relato por
Francisco Martínez Carcelén

 

A

cabo de ver, fascinado, un nuevo capítulo en TVE de El Conde de Montecristo, en blanco y negro. Mi imaginación se halla sobrexcitada en esta tarde de verano, lenta y larga, cuyo bochorno pesa sobre nuestras cabezas. No puedo resistirme más, tengo que llevar a cabo una aventura que emule en algo lo que acabo de ver en la tele. Para ello embarco a mi hermana pequeña en la idea que se me está ocurriendo. Una caja de latón, de las de guardar galletas, hará las veces de cofre del tesoro. Mi hermana deposita en ella algunas pulseras y dijes, yo una navajita desdentada y un pequeño corazón con dos nombres fabricado en marquetería. Ahora hay que transportarlo todo a un cierto lugar en tierras enemigas,  las  de  nuestros  vecinos  de  parcela,  y  enterrar  el  cofre allí —es preciso correr algún peligro, sentir la emoción del riesgo, quebrantar la prohibición y profanar la tierra de nuestros vecinos-enemigos, gozar del miedo a que nos descubran, nos persigan y quizás nos atrapen o nos masacren a manzanazos—.

El cielo se ha cubierto de nubarrones de un color entre malva y gris intenso. Ha comenzado a tronar a lo lejos. Se prepara una buena tormenta de verano, ya se la puede oler en el aire. Si nuestra madre supiera de nuestras intenciones no nos permitiría salir. A escondidas nos vamos, cruzando el camino de grava que es frontera entre ellos y nosotros. Conduzco a mi hermana entre hileras de manzanos hacia el lugar que he elegido: bajo el hermoso ciruelo de nuestros rivales, ese árbol que tanto frecuentan porque, entre tanto manzano inabordable, es el único que permite ser trepado y aposentarse entre sus ramas. Más acuciados y temerosos por la amenazante tormenta, cada vez más próxima, que por la posibilidad de ser descubiertos, nos damos prisa en excavar nuestro agujero en la tierra marrón, cerca de la base del árbol. Después, echamos a correr bajo los goterones de lluvia caliente del nublado que ya se encuentra encima de nosotros. Al llegar a las inmediaciones de nuestra casa decidimos no entrar en ella, sino ir a la improvisada y burda tienda de campaña que hemos construido con una vieja lona —de las que mi padre usaba para tapar la carga del camión—, unos palos y unas cuerdas. La tenemos «instalada» entre las filas de manzanos. Allí pasaremos la tormenta. Con las primeras gotas la tierra comienza a exhalar sus aromas húmedos. Antes de que se levante el vendaval, el olor a tierra mojada nos embriaga. El vendaval ya está aquí, fuerte y furioso. El nublado empieza a descargar con ímpetu entre rayos y truenos. La vieja lona cumple esforzadamente su función y nos protege de casi toda el agua, a pesar del empuje del viento. Oímos débilmente a nuestra madre llamarnos, pero aunque le contestamos el fragor combinado de aire, lluvia y truenos impide que nos oiga. Desde su cobijo en el alto vano de nuestra casa, Mina, la hermosa gata semisalvaje así bautizada por nuestra abuela, nos observa. Ella y alguno de sus cachorros, a los que ha reunido diligente y precavida en la alta guarida. Nos miran perplejos, preguntándose qué hacemos ahí abajo en medio de la que está cayendo. Entre ellos se encuentra el ocre que tanto me gusta y al que casi conseguí atrapar un segundo entre mis manos la otra mañana, antes de que me clavara su diminuto pero afilado colmillo y tuviera que soltarlo.

Empezamos a aburrirnos. Nos impacientamos con esta tormenta que no parece tener fin. Ya ni siquiera los gatos nos distraen. Dentro de la lona la atmósfera es sofocante, huele a grasa y a tejido y cuerdas húmedos y viejos.

Finalmente, la tormenta va cediendo hasta cesar, dejando una tarde completamente distinta, de nuevos y nítidos perfiles frescos y brillantes. Aunque durará poco, lo que le lleve al sol imponer otra vez su ley y cambiar de nuevo el decorado. Tres tardes en una: no está mal para romper la monotonía de tantas tardes idénticas en este verano que mi hermana y yo pasamos aquí, en la parcela, sin otros amigos que los huraños, huidizos e inalcanzables gatos.

Volvemos a casa. Nuestra madre nos interroga con enojo, pero al cerciorarse de que venimos casi secos se resigna a nuestra desobediencia y vuelve a sus quehaceres. Se dispone a planchar. Pero antes nos pregunta si queremos merendar ya. Sí. Después de las últimas emociones, se nos ha abierto el apetito. Además, es la hora en que nuestra madre, mientras plancha o cose, enciende la radio azul para oír el consultorio sentimental de Elena Francis. Cuando esto ocurre, en toda la casa no se oyen otros ruidos que el bufido de la plancha de mi madre o el doblar de ropas. La voz de Elena Francis se adueña de todo y de todos, porque nosotros escuchamos muy atentos mientras mordisqueamos el bocadillo de jamón york a la plancha que nos acaba de preparar nuestra madre. La melodía que introduce el programa nos sume en el hechizo de cada tarde, predisponiéndonos a escuchar las acongojadas peticiones de consejo que los sufrientes interpelantes solicitan a doña Elena: una angustiada de Valladolid desea saber si es normal lo que le pasó a su novio mientras bailaban un sábado a la noche en la verbena del pueblo…Y es que él es muy tímido y muy bueno, y ella lo quiere mucho, pero no sabe si lo que le ocurrió, lo que ya más de una vez le ha sucedido, es normal, o ¿acaso debe recelar de él, incluso distanciarse? Porque cuando bailan juntos, a él, al poquito, le nace un redondel de pegajosa humedad en la entrepiernay a ella esto la tiene muy preocupada: ¿es normal, señorita Francis? «Sí, es normal, no debes inquietarte ni angustiarte por ello, preocupada de Valladolid, ni tomar decisiones precipitadas, con el tiempo pasará», responde la voz siempre atenta, amable, terapéutica de la señorita Francis. Yo, por mi parte, absolutamente concentrado en la historia, he ido imaginado a la pareja mientras bailaba en la verbena del modo que he observado en las fotos de mis padres cuando novios, y he visto muy de cerca a ese pobre hombre, al que en mi cortedad de niño no sé si sentir como la víctima indefensa de alguna vergonzosa enfermedad o como un monstruo, un ser anormal que merece ser repudiado por su novia. En cualquier caso, me pregunto con una inquietante sombra de miedo si cuando me eche novia, algún día, me sucederá lo que a él y seré también rechazado a causa de tan extraña enfermedad. Las palabras de Elena Francis solo logran tranquilizarme a medias. Por fortuna para mí, inmediatamente después de que acabe el consultorio radiofónico comenzará en la tele —lo tengo todo previsto— la estupenda serie El mundo en guerra, que me transportará a otros escenarios, me sobrecogerá y excitará mi imaginación de modo que no pueda evitar coger mi palo-fusil y la gorra con galón de cabo recluta del Ejército del Aire, magnífico tesoro que encontré en el camino de tierra que lleva a la cercana base militar. A la carrera me marcho a guerrear contra enemigos invisibles, pero muy peligrosos, entre las hileras de manzanos…

Llegará mi padre del trabajo y me dará voces para que le ayude en las labores de la huerta, pero para mí será casi imposible oírlo a causa de las ensordecedoras detonaciones de las granadas de mortero, los proyectiles de la artillería, las descargas de fusilería, el griterío del combate… Aunque seguro que declararé una tregua a esa hora en que la luz empieza a volverse mate y más fresca y por la ventanita de la cocina me llegan los olores de la cena que está preparando mi madre.

 

 

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Francisco Martínez CarcelénFrancisco Martínez Carcelén. Es un autor natural y residente en Albacete. Es profesor de Lengua Castellana y Literatura en Secundaria.
📩 Contactar con el autor: martinezcarcelenpaco [at] gmail.com

👁 Lee otro relato de este autor (en Almiar): El hombre del misterio.

Ilustración relato: Vintage Sylvania Clock Table Radio, By Joe Haupt from USA
[CC BY-SA 2.0 (http://creativecommons.org/ licenses/by-sa/2.0)], via Wikimedia Commons.

 

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Revista Almiarn.º 81 | julio-agosto de 2015MARGEN CERO™Aviso legal

 

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