relato por

Eva Márquez

 

T

e propongo un juego, uno discreto y sin riesgos. Créeme, no perderás la cartera; un juego entre tú y yo, un juego con una única regla: Imagina conmigo. Imagina, sólo imagina.

Imagina que no me conoces de nada, imagina que yo a ti tampoco te conozco. Imagina, sólo imagina que te tropiezas conmigo en el interior de un ascensor, uno de esos ascensores de un edificio excepcional, una torre de esas altísimas, con numerosas plantas, como la Torre de Cristal o la Torre Espacio; imagina que te encuentras conmigo en la planta número tres o cuatro y ascendiendo hacia la planta número 52 o 53. Imagina, sólo imagina que el ascensor está completamente vacío, a excepción de mi presencia. Accedes al interior del habitáculo y te limitas a saludarme educadamente, mirando mi aspecto de reojo; imagina que yo realizo el mismo ejercicio desde mi posición en el interior. Imagina que eres un hombre sencillo; ni feo ni guapo; ni joven ni viejo; ni hombre de éxito ni hombre de fracaso; ni culto ni inculto; un hombre con cierto atractivo, pero sólo un hombre que sobrevive y que sabe disimularse según el entorno del momento. Imagina que yo soy una mujer sencilla; ni fea ni guapa; ni joven ni vieja; ni mujer exitosa ni mujer de fracaso; ni culta ni inculta; tan sólo una mujer atractiva, pero con el atractivo de la mujer que se sabe superviviente pese a no saber cómo camuflarse. Imagina, sólo imagina que accedes al interior del ascensor y te sitúas un par de pasos detrás de mí. Desde tu posición realizas un escrutinio sobre mi silueta sin demasiados miramientos.  Imagina, sólo imagina una mujer morena de pelo largo y leves bucles alborotados; de estatura media; piernas contorneadas; curvas bien definidas y aparentes pechos pequeños pero cargados de sublevación. Observas de reojo que el dedo anular de mi mano derecha porta un anillo, o algo parecido a una alianza, y piensas ¿estará casada?, podría ser, o no; también podría ser un mero recuerdo de una relación anterior, o cualquier baratija de esas que a las mujeres nos gusta tanto lucir como si fuera un verdadero tesoro. Imagina, sólo imagina que desde mi situación soy capaz de percibir el aliento de tus pestañas sobre mi nuca; y sin ningún tipo de recelo volteo levemente mi cabeza tratando de localizar el pensamiento de tu mirada; imagina, sólo imagina que mis ojos color azul ángel-demonio se clavan sobre los tuyos, conectan y se quedan pegados formando una extraña simbiosis imperceptible a otros ojos, (de haberlos en aquel ascensor), pero, ¡recuerda que estamos imaginando!, que estamos tú y yo solos ascendiendo a los altares de un cielo madrileño, y que nada ni nadie se encuentra en este reducido espacio para vernos. Imagina, sólo imagina que tu mirada y la mía transitan con vida propia férreamente unidas, soldadas por meros instantes finitos que tú y yo sentimos como infinitos sin saber cómo ni porqué.

Imagina, sólo imagina que comienzas a escuchar leves susurros que parecen provenir del interior de mis ojos; imagina que te dicen, como si de la melodía de un mar pausado se tratara, «Confía en mí, nada temas», y sin saber cómo ni porqué no consigues despegar tu mirada de la mía, y sientes como tus ojos me responden con un leve suspiro sin apenas abrir los labios. Sin pestañear siquiera, sientes cómo mi cuerpo se acerca al tuyo; no sabes cómo ni porqué consientes semejante atrevimiento de una extraña; no me conoces de nada, yo podría ser una esquizofrénica cualquiera con ansias de apuñalarte el pecho, o una ninfómana sin control, o una cleptómana de miradas ajenas masculinas. Imagina, sólo imagina que no sabes qué estás haciendo ni qué te están haciendo; escuchas el aroma de mi piel acercarse a tu pecho y sin mayor preámbulo cierras los ojos, esperando una respuesta a una pregunta jamás formulada. Imagina, sólo imagina que la palma de mi mano derecha toma el dorsal de tu mano izquierda, mientras continúas con los ojos cerrados; imagina que guío la palma de tu mano hasta colocarla justo debajo de mi mama izquierda, encima de mi blusa, sosteniendo mis costillas; y pese a la inexistencia de contacto directo piel contra piel, ahora, te atreverías a sopesar que ese pecho pequeño se encuentra entre una talla 80/85, pequeño pero turgente, uno de esos pechos altivos y orgullosos y nada flácidos bajo el cual probablemente sería imposible sujetar un lápiz porque indudablemente caería al suelo. Imagina que la palma de tu mano bien sujeta por la mía es presionada contra mi cuerpo con fuerza; imagina que comienzas a sentir los raudos latidos de mi corazón, disparados contra natura, agitados y entrecortados, al igual que el inusual ritmo de mi respiración; imagina, sólo imagina que te sientes como un cirujano especialista en cardiología en mitad de una intervención, conteniendo entre tus dedos el músculo ávido de calor y descontrolado de mi corazón; imagina que eres la razón por la que mi músculo cónico traspasa la barrera del sonido conduciendo ilegalmente a 250 Km/hora, y te sientes único, especial en el mundo; y justo en ese preciso instante, con tus ojos cerrados, imagina que sientes mi respiración acercándose a tu cuello, susurrándote al oído con voz de caramelo la frase que jamás nadie fue capaz de susurrarte en silencio: «De conocerte, así me sentiría al leerte».

Imagina, sólo imagina que inmediatamente un zozobrar eléctrico recorre todo tu cuerpo, descarga visual erótica jamás descrita que te obliga a abrir los ojos de un golpe esperando encontrarte de nuevo con los míos. Imagina que pese al nerviosismo evidente que te demuestra el latido de mi pecho, ahora ya a 1000 por hora, mis ojos color azul ángel-demonio se funden en los tuyos y no se retractan ni un mísero milímetro; ambas bocas, la tuya y la mía casi rozándose parece que juegan al despiste. Imagina, sólo imagina que no eres capaz de sostener mi mirada; todos los poros de tu piel obedeciendo sin tregua a tus instintos más primarios han reaccionado al bombardeo de sensaciones y sin poder evitarlo sientes una súbita erección que te hace sonrojar de inmediato; apartas tu mirada de la mía por temor a que te lo haya notado, fundido en el desconcierto de una vergüenza pueril. Imagina que respeto tu pequeña vergüenza y me vuelvo hacia una esquina de nuestro ascensor. Imagina, sólo imagina que ha sido la experiencia más sensual y erótica que jamás habías vivido, que jamás ninguna otra mujer se atrevió a hacerte el amor de ese modo; imagina que por un mero segundo te he llevado al lugar más dulce y armonioso en el que te han abrazado sin utilizar un par de brazos; al lugar más excitante y expectante en el que te han besado sin el roce de unos labios; a un lugar en el cual hubiera sido muy fácil quedarse y del que no hubieras deseado regresar jamás.

Imagina, sólo imagina que nuestro ascensor está punto de llegar a su destino. Suena ese timbre característico que nos anuncia que hemos llegado a la última planta y que las puertas comenzaran a desplegarse; atónito, nervioso y encendido como un mechero te dispones a salir fuera del habitáculo, cuando te das cuenta que yo, tu compañera de viaje, me quedo en el interior fijando mi vista sobre la tuya, esperando una respuesta sin palabras. Te sientes sorprendido al comprobar que esa planta no era la mía y aturdido no sabes qué hacer; quieres entorpecer las puertas del ascensor para evitar perderme de vista; quieres pensar deprisa y sabes que deseas pedirme un número de teléfono o,  al menos, preguntar cuál es mi nombre; pero te sientes bloqueado por la certeza de reconocerte a ti mismo como el hombre acostumbrado a no conseguir lo que quiere, como el hombre que no sabe extender la mano para lograr lo que ansía, porque antes siquiera de intentarlo sabes que te rendirás al fracaso que la realidad impone, y sin apenas darte cuenta, te imaginas un sinfín de causas y de razones por las que estás seguro que no podría funcionar, ¡aquello que fuera lo que tuviera que funcionar! Imagina, sólo imagina que mis ojos, siguiendo el rastro de incertidumbre que emana de los tuyos ya no esperan una respuesta; mi mirada ha cambiado, crees reconocer un ápice de decepción en la caída de mis pestañas, como si se tratara de la bajada final del telón de una función. Imagina que las puertas correderas del ascensor son las cortinas correderas de un teatro, nuestro teatro: nuestro espectáculo ha llegado a su fin. Imagina, sólo imagina que tras cerrarse las puertas del ascensor y perderme con él, sientes de súbito el abatimiento y la tristeza de haber perdido en una guerra que jamás luchaste, y toda sensación de nostalgia y melancolía implícita en la pérdida atenaza tu espíritu; y entonces, sólo entonces deseas salir corriendo escaleras abajo para enmendar tu error, pero no lo haces, porque de nuevo, un enjambre de dudas ensombrece tu juicio; porque te imaginas que yo soy esa mujer casada que jamás abandonará a su marido; o bien esa mujer recién separada que tan sólo ansía el sexo del momento; o bien esa mujer interesante pero únicamente por unos instantes; o porque seguramente no te sientes tan especial como para cohesionar conmigo dando un sentido a todo esto.

Imagina, sólo imagina que al final la desesperanza de tu realidad se impone a tu propia fantasía, y te abandonas en el conformismo y el convencionalismo del hombre que no sabe arriesgar, del que teme sufrir, del que teme vivir, del que no merece el envejecimiento como premio. Imagina, sólo imagina que una colmena de sentimientos se apodera de ti cada vez que accedes al interior de un ascensor; imagina que la evocación de mi mirada y del latido de mi corazón sitúan tu cuerpo hasta un punto de ebullición evidente a ojos de cualquiera, y a partir de entonces sólo tendrás dos opciones: merodear ascensores hasta volver a dar conmigo, o no volver a utilizar jamás un ascensor.

Imagina, sólo imagina…

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Eva MárquezPoeta madrileña, nacida en 1974, Licenciada en Derecho, ha publicado los poemarios Retales de estrógenos (2010, Bohodón ediciones), Cosas que nunca te diré (2010, Groenlandia ediciones en formato digital, Póker de Reinas (2010, Autoedición digital de autoría conjunta con Yolanda Sáenz de Tejada, Ana Patricia Moya Rodríguez y Ada Menéndez). Ha participado en dos antologías Talla G (2011, Lalunaesmíaeditoras, libro de prosa y poesía de temática social) y Poetrastos (2011, LRV[ediciones]). Algunos de sus poemas y relatos han aparecido en diversas páginas webs, blogs y revistas digitales de España e Hispanoamérica. Actualmente colabora con Radio Utopía, de San Sebastián de los Reyes (Madrid) en un espacio quincenal llamado «La Autovía del verso» desde el cual, con poemas suyos pretende vestir el alma de los radio/oyentes.

Y mujer inquieta por excelencia que procura sacarle a la vida todo el jugo posible.

Página web de la autora: http://cosasqnuncatedire.blogspot.com/

Ilustración relato: fotografía por Pedro M. Martínez ©
 

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Revista Almiar – n.º 62 /enero-febrero de 2012MARGEN CERO™Aviso legal

 

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