relato por
Miguel Huertas

 

Madrid. 11 de noviembre de 1957.

La noche se llena con los susurros de una ciudad moribunda. La luz eléctrica y el asfalto asfixian las ilusiones de cordura. Las plegarias de los niños no sobreviven para llegar al cielo y las cunetas del país están sembradas con cadáveres.

En medio de la putrefacción que abarrota la noche, el Sanatorio se alza como una gigantesca torre de vigilancia. Un centinela eterno con agrietada piel de piedra, condenado eternamente a iluminar las almas de los dementes con los destellos eléctricos que se producen en sus entrañas.

Mi nombre es Arturo Valle, aunque el nombre de una masa de carne con conciencia de sí misma sea irrelevante. Tengo treinta y cinco años. Sacaron a mi madre del canal cuando tenía cinco: su cuerpo estaba hinchado, blando y pálido, como el de un calamar puesto al sol.

Dicen que he matado a dos personas. Mienten. Ya estaban muertas, sólo que ellas aún no lo sabían.

Si un árbol cae en lo profundo del bosque y nadie lo escucha caer, ¿ha hecho ruido? ¿Cómo se puede estar seguro? La experiencia es sólo una ilusión. Igual que la luz tan solo sirve para definir la oscuridad, y el día para aliviar el peso de una noche eterna, la experiencia es sólo un truco de la mente para hacer el caos de probabilidades soportable. Al final, sólo se trata de creer. Sabemos porque creemos saber. Vivimos porque creemos vivir. Creemos que cuando la noche acaba despunta de nuevo el día, pero es mentira; el día es lo transitorio, y la noche jamás termina. Son mentiras que nos protegen del verdadero rostro del mundo.

Como la cordura.

La cordura nos protege de lo que no nos atrevemos a saber.

Cada uno de nosotros lleva dentro un monstruo. Es común decir que lo que vemos de los demás es sólo la superficie, una máscara. Y es verdad. Pero existe una verdad mucho más terrible. Lo que vemos de nosotros mismos es también una carcasa.

Si llevas una máscara siempre que te miras al espejo, ¿cómo puedes conocer el rostro que hay debajo?

Creemos que la máscara es la cara, que la superficie es el todo, porque no podemos soportar conocer lo que hay bajo ella.

Lo que consideramos que es la humanidad no es más que un pobre envoltorio. Yo he visto lo que hay más allá.

Riadas de gusanos que ansían devorar carne putrefacta. Un perro brutal, todo colmillos que se cierran, astillando huesos; el sonido de las fracturas como sinfonía del odio. Deseos irresistibles —lujuria, posesión, hambre de dominio— que exigen satisfacción inmediata, ardientes como relámpagos rojizos que trepanan una nube de tormenta.

Y en el centro de todo, como Señor indiscutible de toda Carroña, el monstruo.

La misma bestia que siento ahora mismo en mi pecho, latiendo con promesas: una masa de carne violácea y tentaculada que extiende sus apéndices hacia arriba, clavando sus aguijones en el cerebro.

No es extraño que necesitemos cerrar nuestros ojos ante lo que somos.

Estoy tumbado mirando al techo, sumido en la oscuridad total, ignorando si no hay nada salvo espacio entre mi cuerpo y el techo o si, por el contrario, una abotargada y viciosa araña está a punto de masticarme la cara. ¿Cómo podría estar seguro?

Las correas con las que me atan a la cama laceran la carne de mis antebrazos. Son sabios. No desean que les diga la verdad, que rompa el hechizo y les muestre que están ya muertos, que corte sus hilos de marioneta. Ejercen su poder contra el mío, puedo comprender eso. Lo que detesto es su hipocresía. La peor de las hipocresías: la que se desconoce que se posee.

El Sanatorio fue construido como paradigma del poder la razón. La estufa que contiene el fuego.

San Jorge derrotando al Dragón.

Pero olvidaron el axioma fundamental del mecanismo que creen controlar.

«Quien luche con monstruos cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira en tu interior».

Ése es el chiste definitivo, la mofa suprema a este reino de la razón.

Los paladines de la cordura ignoran lo que les mueve, como los niños. Pero sirven al monstruo.

Riadas de gusanos bombeadas por sus arterias cuando nos intoxican con los fármacos prescritos. Los colmillos del perro cerrándose sobre un fémur y haciéndolo trizas cuando nos reducen, nos atan. Los tentáculos arremolinándose en las circunvalaciones de su cerebro cuando ordenan un shock eléctrico.

Si nadie escucha los gritos de tormento de quien sufre el mordisco de la electricidad, ¿acaso sufre? Si todos fingen no escucharlo, ¿el alarido se ha producido?

Pero nosotros escuchamos, yo escucho. Y el Sanatorio escucha.

Nosotros somos sus verdaderos hijos, aquellos que llenan con su alma y mente sus pasillos, sus cavernosos vacíos. Porque el Sanatorio no es un edificio. El Sanatorio es una mente.

Somos los pensamientos esclavos de su cabeza plagada de atrocidades, termitas sirviendo en la Colmena.

La vida es sólo un chiste del cosmos, un accidente gracioso en la rutina del Universo. Nos creemos dueños de la realidad, y sólo somos las sombras de los personajes de una sátira breve. El Universo ríe. Cuando pare de reír, todos habremos muerto. El chiste acabará, se cerrará el telón. Y toda vida se habrá extinguido. Como si nada hubiese ocurrido.

En ese caso, ¿cómo sabemos que se ha producido realmente? ¿No es toda vida un paréntesis fugaz en la muerte, un simple parpadeo apenas perceptible?

Somos pensamientos fugaces en un sueño, infame turba de nocturnas aves. Los arquetipos retorcidos de una pesadilla que se desgajan en retazos grises cuando despunta el alba.

Y tu madre te tranquiliza, te arropa y te dice que nada ha sido real.

Y nada lo es. La vida es un sueño.

Y nosotros sólo somos un sueño del Sanatorio.

 

 

separador texto relato 11 de noviembre

Miguel Huertas, (Madrid, 1991). Lector de todo tipo de géneros e intento de escritor. Actualmente reside en Madrid, donde cursa Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Su relato Espejo Incierto recibió el primer premio en el I Concurso de Relatos Agustín Díaz en 2008; quedando su relato Recuerdos finalista de la II edición de ese mismo certamen al año siguiente. Ha sido asimismo premiado en los VII Premios Framaguad de Relatos de Contenido Social por el relato El Abismo (2009). Otro de sus relatos, El llanto de los dragones, resultó finalista del II Certamen de Cuento Infantil Reescritos con Perspectiva de Género en 2012. En 2014 fue uno de los seleccionados para figurar en la Octava Edición de la Revista Falsaria con Juntos para siempre, bajo el seudónimo «Tancredi». También colabora con la página web de divulgación científica Psiqueviva.com.

En http://eltrecedepicas.wordpress.com puede encontrarse más información sobre su trayectoria o algunas de sus obras.

Ilustración relato: Fotografía por Ricardo L. Cieri ©
(de su exposición fotográfica, en Almiar).

 

 

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