relato por
Elena Vega Tapia

 

T

e sentarás en el taburete de la esquina izquierda, ese que está manchado con quién sabe qué fluido. Pedirás una cerveza, de las más baratas que haya y te indignarás porque no te pondrán un cuenco con cacahuetes rancios que te ayuden a pasar la cerveza aguada y reciclada, con un leve recuerdo a alcohol.

Pese al calor, no te quitarás la gorra, por las tres nuevas canas que te has encontrado esta mañana y el paso del tiempo frente al espejo. Ni la chaqueta de cuero que ganaste en la apuesta de la semana pasada, que te aporta ese aire de superioridad.

Te recomiendo que en ese momento te tranquilices, respires hondo, que por ahí viene Ella. En mayúsculas, porque hasta el pronombre se hace propio hablando de esa mujer. Los tacones, las medias de rejilla y el moño mal hecho te pasarán desapercibidos, hasta el perfilador de labios que lleva mal pintado, pero no el olor a necesidad que tanto conoces, que se funde con el tuyo de aprobación. En pocos minutos te encontrarás pagándole una de esas cervezas que realmente saben a bebida y tocándole el muslo en busca de ese agujero negro como pasado que toda mujer que acaba ahí quiere esconder. Besándole el cuello intentando encender todas sus estrellas, descubriendo de dónde viene su rumor a desgracia.

Fracasarás y te enamorarás. Como ya le pasó en su momento a muchos otros borrachos, a los que el oxígeno se les acabó de tanto suspirar por ella. Y ella se reirá de ti, y seguramente también se haya enamorado de ti, porque no sabe aún lo que es el amor. Te llorará las buenas noches y te invitará a su habitación, donde compraréis una casa, superaréis dos rupturas y un aborto, además de descubrir a su amante en el armario y tener dos preciosas hijas rubias; donde moriréis de esa noche eterna en la que vivisteis toda una vida tumbados en la cama del club de carretera.

Amigo, si entras por esa puerta, vas a amar como nunca y vas a perder la cabeza.

 

 

La noche se presentaba aburrida, repleta de maridos con ganas de encontrar al amor de su vida del miércoles. No te arreglaste demasiado, sólo las medias que tanto te gustaban y el moño de siempre. El perfilador de labios que arrastrabas de dos días y los tacones incómodos de conseguir propinas.

Y saliste, y le viste, y sonreíste al reconocer a tu próxima víctima, que te invitó a cerveza de la buena, sentados en los taburetes incómodos intentando susurrarte palabras de amor. Una ternura maloliente que te hizo desconectar y por un momento soñar con una vida fuera de ahí, en el mismo momento en que le invitabas a tu fortaleza, tu castillo sin muralla, tu puente encima del barranco. Conociste cómo miraba al amor, cómo se escondía de juegos de azar, te hizo creer en hadas atrapadas en habitaciones al lado de la carretera, conociste su amor en una sola noche de calor y sudor.  Y te hizo creer que una vida entera habíais vivido, entre sus canas y su paso del tiempo, entre la gorra barata y sudada que tardó en quitarse. Esa noche no pudiste evitarlo, lo que tanto temías. La primera, segunda, tercera y decimoquinta norma te saltaste, te dejaste llevar.

Amiga, fuiste tú en ese momento en que se te olvidaron las circunstancias y conociste Amor.

 

Burlaré el sentido del humor del destino.

 

Burlé los inconvenientes.

 

Nos enamoramos, guardando silencio, escribiéndolo en 40 líneas.

 

cinco bolitas que separan

 

🔗 Web de la autora: La bahía azul (https://bahiazul.wordpress.com/)

 Ilustración relato: Fotografía por jeanborges / Pixabay [CCO dominio público]

 

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Revista Almiarn.º 89 / noviembre-diciembre de 2016MARGEN CERO™Aviso legal

 

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