artículo por
María Alejandra Jiménez

 

U

n escritor va a su garaje, en un obsesivo, y deliberado, momento de soledad, y empieza a clasificar, ordenar, arreglar y apilar cada archivo conteniendo su última novela. El manuscrito, de cerca de doscientas páginas, sobresale rodeado de lámparas en el escritorio de una habitación dispuesta con diligencia para la tarea de escribir, el sueño de todo aspirante a escritor, una habitación propia. La palabra «pulcritud» salta a la mente al mirar este cuarto. La puerta cerrada, el conjunto de lapiceros Bic, la resma de papel en el centro, iluminada como con la misión de entregar una obra que su autor no podrá revelar personalmente.

El hombre selecciona una viga en el patio, hace unos cálculos para no fallar otra vez, escoge una silla, amarra sus muñecas con cinta de enmascarar —uno de los requerimientos para el éxito rotundo de la operación— y, bueno, ya sabemos el resultado.

Si añadimos a esta historia que su protagonista es un hombre que escribió un cuento llamado La Persona Deprimida, estaríamos leyendo una trama bastante predecible, llena de clichés. Claro que una persona deprimida piensa en matarse, el tipo era escritor y la obra de un escritor no es más que el reflejo de su vida [1]. No hay sorpresas, sólo la adición de un nombre más a la larga lista de intelectuales que han escogido salir por la ventana. Bien lo sabemos: «Lo retrospectivo tiende a confirmar lo obvio». [2]

Aquellos de nosotros que seguimos con devoción a Wallace, un autor de culto [3] que en 2012 fue tan frecuente en las redes que podríamos haber llamado ese año «El Año de Wallace» —de hecho, algunos sitios web lo hicieron, haciendo eco irónico de su novela La Broma Infinita en el ejercicio de nombrar años con compañas publicitarias y no números— sabemos que La persona deprimida fue un cuento escrito con la intención de satirizar a Elizabeth Wurtzel, una escritora cuyo objeto de inspiración era una depresión orgánica cuya puesta en escena generaba un círculo vicioso de egocentrismo y culpa. Efecto boomerang: él está muerto y ella continúa vivita y coleando.

Acostumbrados como estamos a las moralejas, justificaciones y a encontrar las piezas faltantes en los rompecabezas, siempre tratamos de buscar sentido en las vidas —y muertes— de otras personas, especialmente en lo tocante al suicidio. El suicidio es absurdo por naturaleza. Por Dios, ¿quién en sus cinco sentidos podría querer matarse? Ah, claro, la persona deprimida. ¿Cómo es posible que el satírico esté muerto y no el satirizado?

Kurt Cobain

Me odio a mí mismo y quiero morir, era el título tentativo del último álbum de estudio de Nirvana. Cobain dijo en entrevistas que deseaba mofarse de la expectativa generada ante la posibilidad de que pudiera suicidarse [4]. Unos meses después Kurt estaría pegándose un tiro en la cabeza, complaciendo al fin a los buitres de la prensa amarillista y matando al terrible maestro, para citar una de las más conocidas frases de Wallace sobre el biothanatos. Vaya, el tipo sí que se odiaba a sí mismo después de todo. ¿Puede haber una prueba más grande de autodesprecio que el suicidio?

Juguemos con simbolismos por un rato. Para prevenir una falla, un suicidio necesita ser neuróticamente planeado. El método escogido tiene que ver con la razón por la cual el ejecutante decidió perseguir dicho propósito. Digamos, si quieres irte de este mundo porque estás huyendo del dolor no quieres salir con un seppuku, al mejor estilo Mishima. Puedes tomar un bunche de pastillas de dormir o escoger un plácido envenenamiento con monóxido de carbono. Si lo prefieres, puedes tener a la gente debatiendo acerca de si en realidad querías matarte o no y salir implicado en un repentino accidente automovilístico [5]. O puedes tener un dulce, muy dulce final autoasfixiándote con el gas de la estufa y dejar un delicado epílogo al hacerles el desayuno a tus hijos y sellar las puertas y ventanas de sus habitaciones con cinta adhesiva primero. ¿Por qué no considerar llenar tus bolsillos de guijarros y hundirte en el río antes de ahogarte en la laguna metafórica de tu siguiente colapso nervioso?

Cuando te amarras las muñecas con cinta aislante y haces arreglos para que tu novela sin terminar sea encontrada por alguien, la gente empezará a hacer preguntas. Lógico, la gente siempre tendrá un montón de interrogantes cuando se entere de toda la cosa, ya sabes, lo ilógico de la situación. Ellos sabrán que fuiste al quiropráctico el lunes para hacerle creer a  tu esposa que todo estaba bien. Ellos odiarán a tu esposa por no haber previsto lo fingido de dicha acción y haberte dejado solo ese día de todas maneras. Ellos estarán desconcertados por la generalidad de que, incluso si no estaba terminada, tú querías que la vieran. Ellos van a tratar de imaginarse a tus perros mirando tu cuerpo inerte, colgando como decoración de Halloween en un árbol de navidad, tus perros olfateando el olor de la muerte, sintiéndose traicionados, confundidos, tendrán los perros sentimientos, eso no es un juego divertido, David.

El Rey Pálido, el libro en el que Wallace se encontraba trabajando cuando decidió dejarnos, es un apabullante tour-de-force.  Para un autor que ha escrito más de mil páginas de una novela presumiblemente acerca de la tristeza y la adicción [6], uno podría pensar que la meta sería sobrepasar a La Broma Infinita. Sin embargo, parece que Wallace tenía otras ambiciones. No es arbitrario que después de una historia épica posmoderna acerca del entretenimiento haya fijado sus ojos en el aburrimiento, o para citarlo, «La clave de la vida moderna. (…) Si eres inmune al aburrimiento no hay literalmente nada que no puedas conseguir» [7]. El aburrimiento, la cosa que, según su amigo Jonathan Franzen, lo mató [8].

Según se ve, a Wallace le faltó inmunidad para acabar lo que llamó «La Cosa Larga». A diferencia de Kafka, paradigma per se de trabajo inacabado, David quería que su proyecto, así fuera inconcluso, viera la luz.

Kafka y Wallace. Existe un número de detalles minúsculos que vienen a la mente cuando se piensa en ambos escritores. El Castillo, una de las novelas de Kafka, termina con una oración entrecortada, justo como La Broma Infinita. El Proceso tiene capítulos faltantes, así como faltan, —si bien en mayor proporción— capítulos en El Rey Pálido. El tema recurrente en Kafka es la opresión en un sistema intangible mientras que la última obra de Wallace se desarrolla en parte en un ambiente burocrático donde los individuos encaran luchas internas tratando de vencer el aburrimiento, la ansiedad y el advenimiento de la tecnología. Hay incluso cierta conexión metafísica con respecto a las pretensiones creativas de ambos autores.

La carta más paradójica del tarot, el ahorcado, simboliza el final de una lucha. Colgado de Yggdrasil, el árbol nórdico de cuya raíz emana el conocimiento, tiene que ver con el sufrimiento interior, el sacrificio, la esclavitud psíquica y el despertar liberador. Representa a la persona altruista, dispuesta a sacrificarse por el bien común y que es fiel a sus principios, aun cuando éstos impiden su libertad de acción. Por supuesto, no estamos pensando en esa famosa entrevista de Larry McAffery y aquello de «estar dispuesto a casi morir para conmover al lector».

 

Por qué no querrías, David, que llegáramos a un veredicto tan simplificado (y cursi).

 

Ron Brown, en su libro El Arte del Suicidio habla de la imagen de Fedra como ejemplo de la interacción entre método y motivo establecida en el suicidio aun desde tempranas épocas. Se menciona incluso que la suspensión entre cielo y tierra cuando se trata de una cuerda mantenía a las personas fuera de la influencia terrenal y a las deidades vivas, [9] una noción íntima de prórroga.

 

Difícilmente podemos apartar nuestra mente del carácter truncado de la pieza dejada por Wallace en su garaje. La minuciosidad   con   la   cual   ejecutó   el   acto   podría  sugerir  una intención  incluso  semiótica.  El  método  escogido —ahorcamiento— podría  sugerir  opresión.  ¿Podría  Wallace haberse embarcado en una empresa demasiado abrumadora como para ser capaz de llevarla a cabo en su totalidad? [10] ¿Nos veríamos muy banales, o melodramáticos, o ingenuos, o desfasados [11] si trajéramos a colación otra de sus famosas citas, aquella de el Caballero Errante, el Santo Humillado, el Artista Torturado y el Científico Loco han significado en otros tiempos: una especie de Prometeo, aquel que se dirige a lugares prohibidos y regresa con dones para que todos los podamos usar pero por los cuales tan sólo él ha pagado? [12]

Quizá así sea. Pero tendríamos que convenir con T.S. Eliot que El fin es de donde partimos.

 

NOTAS:

[1] Aquella frase de Flaubert: «Madame Bovary c’est moi», y el eterno dilema sobre qué tanto hay de autobiográfico en las obras de los escritores o, dicho de otra manera, la pregunta que todos los novelistas odian pero no pueden eludir.

[2] «Claro que hablo desde una óptica retrospectiva, y tal óptica siempre tiende a conformar lo obvio». Raymond Carver, Caballos en la niebla, en el volumen de cuentos “Tres Rosas Amarillas”.

[3] El autor de culto debería ser entendido aquí como la figura provocadora,  odiada  por  críticos  notables —Harold Bloom viene a la mente— que  siendo  nominado  para  aplastantes  galardones  literarios —llámese Nobel  en  el  caso  de  Borges, llámese Pulitzer en el caso que aquí nos atañe— nunca ganó debido a un misticismo de dichos críticos disfrazado de ironía del destino; alguien capaz de influenciar a toda una generación entrando reaciamente en el canon; alguien cuyos leales acólitos están dispuestos a comprar cualquier libro por la sola mención de su nombre sin saber de qué se trata.

[4] «As literal as a joke can be. Nothing more than a joke. And that had a bit to do with why we decided to take it off. We knew people wouldn’t get it; they’d take it too seriously. It was totally satirical, making fun of ourselves. I’m thought of as this pissy, complaining, freaked out, schizophrenic who wants to kill himself all the time: ‘He isn’t satisfied with anything.’ And I thought it was a funny title». Cobain, Kurt (1994). Rolling Stone magazine, January 27. Available in: http://www.rollingstone.com/music/news/
kurt-cobain-the-rolling-stone-interview-19940127

[5] «Reflexioné inacabablemente sobre su muerte. Aunque Camus no conducía, cabe suponer que conocía al conductor, hijo de su editor, y sabía que llevaba el demonio de la velocidad en el cuerpo; así pues, hubo un elemento de temeridad en el accidente que le daba visos de un cuasi suicidio, o al menos de un coqueteo con la muerte, y era inevitable que las conjeturas en torno al suceso remitieran al tema del suicidio en la obra del escritor».
Styron, William (1990) Esa visible oscuridad. [en línea] [fecha de consulta: 26 de Agosto 2016].  Disponible en: http://assets.espapdf.com/b/William%20Styron/
Esa%20visible%20oscuridad%20(3204)/
Esa%20visible%20oscuridad%20-%20William%20Styron.pdf

[6] O un tratado ficticio acerca de la depresión, una novela acerca de «Lo que significa jodidamente ser un ser humano» en una generación sobreexpuesta al entretenimiento, o solo «algo realmente triste», como el propio Wallace dijo en una entrevista. http://www.entrevista-a.com/entrevista-a-david-foster-wallace-la-broma-infinita/

[7] Wallace David Foster. (2011) El Rey Pálido. Random House (1.ª Ed.)   p. 444-445.

[8] «Si el aburrimiento es el terreno en el que brotan las semillas de la adicción, parece justo afirmar que David murió de aburrimiento». Franzen, Jonathan. (2012) Más Afuera (1.ª Ed.) Salamandra,  p. 55.

[9] Brown, Ron. (2001) The Art of Suicide. Reaction Books (1st Ed) p. 31.

[10] …¿Tal como Kafka y su novela Amerika?

[11] Palabras de Wallace en la entrevista con Larry McCaffery.

[12] Wallace, David Foster Todo y más. Trad. Joan Vilaltella.  2003 [en línea]  [fecha de consulta: 26 de Agosto 2016]. Disponible en: http://assets.espapdf.com/b/David%20Foster%20Wallace/
Todo%20y%20mas%20(3949)/Todo%20y%20mas%20-%20David%20Foster%20Wallace.pdf

 

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María Alejandra Jiménez es una autora residente en Colombia.

Contactar con la autora: malejajim10111 [at] hotmail.com

 

Ilustraciones artículo: (Portada) David Foster Wallace, By Steve Rhodes
[CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)],
via Wikimedia Commons | (En el texto) Kurt Cobain, By Rose Robin (Flickr)
[CC BY 2.0 (http://creativecommons.org/licenses/by/2.0)], via Wikimedia Commons.

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