relato por
Sara Moreno Martínez

 

Sin saber ni cómo ni porqué, sin ni siquiera planearlo, había acabado viviendo de alquiler en una ciudad extraña. Era un sitio pequeño, muy pequeño, que no llegaba a la categoría de piso. De hecho, tan solo era una habitación alquilada en un edificio que más parecía un hostal, o una pensión, que una casa real.

Se levantaba cada mañana a las ocho. Se duchaba, se vestía y salía a pasear. Llegaba al centro de la ciudad antes de las nueve, compraba el periódico y se sentaba en un café a desayunar. Los camareros ya la conocían, aunque nunca habían hablado. Nunca, en más de diez años, había trabado amistad con ninguno de los camareros de aquel café. Y eso, de alguna manera, la entristecía.

Cada mañana, con el periódico sobre el regazo y una taza humeante de chocolate caliente delante, se preguntaba si había hecho lo correcto. Se preguntaba si no habría enloquecido, si no tendría marido e hijos en algún lugar del norte y los había abandonado por perseguir a un fantasma del pasado. Pero después se miraba las manos y descubría que no había ni marido ni hijos y que el fantasma al que perseguía era de carne y huesos. Y estaba allí, en el sur; estaba segura.

Aquella mañana siguió su ritual y a las nueve menos cuarto entraba en el pequeño café del centro. Sonrío al camarero de turno, un chico joven que llevaba pocos meses trabajando allí. No hizo falta que le dijera qué tomaría, él lo sabía de memoria. Así que se encaminó a su mesa favorita, la que estaba al fondo, entre la planta de nombre imposible de recordar y la ventana. Pero cuando se acercó lo suficiente descubrió que alguien se le había adelantado: sobre la mesa había papeles esparcidos, un estuche y una bufanda.

Durante la milésima de segundo que tardó en descubrir la intrusión, durante la milésima de segundo que sus ojos observaron los objetos esparcidos por la mesa, sintió como si algo la sacudiera por dentro. Y se quedó allí, de pie, observando aquel desorden mientras su mente intentaba encontrar una explicación a la reacción de su cuerpo.

Pero no la encontró, sencillamente, porque no la había. No había ninguna explicación, ninguna coherente, al menos. Porque… No podía ser, ¿verdad? No después de tantos años, al menos. Se descubrió a sí misma intentando negar la evidencia, intentando encontrar pruebas irrefutables que demostraran que lo que llevaba años esperando no estaba sucediendo. Porque, si había llegado el momento de ver a su fantasma, no estaba preparada.

Casi sin pensar, salió corriendo del café. El camarero la miró extrañado desde detrás de la barra, pero no le dio tiempo a reaccionar. Cruzó la plaza y se metió por un callejón lateral. Corría sin rumbo. No tenía muy claro si huía de su pasado o de su futuro. En ambos casos, el miedo que le producían las sensaciones que creía olvidadas era aterrador. El pasado le había dejado claro que, por mucho que se opusiera, aquello no era para ella. Y Ella, su Ella, había tenido razón: no iban a morir si no se tenían la una a la otra, su corazón no dejaría de latir y nada impediría que se volvieran a enamorar.

Cuando las lágrimas llenaron sus ojos dejó de correr. Apoyó la espalda en la piedra helada de una fachada y dejó que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Dejó, por primera vez en muchos años, que la rabia se apoderara de ella, que el dolor la cegara. Ella tenía razón: no había muerto, su corazón tampoco había dejado de latir. Pero se había equivocado, porque su simple recuerdo le impedía volverse a enamorar. No podía evitar buscarla en todas las mujeres que conocía. No podía, aunque sabía que era su mayor error, evitar comparar cada risa, cada broma y cada mirada. Se empeñaba en no dejarla marchar, en conservar cualquier indicio, ya fuera un recuerdo, una carta o una fotografía, que demostrara que no estaba loca, que Ella había existido y era Su Fantasma.

Pero como si no tuviera bastante cada mañana con repetirse sistemáticamente que no anhelaba una vida imaginaria, de pronto el pasado cobraba vida y su futuro se volvía aterrador. Aquella bufanda, aquel estuche, aquel desorden… Todo llevaba su nombre. Por una milésima de segundo, la milésima de segundo que tardó en salir corriendo, había vuelto a sentir que tenía veinte años. El mundo se había convertido en un lugar menos solitario, menos frío. De pronto, tantas y tantas mañanas en aquel café habían cobrado sentido. Los recuerdos de una vida que, ahora sí, estaba segura que nunca había existido habían inundado su mente. Porque estaba segura que nunca había compartido con Ella su habitación diminuta en la pensión, que no era una tradición de enamoradas desayunar cada mañana en aquel café, que no era cierto que Ella siempre se adelantaba para coger mesa —la mesa entre la planta de nombre imposible de recordar y la ventana— mientras ella compraba el periódico, que nunca empezaban a leer el diario por el final y pocas veces miraban la sección de economía. Estaba tan segura y, sin embargo, parecía tan lógico…

Parecía lógico que se amaran con locura y que, pese a las peleas, no se hubiesen separado en años. Parecía lógico que aún siguieran con las tradiciones de cuando estaban enamoradas, que pasearan por aquella ciudad de la mano, sin importarles qué pudieran decir o pensar. Parecía tan lógico y, sin embargo, tan irreal…

Las lágrimas cesaron. Las piernas le flaqueaban y tenía la sensación de que el mundo giraba demasiado deprisa. Siempre huyendo, se dijo. Levantó la mirada al escuchar pasos. Pasos pausados, cautelosos, como si no quisieran molestar. Y entonces la vio. El mismo cabello negro y rizado, la misma nariz que solo al verla quería morder. Notó en su mirada que quería preguntarle porqué había salido corriendo y sonrió para sus adentros al comprobar que por muchos años que pasaran nunca dejaría de preguntar lo que no tiene respuesta. Y se dio cuenta que, pese a los años, ninguna de las dos había cambiado tanto: una siempre huiría, la otra siempre daría el primer paso. Que aún era como cuando estaban en aquel autobús volviendo de Oviedo: Ella siempre sabría cuándo era el momento.

 

madeja separadora Cuando el fantasma recuperó su cuerpo

 

Sara Moreno Martínez. Es estudiante de Periodismo. Escribe desde hace tiempo y publica sus relatos, normalmente cortos y de tema instrospectivo, en su blog Es así pero al revés:
(http://esasiperoalreves.wordpress.com/).

   

margencero-img Ilustración del relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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Revista Almiarn.º 68 / marzo-abril de 2013MARGEN CERO™Aviso legal

 

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