relato por
José J. Santana Sánchez

 

Cómo iba yo a ponerle a un mono el nombre de mi abuela. Sea como sea, vamos a empezar por el principio. El principal problema ese día fue decir que tenía un bulto delante de mi madre. La llantina le duró unos cuantos días. Yo estaba medio distraído, casi absorto en mis pensamientos y fue una estupidez decirlo en voz alta. Ella siempre se piensa lo peor y, por supuesto, era impepinable que vendría conmigo al médico. Enseguida se levantó de un brinco de la mesa:

—Ay, Dios mío, no creo yo que el chico vaya a tener un cáncer, tan joven. ¡Jesús!, no quiero ni decirlo en voz alta.

Y pidió hora con el médico. Después seguimos comiendo los tres callados. Mi padre no había dicho una palabra. Y eso no había sido sino la culminación de una mañana de aúpa. ¡Vaya mañanita, compadre! Era un bulto del tamaño de un M&M detrás de la oreja. Me di cuenta que lo tenía porque cuando me compré unas gafas nuevas empezaron a molestarme. Fue una mañana que yo no tenía que ir a la oficina. Yo se lo dije a Carla desde que me lo vi, esa mañana.

—Me acabo de dar cuenta que tengo un bulto detrás de la oreja —le dije. Yo estaba sentado al borde de la cama y ella estaba acostada en la cama. Estábamos desnudos. Acabábamos de hacer el amor por tercera vez esa mañana. Yo estaba algo cansado pero ella aguantaba las embestidas una tras otra. Era una perfecta atleta en asuntos de placer.

—¿Qué es esto que hay aquí? —me dijo.

—Mira, tócame detrás de la oreja a ver si tú lo notas —le dije.

—¡Es rubio! —me dijo. Entonces yo me di la vuelta y la vi ahí tumbada, satisfecha, sujetando un pelo con dos de sus deditos de la mano derecha. Oye, pero qué bien pintada quedaba ella acostada desnuda en mi cama.

—¿Eso qué es? —le dije.

—¿Qué te parece a ti que es, idiota? —me dijo—. Es un pelo. Y es rubio.

—¿Pero tú me estás escuchando a mí? Te estoy diciendo que tengo un bulto detrás de la oreja y tú me sacas un pelo —le dije.

—¿Qué hace un pelo rubio en tu cama? —me dijo. Más bien me lo insinuó.

—Joder. Y tiene que ser ahora. Ahora que me publican un puto cuento. Ahora que alguno por fin descubrió al maldito genio de la palabra del siglo veintiuno tiene que salirme esto —le dije.

—Deja de lamentarte, mariquita. Te pasas la vida auto compadeciéndote. Y deja de presumir de tu dichoso cuento y haz el favor de explicarme cómo llegó hasta tu cama un pelo rubio de este tamaño —me dijo. Entonces yo miré el pelo. Miraba el pelo pero pensaba en el bulto detrás de la oreja.

—Tú también tienes algunos pelos rubios, por detrás, te los veo continuamente cuando lo hacemos acostados de lado y tú te pones delante de mí. Tienes una buena mata rubia ahí atrás. Quieres, de una maldita vez, tocarme esto a ver qué te parece a ti —le dije.

—Y una mierda. Mis pelos son rubios pero tienen la raíz más oscura. Mira este pelo. Es rubio. Enteramente —me dijo. Ahí fue cuando yo pensé por primera vez en el pelo. Era verdad que era rubio. No tenía ni idea de cómo pudo haber llegado hasta ahí y mucho menos de quién sería. Fíjense ustedes que hasta dudé de si últimamente me había traído alguna rubia a casa. Pero qué va.

—Pues no tengo ni idea —le dije. Y me volví a acordar del jodido bulto—, el maldito cáncer me alcanzó tía, a los veintiséis.

—A lo mejor es suyo este pelo —eso dijo.

Se levantó, se vistió y me pidió que la llevara a su casa. Yo me levanté, me vestí y la llevé hasta su casa. No dijo mucho por el camino. Después la dejé en la puerta y conduje de nuevo hasta mi casa. Era agradable estar con Carla. Siempre lo pensaba cuando la dejaba en su casa. Me trataba con dulzura y además le gustaba lo que yo escribía. No me exigía nada. Acabó por ganarse mi aprecio de alguna manera, casi silenciosamente y a pesar de que  la  mayoría  de  las  veces  fui  un  hijo  de  puta  con  las mujeres —muchas de ellas también lo fueron conmigo— esa vez estaba siendo un buen chico. O a lo mejor no, porque ya ves tú el karma lo que me quería decir con este maldito bulto. Supuse que el asunto del pelo se le acabaría pasando. Llegué de nuevo a mi casa y revisé el correo. Algunos me felicitaban por el relato publicado. Me decían cosas del palo «no sabía que escribieras. Vaya un relato cojonudo» o «Tu forma de escribir me recuerda un huevo a Sam Savage». Y yo me decía: quién cojones será Sam Savage. Yo no me conseguía enterar de nada. Otra mañana más había entrado reptando por mi persiana y yo seguía sin saberlo. Al menos se estaba bien, estar en la oficina un par de horas por las mañanas me proporcionaba el dinero justo para vivir y me dejaba tiempo por las tardes para escribir. Últimamente me salían algunos poemas extraños y seguramente absurdos. Yo los colgaba en una página literaria y a algunos les gustaban. Me decían «No renuncies a tu estilo, muchacho, eres único y original, y eso da gusto leerlo». Yo no les contestaba una mierda, no sabía ni quiénes eran pero estaban ahí. También colgaba mis relatos. Casi todos eran mentiras contadas con total sinceridad. Les metía una violación, o un asesinato a sangre fría, alguna mamada, y entre medias les daba una pequeña ración de alma y ellos ni se daban cuenta pero querían más. Pura basura. La parodia de la vida sacando su as y ganándote la partida cuando tú te lo estás jugando todo.

Debía de ser el mediodía, yo salí a la terraza y la quietud del paisaje concordaba bien con el frescor de la brisa del mar. Entonces apareció Jiménez. Jiménez es un colega del barrio de los de toda la vida. Es algunos años mayor que yo. Es un poco más bajo que yo, moreno oscuro y tiene un cuerpo musculoso pero destaca sobre todo por su ingenio. Es el rey de la coletilla graciosa y el chistecito corto. Te lo pasas bien cuando estás con Jiménez, es eso en realidad. En aquella época era un misterio cómo se ganaba la vida. Simplemente era algo de lo que no se hablaba. Él conseguía subsistir. Pasábamos noches enteras sentados en el mirador comiendo pipas y bebiendo cervezas, no haciendo nada en realidad. Disfrutando el silencio que dejan todos cuando se duermen. Pues aquella mañana dichosa, la mañana del bulto en la oreja y el famoso pelo rubio, llegó Jiménez a mi casa a eso del mediodía mientras yo estaba en la terraza. Yo tenía la puerta abierta desde que volví de llevar a Carla. Subió las escaleras y me encontró allí, estúpidamente. Me desplegó una mirada de hastío eterno. Después sonó su teléfono. Antes de cogerlo, lo señalaba y me miraba. Eso lo hizo unas cuantas veces. Era como si yo tuviese que saber algo.

—¿Qué pasa? —le pregunté, por curiosidad. Entonces contestó al teléfono. Lo hizo sin dejar de mirarme:

—¿Sí?… no señora, no… yo no tengo ningún mono señora… ya, ya sé lo que dice en la web… no, no es mío… eso quisiera saber yo señora… bueno, que tenga un buen día, señora —y colgó.

Después entramos a mi habitación y él se sentó en el sillón. Entonces volvió a mirarme a mí:

—Un mono tití, Fefo, ¿en serio? —me dijo.

—¿De qué cojones me estás hablando, Jiménez? —le dije. Él dibujó una sonrisa de absoluta incredulidad.

—¿Me vas a decir que no fuiste tú, Fefo? —me dijo.

—¿Que si fui yo el que hizo qué? —le dije

—A ver Fefo, esto solo se te pudo haber ocurrido a ti —me dijo.

Y entonces le volvió a sonar el teléfono y se repitió exactamente la misma escena de la terraza. A mí empezaba a parecerme aquello todo un poco surrealista. Y allí estaba Jiménez con el teléfono en la mano de nuevo:

—¿Sí? —respondió alargando el sonido, esperó una respuesta que parecía saber de antemano y continuó—. No, no… lo siento muchacho, pero yo no vendo ningún mono… ya, si hasta a mí me pareció una oferta cojonuda cuando la vi, pero debe ser una broma pesada que me gastó algún capullo de mis amigos —y cuando dijo esto me miraba a mí. ¡A mí!—, pero no llores muchacho… lo siento, de verdad. Siempre puedes comprarte algún otro mono… ya, ya sé que no a ese precio, pero bueno… bueno, lo siento, chaval… buenos días —y colgó.

No tardó en colgar y le llegaban mensajes de gente que lo llamaba mientras hablaba. Y según me dijo esa había sido una constante desde toda la mañana. Me enseñó la lista de llamadas entrantes y eran veinte números desconocidos que le habían llamado desde las ocho de la mañana. Según creía Jiménez, había sido yo el que había puesto una oferta en compraventa.com en la que vendía un mono tití por el ridículo precio de 60 euros. Yo lo negué todo y seguramente eso me hacía más culpable a sus ojos.

—Venga ya, Fefo, que yo sé que fuiste tú el que le mandó a llamar putas a la casa de García cuando él aún vivía con la madre y a aquella mujer casi le da un infarto cuando vio tanta carne viva en la puerta de su casa —me dijo.

—Yo  no  hice  eso,  tío. Eso  tuvo  que  ser  cosa  de  Humberto  y Rivero —le dije.

—Sí, claro —me dijo. Según parece, yo había nacido para ser culpable.

—Lo que tú digas, Jiménez —le dije.

Luego me acerqué al ordenador y busqué la oferta en compraventa. Y, efectivamente, allí estaba. Mono tití de dos años y medio, era una hembra, costaba 60 euros y se llamaba Julita.

—Cabrón, ¿tú de verdad piensas que yo le pondría de nombre a «tu mono» el nombre de mi abuela? —le dije.

—Eso es una gilipollez —me dijo.

—Eh, hijo de puta, cómo que una gilipollez. Se trata de mi abuela. A ti puede que no te respete una mierda pero a mi abuela la respeto. No le pondría su nombre a un puto mono —le dije.

—A lo mejor esa es la excusa perfecta para que yo piense que no fuiste tú —me dijo.

—Que te den por saco, Jiménez, lárgate de mi puta casa, que es mi día libre —le dije.

—Como hayas sido tú el de la jugada del mono me las vas a pagar —me dijo. Sonó claramente a una amenaza.

Justo entonces lo que sonó de verdad fue de nuevo su teléfono. Jiménez contestó y puso el manos libres:

—No me diga, no me diga ¿Quiere un mono, verdad? —dijo Jiménez.

—¿Es usted el señor Gabriel Jiménez Majadaciega? —era una voz de mujer.

—Sí, soy yo, ¿qué pasa?

—Buenos días señor Jiménez, le llamo por su oferta de compraventa.com en la que vende un ejemplar de mono tití que según parece se llama Julita. —la mujer hizo una pausa. Después continuó—. Verá señor, yo soy la directora de la Protectora de Animales de Gran Canaria, mi nombre es Milagros Acosta y solo tuve la bondad de llamarle para decirle que le será interpuesta una denuncia en la comisaría de la Guardia Civil porque lo que usted está haciendo es vejatorio para un animalito que, por otra parte, sepa lo que le digo, no tengo la menor duda de que es muchísimo más inteligente que usted. Eso por no hablar de la ilegalidad del asunto —concluyó la mujer. Sonaba realmente sexy.

—Lo que no es legal es lo que me hicieron a mí, señora. Yo ni tengo un mono ni nada por el estilo. Todo es una broma de mal gusto —se defendió Jiménez.

—Claro, por eso desde que contestó al teléfono me preguntó si quería comprar un mono tití —la mujer se quedaba con todas.

—Pero porque he estado recibiendo llamadas toda la mañana preguntándome eso. Si antes me llamó un niño que se echó a llorar cuando le dije la verdad. Me dieron ganas de ir a comprarle un mono yo a él ahora. Créame señora, que todo esto es algo que no tiene nada que ver conmigo…

—A mí no tiene que convencerme de nada señor. Este asunto lo resolveremos delante de un juez —la mujer le colgó.

Entonces Jiménez se puso furioso de mala manera. Se fue de mi casa dando pasos cortitos y acelerados y maldiciendo cosas que no logré entender. Cuando cerró la puerta y una vez fuera yo lo vi marcharse escaleras abajo desde la terraza. Antes de llegar a la calle se dio la vuelta y me vio reír en la terraza, asomado.

—Eres un hijo de la gran puta —me gritó. Qué cabrones, se me estaban echando todos encima. No desesperes, amigo Fefo, me decía yo. Ya se darán cuenta.

 

Después de aquello bajé a almorzar con mis padres. Tenía un huracán de pensamientos rebotando dentro de mi cráneo. Los podía escuchar chocarse unos contra otros. No encontraba la forma de ordenarlos. El pelo rubio, el mono, Jiménez, Carla… Yo estaba en medio de todo aquello y no tenía ni puta idea de cómo había llegado hasta esa situación. Tendría que emplearme a fondo para poder resolver el misterio y yo lo único que quería era escribir el relato perfecto. La Inmortalidad debía seguir esperando. Además estaba lo del maldito bulto detrás de la oreja. Fue justo entonces cuando lo dije en alto delante de mis padres y a partir de ahí ustedes ya, más o menos, se saben la historia. Mi vida se empezaba a convertir en una de esas odiseas que les pasan a algunos y desconocía la suerte de destino que se me tenía reservado.

Confusa percepción de la realidad, conclusiones vagas y poco prácticas y el secreto continuaba escapándose a mi entender. Por si acaso, tenía que dejarlo por escrito.

 

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José Juan Santana Sánchez. Vive en Gran Canaria. Lleva escribiendo desde hace algo más de dos años, y tiene en su haber una veintena de relatos cortos y varios poemas. Más que por su vida preferiría ser juzgado por sus historias…
(Leer otro relato de este autor, en Almiar: Historias escritas con los bolsillos vacíos).

Contactar con el autor: josejuan_fefo [at] hotmail.com

 

Ilustración relato: Callthrix-fio By CostaPPPR (Own work) [CC BY-SA 3.0 (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 79 / marzo-abril de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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