relato por
José J. Santana Sánchez

 

Era ahora o nunca. Ya no lo aguantaba más. Esa presión dentro de mí, era como un tigre intentando salir del culo de un caracol. Decidí dejarlo. Fue el día después de mi último examen. Un buen reflejo de lo que había sido mi etapa universitaria, aquel maldito examen. Había estudiado varios meses preparándome, engañándome, tratando de engañarme. Siempre era la misma historia. Me boicoteaba. Era mi peor influencia. Yo mismo. Pero esta vez la culpa fue del equipo, no mía. Qué liberador es tener a quien endosarle la culpa. Tienes que reconocerlo. En fin, que la tarde antes del examen alguno dijo «hoy es la cena». «¿Qué cena?». «La cena del equipo, Fefo, nunca te enteras de nada. Es hoy, en el Casino. Vamos a ir todos, no vayas a dejar de ir tú». «No, no. Descuida. Yo voy». Algo así tuvo que ser. Y era verdad, yo nunca me enteraba de nada. Subí esa noche al casino, con mi coche. Tenía pinta de ser un plan tranquilo y así tenía que ser. Llegué. Y las camareras estaban buenas. Y había vino por todas partes. Nadie cobraba por nada. Las camareras te miraban afectuosamente. Un afecto extremadamente cuadriculado. Ni un solo gramo de afecto más del exigido. Era triste verlas fingir. Empezaba a ser triste estar ahí. Ya se me estaban empezando a olvidar los procedimientos que tantas tardes había estado practicando. Llené otra copa de vino. La vacié. Llené otra. Llegó el primer plato. Mirando a las camareras me había zampado tres panes con alioli. Panes duros. El muslo de una de las camareras estaba más duro que el pan. La camarera no se desmedía ni un momento. Yo esperaba al acecho. No hizo nada fuera de lo normal. De alguna forma yo solo esperaba que lo hiciera. Primer plato. Mierda insuficiente con salsa rancia de principio de desesperación. ¿Qué hacía yo ahí? Más vino. Todos hablaban con todos. Casi todos querían follarse a las camareras. Había un camarero que era maricón. Nadie miraba al camarero maricón pero el camarero maricón se lo estaba pasando muy bien. Además era el más eficiente de los camareros. Creo que era él el que coordinaba al resto de camareras. Otra copa de vino. Otra más. Segundo plato. Era algo así como el muslo de un pato con papas panaderas. El segundo plato estaba mejor que las camareras. Aparentemente, a ojos de un inexperto y un poco borracho crítico culinario, ese muslo estaba poco hecho pero nada más lejos de la realidad. Estaba muy bueno. Más vino. Pan duro. Las papas panaderas también estaban muy sabrosas con tiras de pimientos. Finitas. Perfectamente cortadas. Sin duda el que cortaba las papas era el mejor que había hecho su trabajo aquella noche. Después de la cena hubo una lamentable actuación cómica que a mí me pareció más dramática que cómica. Tenías que verlos a todos riendo forzadamente. Intentando no descontentar al trágico cómico. Yo reía de verdad. De corazón. Una botella y media de vino después, como para no reírse. El examen. Maldita sea mi estampa, me estaba volviendo a pasar. La actuación acabó casi al mismo tiempo que la segunda botella. Yo recogí mis cosas y lancé una última mirada a las camareras. Recogían todas las sobras del festín y ya no tenían esas sonrisas falsas dibujadas en sus tristes caras. Ahora lucían salvajes. Descontentas. Mal tratadas por la noche, por la vida, por el camarero maricón, qué sé yo, seguro que vivían mejor que yo. Seguro que follaban más que yo. Todas follan más que uno. Cuando parecía que ya nos íbamos a casa apareció otra dama. La noche seguía poniendo damas en mi camino. Burbujas inalcanzables para el alma inquieta de un niño de cuatro años. Cuando desperté de mi fantasía efímera pude entender que se nos invitaba a jugar una partida a las máquinas tragaperras y que nos ofrecían gratuitamente una consumición dentro del Casino. Fuimos. A mí lo de jugar a las máquinas me la traía un poco al viento. En mi equipo había algunos con serios problemas de ludopatía. Ellos no lo sabían. Pero qué iban a saber. Ni siquiera sabían quiénes eran como para además saber lo que padecían o dejaban de padecer. Tampoco es conveniente culparlos. Nadie sabe nunca nada. Yo le di mi ticket al primero que vi y me fui a la barra. Allí estaba un camarero. Era bajito, un cacho más que yo. Ni siquiera llegaba a las botellas de la última estantería de la barra. Si hubiese sabido lo que era me hubiera pedido una copa de eso. Tenía mala pinta. Licores de colores. El camarero tenía cara de osito de goma. Cejas gruesas. Pelo engominado hacia atrás. Ojos muertos en sus cuencas. Mirada inexpresiva. «Ponme el wisky más caro que tengas». Le tiré la consumición en la barra. La miró. Dijo que no, que con eso solo podía beber John Haig, JB o 100 pippers. John Haig, con dos piedras de hielo. Me senté en la barra a disfrutar de mi copa. No pasaba mucha gente por allí. La gente estaba haciéndose rica y sobre todo haciéndose pobre dentro, en la ruleta. Esa zorra opulenta, la ruleta. Allí dentro estaban todos disfrazados de poderosos. Era como un carnaval. También había más de dos chinos. Siempre hay chinos en los casinos. Empiezo a quedarme sin sitios en los que ya no veo chinos. Algunos de mi equipo me hacían señas desde las máquinas tragaperras y yo estaba bebiendo mi copa y el rojo salió en la ruleta que tenía justo en frente y dos poderosos perdían y el chino acertó el número y también acertó el color y también acertó la docena. Ese chino había ganado dinero suficiente en esa jugada para pagarme la universidad. Ostias, el examen, era casi la una de la madrugada. Fui a las máquinas tragaperras. Habían metido todos los ticket en la misma máquina y se había sumado un crédito total de cincuenta y dos euros. Yo no entendía mucho las máquinas tragaperras. Yo no entendía mucho de nada en la vida, pero iba dando tumbos que me facilitaban el siguiente paso. O no me lo facilitaban. En fin, sugerí, desde mi ignorancia, retirar lo que habíamos sumado metiendo los ticket como si fuese un premio sin necesidad de dejar en manos del azar nuestro éxito. Cuanto menos dejes al azar es mejor. O es peor. Por lo visto fue una idea cojonuda, la que di. La puta idea del siglo. Me agrandaron allí. Era dios. Dios no tenía exámenes. Yo también me agrandé. Reclamé el dinero y lo llevé a la ruleta. Solo me dieron un par de fichas. Ellos se quedaron con el resto. No tenía ni idea de cuánto dinero me habían dado. Solo eran fichitas. Deliciosas e hijas de puta, las fichitas de la ruleta. Por doscientas como estas, más de uno vende a su madre. Se me estaba acabando la copa. Me acerqué a un mostrador de cambio. Pregunté cuánto dinero tenía. Era algo más de veinte euros. Cambié diez y pedí otro whisky. Con el resto del dinero fui a la ruleta. Fichita al negro. Negro. Bien. Fichita al catorce y fichita al negro. Catorce. Negro. Joder, bien. Tenía un montón de fichitas. Todavía no lo suficiente para hacerme con la madre de nadie, pero había subido sin un céntimo. «Mira a Fefo, el cabrón se está haciendo de oro», escuché desde el fondo. Se había formado un pequeño grupo de gente detrás de mí. A mi lado estaba un chino. Siempre chinos. El chino apostaba al rojo. Yo al negro. No subestimes la suerte sagrada del tonto, chino. Aposté a caballo entre el once y el catorce, y al negro. Salió el doce, que no es negro pero cobré bastante por el número. El chino cobró su rojo pero me miró con rabia homicida. Yo lo burlaba con mis miradas. Seguramente lo intimidaba con mi grandiosa miseria. Y lo bien que la lucía. «Y no quería venir, que si examen y no sé qué…». Ese leve susurro que escuché de fondo me devolvió de súbito a mi realidad. Mi sucia realidad de números y procedimientos estúpidos. De tarjetas de crédito, cuentas bancarias, activo, pasivo y Cristo en la puta cruz. Recogí mis fichas y fui a cambiar. Me dieron dinero suficiente como para no preocuparme por el dinero en al menos dos semanas. Cuando me disponía a salir del Casino robándole al ladrón una mano me agarró del hombro. Yo no había robado nada. Lo gané al negro. Tienen que tener cámaras ahí. Que le pregunten al chino. Me di la vuelta y no voy a negar que una sombra de miedo no pasara por mi cabeza. La sombra del que sabe que ha hecho muchas cosas malas sin repercusión alguna. Era un miedo mezclado con una absurda confusión. No había hecho nada malo. No era nadie. Era el preparador físico de mi equipo. «Tú no vas a ninguna parte», me dijo. «Tío, mañana tengo un examen», le dije. Lo miré con mis ojos ahogados en whisky. Era incapaz de entender por qué no me dejaba marcharme. Él era ya titulado. Yo algún día iba a serlo y me estaban agarrando por el hombro. «Esta suerte hay que aprovecharla, Fefo, toma, juégate esto. Vamos a medias», y me dio un montoncito de fichas. Según me dijeron días después eran cincuenta euros, las fichas que me había dado. Yo no tenía nada que perder. Solo más tiempo. Llevaba años y años perdiendo tiempo, qué más daba un ratito más. Estaba siendo una buena noche. Eran casi las dos y media y faltaban pocas horas para examinarme. Y yo iba camino a la ruleta otra vez en vez de a mi cama. Mi dulce y solitaria cama. Decidí que me lo iba a jugar todo al trece. El negro me había hecho ganar y el trece era rojo. Eso es mala suerte. El trece es el número de la mala suerte. Inducción retrospectiva. Aposté al trece. No salió. Aposté al trece y no salió ninguna de las siguientes tres veces. El preparador físico estaba hablando con algún otro de alguna otra cosa. No estaba pendiente de su dinero. Yo no quería jugar más. Yo nunca había querido hacer nada. Yo quería fumar acostado en mi cama mirando los rayones de las paredes. Metí todo lo que me quedaba al trece mirando más para él que para la ruleta. La bola rodó y salió el dichoso trece. El chino ya no estaba y no pude regodearme de su cara al verme triunfar nuevamente. Aun así recogí exultante mis ganancias y se las llevé al capullo del preparador físico. Ni se lo creía. Me dio mi parte. Yo estaba cansado, borracho, enfermo, triste y solo pero seguía dándole golpes bajos a la noche. Seguía meándome en las patas traseras de la luna y molestando a las estrellas con mi sonrisa indiferente y estúpida conduciendo calle abajo, embriagado por las ausencias y los recuerdos empapados con las notas musicales que solo suenan en mi cabeza y que pintan mis lienzos de mierda de colores y olores capaces de perfumar las alcantarillas del puto infierno. El examen no me importaba lo más mínimo en ese momento y fui consciente de ello y me sentí miserable porque había gente que estaba confiando en mi pero tampoco eso llegó en el fondo a importarme y solo quería que un segundo me transportase al otro y luchaba por el siguiente minuto como si estuviese amarrado a puerto con el ancla echada. La vida era la selva y en la selva peleas o mueres. Yo llegué a mi casa y estaba demasiado borracho para dormir y era demasiado tarde para estar despierto y estar en mi casa borracho a esa hora era como no estar en ninguna parte. Me fumé un porro y me acosté con los apuntes del examen sobre mi pecho y mi teléfono móvil-despertador-grano en el culo al lado de mi oreja para que me despertara al cabo de unas escasas horas. Y no conseguía dormirme y la mañana se escondía de mí y yo me preguntaba que por qué no llegaba de una vez y ni pude responderme esa pregunta porque me quedé dormido como un tronco. 

Las primeras luces del alba entraron por mi ventana. Ni siquiera había sido capaz de cerrarla. Habían pasado menos de tres horas y ya estaba despierto. Seguía borracho. La leve y agradable brisa de las primeras horas de la mañana me hizo saber que estábamos ante un caluroso día. En febrero. Esto es Canarias y yo tengo un examen. El interior de mi estómago debía de ser algo parecido a la Sarajevo de principios de los noventa. Mi cabeza estaba enferma igual que mi espíritu y había desperdiciado varias tardes los últimos meses. Qué digo, había desperdiciado la mayoría de las tardes de mi vida. Y todo lo que había estudiado estaba amarrado a mi resaca y tirado al fondo del mar. No pude tragar más que un vaso de café con poca, muy poca leche. Un paso en falso podía ser definitivo. Era un pez que nada en dirección a la boca del tiburón. Llegué a la universidad con mi enfermiza estampa por bandera. No hacía falta ser muy listo para saber que no tenía ninguna oportunidad. Todos parecían estar muy preocupados. Dudo de que supieran realmente por qué estaban como estaban. Por qué hacían lo que hacían. Igual alguien lo sabe. Los muertos igual lo saben. Ellos pueden saber algo que nosotros no sabemos. Yo estaba medio muerto pero pertenecía al reino de los vivos, de los condenados a vivir. Y entre una cosa y otra nos metieron a todos en las aulas. Nos sentaron a cada uno en un pupitre y yo le suplicaba a la araña que colgaba de mi pupitre que me sacara de alguna manera de allí. La envidié. Yo tenía que rendir tantas cuentas. Hasta conmigo mismo tenía problemas. Una profesora sin rostro me entregó el examen. Eran cinco preguntas de las cuales me las podía arreglar para contestar bien cuatro. Leí el principio del examen. Si no apruebas todas y cada una de las preguntas por separado el examen se considerará suspenso. Cazado. Intenté empezar el examen pero no podía soportar las ganas de vomitar. Se lo entregué a duras penas a la profesora sin rostro. Me pidió el DNI. Lo miró. Después fijó las dos pipas de aceituna que tenía por ojos en mí y me dejó escapar de allí. Salí del aula y vomité en una maceta que había justo tras la puerta. Antes de llegar al coche vomité dos veces más. Nunca más volvería a la universidad. Ya estaba decidido.

Fue como dar un portazo en una habitación donde hacía mucho tiempo que estaba entrando corriente. Y tanta corriente me estaba poniendo malo. Se me estaba enfermando el alma. Se me estaba pudriendo entre tanto número. No era mi camino y no lo había sido nunca pero yo seguía caminando. Ese día me paré. Me cagué en los ángeles y como buen suicida tiré el camino a la basura. Lo tiré todo, no me quedé ni un trocito. Lo más difícil era decírselo a mis padres. Nunca tuve algo tan difícil que decirles. Me hubiese gustado llegar y decirles: «no se preocupen, ya me liberé de esta carga y ahora voy a conseguirlo. Voy a ser el mejor escritor que ha dado Canarias. Ni Cervantes tenía una prosa tan clara, tan directa. Son como puños al riñón. Y voy a tumbarlos a todos». Tampoco eso lo hubiesen entendido. Ni siquiera les dije la verdad. Que los números no eran para mí, que prefería las palabras, que prefería sentarme a darle patadas en el culo al diablo con mis palabras a estrujar mi cerebro haciendo cálculos. Solo les dije que me salía de ese juego. Que era inaguantable y bastante inaguantable era la vida por sí misma como para yo navegar a su favor. Solo los peces muertos van a favor de la corriente. Algo así les tuve que decir, que al final lo entendieron y me dieron su apoyo pero yo tenía que buscarme la vida. Y la vida es un lecho de pulgas si no tienes algo que hacer y yo nunca había sabido hacer nada especialmente bien. Nunca había tenido una verdadera pasión. Ni vocación. Todos eran algo. Un buen padre le diría a su hijo: «hijo, dedica toda tu vida a una cosa y eso hazlo bien. Sé un profesional en algo y podrás ganarte la vida». Nunca me habían dicho eso. Nunca me habían dicho nada. Tuve que descubrirlo entre tanta desilusión. El tiempo pasaba y yo crecía y la vida era cada vez más insignificante. Solo tiempo que matar. Y demasiadas espinas para una sola rosa. Y la nariz demasiado trancada para percibir su verdadero olor. Y miseria en los bolsillos. Y en la autopista una vieja adelanta a otra vieja y empiezan las rebajas. Y las gomas se deshinchan y el coche necesita aceite y los grifos dejan de gotear si viene un buen fontanero. Y ahora todos son entrenadores personales pero no quedan buenos fontaneros. Las preguntas ya no son correctas pero si responden mal te cortan el cuello. Y las fotos de la que ya no es tu chica se convierten en granadas de mano y le acaricias la cara pero lo que realmente estás haciendo es quitarle la anilla y te explota en la cara todo el jubilo que ya no existe y todo el sudor que se secó y la saliva malgastada y pasan demasiadas cosas por la cabeza de un hombre cuando está solo y medio desesperado pero siempre te acabas agarrando a algo. A veces a alguien. Yo prefiero lamerme las heridas en mi rincón. Ya sonará la campana y tendré que volver a salir al ring y todos saben que cuando te subes ahí no sabes si vas a poder volver a bajarte por tu propio pie. Además, siempre queda un buen amigo con el que beberte un trago o simplemente presencia alrededor de uno. Oír otra voz. Pasaron algunas semanas y el dinero empezaba a escasear. Con lo que ganaba jugando al fútbol apenas me daba para asegurarme un trago y algún cigarro. Cuando la necesidad aprieta el hombre busca por instinto una forma de continuar con su juego. Yo me dediqué a coger jacas. El kilo de jacas se vendía alrededor de cuarenta euros el kilo por lo que tenía entendido. Se pagaba muy bien. También me habían dicho lo jodido que era conseguir un kilo de esos puñeteros cangrejitos. Parte de mi infancia la gasté haciendo precisamente eso, coger jacas. Recuerdo que era bueno. Recuerdo también que lo hacía porque me daba la gana y no por un propósito tan ruin, mezquino y necesario como conseguir dinero. La primera parte era sencilla. Había que estar pendiente de la marea y si controlabas los estados de la luna controlabas las mareas. Ahí estaba yo. Cogiendo a la luna por los huevos. Siempre había sido al revés. Ahora iba a prostituirla. La noche de luna llena llegó y yo me acosté temprano. A las siete y cuarto de la mañana estaba la marea totalmente baja. Lo ideal era ir un rato antes, tal vez media hora, de la bajamar y aguantar hasta algunas horas después. Me desperté con más energía de la que solía tener al despertarme. Puse el café al fuego. Eché una meada. Me lavé la cara. Tomé el café y me dispuse a empezar la jornada. Nada más salir a la calle el aire fresco de antes del amanecer me golpeó de frente en la cara. Era como darse una hostia contra una puerta de hielo. Mi cama todavía estaba caliente y yo ya estaba fuera de su radio de alcance. Maldije mi suerte, la suerte de todos los demás, a Cristo y algunas cosas más pero seguí. Llevaba unas zapatillas de deporte que estaban hechas porquería. También tenía unos guantes. No te olvides los guantes, me habían dicho una y otra vez. Debían de ser importantes. No dejó de sorprenderme al llegar a la playa ver que se me habían adelantado. Había cinco personas desperdigadas por la orilla de la playa dejando así poco hueco disponible para mí. Ya me estaban jodiendo. Ninguno de ellos se percató de mi presencia. Sus cabezas estaban enterradas en las piedras, sus manos se movían como pequeñas excavadoras incesantes como el sonido de piedras revolotear contra otras piedras. Las casas al fondo, desconocedoras de lo que pasaba, le daban el poco color que había en aquel momento petrificado de ruido y oscuridad. No distinguí si eran hombres o mujeres solo eran sombras harapientas y ninguno de nosotros podía distinguir si era de noche o de día. Poco a poco, la misma luna llena que me había avisado antes de que este era el momento oportuno ahora se marchaba sin despedirse entre la claridad. Cruel y sin remordimientos, también, la luna. Yo levantaba piedras. Y más piedras. Una. Dos. Tres. Otra más. De vez en cuando había alguna jaca. Tenía que haber algún truco. No podía ser así. Ellos no estarían aquí si no supieran los trucos. Los miraba a todos pero ellos estaban demasiado ocupados llevándose todas las jacas. Cuarenta euros el kilo. Cuarenta euros me voy a tener que gastar yo en el fisio para arreglarme la espalda. Empezaron a irse uno a uno. En veinte minutos me quedé solo en la playa. Se iban con sus baldes llenos. Se podía uno dar cuenta de cómo pesaban esos baldes. Yo tenía un triste cubo de colacao y no lo tenía ni por la mitad. Sumando el cubo podría pesar trescientos cincuenta gramos. Podía escuchar cómo el sol se reía de mí a mis espaldas. O fueron las olas. En fin. Me fui a mi casa con lo recaudado y no se me fue el olor a cangrejo en quince horas. El dolor de espalda me duró algún día más. Doscientos cuarenta gramos de jacas. No era tan sencillo. Yo nací para soplar aire con pajitas. Los bolsillos seguían vacíos y empezaba a ser desesperante. No podía llegar al punto de tener que pedir dinero a mis padres. Tenía que existir una solución, mientras tanto hay que levantar piedras, viejo amigo. Fueron cuatro días los que necesité para conseguir un kilo. Los guantes se me rompieron al segundo día y no tenía dinero para comprarme otros. El resultado fue algo calamitoso para los dedos índice y corazón de la mano derecha, que fueron los que perdieron protección. Mi espalda era la más perjudicada. Pero mi situación se volvió más grotesca cuando desaparecieron todos y cada uno de los posibles compradores. Después de eso me dolía aún más la espalda. Era como otra cruz más sobre ella. No podía ser que no hubiese nadie. No tenía más que una china para un peta. Si quería comer siempre podía bajar a casa de mis padres y la gasolina se acabaría agotando en breve. Maldita sea, dónde están todos esos currículos que envié. El teléfono nunca suena y cuando suena nunca son ellos. Ni ellas. Ellas nunca llaman ya. Y nadie compra una jaca. No creo yo que Céline tuviese que pasar nunca por un problema como este. Ni Camus, no me lo imagino levantando piedras a las siete y media de la mañana. Pero como si estuviese el mismísimo demonio vigilando mis pasos de cerca y consciente de mi situación a la mañana siguiente recibí una llamada de un número que no tenía que cambió, en cierta parte, el devenir de los acontecimientos.

 

Fue una mañana estúpida. El sol salió y yo ya estaba esperándolo en la terraza. No tenía adónde ir. No tenía qué hacer. Estaba atrapado en esas cuatro paredes. Cuatro absurdas paredes que te pueden llegar a salvar de la misma forma que pueden hacer que te vuelvas realmente loco. Abrí la nevera. Dos cervezas y leche. No tenía ni azúcar para el café. Abrí una cerveza. La empecé a beber y me tumbé a leer. Ni siquiera podía sacar más libros de la biblioteca porque me había retrasado en una devolución y estaba sancionado. Pero eso era inútil. Quiero decir, que no tenía ni gasolina suficiente como para ir a la biblioteca. Entre una cosa y otra se hicieron las nueve de la mañana y fue más o menos a esa hora cuando sonó el teléfono. Pensé en no cogerlo. No conocía el número. Qué tenía mejor que hacer que descolgar el maldito teléfono. No costaba nada. Respondí:

—¿Diga?

—¿Qué pasa primo? ¿Estabas durmiendo? —la voz me resultó familiar, pero no la reconocí.

—¿Quién es?

—Soy tu primo. Tu primo Luis. Mira, tengo que hablarte de un tema.

—¿Qué pasa?

—¿Te acuerdas de Toni? Toni el flaco. Si hombre, tienes que acordarte. Era vecino tuyo cuando vivías en Sardina. El hermano de Leonor. ¿No estudió Leonor contigo? Pues resulta, que Toni tiene un barco. Lo está arreglando. Es un barco de puta madre, primo. Tienes que verlo. Le voy a decir después que te lleve a verlo. Pues ya lo tiene casi arreglado. Le falta terminar de pintarlo…

—Chacho, Luis…

—Vale, vale primo. Te digo. Él necesita un montón de material para salir a pescar. Y yo me acordé de lo de tu padre. ¿tú sigues teniendo material para vender?

No respondí. Se me abrieron los ojos. Casi se me salen de las cuencas. Cómo no había yo pensado en eso. Resulta que mi padre tuvo hace unos cuantos años un negocio de artículos de pesca. Tiene todo tipo de material para pescar, tanto en orilla como en barco. Cuando liquidó la tienda, los restos de mercancías que quedaron yo los llevé hasta el garaje de casa de mis padres en Sardina y mi padre me dijo que podía vender lo que quisiera y el dinero era para mí. Y yo no me acordaba de eso. Era una gran salida y no había tenido la bondad de pensar en eso.

—…oye primo.

—Perdona, Luis, estaba pensando —mi primo era un poco desesperado. Algo zoquete. Le gusta llamar demasiado la atención. O a lo mejor no le gusta, pero  llama  demasiado  la  atención.  Pero  es  noble.  Tiene  buen  corazón  y todo eso—. Sí que tengo material. Cuando quieran pasamos por el garaje y que vea si le interesa algo.

—Vale, perfecto. Nosotros estamos terminando de pintarlo, ¿a las doce te viene bien?

—A las doce en mi casa, Luis.

Colgué. Tiene que comprarme algo. No hay otra manera de salir de ésta. ¿Toni el flaco? ¿Leonor? Yo no me acordaba de nada. Dijo mi primo que eran vecinos míos en Sardina. Yo no salía mucho a la calle en Sardina. En fin, tiene un barco. Necesita material. No creo que mi primo notara desesperación en mi voz. Qué mierdas digo, yo no sueno desesperado. Tampoco creo que mi primo notara nada de nada en ningún caso. Me acosté otro rato. Dormí. Dormí. La alarma que había puesto sonó a las 11:45. La apagué. Me levanté, me lavé la cara, cogí la cerveza que quedaba, las gafas de sol y me fui con lo puesto. Conducir hasta Sardina era todo un acontecimiento, quiero decir, que con la gasolina que tenía, el riesgo de que se parara el coche era muy alto. El riesgo de todo siempre es muy algo. En fin, llegué. Despacio, pero llegué. Y allí estaba Toni el flaco, mi vecino Toni el flaco. Estaba con mi primo. Me estaban esperando en la puerta de mi casa. Entramos. Nos saludamos. Le dije que sí, que me sonaba su cara. Era realmente flaco. Tenía la cara chupada hacia dentro. Parecía un perro cazador. Claro que sé dónde vives, le dije. Sí, hombre, tu hermana, Leonor, estudió conmigo, sí. En el instituto. Mi primo estaba allí parado. Como siempre había estado. Le enseñé a Toni las estanterías con todo el material. Había de todo allí. Plomos, cañas, bollas, nylon, polvo, linternas, anclas, polvo, bobinas de hilo, anzuelos, mugre. De todo. A Toni pareció encantarle todo lo que veía. No dejaba de mirar una caja para empezar a mirar otras. Se le acumulaban en las manos. No estaba todo muy ordenado, la verdad. Pero casi todo tenía su precio. Y yo se lo iba a vender todo alrededor de la mitad de su precio de venta en la tienda. Yo no sé quién ganaba y quién perdía. Qué más da saberlo. Yo intentaba que los dos nos quedásemos contentos. Él seguía mirando cosas. Espero que hayas traído dinero, cabrón, me decía yo, mirándolo. Mi primo también miraba cosas. Yo también miraba cosas. Encontré algunas y las separé. Me las iba a quedar. Toni miró lo que yo había separado. Se encaprichó con unos escarpines que me había agenciado para coger jacas. «¿Eso también lo vendes», me preguntó con cara del que solo tiene monedas y quiere irse de putas. «Sí, claro. Te lo guardo por aquí. Tú mira lo que quieras y después vemos». Yo vendo lo que haga falta, me dije. A seguir jugándote la vida con esa mierda de zapatillas. «Es que son muy buenas para coger jacas», me dijo. «Sí, precisamente para eso las quería yo». «¿También coges jacas?». «Sí claro, hay que ir sacando dinero como si es debajo de las piedras». «Yo tendré que ponerme la semana que viene, que hay buenas mareas, esta semana tendré que comprar algo si quiero sacar el barco». «Yo tengo un kilo ya. Puedo vendértelo». «¿Cuánto?». «Cuarenta el kilo». «¿Cuarenta?». No pareció gustarle demasiado el precio de las jacas. Tenía ganas de decirle capullo, levanta piedras tú a ver a cuánto las vendes pero en lugar de eso dije: «sí». Y él dijo «vale». Y siguió mirando cosas, como un niño el día de reyes. Yo estaba de pie observando todo lo que había separado y calculando cuánto era todo ese polvo y esas cosas en dinero. Otra historia era saber si me las iba a comprar al momento o si tenía que esperar. Si no compraba nada yo estaba jodido. No tenía ni para volver a mi casa. Él estaba a lo suyo y mi primo andaba con la cabeza metida dentro del teléfono móvil. Media hora estuvimos más o menos así. Y Toni el flaco terminó de mirar todas las cosas. Mi vecino Toni el flaco. Y yo sumé todo lo que Toni quería y hacía un total de ciento veinte euros. Aparte los cuarenta de las jacas. Pero Toni no tenía la cartera encima. De todas formas eso no iba a ser problema, me dijo Toni, porque él era vecino. Vivía a dos minutos caminando de mi casa. Fue y no tenía la llave de su casa. La había dejado donde el barco. Y su madre no estaba en la casa. «Oye, y tu hermana Leonor, ella igual puede estar en tu casa». «Mi hermana Leonor ya no vive en mi casa. Vive con su marido. Tiene dos hijos. Ahora en dos meses nace el tercero. A ver si nos viene la niña de una vez». «Ah, vale vale». Había estudiado conmigo, según parece, Leonor. En fin, que tuvo que volver a donde tenía el barco y yo lo esperé con mi primo en la puerta de su casa que, efectivamente, estaba realmente cerca de mi casa. No tardó más de diez minutos en llegar. Entró a su casa y salió con el dinero. Dinero contante y sonante. Volvía a estar dentro del juego. Ese día conseguí echarle gasolina al coche. Bajé hasta el bar y pedí una cerveza. Era agradable estar allí. Fuera, en el muelle, las olas chocaban contra las rocas y los caracoles se mantenían en la lucha, resistiendo los golpes. Las moscas revoloteaban. Parecía como si estuviesen locas. Perdidas. Todos lo estábamos. Nadie se acordaba de nadie y fue en esas cuando apareció en el bar aquel otro chico que también estudió conmigo y que nunca consigo recordar su nombre. Me contó que había estado hablando con no sé quién, pero eso ya es otra historia que no cabe en esta narración. También me preguntó si seguía estudiando eso de las empresas. Yo le dije que no, que lo había dejado. Y después empecé a contarle esta historia.

 

línea separación texto Con los bolsillos vacíos

 

José Juan Santana Sánchez. Vive en Gran Canaria. Lleva escribiendo desde hace algo más de un año, y tiene en su haber una veintena de relatos cortos. Más que por su vida preferiría ser juzgado por sus historias…

 

Contactar con el autor: josejuan_fefo [at] hotmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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Revista Almiarn.º 77 / noviembre-diciembre 2014MARGEN CERO™Aviso legal

 

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