relato por
Aldo-Hilario Cruz-Cota

 

P

or primera vez había percibido la peste esa de la que siempre le hablaba la mujer. Muchas veces había tenido la certeza de que era ella la que imaginaba cosas, lo cual no hubiera sido extraño dada su condición. Pero no, ahora le daba la razón.

Al principio se imaginó que la hediondez desaparecería por sí misma si no pensaba en ella. Cuando eso no sucedió, se dio cuenta que tenía que hacer algo, y pronto, o si no terminaría peor que la mujer. Lo intentó todo, especialmente las ideas mas disparatadas; nada funcionó.

Acabó por echarle la culpa al patrón, como siempre hacía con todos sus problemas. Se le figuraba que la mezquindad rancia del señor, que anunciaba su presencia mucho antes que sus carnes flojas lo hicieran, era el origen de la pestilencia que ahora invadía la milpa, la tienda de raya, el jacal, todo su universo.

Cuando la peste se volvía insoportable, encontraba un alivio temporal conteniendo la respiración por unos segundos, aunque el instinto más primitivo de todos siempre terminaba venciéndolo, obligándolo a percibir su realidad.

El hambre retrasada de muchos días se le amontonó una noche y terminó por comerle el sueño. Se la pasó retorciéndose en la jarcia del catre hasta el amanecer, tatemándose entre el calor y la pestilencia que no se podía sacar de la cabeza. No supo muy bien cuándo se volvió a dormir, pero se despertó hasta que olió el humo de la estufa de leña.

Al llegar a la cocina, agarró la taza de barro que humeaba sobre la mesa. Le dio un trago al café negro y se le hizo más amargo que de costumbre. Disgustado, terminó por escupirlo en el piso de tierra. Sus ojos rasgados escudriñaron la cocina con la esperanza de encontrar algo para comer; se tuvo que conformar con un pedazo de bolillo duro. Al masticarlo se dio cuenta de que la pestilencia venía de adentro, de él mismo, y que no era otra cosa sino el corolario de la pudrición de todas sus esperanzas.

Oyó los pasos cortos y desganados de la mujer entrando a la cocina. Le buscó sus ojos apagados, pero ella se los negó. Él siguió insistiendo sólo por costumbre, aunque bien sabía que todo terminaría como siempre, con la mujer refugiándose en el silencio que ella misma se había impuesto. Luego le preguntó:

—¿No te has hartado?

La mujer no dijo nada y a él no le extrañó. Antes le hubiera hecho la lucha para que hablara, para que dijera algo, cualquier cosa, aunque sólo fuera para desahogar su amargura. Pero eso hubiera sido un milagro, y desde hacía mucho tiempo se había dado cuenta de que los milagros no existen, al menos no para un indio como él.

Se le acercó a la mujer y le dijo tiernamente en su lengua:

—Vámonos de aquí; a cualquier otro…

La mujer lo interrumpió fingiendo una sonrisa lacónica.

—Está bien —le dijo el hombre desesperado—. Como tú quieras.

La mujer le respondió con lágrimas. Enojado consigo mismo por hacerla revivir su desgracia, descolgó el machete del clavo de la pared y salió del jacal.

Caminó hasta la pequeña parcela que había comprado como patrimonio para el niño. Vio las plantas de maíz, llenas de vida, y no pudo evitar llenarse de coraje. «No es justo», pensaba mientras empuñaba el machete. Luego empezó a desquitar su coraje con la milpa, arrancando las plantas de tajo, castigándolas sólo por tener algo que el niño no tendría jamás.

Creyó tener un momento de lucidez y regresó corriendo al jacal. Miró a la mujer y la encontró tan marchita como de costumbre. Apiadándose de ella le preguntó con el machete en la mano:

—¿Te quieres ir con él?

La mujer lo miró a los ojos por primera vez desde que enterraron a la criatura.

—Así será entonces —se contestó él mismo hablando quedito, tratando de ocultar su inseguridad en la certeza de sus palabras.

Pensó en lo dulce que era la voz de la mujer cuando se conocieron, y eso lo hizo dudar aún más. Desesperado, buscó en su cabeza algo en qué pensar, algo que le ayudara a decidirse. Se acordó del amor infinito del niño hacia su madre. Eso fue suficiente. Empuñó el arma y soltó un machetazo seco y profundo. La mujer trató de decir algo que pareció un reclamo, pero sus arterias desbocadas no se lo permitieron. Él prefirió imaginársela dándole las gracias mientras se le escurría la vida por la garganta cercenada.

Se entretuvo observando la tierra porosa convertirse en su cómplice, tragándose una parte de la sangre y dejando en su lugar una mancha fresca en el piso. El resto de la sangre corría lentamente, alejándose del cuerpo. Dio dos pasos hacia atrás para no mancharse las suelas de los huaraches. Al mirar hacia el suelo le llamó la atención una manchita deslavada en el piso, seca ya desde hace muchos días. Algo le vino a la memoria. Pero ya no había tiempo para remordimientos, ni por crímenes recientes ni viejos. Tenía mucha prisa por largarse de ahí, por empezar a enderezar lo torcido que estaba el mundo.

 

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Aldo-Hilario Cruz-Cota, es un autor residente en Kearney, NE (EE.UU.). Parte de su trabajo ha aparecido en la revista The Legendary.
Contactar con el autor: aldo.h.cruz.cota[at]gmail.com

Ilustración relato: Fotografía por Pedro M. Martínez ©

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