hace años y me dedico a cantar en mi coche cuando voy por la carretera, para hacer de radio. El interior de plástico de las puertas se está desprendiendo de la parte metálica del coche y un amigo me lo sujetó con tornillos… está viejo mi Titanic. Lo llamo Titanic porque me siento como una enana dentro de ese coche. Me tuve que poner un cojín en el asiento del conductor porque soy bajita. Mido un metro sesenta, o 5’ 3”. Soy una enana en Estados Unidos. Todos son tan grandes y fuertes… hay gente pequeña también, pero abunda la gente grande. Tengo estudiantes que sentados son más altos que yo de pie. También pagaría la hipoteca de mi casa en Kansas si ganara la lotería. Haría cambios en mi casa, por ejemplo, quitaría la moqueta, la alfombra como dicen mis amigos mexicanos. Tengo alergia a la alfombra. Me acostumbré a usar la x en «mexicanos» en vez de la j cuando uso el término. No tengo problema con eso. Para mí, el español que yo hablo no es mejor o peor que el que se habla en México. Es una variación más del español. Cuantas más variaciones conozca una persona, más rico su español. Al menos eso pienso yo. Tengo muchos estudiantes mexicanos en mis clases de español. La gran mayoría son de origen humilde y muy trabajador. Me gusta que se sientan orgullosos de ser mexicanos en este país políticamente tan correcto, pero que trata tan regular a los mexicanos. No quiero entrar en política, pero los latinos son buena gente. Yo me siento latina cuando se meten con los mexicanos; yo me siento catalana, cuando se meten con los catalanes; yo me siento española, cuando se meten con los españoles. Soy híbrida, me siento de todo el mundo muchas veces. Nunca me sentí estadounidense, y eso que me encanta el idioma inglés.

Quiero irme de Kansas si me toca la lotería. Este lugar ya no me dice nada… mis gatos son lo único que me da alegría, mi jardín mientras no hace frío, mis estudiantes, la natación, tocar mi piano y cantar canciones melancólicas… lo demás ya no me da alegría. Estoy cansada de los que mandan en mi departamento. El último jefe que tuve me dejó agotada física y emocionalmente. Todo un personaje digno de una obra de Shakespeare que muere al final… desearía que le encerraran en un frenopático americano y le llenaran de drogas el cuerpo para que se calme. Desear algo así no es positivo, pero en verdad estoy estresada por este tipo. Que le encierren en el frenopático.

El departamento en el que trabajo es pequeño. Somos cuatro personas en el campus. Tenemos un programa de español bastante mediocre. Llevo tiempo intentando mejorarlo con mis colegas, pero todo es un impedimento. He llegado a la conclusión de que no vale la pena ya estresarse por ese departamento. Si tiene que morir, que se muera. Yo no voy a impedirlo más. Tenemos ahora un jefe interino mucho mejor, pero no creo que se quede. Quiero ganar la lotería y largarme de Kansas. Quiero vivir en Cadaqués. Quiero ser artista. Los artistas viven en Cadaqués.

Uno de mis hobbies, que descubrí cuando estudiaba en Purdue en 1992, es la escritura creativa. He escrito algún cuento corto y tuve una sensación extraña y es que me producía placer escribir. No me pasaba lo mismo cuando escribía los trabajos críticos para mis clases graduadas en Purdue. La clase de escritura creativa era en inglés. Se llamaba Creative Writing. La tomé casi sin permiso de mi consejera de estudios graduados, una dictadora chalada que no me dejaba ni respirar. Ella quería que tomara una clase de teoría literaria y crítica. Yo le dije que ya había tomado suficientes, y que esta vez iba a tomar una clase que me apeteciera a mí. Me vio tan decidida que me dejó hacerlo. El profesor de esa clase era un abuelito medio sordo de 92 años. Me recordaba a mi abuelo, al que llamaba Abu. Mi abuelo murió con 92 años. Este profesor duró unos cuantos años más que mi Abu. Al profesor le respetaba, le escuchaba lo que tenía que decir sobre la escritura creativa, le encontraba entrañable. Era escritor jubilado y daba clases como profesor en el departamento de inglés en Purdue, supongo que para mantenerse intelectualmente activo. Sé que murió ya y me da mucha pena que ya no esté. En las clases de este profesor había que leer unos textos o cuentos cortos, comentar estos textos, ver cómo estaban escritos y escribir nuestros propios cuentos cortos sobre el tema asignado. Todo esto se hacía en inglés, algo relativamente fácil para un americano, pero que suponía más trabajo para una española. Nunca había escrito cuentos en inglés. El profesor siempre nos decía que era más fácil escribir sobre una historia que hubiéramos vivido, que inventar una, y eso era bien cierto. Después de pensar un buen rato de qué tema hablaría en mi cuento, se me ocurrió hablar de mi vecina Carmen. Mi vida tiene episodios muy dramáticos que no me apetecía recordar en ese momento, pues tenía mucho estrés por las otras clases que tomaba en el departamento de Lenguas y Literaturas Extranjeras y en el de inglés. Quería evitar escribir sobre la separación de mis padres, o las muchas peleas entre ellos cuando era niña, o la muerte de mi tía materna de leucemia, todo bien traumático. Decidí hablar de mi vecina Carmen porque su vida era también dramática en muchos aspectos. Creo que todos tenemos vidas dramáticas, pero unos lo llevan mejor que otros. Es difícil hablar de los dramas de la propia vida, pero al observar al vecino se vuelve más fácil y hace que los tuyos casi desaparezcan. La historia de Carmen la escribí en dos días. Me brotaban las palabras del bolígrafo y las ideas salían y salían con una facilidad que hasta me asusté. El primer esbozo lo entregamos a las dos semanas de hablar sobre lo que teníamos que escribir, y el profesor hizo correcciones y apuntó sugerencias en los márgenes del trabajo, algún vocabulario distinto que podríamos usar en esa frase marcada en rojo. Teníamos que volver a revisarlo y entregar, por fin, la copia final. Mi personaje ficticio basado en la realidad tenía un marido alcohólico, un hijo heroinómano y muchos problemas y dramas familiares. A mi vecina Carmen le gustaba ver la televisión. Le gustaba ver sus novelas mexicanas o brasileñas. Cocinaba muy bien y me invitaba muchas veces a su casa a comer. Yo escuchaba su verborrea una y otra vez, sus problemas con el marido, las noches donde se peleaban y él, borracho, en un ataque de celos, le levantaba la mano para pegarla, y ella, más fuerte que él, le partía una silla en el lomo. Así le calmaba cada dos semanas. El marido arreglaba la silla al día siguiente y parecía más tranquilo después de la pelea. Era un círculo vicioso. Cada dos semanas había esta escena y me la contaba como si la hubiera memorizado de una película. No sé por qué esto producía también alivio en mi persona. Yo vivía esas peleas casi en primera persona con Carmen. Cuando me contaba la pelea, yo era ella, y cuando le partía la silla en el lomo al marido, yo sentía alivio de mis propios problemas. Parecía que Carmen lo sabía y me contaba la pelea con pelos y señales, sin olvidarse de nada. Carmen no ganaba para sillas. Había veces que la silla no se podía arreglar y tenían que comprar una nueva. Hasta 6 sillas nuevas compró en medio año. A veces nos reíamos tanto que yo pensaba que éramos unas crueles por reírnos del marido que arreglaba la silla partida o desmontada del lomazo en el patio. Era nuestra válvula de escape, la risa. Esta parte de la historia era verdadera y yo veía al marido cada dos semanas arreglando las sillas en el patio de su casa, cuando subía a tomarme un café con Carmen. Mi vecina Carmen también limpiaba casas. Llevaba cuatro casas en nuestro barrio. El marido, Manuel, trabajaba en la fábrica Seat de mi ciudad. Era de Jaén y yo nunca le entendí bien lo que me hablaba, cuando me hablaba. Su acento era un andaluz bien cerrado.

La historia de Carmen tenía un elemento fantástico y ficticio. Yo quería salvar a Carmen de su marido. Nunca pude ayudarla en la vida real. Sólo la podía escuchar y consolar lo mejor que sabía. Pero en mi cuento sí podía salvar a Carmen y así lo hice. Una noche, Carmen quería ver su película favorita sin interrupciones. Su marido la molestaba e interrumpía siempre las películas. Iban a poner Lo que el viento se llevó en la televisión y Carmen estaba harta de su marido y de sus borracheras. Compró unas gotas en el mercadillo que eran para dormir. Las empezó a usar en las cenas una semana antes para que su marido se fuera acostumbrando. Las gotas funcionaban muy bien ya que el marido cenaba su sopa y a la hora ya tenía sueño y se iba a dormir. Esta parte de la historia era completamente falsa. Llegó el día de la película. Carmen cocinó algo rico para esa noche, algo especial y puso las gotas que hacían dormir en la comida del marido. Éste se despidió a la hora y se fue a dormir. Empezó Lo que el viento se llevó a las 10 de la noche. Carmen estuvo cuatro horas sola viendo la película. Carmen lloró durante la película y la disfrutó al máximo esa noche. Se sintió viva y en su imaginación era Scarlett O’Hara, una mujer rebelde, bella, se sentía liberada de Manuel. Cuando terminó la película se fue a dormir. Al día siguiente, al despertar, Manuel estaba muerto a su lado, frío. Carmen pensó que le había matado con las gotas. La historia termina con la policía en casa de Carmen, ésta llorando y explicando que le había puesto las gotas al marido en la comida. La policía la calmó diciéndola que las habían analizado y que era agua, que Manuel falleció de un ataque cardíaco. Carmen lloró amargamente en el cuento, pero a la vez se sintió liberada por primera vez en su vida. La historia me salió fácilmente y me sentí feliz de liberar a Carmen de su marido alcohólico. A su vez, yo me había liberado de traumas de mi vida escribiendo esa historia, como, por ejemplo, la separación de mis padres, traumática siempre para un menor de 9 años. Le dije a Carmen cuando volví a verla que había escrito un cuento sobre ella. Me pidió que se lo leyera y así lo hice. Me preparó un café con leche y nos sentamos en la mesa de su comedor. Ella escuchaba atenta y seguía la historia. Cuando no entendía una palabra, se la explicaba y seguía leyendo. Cuando terminé de leerle el cuento, la miré con una sonrisa esperando que ella sonriera también, pero me preguntó que por qué Manuel se había muerto. No lo entendió bien y se lo expliqué. A Carmen le gustó lo de las sillas rotas en el cuento y también lo de las gotas en la comida, pero creo que no comprendió bien que al morir Manuel, la estaba liberando de él. Me contó sus peleas más recientes con Manuel y los problemas que tenía con su hijo mayor, que era heroinómano. Su vida se estaba volviendo más triste que antes con los problemas de la adicción de su hijo a la heroína. Ya no se reía tanto y cuando me contaba sus historias, ya no eran tan detalladas como solían ser. Curiosamente, yo en esa época ya estaba estresada de Estados Unidos y, de alguna forma, ya no vivía las peleas de Carmen con Manuel de la misma manera.

Al profesor de mi clase de escritura creativa le gustó mi relato. No esperaba que el profesor leyera mi cuento en clase en voz alta. Escogió mi historia y, antes de leerla, dijo que había cuentos mejores y peores, pero que éste que iba a leer tenía un argumento muy original. Que aunque fuera sencillo, tenía una historia muy interesante. Leyó el título del cuento e inmediatamente me puse nerviosa. Era el mío. Lo leyó. Yo estaba roja e intentaba no mostrar que el cuento era mío. Pero dijo mi nombre. La clase me miró. Soy tímida y todavía me puse más roja. Notaba los cachetes calientes, calientes. Escuché mi historia mientras el profesor la leía en voz alta. Pensé: «Pues no está mal el argumento. Almodóvar lo podría usar para una de sus películas». Saqué un sobresaliente en esa clase. Me encantó aprender sobre la escritura creativa y fue de las mejores clases que tomé en Purdue. Al terminar aquella clase, algunos estudiantes vinieron hacia mí y me preguntaron si esa historia era cierta. Yo les dije que había partes que sí lo eran y otras que habían sido inventadas para el cuento. Uno me preguntó que si lo de las gotas era verdad y yo le dije sonriendo que esa parte no. Otro dijo «¿y lo de las sillas en el lomo? ¿Eso era cierto?», y contesté que sí. Ahí se rieron todos. Mis compañeros de curso me miraban extrañados. La extranjera tiene una vecina muy rara. Qué historia tan pintoresca nos leyeron en clase. Esa era la cara que tenían mientras me preguntaban. Yo me sentía interesante y los miraba atenta. Los estudiantes de esa clase jamás me habían mirado de esa forma. Yo era la española, la que se ponía roja, la extranjera que hablaba un inglés diferente, más británico, menos americano y con un acento bien distinto al de ellos. Creo que les gustó mi relato a mis compañeros de clase. Era tan sencilla la historia que simplemente atraía, me dijo uno de ellos. Yo estaba feliz. Escribir en inglés no me resultaba fácil. En esa época yo no pensaba en inglés todavía. Pensaba en español, y sudaba sangre para plasmar un sentimiento de Carmen en inglés. Creo que en inglés las personas sienten diferente. Mi vecina Carmen aún vive. Ahora tiene unos 65 años y su hijo Miguel murió hace 4 años, debido a que su cuerpo estaba débil por la heroína. La historia la escribí cuando ella tenía unos 42 años y yo tenía unos 27. Se mudó a un lugar mejor. Su casa tenía muchas humedades y se estaba poniendo mala por ello. Su marido también vive con ella todavía y sigue siendo un alcohólico. Ella dice que se quiere separar, pero en verdad no puede. Nunca estudió nada. No puede sobrevivir sola. Cada vez que vuelvo a Barcelona de Estados Unidos, la visito y me cuenta que aún se pelea con su marido, pero ya no tiene un patio, así que no puede usar las sillas para darle en el lomo al marido. Dice que ahora usa algo más pequeño, como una sartén pequeña o cacerola. El efecto que causa en Manuel es el mismo, pero a mí ya no me alivia que Carmen me cuente sus peleas con Manuel. Al contrario, me estresan.

¿Por qué saco todo esto en este escrito? Porque estoy cansada de Kansas, de mi universidad, de los que mandan en mi departamento. Quiero ser escritora y no una profesora que da clases de español para las profesiones. En nuestro departamento va a haber cambios en los cursos que se van a impartir. Vamos a aparcar la literatura y vamos a dar clases de español médico, traducción y español para negocios. Esto no tiene nada que ver con mis estudios y especialización, la literatura española. Esto no tiene nada que ver con el arte, sinceramente. Me quiero ir de Kansas, me quiero ir de este lugar que no me deja sacar mi faceta artística.

Yo he sido siempre muy artística. Estudié piano y solfeo cuando era niña. No terminé la carrera de piano porque no tenía tiempo de combinarlo con mis estudios universitarios. Me siento músico muchas veces durante el día, músico que no terminó la carrera. Mi grave problema es que no puedo tocar el piano enfrente de nadie, sólo de mi amigo Miki, que toca el saxofón. Delante de él sí puedo. Creo que tengo miedo a los escenarios, lo tuve siempre. Por eso dije que no al piano, aunque aún lo toco y canto para mis gatos. También toco el piano cuando Miki toca su saxofón en Cadaqués, el pueblo de los artistas. Quiero vivir en Cadaqués. Sería más feliz ahí. Recuerdo con pavor los exámenes de piano que eran públicos en el conservatorio de Sabadell. La noche anterior me tomaba una cazuela entera de infusión de tila para intentar calmarme. Me la preparaba mi madre y creo que mi madre no entendía mis nervios. Ella cantaba ópera y era muy «echá pa’lante». Mi madre no tenía miedo a nada. Yo lo pasaba fatal durante los exámenes de piano donde todo el mundo me miraba y escuchaba. No importaba las horas que hubiera estudiado una pieza y lo bien que me saliera en casa. Era llegar el examen y me bloqueaba. Lo tuve que dejar. Ahora soy profesora de español y también lo paso mal cuando tengo que dar una ponencia en una conferencia. He asistido a cuatro y me puse malísima en cada una de ellas. No puedo hacerlo. Tendría que drogarme como hacen muchos de mis colegas para poder estar normal en la ponencia. Empiezo a sudar, las manos me tiemblan, la voz me tiembla, tartamudeo, no veo lo que leo ni con las gafas puestas, lo paso muy mal. No puedo dar ponencias en conferencias. Es por eso que me estoy replanteando mi carrera. Quiero ser escritora. Los escritores no necesitan dar ponencias, escriben sus textos y viven en su mundo de personajes e ideas. Viven de su imaginación. Me olvidé de mencionar que escribir me produce placer porque la sensación que tengo es la misma que cuando voy al cine. Cuando estoy en el cine viendo una película, me evado del mundo real y terrenal. No hay nada más aburrido que vivir en esta ciudad de Kansas en la que vivo. Al menos el cine me permite escaparme mentalmente de esta ciudad. La escritura me produce la misma sensación. Es liberadora y te permite imaginar. Y lo que es aún mejor, me permite crear mi propia historia, mi propia película. Así que, no quiero vivir en Kansas. Estoy jugando a la lotería para ver si me hago millonaria, y poder permitirme el lujo de no trabajar ya en esta pequeña universidad en la que los que mandan en mi departamento no me gustan. Quiero escribir y vivir en Cadaqués. Quien sabe, quizás en Cadaqués pueda volver a tocar el piano y se me pase el miedo a los escenarios. Es una cuenta pendiente que tengo conmigo misma. No me interesa compartir mis ensayos críticos en una conferencia, prefiero escribir cuentos y que me lean. ¿Cómo salgo de aquí? Estoy en ello. Estoy maquinando mi fuga de Kansas al paraíso de Cadaqués. Y es que no puedo estar más de 10 años en ningún lugar. Curioso, ¿verdad? Así es. Viví casi 10 años en Berlín, de ahí mi madre, mi hermana y yo nos mudamos a Sant Cugat del Vallés en Barcelona, y a los 21 visité a mi ex novio catalán, mi novio en aquel entonces, en Indiana. Me gustó el lugar y decidí irme a estudiar a Estados Unidos cuando terminé la carrera en Barcelona. En Indiana estuve 12 años, pero en dos tandas, así que lo cuento de manera diferente. Estuve 3 años mientras estudiaba mi primer máster en literatura comparada y de ahí me separé de mi pareja y me volví a Barcelona. Volví a Indiana en 1997 a estudiar un segundo máster en literatura española y de ahí pasé al doctorado en español. Durante el primer máster, tuve una depresión de caballo, odiaba el clima de Indiana, odiaba el estrés que me causaba estudiar mi máster ahí. Todo el mundo me parecía estar loco, incluido mi ex novio. Todo era tan diferente de Barcelona. La gente apenas salía porque no teníamos tiempo de salir y socializar. Engordé 20 kilos durante mi primer máster. Odié cada minuto que estuve en Indiana la primera vez. Me volví a Barcelona a descansar de la primera locura americana. Mi ex había conseguido trabajo en Arizona y yo le dije que no me iba con él, que estaba cansada de seguirle, que ahora me tocaba a mí. Se casó con una americana al año. Pues adiós.

En Barcelona encontré trabajo en una escuela de idiomas en Poble Nou. Daba clases de inglés, todos los niveles de inglés. El sitio me pagaba en negro. Nunca me hicieron contrato, me daban largas, y, claro, nunca coticé esos 3 años y medio que estuve trabajando en Poble Nou. Me recuperé del estrés de mi primer máster yendo a Cadaqués cada fin de semana con Miki, soltero entonces, y sus 4 amigos. Miki era como mi hermano. Me entendía, nos entendíamos musicalmente. Miki y yo somos dos notas diferentes de música atadas por el palito de la corchea. Cadaqués me ofrecía cada fin de semana su mar cercano y frío. Era invierno y yo estaba bastante mal, agotada mentalmente y emocionalmente de Estados Unidos. Los chicos eran diversos e iban a Cadaqués a «pillar» chica, como decían ellos. Yo los observaba como si fueran una película. Estaba Miki, que era el hippy y músico, luego Fran que era un amor y era carnicero, el pintor que gruñía y al que le faltaba un diente de delante, el niño rico y pedante, al que no soportaba más que cuando estaba borracho y Rafa, el batería, que subía a Cadaqués sin maleta y no se duchaba ni aseaba en todo el fin de semana. Rafa era el que más ligaba, con lo cochino que era. Me río cuando pienso en esa época. Lo pasé muy bien. Yo no salía con ellos por la noche. Desayunaba y cenaba con ellos. Me iba con el pintor gruñón a la playa, en pleno invierno, a que pintara al óleo y a veces me invitaba a comer en el bar que había en ella. El gruñón no hablaba nada, pero tenía una sensibilidad artística increíble. Mientras yo me tomaba un café en la terraza del único bar abierto de la playa y me fumaba varios cigarrillos, él pintaba con colores agresivos y vivos un paisaje de Cadaqués. Le miraba pintar al sol que me daba calorcito. Sentía que pintaba mi interior desgarrado con esos rojos, negros y naranjas que usaba. El gruñón sólo salía a tomar copas, no a «pillar» chicas. Era bien raro el tío, pero supongo que yo también le resultaba rara. Me iba con él a la playa las dos mañanas del fin de semana que estábamos en Cadaqués, a tomarme mi café con leche y a mirarle pintar. Había algo relajante en su forma de pintar. Él estaba concentrado en el punto que quería plasmar en el lienzo blanco, y yo le miraba a él, la cara que ponía, el ojo que guiñaba al mirar ese punto, la vuelta de la mirada al cuadro. Me calmaba verle pintar. Nunca hablamos de nada, nunca me dijo más palabra que «¿Vamos, Nem?», en catalán, y ese «Nem» era ir a la playa a pintar y a tomar café. Me dijo Miki que el Gruñón encontró novia y se casó más adelante. También se arregló el diente que le faltaba en la boca. Estaba forrado de dinero, pero parecía un artista pobre, un mendigo de Cadaqués. Me invitaba al café con leche cada vez. Quizás se sintiera halagado como artista que le mirara tanto rato pintar su cuadro. Nunca más le vi después de volver la segunda vez a Estados Unidos. Sé que sigue pintando y que es su gran pasión.

Los meses pasaban y Cadaqués me devolvió a la vida. Subí cada fin de semana con los chicos a Cadaqués durante cuatro meses. La mejor medicina contra el estrés y la depresión fue ésta. Sólo mirando el paisaje del pueblo, oliendo el mar, paseando por las calles angostas y empinadas de Cadaqués y viendo el Pirineo morir en el mar en Cap de Creus me empecé a sentir persona de nuevo. Ya no me acordaba de la aburrida Indiana, ni de mi ex, ni del estrés que pasé en Estados Unidos. La vida era simple y relajada en Cadaqués. Si soplaba la tramontana, el viento frío que viene del norte y que aumenta su velocidad en el suroeste del Macizo central francés y en los Pirineos, pues había que taparse un poco más. La tramontana te cala los huesos según la gente de Cadaqués, pero yo venía de Indiana, de estar a menos 33 grados centígrados durante semanas, y, la verdad, la tramontana me parecía agradable, una fresca caricia de la naturaleza. Alguna vez era imposible salir a pintar con el pintor gruñón por lo fuerte que soplaba la tramontana. Entonces nos quedábamos en casa jugando a las cartas o preparando algún plato especial para los resacosos que iban amaneciendo uno a uno y para las chicas que habían sido «pilladas». Hubo un fin de semana que los chicos se metieron en una pelea. Por lo visto, las mujeres de Cadaqués tienen sus admiradores allí y los foráneos que venían durante el fin de semana no eran bienvenidos. Los hombres de Cadaqués pensaban que mis amigos les estaban robando a sus posibles novias. Hubo una noche que pegaron a los chicos. Miki se escapó de la pelea porque era ágil y rápido, pero Rafa, el más ligón, recibió unos cuantos puñetazos en la cara y en la barriga. Iba tan borracho que no se enteró de nada hasta el día siguiente. Le pusimos hielo en la cara la misma noche para que no se le hinchara.

Los fines de semana en Cadaqués me parecían diferentes y divertidos. Era la única mujer que iba con estos hombres. Cadaqués me sirvió para descansar de Estados Unidos y para olvidarme de lo malo que pasé en Indiana. Me sirvió para recordarme que vale la pena vivir y que el interminable trabajo que tenía en Estados Unidos era sólo una forma de trabajar o una forma de ver la vida, una forma de vida que te hacía sentir máquina y que no definía mi verdadera persona. Cadaqués sí me definía como persona, me hacía más humana, menos pretenciosa, más alegre y con ganas de vivir y disfrutar de la naturaleza. Es por eso que quiero vivir en Cadaqués. Es mi rincón de paz y energía positiva en el mundo, lleno de pintores y otros artistas que intentan plasmar el paisaje en sus lienzos sin cuestionar por qué lo hacen. Cadaqués manda con su paisaje y los artistas obedecen. Los artistas se sienten allí en casa porque les llega la inspiración de forma natural. El paisaje te obliga a que lo pintes en un lienzo, o a que lo grabes en una escultura. Yo llevo el paisaje de Cadaqués grabado en mi alma.

Llegó el momento de comenzar la segunda locura americana. Volví a Indiana a demostrarme a mí misma que podía con los americanos y con su forma de trabajar. Quería sentirme orgullosa. Sabía que podía estudiar un máster y doctorado y no morir en el intento. Así lo hice. Mi madre murió al año de volver yo a Estados Unidos. Fue la historia más traumática que me tocó vivir en ese entonces. Hoy tengo más vivencias traumáticas, pero le doy el espacio preferente a mi madre en este trocito de autobiografía y prefiero no hablar de traumas más recientes. Tanto a mi hermana como a mí se nos desarrolló un hipertiroidismo después de la muerte de mi madre. A mi hermana se le fue sin hacer nada, con el paso del tiempo, yo todavía lucho contra esta enfermedad. Estoy mejor cuando no tengo el estrés subido. La segunda locura americana terminó lo mejor que pudo y conseguí mi doctorado en literatura española del XVIII y XIX. Me sentí orgullosa durante un buen tiempo. Tengo buenos recuerdos de esa época e hice muy buenos amigos en Purdue. Había podido terminar el doctorado viva y sentí que había derrotado a los americanos y no morí en el intento.

Llegamos ahora a mi tercera y última locura. Elegí no trabajar en ninguna universidad grande donde la investigación fuera lo más importante, porque no quería tener que estar estresada con las publicaciones obligatorias que necesitas para que te hagan fija en una universidad americana. Soy fija, pero no tuve que publicar mucho. Para obtener una promoción sí me obligan a publicar más. Entonces llegamos a mi tercera locura, irme a trabajar a Kansas. Y vuelvo al principio: ¿y qué hago yo en Kansas? Estoy harta y estresada de trabajar y de sentir que no se aprecia lo que hago en mi departamento. Estoy harta de que la gente crea que puede tratarme mal o echarme a mí la culpa de todo, estoy harta de las envidias y de que no se me respete como soy, estoy harta del departamento, estoy harta de no poder ser yo. Estoy harta de Kansas y de cómo se trabaja en Estados Unidos. Viven para trabajar y no saben disfrutar de la vida, de la comida, de las personas, de aquellas pequeñas cosas que nos hacen ser felices. Me viene a la mente la canción del cantautor Joan Manuel Serrat: “Aquellas pequeñas cosas”. Una estrofa de la canción dice: Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón y sólo puedo pensar en Cadaqués y en las pequeñas cosas que dejé ahí hace un tiempo y que ahora quiero reflejar en este trozo de papel. Quiero vivir en Cadaqués. Mi alma está en Cadaqués. No tengo hijos, no tengo pareja, tengo gatos, tengo a Titanic y una casa que está sin pagar. La vida es triste aquí. No hay casi nada que hacer fuera del trabajo y la gente que me rodea está amargada por diferentes motivos y quieren que yo también esté amargada. Tengo la sensación de que algunos de ellos tienen envidia porque me voy a Barcelona cada verano. Y, ¿qué puedo decirles si soy de Barcelona? Cada uno es de donde es. Mi vida en Barcelona no es mejor que aquí, pero al menos la gente es más interesante y hay más cosas para hacer. Mi tercera locura me tiene harta. El mundo académico se está muriendo, nuestro departamento se está muriendo, Kansas se está muriendo. Quiero fugarme de Kansas. No quiero amargarme como el resto. Me niego a ser una amargada. Me quiero ir a Cadaqués. Quiero ser escritora y vivir en Cadaqués. Sigo soñando que ese día llegará y sólo espero que sea pronto. Mientras tanto, sigo pensando qué hago en Kansas. Nada tiene sentido ya, nadie me parece interesante ya. ¿Ganaré esta noche la lotería y me podré marchar a Cadaqués mañana?

Estoy cerca de cumplir los 50 años, medio siglo de vida en este mundo terrenal. Y me sigo preguntando cada día: ¿cómo llegué a Kansas?

separador párrafo relato que hago en Kansas

 

Chita Espino Bravo. Se doctoró, en 2005, en la Purdue University, W. Lafayette, Indiana, EEUU. Es Máster en español y en literatura comparada (inglés-español) por la citada universidad. En 1989, se licenció en Filología Inglesa y Germanística (Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), Bellaterra, Barcelona, España.
Publicaciones:
– Using technology (VoiceThread) to engage students in Spanish conversations and oral presentations, ASCD Express InService Guest Blogger (on-line), March 4, 2016.
*http://inservice.ascd.org/using-technology-to-engage-students-in-spanish-conversations-and-oral-presentations/.
– Using True Personal Stories to Engage Students in Conversation, Magna Publications (Faculty Focus). Published on October 27, 2015. *http://www.facultyfocus.com/articles/teaching-and-learning/using-personal-stories-to-engage-students-in-conversation/
– Review of Fábulas literarias, by Tomás de Iriarte. Madrid: Cátedra, 2006. ECCB (2009): 346-47.
– Review of Condición femenina y razón ilustradaJosefa Amar y Borbón, by María Victoria López- Cordón Cortezo. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza, 2005. ECCB (2010): 264-66.
– Review on Apuntaciones sueltas de Inglaterra, by Leandro Fernández de Moratín. Madrid: Cátedra, 2005. ECCB (2010): 257-58.
– Review of Volverás a la región. El cronotopo idílico en la novela española del siglo XIX, by Toni Dorca. Madrid: Iberoamericana, 2004. Iberoamericana VII, 26 (2007): 249-51.

 

 ¿Y qué hago yo en Kansas? fue cuento finalista en el X Certamen de Autobiografía «Un fragmento de mi vida» (México), en octubre de 2015.

 Contactar con la autora: chitaespino [at] yahoo.com

 Ilustración relato: Fotografía por Farrokh_Bulsara / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiar – n.º 86 / mayo-junio de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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