relato

Anochecía. Parpadeaban las primeras estrellas mientras yo continuaba allí sentado, esperando que ocurriera lo que tanto tiempo había deseado. Se levantó una brisa agradable y fresca que poco después, cuando llegara Gisela, serviría para acariciar nuestros cuerpos abrazados sobre la hierba. Esa noche iba a ser la primera en la que yo intentaría besarla en los labios, y rozar suavemente la punta de mis dedos por su frente despejada después de apartarle los rizos.

Me había imaginado durante mucho tiempo acariciándola muy despacio, casi sin rozarla. Los besos en sus mejillas, orejas y frente, debían conseguir hipnotizarla y relajar su espíritu, agitado durante todo el día por la ausencia de las pastillas que el psiquiatra le recetaba, y que ella no quería tomar, para evitar sentirse como un saco cargado de piedras, o sin fuerzas en su verbosidad incontenible que exhibía con los parroquianos del bar en el que nos conocimos y a los que elegía aleatoriamente, sin aplicar ningún criterio femenino de selección, ya fuera la buena presencia, la inteligencia, o cualquier otra virtud del cliente.

Esa verborrea, acompañada de una voz profunda, contenía una cantidad interminable de frases repetidas hasta la saciedad, sobre temas tan diversos como, entre otros: la marcha de la Bolsa de valores, el tipo de cambio de las monedas, los planes de inspección que debía asumir Hacienda; los negocios rentables hoy en día; las bebidas alcohólicas que no podía probar… Luego, terminaba, entre otros asuntos imposibles de recordar, con su opinión negativa o positiva sobre determinados entrenadores de fútbol, o las recomendaciones de su psiquiatra; todo ello sin perder la sonrisa. Es necesario aclarar que la abrumadora exposición adolecía de coherencia lógica, como las monsergas de Nochevieja después de las uvas.

Al elegir de modo indiscriminado cualquier cliente del bar, sin reparar en su formación o trabajo, cuando la escuchaban corrían hacia la puerta como una bala, sin despedirse de ella. Sin embargo, este desaire impulsaba a Gisela a escoger un nuevo cliente.

Y así fue como me abordó una noche, después de quedarse sola en la barra, sin una víctima a la que endosar su deshilachada sabiduría (valga la contradicción). Me pareció tan hermosa… Tendría cerca de los cuarenta. La escuchaba recreándome en sus enormes ojos almendrados y en sus gruesos labios, a pesar de los desatinos de un discurso agujereado e interminable. Llegó un momento en el que no oía sus palabras, solo un torrente de voz, como el silbido rítmico del viento. Al despedirme, le di dos besos en las mejillas, y, de repente, se calló. El torrente se había secado.

Ese silencio sirvió para creerme, no sé por qué, la posibilidad de que mis besos contribuyeran a su relajamiento. Era consciente de su trastorno, pero también me preguntaba, quizá para justificarme: ¿quién no es víctima de la locura, al menos, en algunos momentos de su vida? Yo me había separado hacía un año, y en la convivencia con mi ex mujer durante veinte me había acostumbrado a codearme con la locura. Sí, como suena. En este caso, el torrente de mi ex esposa giraba en su cabeza como un huracán, donde se proyectaban imágenes en las que ella me veía acostado con numerosas mujeres; de ahí, mi falta de temor ante otra enajenada que acababa de conocer. ¿Es que me atraían las locas?, a saber.        

Apoyado en la experiencia con el desequilibrio mental, como decía antes, y engreído por el efecto curativo de mis besos, le propuse a Gisela, en múltiples ocasiones, quedar una noche los dos solos, «con el fin de charlar y conocernos mejor», le dije. Por fin, aceptó.

La noche en la que nos citamos es la que ha servido para dar comienzo a este relato, aquella en la que me encontraba esperando a Gisela, sentado en un banco junto a un estanque, de donde me llegaba el olor a humedad fresca de sus aguas, empujado por la brisa que se acababa de levantar. El césped tan cuidado de aquel parque me serviría de cama improvisada, en la que después de hipnotizar a Gisela, por efecto de mis besos, retozaríamos en silencio entre abrazos apasionados.

Mientras disfrutaba de esas placenteras imágenes, apareció ella. Se sentó a mi izquierda y comenzó a inundarme de argumentos económicos, políticos, futbolísticos y otros; entrecruzados sin pausas. Mientras disertaba, le puse mi mano derecha sobre su mejilla y se calló. Luego acerqué mis labios a sus párpados, que cerró lentamente, momento en el que me empujó apoyando la mano en mi pecho. Comenzó a hablar de nuevo. «Silencio, Gisela, mi amor, calla, tranquila, tranquila…», le susurré mientras le retiraba los rizos de la frente y me acercaba a su cara. Se calló, y aproveché el silencio para besarle los labios, que entreabrió despacio. Un incipiente fuego recorrió mi cuerpo. De pronto, se levantó con brusquedad y comenzó a gritarme una letanía de insultos y palabras desprovistas de sentido.

Permanecí sentado, temeroso, sin perder de vista sus desorbitados aspavientos que aireaba de pie, delante de mí. Entonces me agarró fuerte el cuello con las dos manos. Fueron inútiles mis intentos por desprenderme de su presión. Siguió apretando hasta dejarme sin aire y caí desmayado al césped.

Conseguí despertarme cuando noté un frío intenso en el cuerpo, empapado por el agua del estanque, adonde, al parecer, me había arrojado, supongo que arrastrándome de los pies.

A pesar de todo, decidí volver a aquel bar para verla y preguntarle por qué me había tratado de ese modo. No volvió a aparecer por allí.

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Santiago Charro del Castillo. Economista y abogado de profesión, es autor de numerosos relatos publicados en antologías de cuentos y en páginas web literarias; asimismo, publicó un libro de relatos titulado Claroscuro.

Contactar con el autor: infomalaga [at] charroyasociados.com

 Lee otro relato, en Almiar, de este autor.

  Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre de 2014
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