relato por

Geyser López

 

I

—Allá está Chitara que no se mueve —decía la menor—, tan chiquito, en vez de estar buscando ballenas. Míralo tirado boca arriba. Ya le he dicho que se unte barro si no quiere que le salga lo que pica y pica.

La menor, en cuclillas sobre una delgada alfombra de bambú, con una mano sostenía un ramillete de plumas y con la otra separaba los granos de maíz mojados que se introducirían en el caldero.

—¡Anda, anda! ­—interrumpe la mayor— ¡dale aire, dale aire que se apaga!

La menor se apuró en mover el ramillete de plumas. El caldero ardiendo sobre tres pedazos de madera liberaba un humo blanco y salino. Dentro, apenas se veían los ojos saltones y la sonrisa extraña del pescado. Cabeceaba como si no pesase nada en aquella sopa de verduras.

La menor volvió a la conversación. Con la vista fija sobre los granos de maíz, y moviendo el ramillete decía a la mayor que Chitara tenía una semana así.

—¿Y por qué será?

—¿Cómo «y por qué será»? La serpiente, hermana, la serpiente. Dice que desde hace una semana la siente llegar, la huele. Ese muchachito nos salió médico.

—Así lo habrá querido el gran Misterio —la mayor se llevó unos granos a la boca, masticó y escupió hacia un lado—. Ya están listos. La menor seguía moviendo el ramillete, «ya están listos», repitió.

El canasto de maíz fue vertido en el caldero. Suavemente el agua fue poblándose de granos blancos y amarillos.  El ejercicio les impregnaba vapor a sus rostros. Intentaron secarse con unas mantas que descolgaban de sus vientres. La mayor continuó: ¿Se habrá enterado el que tiene los ojos como Apaloossa?

—¿Se habrá enterado? Hermana, yo le digo algo —y la menor  arrastró  el  tono como temiendo que alguien la escuchase—: si baja el que tiene los ojos como Apaloossa, Platero es hombre muerto.

—¡Chito y cancele! —y de un golpe la anciana se persignó tres veces—, que si la escucha el Gran misterio… ¡Chito y cancele!

La menor, de inmediato, se colocó de espalda. Apoyó la tibia sobre el suelo; con las manos recogidas e inclinando el rostro, movió la lengua entre los dientes y canceló. Mientras tanto, la mayor observaba con los ojos apretados el soberbio cabello azabache que chorreaba por la espalda de su hermana. Unos segundos fueron necesarios para que la menor volviera a las usanzas del desayuno. Como diciendo nada, la mayor agregó:

—Se le está poniendo feo el cabello, hermana. Y eso es muy raro a su edad.

La hermana sintió aquellas palabras como cuando se desnuda el pecho, apretamos la boca y mirando el látigo uno dice: ande, deme más fuerte.

—Baba Marta nos dice que a todas nos llega el momento. Yo me estoy muriendo por tener este cabello como el suyo —y las enormes pestañas de la menor se clavaron en aquellas canas que simulaban ramas deshuesadas sobre el cráneo de la vieja. La mayor raspó la garganta, miró hacia otro lado y cambió de inmediato la conversación.

—Esas hermanas nos salieron agua dulce.

La menor ni se atrevió a observarla. Simulaba ver con determinada compasión la cabeza del pescado que daba vueltas y vueltas: «Esas hermanas nos salieron agua dulce».

La sopa estaría lista puesto que usaron la tripa de agua y la vertieron sobre la fogata. Se escuchó la madera apagándose. Las mujeres se disponían a recoger todo, cuando ya puestas de pie, la anciana sujetó del brazo a la menor, le buscó el rostro, y recorrió con su índice las líneas paralelas de punticos negros que convivían por debajo de los ojos. Al decirlo, se olvidaron del asunto.

—Perdone, hermana.

La menor sonrió, y se dejó besar la frente. Luego prosiguieron a limpiar la choza. Afuera todos esperaban el desayuno cuando de repente estalló un ruido como si alguien estuviese ahogándose a lo lejos. Sólo Baba Marta, que siempre mantenía el silencio en esos momentos, alzó la mano y señaló, allá, donde el vapor borronea el horizonte una manchita negra; una especie de pelusa de gente enana que corría hacia acá moviendo las piernas y los brazos como el chuchú de los trenes. Apareció negro como un carbón, chorreado en sudor y con la mano todavía en la boca.

 —¡Mañana lloverá, mañana lloverá! —gritó Chitara faltándole el aire.

 —¿Cómo dices, hermano? —preguntó una niña.

—¡Mañana lloverá, mañana lloverá!

—¿Cómo dices, hijo? —preguntó la mayor, esta vez observando sin parpadear a la menor.

 Chitara tragó saliva, y en presencia de todos, que aún no terminaban de entender, dijo, ya repuesto, que en cuanto apareció la serpiente contó al ritmo del corazón, y duró un segundo para que tronara el Gran misterio. Todos se llevaron las manos a la cabeza y como dictaba el instinto, buscaron la presencia de Baba Marta. La octogenaria, reagrupando las nubes con la vista, sólo dijo cuatro palabras. Seis meses de espera, seis larguísimos meses de espera fueron necesarios para que salieran cuatro miserables palabras y con ello confirmar el rumor más importante, y acaso, el más doloroso del pueblo.

—Que se prepare Platero. —dijo con aplomo.

Chitara a toda velocidad emprendió la marcha. En la garganta llevaba la noticia y el pésame de su gente.

II

Semejante hecho sirvió de exordio de aquello que se venía rumorando. En el pueblo no quedaba ninguna otra cosa por resolver salvo quién se quedaría con la innombrable. El cielo sin nubes. En el lugar donde se daban las batallas se preparaba una algarabía de mirones que formaban un círculo de pelea de gallos. Unos apostaban conejos desangrados, otros, manoplas de ñame deforme, o guineos verdes y enanos que alzaban hasta las narices de los concurrentes. Las niñas, las solteras y las viejas no dejaban de amasarse el cuello como si la ansiedad se atornillara en aquella parte. El cielo con nubes. Llegó la familia de Platero. Las mujeres buscaron a la que había parido al joven y se colocaron a su lado, mientras ella, digamos que la madre principal, tenía el rostro deformado de tanto gritar. Los diez hermanos de Platero tuvieron que abofetear algunos subastadores, y abriéndose paso lograron imponerse, a brazos cruzados, cerca del centro del círculo. El cielo cargado de nubes negras. Baba Marta llegó con sus dos cuidadoras, y de inmediato abrazaron a la madre de Platero. Lloraron sin consolación. Al mismo tiempo, a paso lento, aparecieron las hermanas agua dulce, y de pronto, como cuando se va la luz, invadió un silencio tan infernal que podía haberse escuchado la respiración de los muertos. Las nubes rompieron fuente. Los rostros saludaron las frías gotas que, una por una, fueron empantanando la tierra. Platero apareció chupado y sin camisa. Portaba un short blanco brillante de boxeador sujeto hasta las axilas, y un cinto en la frente que recordó, por un momento, a la máxima criatura de Kesuke Miyagi. Platero entró al círculo brincando de un lado al otro. Movía los brazos largos y huesudos, se cuadraba, lanzaba manotazos al aire, relajaba los hombros, sacaba y metía el pecho. En una de esas, mientras la lluvia era inclemente, se quedó tieso sobre una pierna, abrió los brazos como si fuesen dos enormes alas, dobló las muñecas hacia abajo y muy lentamente efectuó un movimiento impecable de pegar la rodilla contra el pecho. Se quedó así, intimidando a su público, pero en cuanto sintió un terrible calambre en la pantorrilla derecha no tuvo de otra que seguir dando brincos de un lado al otro. Ella lo miraba. La innombrable no hacía otra cosa que mirarlo, mientras rezaba con los dedos las últimas peloticas de su rosario. La lluvia cesó sin avisar. En el lejano montículo, una figura gaseosa apareció en cuatro patas. Ensillándola, y sosteniendo con una mano la gamarra, y con la otra una lanza afilada del tamaño de una puerta, estaba el último de los guerreros que ha dado La Tierra Así de Grande. El que tiene los ojos como Apaloossa al subir el rostro sintió la presencia del sol. Antes de entrompar el camino se inclinó un poco hacia adelante y gritó un ¡Haie! que retumbó por todas partes. Irrumpió a toda velocidad lo que restaba de camino y ayudado por el viento y el vapor que se desprendía de la tierra, el cacique y su bestia aparecieron como la exacerbación fálica del desierto. Para cuando rompió el círculo de espectadores, la lanza ya había atravesado hacía cuarenta segundos todos los órganos del joven. Platero yacía abatido en el piso, escupiendo sangre y maldiciendo el prohibido nombre de aquella mujer. La muchedumbre se dispersó como enjambre de abejas. El que tiene los ojos como Apaloossa inspeccionó lentamente alrededor del muerto, desclavó su lanza y buscó entre el caos de polvo a la mujer que desde su infancia destinó como su hembra. El caballo blanco se levantó sobre sus patas y las abatió fuertemente. El guerrero la señaló, le posó su amplia y ovalada mirada hinchada de pelo, y con la misma brillantez de los ojos de los caballos le dio a entender que era el momento. Ella, sin cuestionar, se abrió paso entre forcejeos, y antes de perderse al galope, se inclinó un poco, empuñó un rastro de arena ensangrentada y tragó amargamente.

 

greca párrafo relato La muerte de Platero



Geyser López. (Caracas, 1980).
Finalista del certamen poético Alfonsina Storni (Calgary, 2009). Tiene un poemario, Hembra (Montreal, 2011). En narrativa, ha publicado Los hijos de Israel, obra galardonada con el premio de Autores inéditos Monte Ávila Editores (Venezuela, 2009).
Además del blog temático La Ermitaña, mantiene el cuaderno de aforismos
El Pío del Pelagornis (http://elpiodelpelagornis.wordpress.com). Reside en Montreal.

 

 Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

 

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